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Evangelio

La esperanza de las naciones: Jesucristo, luz para todos los pueblos

Vivimos en un mundo cansado. Las noticias hablan de guerras, crisis económicas, migraciones forzadas, violencia, corrupción y catástrofes. Millones de personas, en todos los continentes, se preguntan si existe un futuro mejor, si hay alguien capaz de sanar las heridas de la humanidad, si hay una esperanza que no dependa de la política, del dinero o de la fuerza. La Biblia responde con una afirmación antigua y siempre nueva: sí, hay esperanza, y tiene un nombre. Jesucristo es la esperanza de las naciones.

Esta verdad no aparece como una idea aislada en un versículo perdido. Recorre la Biblia entera, desde el primer libro hasta el último. Dios nunca pensó su salvación para un solo pueblo, una sola cultura o una sola lengua. Desde el principio, su propósito fue bendecir a todas las familias de la tierra. En este artículo seguimos ese hilo dorado a través de las Escrituras, para descubrir por qué el Evangelio es buena noticia para cada nación, y por qué la Iglesia existe para anunciarlo.

«Y en su nombre esperarán los gentiles.»

Mateo 12:21

Una humanidad dispersa

La historia de las naciones comienza en Génesis. Después del diluvio, los descendientes de Noé se multiplicaron y se extendieron por la tierra. Génesis 10, conocido como la «tabla de las naciones», enumera pueblos, lenguas y territorios. Es un recordatorio de que todas las naciones tienen un origen común y de que Dios conoce a cada una de ellas.

Inmediatamente después, en Génesis 11, aparece la torre de Babel. Los hombres, unidos por su orgullo, quisieron construir una torre que llegara al cielo y hacerse un nombre. Dios confundió su lengua y los dispersó por toda la tierra. Babel muestra la raíz del problema de las naciones: el deseo de vivir sin Dios, de alcanzar la gloria por cuenta propia. Desde entonces, la humanidad ha vivido dividida por idiomas, fronteras, rivalidades y desconfianza.

Pero la historia no termina en Babel. En el capítulo siguiente, Dios comienza un plan para reunir lo que el pecado había dispersado.

La promesa a Abraham: bendición para todas las familias

En Génesis 12, Dios llama a Abram, un hombre de Ur de los caldeos, y le dice que salga de su tierra hacia la tierra que Él le mostraría. Le promete hacer de él una nación grande, bendecirlo y engrandecer su nombre. Y añade una frase que es clave para entender toda la Biblia: «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3).

Dios eligió a una familia, no para excluir a las demás, sino para alcanzar a todas por medio de ella. La elección de Abraham tenía un propósito misionero desde el principio. Siglos después, Pablo explicaría a los gálatas que esta promesa era un anuncio anticipado del Evangelio: Dios justificaría por la fe a los gentiles, es decir, a las personas de todas las naciones (Gálatas 3:8).

Israel, luz entre los pueblos

Dios formó a Israel como su pueblo, lo liberó de Egipto y le dio su ley en el Sinaí. Allí le dijo que sería para Él «un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éxodo 19:6). Un sacerdote es un mediador entre Dios y las personas. Israel debía mostrar a las demás naciones cómo es el Dios verdadero, por medio de su adoración, su justicia y su manera de vivir.

A lo largo del Antiguo Testamento encontramos personas de otras naciones que se acercan al Dios de Israel: Rahab, la cananea de Jericó; Rut, la moabita, que llegó a ser bisabuela del rey David; Naamán, el general sirio sanado de lepra; la viuda de Sarepta que alimentó a Elías; y los habitantes de Nínive, que se arrepintieron ante la predicación de Jonás. Estas historias muestran que el corazón de Dios siempre estuvo abierto a los extranjeros.

La ley de Israel también mandaba amar al extranjero: «como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrinare entre vosotros, y ámalo como a ti mismo» (Levítico 19:34). El cuidado de los inmigrantes y forasteros era parte del testimonio de un pueblo que conocía a Dios.

Los Salmos: que todas las naciones alaben

Los Salmos, el libro de oración de Israel, están llenos de un anhelo universal. El Salmo 67 pide: «Alábente los pueblos, oh Dios; alábente los pueblos todos. Alégrense y gócense las gentes». El Salmo 96 invita a cantar al Señor «toda la tierra» y a contar «entre las gentes su gloria». El Salmo 117, el más corto de la Biblia, dice: «Alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos, alabadle».

Israel no oraba solo por sí mismo. Soñaba con el día en que todos los pueblos conocerían al Dios verdadero y se alegrarían en su salvación. Cada vez que leemos estos Salmos, nos unimos a una oración que tiene miles de años y que sigue esperando su cumplimiento pleno.

