La paz que el mundo no puede dar
Vivimos en un mundo inquieto. Guerras, violencia, divisiones políticas, crisis económicas, ansiedad y soledad afectan a millones de personas. Muchos buscan paz en el éxito, en el dinero, en las relaciones, en el entretenimiento o en técnicas de relajación. Todas esas cosas pueden ofrecer alivio temporal, pero no llenan el vacío profundo del corazón. Jesús ofreció algo diferente:
«La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27
Jesús pronunció estas palabras la noche antes de ser crucificado, cuando sabía lo que le esperaba. Su paz no dependía de las circunstancias. No es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios en medio de ellos.
¿Qué significa «paz» en la Biblia?
La palabra hebrea shalom es mucho más rica que nuestra idea de tranquilidad. Significa plenitud, bienestar, integridad, armonía y relaciones restauradas: con Dios, con uno mismo, con los demás y con la creación. Por eso los judíos se saludan hasta hoy diciendo «Shalom», deseándose todo ese bien. En el Nuevo Testamento, la palabra griega eirene recoge el mismo sentido.
La Biblia habla de tres dimensiones de la paz. Paz con Dios: el pecado nos separó de Él, pero Cristo nos reconcilió: «Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1). La paz de Dios: una tranquilidad interior que guarda el corazón en medio de las pruebas (Filipenses 4:7). Paz con los demás: «Si se puede hacer, cuanto está en vosotros, tened paz con todos los hombres» (Romanos 12:18).
Jesús, el Príncipe de paz
Isaías anunció que el Mesías sería llamado «Príncipe de paz» (Isaías 9:6). En su nacimiento, los ángeles cantaron: «Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz». Durante su ministerio, Jesús calmó la tempestad, dijo a los enfermos sanados «ve en paz» y enseñó: «Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9). Después de resucitar, su primer saludo a los discípulos asustados fue: «Paz a vosotros» (Juan 20:19).
Pablo explica que Cristo derribó el muro de enemistad que separaba a los pueblos: «Porque él es nuestra paz, que de ambos hizo uno» (Efesios 2:14). La cruz no solo nos reconcilia con Dios; también hace posible la reconciliación entre personas y pueblos enfrentados.
Cómo vivir en la paz de Dios
Ora en lugar de afanarte. Pablo lo enseña con claridad: «Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias» (Filipenses 4:6). Fija tu mente en Dios. «Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado» (Isaías 26:3). Llena tu mente de lo bueno. Filipenses 4:8 invita a pensar en lo verdadero, lo honesto, lo justo y lo puro. Perdona. El resentimiento roba la paz; el perdón la devuelve. Descansa. Jesús invitó: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar» (Mateo 11:28). Busca ayuda cuando la necesites. La fe y la atención profesional a la ansiedad o la depresión no se contradicen.
El amor: el mayor mandamiento
Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, respondió: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo. «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mateo 22:37-40). Toda la fe cristiana se resume en el amor.
El Nuevo Testamento usa varias palabras griegas para el amor, pero la más característica es ágape: un amor que se entrega, que busca el bien del otro sin esperar nada a cambio. Es el amor con que Dios nos ama: «Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).
«La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no hace sinrazón, no se ensancha; No es injuriosa, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; No se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad; Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.»
1 Corintios 13:4-7
Amar como Jesús amó
Jesús dio a sus discípulos un «mandamiento nuevo»: «Que os améis los unos a los otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:34-35). La marca del cristiano no es un símbolo externo, sino el amor.
Ese amor no se limita a los amigos. Jesús enseñó: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mateo 5:44). En la parábola del buen samaritano, mostró que el prójimo es cualquiera que necesita ayuda, aunque sea de otro pueblo o religión. Y en la cruz, perdonó a quienes lo crucificaban.
El amor en la vida diaria
En la familia: paciencia, escucha, perdón y tiempo de calidad. Lee nuestros artículos sobre el matrimonio y la educación de los hijos. En el trabajo: honestidad, respeto y servicio. Con los necesitados: Juan escribe que no amemos «de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad» (1 Juan 3:18). Con los que piensan distinto: el amor no exige estar de acuerdo en todo, pero sí tratar a todos con dignidad. Con uno mismo: aceptar el amor de Dios nos libera de la autocondena y nos permite amar a otros.
Sembradores de paz en un mundo dividido
Los cristianos están llamados a ser agentes de reconciliación (2 Corintios 5:18). A lo largo de la historia, muchos creyentes han trabajado por la paz: mediando en conflictos, acompañando a víctimas de la violencia, promoviendo el perdón y la justicia. En Colombia, iglesias de diversas tradiciones han acompañado procesos de reconciliación en comunidades afectadas por el conflicto armado. La paz de Cristo no es pasividad, sino un compromiso activo con la justicia y el bien de todos.
«Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, Mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley.»
Gálatas 5:22-23
Oración por la paz
Señor Jesús, Príncipe de paz, gracias porque en ti tengo paz con Dios. Calma mi corazón inquieto y guárdalo con tu paz, que sobrepasa todo entendimiento. Hazme instrumento de tu paz: donde haya odio, que siembre amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya división, unidad. Enséñame a amar como tú amaste, aun a quienes me hacen daño. Da paz a mi familia, a mi país y a las naciones. Amén.
Cuando la paz parece imposible
Hay momentos en que la paz parece imposible: la enfermedad de un hijo, la pérdida del trabajo, una traición, una guerra. La Biblia no promete una vida sin tormentas, pero sí la compañía de Dios en medio de ellas. Pablo escribió desde una prisión romana, encadenado, que había aprendido a contentarse en cualquier situación (Filipenses 4:11-13). Los discípulos, en medio de la tempestad en el mar de Galilea, vieron a Jesús levantarse y decir al viento: «Calla, enmudece». Y en el Salmo 46, el salmista declara: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto no temeremos, aunque la tierra sea removida».
Si hoy atraviesas una tormenta, recuerda que no estás solo. Puedes enviarnos tu petición en Pide tu oración y leer nuestro artículo Oraciones para cada momento de nuestra vida.
Versículos sobre la paz y el amor para memorizar
Juan 16:33: «En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo». Salmo 4:8: «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me harás estar confiado». 1 Juan 4:18: «En amor no hay temor; mas el perfecto amor echa fuera el temor». Romanos 8:38-39: nada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Colosenses 3:15: «Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones». Proverbios 10:12: «El odio despierta rencillas: mas la caridad cubrirá todas las faltas».
La paz y el amor en la comunidad cristiana
La iglesia está llamada a ser un lugar donde se vive la paz y el amor de Cristo. Pablo exhortaba: «solícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). Eso implica resolver los conflictos con humildad, hablar la verdad con amor y recibir a todos sin distinción.