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El Espíritu Santo

El Consolador prometido por Jesús vive en cada creyente: guía, enseña, da poder para testificar y transforma el carácter.

«Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos… hasta lo último de la tierra.»

Hechos 1:8

El fruto del Espíritu

Gálatas 5:22-23

Consuela

Acompaña en el dolor y recuerda las palabras de Jesús (Juan 14:26).

Guía

Conduce a toda la verdad y ayuda a discernir la voluntad de Dios (Juan 16:13).

Intercede

Ora por nosotros cuando no sabemos qué pedir (Romanos 8:26).

¿Quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es Dios, la tercera persona de la Trinidad, igual al Padre y al Hijo en naturaleza, gloria y poder. No es una fuerza impersonal ni una simple energía: la Biblia lo presenta como alguien que enseña, guía, habla, consuela, intercede, reparte dones según su voluntad y puede ser entristecido (Efesios 4:30). Jesús lo llamó «otro Consolador», en griego Parákletos: el que es llamado a estar a nuestro lado para ayudar, defender y animar.

En el Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas en la creación (Génesis 1:2), capacitó a artesanos como Bezaleel, llenó a jueces, reyes y profetas, e inspiró las Escrituras. Los profetas anunciaron un día en que Dios pondría su Espíritu dentro de su pueblo y le daría un corazón nuevo (Ezequiel 36:26-27). Esa promesa se cumplió en Pentecostés y sigue cumpliéndose en cada persona que cree en Cristo.

«Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos, y guardéis mis derechos, y los pongáis por obra.»

Ezequiel 36:26-27

El Espíritu Santo en la vida de Jesús

Toda la vida de Jesús estuvo marcada por la presencia del Espíritu. Fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de María (Lucas 1:35). En su bautismo, el Espíritu descendió sobre Él como paloma. Fue llevado por el Espíritu al desierto, donde venció la tentación, y volvió a Galilea «en virtud del Espíritu». En la sinagoga de Nazaret leyó la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres» (Lucas 4:18). Por el Espíritu echó fuera demonios, y Hebreos dice que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo a Dios (Hebreos 9:14). El mismo Espíritu que obró en Jesús es el que Él prometió a sus discípulos.

La obra del Espíritu en el creyente

Convence

Convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio, y abre los ojos para ver nuestra necesidad de Cristo (Juan 16:8).

Regenera

Produce el nuevo nacimiento: el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:5).

Habita

Hace del creyente su templo y es el sello y la garantía de nuestra herencia (1 Corintios 6:19; Efesios 1:13-14).

Da testimonio

Nos asegura que somos hijos de Dios y nos enseña a clamar «Abba, Padre» (Romanos 8:15-16).

Enseña y recuerda

Nos enseña todas las cosas y nos recuerda las palabras de Jesús (Juan 14:26). Ilumina la lectura de la Biblia.

Santifica

Nos transforma de gloria en gloria a la imagen de Cristo y nos ayuda a vencer la carne (2 Corintios 3:18; Gálatas 5:16).

Capacita

Reparte dones para edificar la Iglesia y da poder para testificar de Cristo (1 Corintios 12; Hechos 1:8).

Une

Nos bautiza en un solo cuerpo y nos llama a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:3).

Da esperanza

El mismo Espíritu que levantó a Jesús de los muertos vivificará nuestros cuerpos mortales (Romanos 8:11).

«Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles.»

Romanos 8:26

Pentecostés: la promesa cumplida

Cincuenta días después de la Pascua, mientras los discípulos oraban unánimes en Jerusalén, vino del cielo un estruendo como de un viento recio, aparecieron lenguas como de fuego y todos fueron llenos del Espíritu Santo (Hechos 2:1-4). El viento recuerda el aliento de vida de Dios; el fuego, su presencia purificadora; las lenguas, que el Evangelio es para todas las naciones. Ese día, Pedro predicó con valentía y unas tres mil personas creyeron. Desde entonces, el Espíritu impulsa a la Iglesia a llevar a Cristo hasta lo último de la tierra. Lee más en Avivamiento a las naciones.

«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen.»

Hechos 2:4

Símbolos del Espíritu Santo en la Biblia

Paloma

Paz, pureza y la nueva creación, como en el bautismo de Jesús.

Fuego

Presencia de Dios que purifica, enciende el celo y da valentía.

Viento

El aliento de vida de Dios, invisible pero poderoso (Juan 3:8).

Agua viva

Ríos de agua viva que brotan del interior del que cree (Juan 7:38-39).

Aceite

La unción que consagra para el servicio y trae sanidad.

Sello

Marca de pertenencia a Dios y garantía de su promesa.

