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Salmos completos

Los 150 Salmos: cantos y oraciones para la alegría, el dolor, el miedo y la gratitud. Elige un salmo y léelo completo.

Salmos para cada momento: 12327465191100103121139150

Texto: Reina-Valera 1909 (dominio público), ortografía actualizada.

El libro de los Salmos: el corazón orante de la Biblia

El libro de los Salmos es la colección de oraciones y cantos más amada de la historia. Durante tres mil años ha dado palabras a judíos y cristianos para alabar, agradecer, llorar, confesar, pedir ayuda y confiar en Dios. Jesús oró con los Salmos, los primeros cristianos los cantaban en sus reuniones, los monjes los rezan cada día y millones de creyentes los leen en momentos de alegría y de dolor. Su nombre en hebreo, Tehillim, significa «alabanzas»; la palabra «salmo» viene del griego psalmós, un canto acompañado de instrumentos de cuerda.

Cómo está organizado

El libro contiene 150 salmos, divididos desde la antigüedad en cinco libros, quizás como eco de los cinco libros de Moisés: Libro I (Salmos 1–41), Libro II (42–72), Libro III (73–89), Libro IV (90–106) y Libro V (107–150). Cada libro termina con una doxología, una breve alabanza, y el Salmo 150 cierra toda la colección como una gran doxología final. El Salmo 1 funciona como puerta de entrada: presenta dos caminos, el del justo que medita en la ley de Dios y el de los malos.

¿Quién escribió los Salmos?

Según los títulos, el rey David es el autor de unos 73 salmos. También se atribuyen salmos a Asaf (12), a los hijos de Coré (11), a Salomón (2), a Moisés (el Salmo 90, considerado el más antiguo), a Hemán y a Etán. Unos cincuenta salmos no indican autor. La colección se fue formando a lo largo de varios siglos, desde la época de David hasta después del exilio en Babilonia.

Tipos de salmos

Himnos de alabanza: celebran la grandeza de Dios como Creador y Salvador (Salmos 8, 19, 29, 100, 103, 145–150). Lamentos: oraciones en tiempos de angustia, personal o nacional; son el grupo más numeroso (Salmos 13, 22, 42, 88). Acción de gracias: agradecen una liberación concreta (Salmos 30, 34, 116). Salmos de confianza: expresan seguridad en Dios (Salmos 23, 27, 46, 91, 121). Salmos reales y mesiánicos: hablan del rey de Israel y anuncian al Mesías (Salmos 2, 22, 45, 72, 110). Salmos penitenciales: la tradición cristiana agrupa siete salmos de arrepentimiento: 6, 32, 38, 51, 102, 130 y 143. Salmos sapienciales: reflexionan sobre la vida y la ley de Dios (Salmos 1, 37, 119). Cánticos graduales o de ascenso: los Salmos 120 al 134, que cantaban los peregrinos al subir a Jerusalén para las fiestas.

La poesía hebrea

Los Salmos son poesía, y la poesía hebrea tiene características propias. La más importante es el paralelismo: una segunda línea repite, amplía o contrasta la idea de la primera. Por ejemplo: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1). Algunos salmos son acrósticos: cada verso o estrofa comienza con una letra sucesiva del alfabeto hebreo; el Salmo 119, el capítulo más largo de la Biblia con 176 versículos, tiene 22 estrofas, una por cada letra. La misteriosa palabra Selah, que aparece 71 veces, probablemente indicaba una pausa o un interludio musical.

Jesús y los Salmos

Los Salmos son el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo. Jesús los citó para enseñar sobre sí mismo: preguntó cómo el Mesías podía ser hijo de David si David lo llama «Señor» (Salmo 110:1). En la cruz oró con el Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», y encomendó su espíritu con el Salmo 31:5. Los evangelios ven cumplidos en su pasión y resurrección muchos detalles de los Salmos, y después de resucitar Jesús explicó a sus discípulos lo que estaba escrito de Él «en los salmos» (Lucas 24:44).

