Soy pecador: ¿seré aceptado por Dios?
«Si supieras lo que he hecho, sabrías que Dios nunca me aceptaría». Esta frase, o algo parecido, la dicen muchas personas en silencio. Algunas cargan con culpas del pasado: violencia, infidelidad, abortos, adicciones, robos, abandono de sus hijos, crímenes o vidas enteras lejos de Dios. Otras sienten que han fallado tantas veces que ya no tienen derecho a volver. Si te preguntas: «Soy pecador, ¿seré aceptado por Dios?», la respuesta del Evangelio es sorprendente y liberadora: Jesús vino precisamente por los pecadores.
«Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.»
1 Timoteo 1:15
Todos somos pecadores
Lo primero que la Biblia afirma es que no estás solo en tu condición. «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). No existe una categoría de personas buenas que merecen a Dios y otra de personas malas que no lo merecen. Todos necesitamos gracia. Algunos pecados son más visibles o dañinos que otros, pero ninguno de nosotros puede presentarse ante Dios con méritos propios.
Esto, lejos de ser una mala noticia, nos pone a todos en el mismo lugar: al pie de la cruz, necesitados de misericordia. Y allí, la misericordia de Dios está disponible para todos.
Jesús vino por los pecadores
Una de las críticas más frecuentes contra Jesús era que se juntaba con pecadores. Comía con publicanos, que eran considerados traidores y ladrones; se dejaba tocar por una mujer de mala reputación; conversaba con una samaritana que había tenido cinco maridos. Cuando los religiosos se escandalizaban, Jesús respondía:
«Y oyéndolo Jesús, les dice: Los sanos no tienen necesidad de médico, mas los que tienen mal. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
Marcos 2:17
Si te sientes enfermo de alma, estás exactamente en la condición que Jesús vino a sanar. Tu pecado no te descalifica para acercarte a Cristo; es precisamente la razón por la que lo necesitas.
Historias de pecadores aceptados
Zaqueo era jefe de publicanos y rico, probablemente por cobrar de más a su propio pueblo. Jesús se detuvo bajo el árbol donde se había subido y le dijo: «hoy es necesario que pose en tu casa». El encuentro transformó a Zaqueo, que devolvió cuatro veces lo robado y dio la mitad de sus bienes a los pobres. Jesús concluyó: «el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).
La mujer pecadora entró en casa de un fariseo, lloró a los pies de Jesús, los secó con sus cabellos y los ungió con perfume. Mientras el anfitrión la juzgaba, Jesús dijo: «Sus muchos pecados son perdonados, porque amó mucho» (Lucas 7:47).
La mujer sorprendida en adulterio fue llevada ante Jesús para ser apedreada. Jesús dijo a sus acusadores: «El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero». Uno a uno se fueron. Entonces le dijo: «Ni yo te condeno: vete, y no peques más» (Juan 8:7-11).
Pedro negó a Jesús tres veces, y fue restaurado. Pablo persiguió a la Iglesia y consintió en la muerte de creyentes, y llegó a ser apóstol. Él mismo se llamaba «el primero de los pecadores» y decía que Dios tuvo misericordia de él para mostrar su clemencia a todos los que habían de creer (1 Timoteo 1:16).
David cometió adulterio y ordenó la muerte de un hombre inocente. Cuando fue confrontado, se arrepintió y escribió el Salmo 51: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia». Dios lo perdonó.
El padre que corre
En la parábola del hijo pródigo (Lucas 15), el hijo menor malgastó su herencia viviendo perdidamente. Cuando decidió volver, preparó un discurso: «Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros». Pero el padre, al verlo de lejos, corrió, lo abrazó y lo besó antes de que terminara de hablar. Le puso el mejor vestido, un anillo y calzado, y organizó una fiesta.
Jesús contó esta historia para mostrarnos cómo es Dios. No espera con los brazos cruzados para castigarte; corre a tu encuentro. No te recibe como un empleado a prueba, sino como un hijo restaurado.
¿Hay algún pecado que Dios no pueda perdonar?
