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Evangelio

Avivamiento a las naciones: cuando Dios visita a su pueblo

A lo largo de la historia, hay momentos en que Dios parece acercarse de una manera extraordinaria a su pueblo. Las iglesias se llenan, las personas lloran por sus pecados, las familias se reconcilian, los bares y las cárceles se vacían, la oración se vuelve ferviente y el Evangelio se extiende con una fuerza que nadie puede explicar con estrategias humanas. A estos tiempos se les llama avivamientos. Hoy, en medio de un mundo herido y confundido, muchos creyentes en todas las naciones claman con el profeta Habacuc: «Oh Jehová, aviva tu obra».

En este artículo exploramos qué es un avivamiento según la Biblia, qué nos enseñan los avivamientos del pasado, cuáles son las señales de un verdadero mover de Dios y cómo podemos orar y prepararnos para que el avivamiento alcance a las naciones.

«Oh Jehová, oído he tu palabra, y temí: oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, en medio de los tiempos hazla conocer; en la ira acuérdate de la misericordia.»

Habacuc 3:2

¿Qué es un avivamiento?

Avivar significa dar nueva vida, reanimar algo que se estaba apagando. Un avivamiento no es un evento organizado, un concierto multitudinario ni una campaña publicitaria, aunque Dios puede usar todas esas cosas. Es una obra soberana del Espíritu Santo que despierta a la Iglesia de su adormecimiento espiritual y, como consecuencia, alcanza a los que están lejos de Dios.

Se suele distinguir entre dos realidades relacionadas. El avivamiento es la renovación de la vida espiritual de los creyentes: un nuevo amor por Dios, arrepentimiento profundo, hambre de la Palabra y pasión por la santidad. El despertar o la cosecha es el efecto que ese avivamiento tiene en la sociedad: multitudes que se convierten a Cristo, comunidades transformadas y un impacto visible en la cultura.

El salmista oraba: «¿No volverás tú a darnos vida, y tu pueblo se alegrará en ti?» (Salmo 85:6). El avivamiento comienza en la casa de Dios y se desborda hacia las naciones.

Avivamientos en la historia de Israel

El Antiguo Testamento registra varios momentos de renovación espiritual. Bajo el rey Josías, se encontró el libro de la ley en el templo, que había estado olvidado. Al escucharlo, el rey rasgó sus vestidos, se humilló delante de Dios, renovó el pacto, eliminó la idolatría y celebró la Pascua como no se había celebrado en generaciones (2 Reyes 22-23).

Bajo el rey Ezequías, se abrieron las puertas del templo que estaban cerradas, se purificó la casa de Dios y se restauró la adoración con gran gozo (2 Crónicas 29-30). En tiempos de Esdras y Nehemías, después del exilio, el pueblo se reunió en la plaza para escuchar la lectura de la ley desde el alba hasta el mediodía; lloraron al oír las palabras de Dios, y luego se les dijo que no se entristecieran, porque el gozo de Jehová era su fortaleza (Nehemías 8).

Estos avivamientos tienen elementos comunes: el redescubrimiento de la Palabra de Dios, el arrepentimiento sincero, la eliminación de los ídolos, la restauración de la adoración y un gozo profundo.

La promesa de 2 Crónicas 7:14

Uno de los versículos más citados cuando se ora por avivamiento es la respuesta de Dios a Salomón en la dedicación del templo:

«Si se humillare mi pueblo, sobre los cuales ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.»

2 Crónicas 7:14

Este pasaje describe cuatro actitudes del pueblo de Dios —humillarse, orar, buscar su rostro y convertirse de los malos caminos— y tres respuestas de Dios: oír, perdonar y sanar la tierra. Aunque fue dicho a Israel en un contexto particular, expresa un principio que se repite en toda la Biblia: cuando el pueblo de Dios se vuelve a Él de todo corazón, Dios responde con misericordia.

Pentecostés: el gran avivamiento

El avivamiento más importante de la historia ocurrió en Jerusalén, cincuenta días después de la resurrección de Jesús. Ciento veinte discípulos perseveraban unánimes en oración. De repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio, aparecieron lenguas como de fuego y todos fueron llenos del Espíritu Santo (Hechos 2).

Pedro, que semanas antes había negado a Jesús, predicó con valentía, y unas tres mil personas fueron bautizadas ese día. El libro de los Hechos describe el fruto: perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones; compartían sus bienes con los necesitados; alababan a Dios con alegría, y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

Pedro explicó que se estaba cumpliendo la profecía de Joel: Dios derramaría su Espíritu sobre toda carne. Esa promesa no se limitó a un día; el Espíritu siguió impulsando a la Iglesia hacia Samaria, Antioquía, Asia, Europa y hasta los confines de la tierra.

«Y será que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros viejos soñarán sueños, y vuestros mancebos verán visiones.»

Joel 2:28

Grandes avivamientos en la historia de la Iglesia

Desde entonces, la historia cristiana ha conocido numerosos tiempos de renovación en diferentes tradiciones y continentes.

Los movimientos de renovación de la Iglesia antigua y medieval. Monjes, predicadores y movimientos de pobreza evangélica, como el de Francisco de Asís en el siglo XIII, llamaron a volver a la sencillez del Evangelio y renovaron la fe de multitudes.

La Reforma del siglo XVI. El redescubrimiento de la Escritura y de la gracia de Dios, y la traducción de la Biblia a las lenguas del pueblo, trajeron una profunda renovación en Europa. En el mismo siglo surgieron también movimientos de renovación espiritual dentro de la Iglesia católica.

