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Espíritu Santo

El don de servicio: servir como Jesús sirvió

En casi todas las iglesias hay alguien que llega antes para abrir y poner las sillas, y se va después de barrer. Alguien que sabe quién está enfermo, a quién le falta el mercado esta semana, quién no tiene cómo volver a casa. Nadie lo presenta desde el frente. No predica, no canta, casi nunca sale en las fotos. Y si un día faltara, todo se detendría. La Biblia tiene un nombre para lo que esa persona hace, y lo pone en la lista de los dones de Dios:

«De manera que, teniendo diferentes dones según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; O si ministerio, en servir; o el que enseña, en doctrina; El que exhorta, en exhortar; el que reparte, hágalo en simplicidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría.»

Romanos 12:6-8

«O si ministerio, en servir». En este artículo veremos qué es el don de servicio, cómo lo vivió Jesús, quiénes lo ejercieron en la Biblia, cómo reconocerlo en uno mismo, cuáles son sus peligros —que los tiene— y cómo crecer en él. Al final encontrarás una oración para quienes sirven.

Qué es el don de servicio

La palabra griega que Pablo usa es diakonía, de donde viene «diácono». En su origen significaba algo muy concreto: servir a la mesa, atender a los que comen. El don de servicio es la capacidad que da el Espíritu Santo para ver las necesidades prácticas de los demás y atenderlas con alegría y constancia, de modo que otros queden libres y sostenidos para hacer lo suyo. En otra lista, Pablo lo llama sencillamente «ayudas» (1 Corintios 12:28).

Pedro reparte todos los dones en dos grandes grupos, los de la palabra y los del servicio, y pone los dos a la misma altura:

«Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros, como buenos dispensadores de las diferentes gracias de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme a la virtud que Dios suministra: para que en todas cosas sea Dios glorificado por Jesucristo, al cual es gloria e imperio para siempre jamás. Amén.»

1 Pedro 4:10-11

Fíjate en la frase: «conforme a la virtud que Dios suministra». Servir no es simplemente tener buena voluntad o ser «acomedido». Es una gracia: la fuerza para hacerlo viene de Dios, y el fin es que Dios sea glorificado.

Todos llamados a servir; algunos, con un don especial

Conviene distinguir. Todo cristiano está llamado a servir: «servíos por amor los unos a los otros» (Gálatas 5:13). Nadie puede decir «ese no es mi don» para no cargar una silla o visitar a un enfermo. Pero a algunos el Espíritu les da una gracia particular: el servicio es su manera natural de amar. Donde otros ven una reunión, ellos ven que falta agua. Donde otros oyen un sermón, ellos notan que la anciana del fondo no tiene quien la lleve a casa. Lo hacen sin que nadie se lo pida, y lo hacen bien.

Jesús, el que sirve

El modelo de este don no es un apóstol ni un diácono: es el Señor mismo.

«Mas no será así entre vosotros: antes cualquiera que quisiere hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor; Y cualquiera de vosotros que quisiere hacerse el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del hombre tampoco vino para ser servido, mas para servir, y dar su vida en rescate por muchos.»

Marcos 10:43-45

En el reino de Dios la grandeza se mide al revés. Jesús lo dijo de sí mismo en la última cena: «yo soy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27). Y esa misma noche lo mostró con un gesto que los discípulos no olvidaron jamás: «Levántase de la cena, y quítase su ropa, y tomando una toalla, ciñóse. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos» (Juan 13:4-5). Era el trabajo del último esclavo de la casa. Lo hizo el que tenía todas las cosas en sus manos. Y lavó también los pies de Judas.

«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.»

Juan 13:14-15

Pablo va todavía más hondo: el Hijo de Dios «se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Filipenses 2:7). El servicio no es un don de segunda categoría: es la forma que tomó Dios cuando vino a nosotros. Quien sirve se parece a él.

Rostros del servicio en la Biblia

Los siete de Jerusalén. Cuando las viudas de un grupo quedaban desatendidas en el reparto diario, los apóstoles pidieron escoger a siete hombres «de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría» para ocuparse de las mesas (Hechos 6:3). Es revelador: para repartir comida con justicia hacía falta estar lleno del Espíritu. No hay tareas «poco espirituales». Y el resultado fue que «crecía la palabra del Señor».

Febe, «diaconisa de la iglesia que está en Cencreas», de quien Pablo dice: «ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo» (Romanos 16:1-2).