La sangre de Cristo es suficiente para limpiar cualquier pecado del que nos arrepintamos. «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (Isaías 1:18).
Jesús habló de la blasfemia contra el Espíritu Santo como un pecado que no tiene perdón (Marcos 3:28-29). Muchos cristianos entienden que se trata de un rechazo consciente, persistente y definitivo de la obra del Espíritu que conduce a Cristo, es decir, una negativa final a arrepentirse. Por eso, si tú sientes el deseo de volver a Dios y te duele tu pecado, esa misma inquietud es una señal de que el Espíritu está obrando en ti. Quien teme haber cometido ese pecado, normalmente no lo ha cometido.
Aceptado tal como eres, pero no dejado igual
Dios te acepta tal como eres cuando vienes a Él con arrepentimiento y fe. No necesitas arreglar tu vida primero para ser digno. Pero su amor tampoco te deja igual. Así como Zaqueo cambió su manera de vivir, y Jesús le dijo a la mujer «vete, y no peques más», la gracia de Dios nos perdona y también nos transforma. Pablo, después de enumerar diversos pecados, escribió a los corintios: «Y esto erais algunos: mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6:11).
El cambio no ocurre por tu fuerza de voluntad, sino por la obra del Espíritu Santo. Habrá luchas y caídas, pero Dios promete terminar la buena obra que comienza (Filipenses 1:6).
Qué hacer con la culpa
Confiésala a Dios: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad» (1 Juan 1:9). Recibe el perdón por fe: no dependas de tus sentimientos, sino de la promesa de Dios. Repara lo que puedas: pide perdón a quienes heriste y restituye cuando sea posible, con sabiduría. Enfrenta las consecuencias legales: si has cometido delitos, el perdón de Dios no elimina la responsabilidad ante la justicia, pero te acompaña en ese proceso. Busca acompañamiento: un pastor, un sacerdote o un consejero cristiano puede ayudarte a caminar en libertad. No te condenes más: «Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).
«No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades; ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.»
Salmo 103:10-12
La gracia no es permiso para pecar
Algunos preguntan: si Dios perdona todo, ¿puedo seguir viviendo como quiera? Pablo respondió con firmeza: «¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? En ninguna manera» (Romanos 6:1-2). Quien ha experimentado el amor que perdona no quiere seguir hiriendo a Dios ni a los demás. La gracia no nos empuja al pecado, sino que nos libera de su dominio y nos da un deseo nuevo de agradar a Dios.
Tu pasado no define tu futuro
Dios no te mira solo por lo que fuiste, sino por lo que puede hacer contigo. Rahab, una mujer con un pasado difícil, llegó a formar parte de la genealogía del Mesías. Mateo, un publicano, escribió un evangelio. Pedro, que negó a Jesús, predicó en Pentecostés y tres mil personas creyeron. Tu historia, en manos de Dios, puede convertirse en un testimonio que ayude a otros que hoy sienten que no tienen esperanza.
Si hoy das este paso, no lo guardes en secreto: cuéntaselo a un creyente de confianza o escríbenos. Oraremos contigo.
Datos interesantes
«Amigo de pecadores»: sus críticos llamaron a Jesús «amigo de publicanos y de pecadores» (Mateo 11:19); lo que era un insulto se convirtió en una de las descripciones más hermosas de Él.
Gozo en el cielo: Jesús dijo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lucas 15:10).
El Salmo 51: escrito por David tras su gran pecado, es una de las oraciones de arrepentimiento más usadas en la historia de la Iglesia.
La genealogía de Jesús: incluye personas con historias difíciles, como Rahab y Tamar, mostrando que Dios obra a través de vidas imperfectas.
Oración
Señor Jesús, soy pecador. Tú conoces todo lo que he hecho, incluso lo que nadie más sabe. No vengo con excusas ni con méritos, sino con un corazón que necesita tu misericordia. Creo que moriste por mis pecados y resucitaste. Límpiame con tu sangre, perdóname y recíbeme como hijo. Gracias porque no rechazas al que viene a ti. Transforma mi vida con tu Espíritu Santo, y ayúdame a vivir en la libertad de tu gracia. Amén.