Los profetas anuncian al Siervo del Señor

Los profetas llevaron esta esperanza aún más lejos. Isaías vio el día en que todas las naciones subirían al monte de Jehová para aprender sus caminos, y en que convertirían sus espadas en azadones y sus lanzas en hoces, sin aprender más la guerra (Isaías 2:2-4). Es una de las visiones de paz más hermosas de la historia.

Isaías también anunció a un personaje misterioso, el Siervo del Señor, que traería justicia a las naciones: «He aquí mi siervo, yo lo sostendré; mi escogido, en quien mi alma toma contentamiento: he puesto sobre él mi espíritu, dará juicio a las gentes» (Isaías 42:1). De Él dice que no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humeare, y que las costas lejanas esperarán su ley.

En Isaías 49:6, Dios le dice a su Siervo que es poca cosa restaurar solo a Israel, y le da una misión mayor: ser luz de las naciones, para que su salvación llegue hasta lo postrero de la tierra. Y en Isaías 53 se revela el precio de esa misión: el Siervo sería herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados.

El profeta Hageo habló del «Deseado de todas las gentes» (Hageo 2:7), y muchos cristianos han visto en esta expresión un anuncio de Cristo, aquel a quien, sin saberlo, anhelan todos los pueblos.

Jesucristo, el cumplimiento de la esperanza

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que todas estas promesas se cumplen en Jesucristo. El Evangelio de Mateo comienza presentando a Jesús como hijo de David, hijo de Abraham, y en su genealogía incluye a mujeres de otras naciones, como Rahab y Rut. Poco después, unos sabios del oriente, extranjeros, llegan a Belén siguiendo una estrella para adorar al niño. Desde su nacimiento, Jesús atrae a las naciones.

En el templo, el anciano Simeón tomó al niño en sus brazos y bendijo a Dios porque había visto su salvación, preparada «delante de la faz de todos los pueblos: luz para ser revelada a los gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2:31-32).

Durante su ministerio, Jesús cruzó fronteras que otros no se atrevían a cruzar. Habló con una mujer samaritana junto a un pozo y muchos de su pueblo creyeron en Él, llamándolo «el Salvador del mundo» (Juan 4:42). Sanó al siervo de un centurión romano y se maravilló de su fe. Atendió a una mujer cananea que suplicaba por su hija. Purificó el templo recordando que la casa de Dios debía ser «casa de oración para todas las naciones» (Marcos 11:17).

Mateo aplica directamente a Jesús la profecía de Isaías sobre el Siervo, y concluye: «Y en su nombre esperarán los gentiles». Jesús es la esperanza de las naciones porque en Él Dios se acerca a todos, sin distinción.

La cruz: un solo pueblo nuevo

En la cruz, Jesús murió por el pecado del mundo entero. Juan el Bautista lo presentó como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Su muerte no fue solo por un grupo, sino por personas de toda raza, lengua y cultura.

Pablo explica que en la cruz Cristo derribó la pared de separación que dividía a judíos y gentiles, e hizo de ambos un solo pueblo nuevo, reconciliándolos con Dios en un mismo cuerpo (Efesios 2:14-16). Por eso escribe: «No hay judío, ni griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). En Cristo, las diferencias culturales no desaparecen, pero dejan de ser muros; se convierten en riqueza dentro de la familia de Dios.

La Gran Comisión: id a todas las naciones

Después de resucitar, Jesús reunió a sus discípulos en un monte de Galilea y les dio la misión que define a la Iglesia hasta hoy: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y doctrinad a todos los gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:18-20).

La palabra que se traduce como «gentiles» o «naciones» es ethne, de donde viene la palabra etnia. Jesús no envió a sus discípulos solo a países con fronteras políticas, sino a todos los pueblos, culturas y grupos humanos. La misión no termina mientras exista un pueblo que no haya escuchado el Evangelio. Jesús también dijo que este Evangelio del reino sería predicado en todo el mundo, por testimonio a todos los gentiles (Mateo 24:14).

Pentecostés: Babel al revés

Antes de ascender, Jesús prometió que sus discípulos recibirían poder del Espíritu Santo para ser sus testigos «en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). Diez días después, en la fiesta de Pentecostés, el Espíritu descendió sobre ellos y comenzaron a hablar en otras lenguas.