Cómo vivir llenos del Espíritu

Pablo exhorta: «sed llenos de Espíritu» (Efesios 5:18). Ser lleno del Espíritu no es una experiencia única, sino una vida de dependencia continua. Se cultiva pidiéndolo en oración, porque el Padre da el Espíritu Santo a los que se lo piden (Lucas 11:13); obedeciendo la Palabra; confesando el pecado para no contristar al Espíritu; adorando y dando gracias; sirviendo a otros con los dones recibidos; y caminando en comunidad. El resultado es una vida que muestra el fruto del Espíritu y da testimonio de Cristo con amor y valentía.

El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

El Espíritu no aparece por primera vez en Pentecostés. Ya en el segundo versículo de la Biblia «el Espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas» (Génesis 1:2). En el Antiguo Testamento, el Espíritu capacitó a artesanos como Bezaleel para construir el tabernáculo (Éxodo 31:3), vino sobre jueces como Gedeón y Sansón, reposó sobre David desde el día de su unción y habló por medio de los profetas. Sin embargo, su presencia solía ser temporal y sobre personas escogidas para una misión. Por eso los profetas anunciaron un tiempo nuevo: «Y será que después de esto derramaré mi espíritu sobre toda carne» (Joel 2:28), y Ezequiel prometió: «pondré dentro de vosotros mi espíritu» (Ezequiel 36:27). Pentecostés es el cumplimiento de esas promesas.

Nombres y títulos del Espíritu

La Biblia llama al Espíritu de muchas maneras que revelan su obra. Consolador o Paráclito, que significa «el que es llamado al lado» para ayudar, defender y animar (Juan 14:16). Espíritu de verdad, porque guía a toda la verdad (Juan 16:13). Espíritu de vida, porque da vida nueva (Romanos 8:2). Espíritu de adopción, por quien clamamos «¡Abba, Padre!» (Romanos 8:15). Espíritu de gracia (Hebreos 10:29), Espíritu de sabiduría y de revelación (Efesios 1:17) y Espíritu de Cristo (Romanos 8:9).

Los dones del Espíritu

Además del fruto, que es el carácter de Cristo formado en nosotros, el Espíritu reparte dones para servir a la Iglesia. Pablo menciona, entre otros, palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, dones de sanidades, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas e interpretación de lenguas (1 Corintios 12:8-10), y también servicio, enseñanza, exhortación, generosidad, liderazgo y misericordia (Romanos 12:6-8). Todos los dones tienen un mismo propósito: «para provecho» de todos (1 Corintios 12:7), y todos deben ejercerse con amor (1 Corintios 13). Profundiza en Los dones del Espíritu Santo y en Los dones espirituales.

Distintas comprensiones entre las iglesias

Todos los cristianos confiesan al Espíritu Santo como tercera persona de la Trinidad, «Señor y dador de vida», según el Credo Niceno-Constantinopolitano del año 381. Hay diferencias en algunos aspectos. Las iglesias pentecostales y carismáticas subrayan el bautismo en el Espíritu como una experiencia de poder, a menudo acompañada del hablar en lenguas, y la vigencia de todos los dones. Otras tradiciones evangélicas entienden que el creyente recibe el Espíritu al creer y enfatizan el ser llenos de Él continuamente. Las iglesias católica y ortodoxa relacionan de manera especial el don del Espíritu con los sacramentos, como el bautismo y la confirmación o crismación. Más allá de estas diferencias, todas afirman que sin el Espíritu no hay vida cristiana.

No contristar ni apagar al Espíritu

Pablo advierte: «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios» (Efesios 4:30), en un contexto que habla de mentira, ira, amargura y palabras corrompidas. Y también: «No apaguéis el Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19). El Espíritu es una persona que puede ser entristecida. Vivir en su plenitud implica sensibilidad a su voz, confesión rápida del pecado, obediencia y apertura a su obra.

Preguntas frecuentes

¿El Espíritu Santo es una fuerza o una persona? La Biblia lo presenta como persona: enseña, habla, intercede, se entristece y reparte dones según su voluntad. ¿Cómo sé si tengo el Espíritu? Pablo afirma que todo el que es de Cristo tiene su Espíritu (Romanos 8:9) y que el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). ¿Puedo pedir ser lleno del Espíritu? Sí. Jesús prometió: «¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él?» (Lucas 11:13).

Desde el siglo IX, la Iglesia canta el antiguo himno Veni Creator Spiritus, «Ven, Espíritu Creador», pidiendo su presencia. Puedes hacer tuya esa oración: «Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón y enciende en mí el fuego de tu amor».