Tabita, llamada Dorcas, «llena de buenas obras y de limosnas». Cuando murió, las viudas rodearon a Pedro «llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas» (Hechos 9:39). Su predicación estaba cosida a mano.

Las mujeres de Galilea: María Magdalena, Juana, Susana «y otras muchas que le servían de sus haciendas» (Lucas 8:3). Sostuvieron el ministerio de Jesús, y fueron las que no huyeron de la cruz.

La suegra de Pedro: Jesús la tomó de la mano, la fiebre la dejó, «y les servía» (Marcos 1:31). Lo primero que hizo con su salud fue servir.

Onesíforo, de quien Pablo, preso, escribe con emoción: «muchas veces me refrigeró, y no se avergonzó de mi cadena: antes, estando él en Roma, me buscó solícitamente, y me halló» (2 Timoteo 1:16-17).

Epafrodito, enviado a atender a Pablo, que «por la obra de Cristo estuvo cercano a la muerte» (Filipenses 2:30). La casa de Estéfanas, que «se han dedicado al ministerio de los santos» (1 Corintios 16:15). Y mucho antes, Aarón y Hur, que no pelearon la batalla ni hicieron el milagro: solo sostuvieron los brazos cansados de Moisés «hasta que se puso el sol» (Éxodo 17:12). Sin ellos, Israel habría perdido.

Cómo reconocer este don en ti

  • Ves lo que hace falta antes que los demás, y te cuesta quedarte sentado.
  • Prefieres hacer algo útil a hablar de ello.
  • Disfrutas tareas que otros evitan, y no te parecen pequeñas.
  • No necesitas micrófono ni que digan tu nombre.
  • Te sientes más cerca de Dios con las manos ocupadas en ayudar a alguien.
  • Eres constante: sigues cuando pasa el entusiasmo del principio.
  • Otros descansan cuando tú estás, porque saben que las cosas se harán.

Si te reconoces aquí, no digas más «yo no tengo ningún don». Tienes uno que el Nuevo Testamento nombra junto a la profecía y la enseñanza.

«A mí lo hicisteis»

¿Qué valor tiene servir un plato, lavar una ropa, acompañar a alguien a una cita médica? Jesús respondió con la frase más solemne que se pueda imaginar, la que dirá el Rey en el último día:

«Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis.»

Mateo 25:40

«Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber… enfermo, y me visitasteis» (Mateo 25:35-36). Cada acto de servicio toca a Cristo mismo. Por eso nada se pierde: «cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre… no perderá su recompensa» (Marcos 9:41). Y «Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado a su nombre» (Hebreos 6:10). Los hombres olvidan; Dios, no.

Los peligros del que sirve

Todo don tiene su tentación, y conviene conocer las de este.

Servir sin sentarse a sus pies.

«Empero Marta se distraía en muchos servicios; y sobreviniendo, dice: Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile pues, que me ayude. Pero respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada: Empero una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada.»

Lucas 10:40-42

Jesús no reprendió a Marta por servir; amaba esa casa precisamente porque lo recibían. Le señaló otra cosa: «cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada». El servicio de Marta se había llenado de ansiedad y de queja. Quien sirve mucho y ora poco termina sirviendo vacío. Primero los pies de Jesús; después, la cocina.

El resentimiento. «¿No tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola?». Cuando uno empieza a contar lo que hace y lo que los demás no hacen, el don se está agriando.

Buscar que nos vean. «No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha» (Mateo 6:3). «Todo lo que hagáis, hacedlo de ánimo, como al Señor, y no a los hombres… porque al Señor Cristo servís» (Colosenses 3:23-24).

No saber decir que no. El que tiene este don suele cargar con todo hasta romperse. Jesús, viendo a los suyos sin tiempo ni para comer, les dijo: «Venid vosotros aparte al lugar desierto, y reposad un poco» (Marcos 6:31). Descansar también es obedecer.

Dejarse usar. Servir por amor no es lo mismo que ser explotado. Pablo une el servicio con la libertad: «a libertad habéis sido llamados… servíos por amor» (Gálatas 5:13). Si en una casa, en un trabajo o en una iglesia alguien se aprovecha de tu disposición, te humilla o te exige sin cuidarte, eso no es el reino de Dios. Poner un límite no es dejar de servir.

El orgullo del humilde. Sentirse superior porque «yo sí hago, no como otros». Jesús enseñó a decir, después de hacerlo todo: «lo que debíamos hacer, hicimos» (Lucas 17:10). Lee Cómo orar a Dios cuando estamos cansados.