En Jerusalén había judíos piadosos de muchas naciones: partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Egipto, de Libia, de Roma, cretenses y árabes. Cada uno los oía hablar en su propia lengua las maravillas de Dios (Hechos 2:5-11). Lo que en Babel fue confusión y dispersión, en Pentecostés se convirtió en comprensión y reunión. Dios no borró las lenguas: las santificó para anunciar a Cristo. Por eso el Evangelio puede y debe traducirse a todos los idiomas.

El libro de los Hechos narra cómo el mensaje avanzó: a Samaria, a un funcionario de Etiopía, a un centurión romano, a Antioquía, a Asia Menor, a Grecia y finalmente a Roma, la capital del imperio. Personas de todas las clases sociales y culturas recibieron a Cristo y formaron comunidades de fe.

La visión final: una multitud de todas las naciones

La Biblia termina con la imagen más gloriosa de esta esperanza. El apóstol Juan vio «una gran compañía, la cual ninguno podía contar, de todas gentes y linajes y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero» (Apocalipsis 7:9). Allí, personas de todas las culturas adoran juntas al Dios que las salvó.

En los últimos capítulos, Juan describe la nueva Jerusalén, cuyas puertas nunca se cierran y a la cual las naciones traen su gloria y su honra (Apocalipsis 21:24-26). Junto al río de agua de vida está el árbol de la vida, y sus hojas «eran para la sanidad de las gentes» (Apocalipsis 22:2). Las heridas de las naciones —guerras, odios, injusticias— serán finalmente sanadas por Dios.

Esta es la meta de la historia: no la destrucción de la diversidad humana, sino su reconciliación en Cristo, para la gloria de Dios.

¿Por qué Cristo es la esperanza que el mundo necesita?

Porque ofrece perdón a todos. Ninguna nación, cultura o persona está fuera del alcance de la gracia de Dios. Porque reconcilia. Donde hay división y odio, Cristo trae paz, porque «él es nuestra paz». Porque dignifica. El Evangelio afirma que cada ser humano, de cualquier pueblo, lleva la imagen de Dios y es amado por Él. Porque transforma. A lo largo de la historia, allí donde el Evangelio ha sido vivido con fidelidad, han surgido hospitales, escuelas, obras de misericordia y movimientos de justicia. Porque vence la muerte. La resurrección de Jesús garantiza que la última palabra no la tienen el sufrimiento ni la tumba, sino la vida.

Nuestra parte en la esperanza de las naciones

Esta gran historia no es solo algo para admirar; nos invita a participar. Cada creyente puede contribuir a que la esperanza de Cristo llegue a las naciones de muchas maneras:

Orar por las naciones. Pide a Dios por los pueblos que aún no conocen el Evangelio, por los cristianos perseguidos, por los misioneros y por los gobernantes. Puedes tomar un país diferente cada semana y orar por él. Dar testimonio donde estás. Hoy muchas naciones están presentes en nuestras ciudades por medio de estudiantes, trabajadores y migrantes. Recibirlos con amor es una forma de misión. Apoyar la obra misionera. Las iglesias y ministerios que traducen la Biblia, plantan comunidades y sirven a los necesitados en otros países necesitan oración, recursos y voluntarios. Compartir contenido. Un artículo, un versículo o un testimonio compartido en las redes puede llegar a personas de otros países; este sitio permite traducir y compartir sus artículos con fines de evangelización. Ir. Algunos serán llamados a dejar su tierra, como Abraham, para anunciar a Cristo en otras culturas. Si sientes ese llamado, conversa con tus pastores y prepárate.

Esperanza para ti

La esperanza de las naciones también es esperanza para cada persona. Si hoy te sientes lejos de Dios, sin rumbo o sin fuerzas, recuerda que Jesús vino a buscar a los perdidos. La misma gracia que alcanza a los pueblos te alcanza a ti. Puedes acercarte a Él en oración, reconocer tu necesidad, confiar en su muerte y resurrección, y recibir una vida nueva. Si deseas que oremos contigo, escribe tu petición en la sección Pide tu oración.

Oración por las naciones

Padre santo, tú prometiste a Abraham que en él serían benditas todas las familias de la tierra, y cumpliste esa promesa en Jesucristo. Gracias porque Él es la luz de las naciones y la esperanza de todos los pueblos. Hoy te pedimos por los países que sufren guerra, pobreza y persecución; por los pueblos que aún no han escuchado tu Palabra; por los misioneros, los traductores de la Biblia y las iglesias que sirven en lugares difíciles. Derrama tu Espíritu Santo como en Pentecostés, para que tu Evangelio sea anunciado en todas las lenguas. Haznos testigos fieles en nuestra ciudad y hasta lo último de la tierra. Que todas las naciones te alaben. Venga tu reino. Toda la gloria sea para ti, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.