El Primer Gran Despertar (siglo XVIII). En Gran Bretaña y en las colonias de Norteamérica, predicadores como Jonathan Edwards, George Whitefield y John y Charles Wesley vieron multitudes conmovidas por la predicación del Evangelio. El movimiento metodista llevó la fe a mineros, obreros y pobres, e impulsó escuelas y obras sociales.

Herrnhut y las misiones moravas. En 1727, una comunidad de refugiados en Herrnhut, Alemania, experimentó un derramamiento del Espíritu. Allí comenzó una cadena de oración que, según su historia, se mantuvo durante unos cien años, y de esa comunidad salieron misioneros hacia el Caribe, Groenlandia, África y otras regiones.

El avivamiento de Gales (1904-1905). Con reuniones de oración marcadas por el arrepentimiento, miles de personas se convirtieron en pocos meses, y se reportaron cambios visibles en la vida social, como la disminución de la embriaguez.

La calle Azusa (1906). En una modesta iglesia de Los Ángeles, liderada por William J. Seymour, un predicador afroamericano, personas de distintas razas oraban juntas en una época de fuerte segregación. De allí se extendió el movimiento pentecostal, que hoy cuenta con cientos de millones de creyentes, especialmente en América Latina, África y Asia.

El crecimiento de la Iglesia en el sur global. Durante el último siglo, el cristianismo ha crecido de manera notable en África, Asia y América Latina. En muchos lugares, este crecimiento ha estado acompañado de oración intensa, testimonio en medio de la persecución y renovación del amor por la Palabra.

Señales de un verdadero avivamiento

No todo lo que se presenta como avivamiento lo es. La Biblia nos llama a examinar los frutos. Un mover genuino de Dios suele mostrar estas señales:

Cristo es exaltado. El Espíritu Santo glorifica a Jesús (Juan 16:14). El centro no es un líder carismático, sino el Señor.

Hay arrepentimiento profundo. Las personas reconocen su pecado, lo confiesan, restituyen lo que han tomado y se reconcilian con quienes han herido.

La Palabra de Dios es amada. Crece el hambre por leer, estudiar y obedecer la Biblia.

La oración se multiplica. Los creyentes oran con fervor, en privado y en comunidad.

Hay santidad y amor. Se manifiesta el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Hay unidad. Los creyentes de distintas iglesias oran y sirven juntos.

Hay compasión y justicia. Los avivamientos auténticos han impulsado el cuidado de los pobres, la educación, la sanidad y la lucha contra la injusticia.

Hay misión. Los creyentes renovados no se quedan encerrados; salen a anunciar a Cristo a su ciudad y a las naciones.

Cuando, en cambio, el énfasis está en la manipulación emocional, el espectáculo, el dinero o la exaltación de personas, es necesario discernir con humildad y con la Escritura en la mano.

¿Por qué necesitan las naciones un avivamiento?

Muchas sociedades enfrentan crisis profundas: violencia, desintegración familiar, adicciones, corrupción, desesperanza entre los jóvenes y soledad. Las soluciones políticas y económicas son necesarias, pero no pueden transformar el corazón humano. Solo Dios puede hacer nuevas todas las cosas. Por eso, orar por avivamiento es orar por la sanidad de las naciones, empezando por la Iglesia.

Al mismo tiempo, en muchas partes del mundo aún hay pueblos que no han escuchado el Evangelio. Un avivamiento genuino despierta en la Iglesia una pasión misionera que la impulsa a llevar a Cristo hasta lo último de la tierra. Lee también nuestro artículo La esperanza de las naciones.

Cómo orar y prepararse para el avivamiento

Comienza por tu propio corazón. El avivamiento empieza en personas concretas que se humillan ante Dios. Pide al Señor que examine tu vida, como oraba David: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón» (Salmo 139:23).

Vuelve a la Palabra. Dedica tiempo diario a la lectura de la Biblia. Los avivamientos de Josías y Nehemías comenzaron con el redescubrimiento de la ley de Dios.

Ora con perseverancia. Únete a otros para orar por tu familia, tu iglesia, tu ciudad y tu nación. Establece un tiempo semanal de oración por avivamiento.

Busca la unidad. Ora con creyentes de otras congregaciones. El Salmo 133 dice que donde los hermanos habitan juntos en armonía, allí envía Jehová bendición y vida eterna.

Sirve y testifica. No esperes pasivamente. Comparte el Evangelio, visita a los enfermos, ayuda a los necesitados. Muchas veces Dios aviva a quienes ya están obedeciendo.

Espera con fe. El avivamiento es obra soberana de Dios; no podemos fabricarlo, pero sí podemos clamar por él con confianza en sus promesas.

Oración por avivamiento a las naciones

Señor, aviva tu obra en medio de los tiempos. Nos humillamos delante de ti y confesamos nuestros pecados y los de nuestras naciones. Perdónanos y sana nuestra tierra. Derrama tu Espíritu Santo sobre tu Iglesia como en el día de Pentecostés. Despierta en nosotros un nuevo amor por Jesucristo, hambre de tu Palabra, pasión por la oración y compasión por los perdidos. Une a tu pueblo en todas las naciones. Que las familias sean restauradas, que los jóvenes te conozcan, que los cautivos sean libres y que tu Evangelio llegue hasta lo último de la tierra. Que la tierra sea llena del conocimiento de tu gloria como las aguas cubren el mar. En el nombre de Jesús, amén.