El servicio que nadie ve

Gran parte del servicio ocurre donde no hay público: el hijo que cuida a un padre enfermo, la mujer que cocina para un vecino solo, el que limpia los baños del templo, el que lleva las cuentas con honradez. Pablo dice que en el cuerpo «los miembros que parecen más flacos, son necesarios» (1 Corintios 12:22). Y la Biblia tiene una memoria curiosa para estas cosas: en la lista de quienes reconstruyeron el muro de Jerusalén quedó anotado, para siempre, que los de Tecoa trabajaron, «mas sus grandes no prestaron su cerviz a la obra de su Señor» (Nehemías 3:5). Dios lleva la cuenta de quién dobla la espalda y quién no. «Tu Padre que ve en secreto, él te recompensará» (Mateo 6:4).

Cómo crecer en este don

  1. Siéntate primero a sus pies. Empieza el día con el Señor antes de empezar con las tareas.
  2. Comienza por tu casa. El primer lugar de servicio es la propia familia.
  3. Sé fiel en lo pequeño. «El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel» (Lucas 16:10).
  4. Sirve con la fuerza de Dios, no con la tuya. Pídela cada día: «Ven, Espíritu Santo».
  5. Sirve con alegría. «Dios ama el dador alegre» (2 Corintios 9:7). Si la alegría se ha ido, detente y pregunta por qué.
  6. Trabaja con otros y enseña a otros. No lo hagas todo tú; abre lugar a los que quieren aprender.
  7. Descansa sin culpa.
  8. Hazlo para el Señor. Así no dependerás de que te den las gracias.

Y no limites el don a las paredes del templo. Tu trabajo, tu barrio, el hospital, la escuela de tus hijos son lugares de servicio. Lee Amor al prójimo y Los dones espirituales: descubre y usa tu don para servir a Dios.

Una palabra a las iglesias

Pablo pide algo expreso para Epafrodito: «tened en estima a los tales» (Filipenses 2:29). Una iglesia sana conoce por su nombre a quienes sirven, les da las gracias, los cuida para que no se agoten y no reserva la palabra «ministerio» para los que suben a una plataforma. Varias tradiciones cristianas han reconocido este servicio como un ministerio estable, el diaconado: ordenado en las iglesias católica, ortodoxa y anglicana; elegido por la congregación en muchas iglesias evangélicas. «Los que bien ministraren, ganan para sí buen grado, y mucha confianza en la fe» (1 Timoteo 3:13).

Preguntas frecuentes

¿El servicio es un don menor? No. Está en la misma lista que la profecía y la enseñanza, y es la forma que tomó el Hijo de Dios. En el reino, el mayor es el que sirve (Mateo 23:11).

¿Cómo sé si es mi don o si solo no sé decir que no? El don produce alegría y paz, aun con cansancio. La incapacidad de negarse produce ansiedad, resentimiento y miedo a desagradar. Si es lo segundo, necesitas aprender límites, no más tareas.

¿Puedo tener este don junto con otros? Sí. Esteban y Felipe fueron escogidos para servir las mesas y además predicaron con poder.

¿Cuenta servir fuera de la iglesia? Cuenta. Jesús habló del hambriento, del enfermo, del preso y del extranjero, sin preguntar a qué congregación pertenecían.

Estoy enfermo o soy mayor y ya no puedo hacer mucho. ¿Qué hago con este don? Sirve con lo que tienes: una llamada, una oración, una palabra de ánimo. Y deja que otros te sirvan; también eso es gracia.

Oración

Señor Jesús, tú que tenías todas las cosas en tus manos, tomaste una toalla. Te arrodillaste delante de hombres que iban a abandonarte, y les lavaste los pies. Enséñame a servir así. Gracias por haberme dado manos, y ojos para ver lo que falta. Perdóname cuando sirvo para que me vean, cuando llevo la cuenta de lo que hago, cuando me quejo como Marta de los que no ayudan. Estoy cansado, Señor; tú lo sabes. Ven, Espíritu Santo, y sé tú mi fuerza, porque la mía se acaba. Devuélveme la alegría del principio. Siéntame primero a tus pies, y después envíame a la cocina, al hospital, a la casa del que está solo. Que en cada persona te vea a ti. Y cuando nadie me dé las gracias, recuérdame que tú no olvidas. No busco otro premio que oírte decir un día: «Bien, buen siervo y fiel». Amén.