«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Y será como el árbol plantado junto a arroyos de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.»

Salmo 1:1-3

Salmos para cada momento

En la angustia: Salmos 46, 91 y 121. En la tristeza: Salmos 42 y 43. Para pedir perdón: Salmos 32 y 51. Para agradecer: Salmos 100, 103 y 136. Ante el miedo: Salmos 23, 27 y 56. Para alabar: Salmos 8, 145 y 150. Para conocerse ante Dios: Salmo 139. Para meditar en la Palabra: Salmos 1, 19 y 119. Para la familia: Salmos 127 y 128. En la vejez: Salmos 71 y 92. Ante la muerte: Salmos 23 y 90. Puedes abrir cualquiera de ellos con el selector de arriba.

Cómo orar con los Salmos

Lee despacio, en voz alta si es posible: los Salmos fueron escritos para ser cantados. Hazlos tuyos: cambia el «yo» del salmista por tu propia situación y presenta a Dios tus circunstancias. No temas a los salmos difíciles: los lamentos y las quejas nos enseñan que podemos presentar a Dios toda nuestra realidad con honestidad. Lee uno cada día: en cinco meses habrás leído los 150; o sigue la costumbre antigua de leer cinco salmos al día y terminar el libro en un mes. Memoriza algunos versículos clave, como el Salmo 23 o el Salmo 121, para tenerlos a mano en los momentos difíciles. Lee también Oraciones para cada momento de nuestra vida.

Datos interesantes

El Salmo 117 es el capítulo más corto de la Biblia, con solo dos versículos. El Salmo 119 es el más largo. El Salmo 23, «Jehová es mi pastor», es probablemente el texto bíblico más conocido en el mundo. El Salmo 90, atribuido a Moisés, sería el más antiguo. Y el Salmo 150, con su invitación a que «todo lo que respira» alabe a Dios, cierra el libro con una explosión de alegría.

Los Salmos en la historia de la Iglesia

Desde los primeros siglos, los Salmos han sido el libro de oración de la Iglesia. Los monjes del desierto los recitaban de memoria mientras trabajaban. En los monasterios medievales se rezaban completos cada semana en la Liturgia de las Horas, costumbre que continúa hoy en muchas comunidades católicas, ortodoxas y anglicanas. Martín Lutero llamó al Salterio «una pequeña Biblia», porque resume en forma de oración todo lo que enseña la Escritura. Juan Calvino promovió el Salterio de Ginebra, que ponía música a los 150 salmos para el canto congregacional. En el siglo XX, el teólogo Dietrich Bonhoeffer, preso por oponerse al nazismo, llamó a los Salmos «el libro de oración de la Biblia» y encontró en ellos fuerza hasta el final de su vida.

Los Salmos y la música

Los Salmos nacieron como cantos, y hasta hoy inspiran a músicos de todo el mundo. Muchos himnos clásicos son paráfrasis de salmos, como «Castillo fuerte es nuestro Dios», basado en el Salmo 46. Compositores como Bach, Händel y Mendelssohn pusieron música a sus versos, y numerosos cantos contemporáneos de alabanza nacen de ellos. Cantar un salmo es una manera sencilla de memorizarlo y de orar con el corazón.

El Salmo 23, verso a verso

«Jehová es mi pastor»: Dios no es un ser lejano, sino alguien que cuida personalmente a los suyos. «Nada me faltará»: no significa tener todo lo que deseamos, sino todo lo que necesitamos. «En lugares de delicados pastos me hará yacer»: Dios da descanso. «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo»: la fe no elimina el valle oscuro, pero nos asegura compañía en él. «Y en la casa de Jehová moraré por largos días»: la esperanza final es vivir para siempre en su presencia. Jesús se presentó como el Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Juan 10:11).

Pocos textos han consolado a tantas personas junto a una cama de hospital o en un funeral.