Hosanna: qué significa y por qué lo cantamos
Cada Domingo de Ramos, en iglesias de todo el mundo, miles de voces repiten una palabra antigua mientras agitan ramas de palma: «¡Hosanna!». También la cantamos en himnos y alabanzas, y muchas liturgias cristianas la pronuncian cada semana en el canto del «Santo». Sin embargo, pocas personas saben qué significa exactamente, de dónde viene y por qué la multitud la gritó cuando Jesús entró en Jerusalén. En este artículo explicamos el origen, el significado y la riqueza espiritual de la palabra Hosanna.
«Y las gentes que iban delante, y las que iban detrás, aclamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»
Mateo 21:9
Una palabra hebrea que llegó a todos los idiomas
Hosanna no es una palabra española, ni griega, ni latina. Es la transcripción de una expresión hebrea: hoshí'a na, que significa «¡salva, te ruego!», «¡sálvanos ahora!» o «¡danos la salvación!». Está formada por el verbo yashá, «salvar», de la misma raíz que el nombre de Jesús (Yeshúa, «el Señor salva»), y la partícula na, que expresa súplica o urgencia: «por favor», «ahora».
Los evangelios, escritos en griego, conservaron la palabra en su forma hebrea, hosanná, igual que conservaron otras expresiones como «Amén» o «Aleluya». Desde el griego pasó al latín y luego a casi todos los idiomas del mundo. Así, cuando un creyente en Colombia, en Nigeria, en Corea o en Noruega dice «Hosanna», está usando literalmente las mismas sílabas que gritaron los peregrinos en Jerusalén hace dos mil años.
El origen: el Salmo 118
La expresión aparece en el Antiguo Testamento en el Salmo 118, uno de los salmos más queridos del pueblo de Israel:
«Oh Jehová, salva ahora, te ruego: oh Jehová, ruégote hagas prosperar ahora. Bendito el que viene en nombre de Jehová: desde la casa de Jehová os bendecimos.»
Salmo 118:25-26
Donde nuestras Biblias en español dicen «salva ahora, te ruego», el texto hebreo dice precisamente hoshí'a na: Hosanna. Y el versículo siguiente contiene la otra frase que la multitud gritaría ante Jesús: «Bendito el que viene en el nombre de Jehová».
El Salmo 118 es un canto de acción de gracias por la victoria que Dios da a su pueblo. En él aparecen frases muy conocidas: «Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él» (versículo 24) y «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (versículo 22). Jesús citó este último versículo para referirse a sí mismo (Mateo 21:42), y Pedro lo aplicó a Cristo resucitado (Hechos 4:11).
Hosanna en las fiestas de Israel
El Salmo 118 formaba parte del Hallel («alabanza»), un conjunto de salmos (del 113 al 118) que los israelitas cantaban en las grandes fiestas: la Pascua, Pentecostés y, especialmente, la fiesta de los Tabernáculos o de las Cabañas (Sucot). En esa fiesta de otoño, los peregrinos llevaban ramas de palma, sauce y mirto, y rodeaban el altar del templo mientras cantaban «¡Hosanna!».
En la tradición judía, el séptimo día de la fiesta de los Tabernáculos se llegó a llamar Hoshaná Rabá, «el gran Hosanna», porque en él se repetían muchas veces estas súplicas pidiendo salvación, lluvia y bendición. Por eso, para un judío del tiempo de Jesús, la palabra Hosanna estaba asociada con la alegría de las fiestas, con las ramas en las manos y con la esperanza de que Dios enviara su salvación y a su Mesías.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
Los cuatro evangelios narran que, pocos días antes de su crucifixión, Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino, es decir, un asno joven. No fue un detalle casual. Jesús estaba cumpliendo deliberadamente una profecía del profeta Zacarías:
«Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalem: he aquí, tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, así sobre un pollino hijo de asna.»
Zacarías 9:9
Los reyes y generales solían entrar en las ciudades montados en caballos de guerra. Jesús entró como un rey humilde y pacífico. La multitud, formada por sus discípulos y por muchos peregrinos que habían llegado a Jerusalén para la Pascua, tendió sus mantos en el camino, cortó ramas de los árboles y comenzó a gritar las palabras del Salmo 118.
Cada evangelio conserva la escena con sus propios matices. Mateo registra: «¡Hosanna al Hijo de David!». Marcos añade: «Bendito el reino de nuestro padre David que viene» (Marcos 11:10). Lucas recuerda que exclamaban: «¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor: paz en el cielo, y gloria en lo altísimo!» (Lucas 19:38). Y Juan precisa que eran ramas de palma:
«Tomaron ramos de palmas, y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna, Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!»
Juan 12:13
¿Súplica o alabanza?
Aquí aparece algo interesante. En su origen, Hosanna era una súplica: «¡Sálvanos, por favor!». Pero en la entrada triunfal parece funcionar también como una aclamación de alegría, como un «¡viva!» o un «¡gloria!». Expresiones como «Hosanna al Hijo de David» y «Hosanna en las alturas» muestran que la palabra se había convertido en un grito de júbilo dirigido a Dios y a su enviado.
Ambos sentidos se unen de manera hermosa. La multitud alababa a Jesús precisamente porque veía en Él al que venía a traer la salvación que Israel había pedido durante siglos. «Hosanna en las alturas» puede entenderse como un llamado a que la alabanza llegue hasta el cielo, o como un ruego dirigido a Dios que habita en las alturas: «¡Salva, oh Tú que estás en lo más alto!». Hosanna es a la vez oración y adoración: pedimos salvación a Aquel a quien alabamos como Salvador.
Los niños en el templo
Mateo narra un detalle conmovedor. Después de entrar en Jerusalén, Jesús purificó el templo y sanó a ciegos y cojos. Entonces los niños comenzaron a gritar en el templo: «¡Hosanna al Hijo de David!». Los principales sacerdotes y los escribas se indignaron, pero Jesús les respondió citando el Salmo 8:
«Mas los príncipes de los sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron, Y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dice: Sí: ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?»
Mateo 21:15-16
Mientras los líderes religiosos, expertos en las Escrituras, rechazaban a Jesús, los niños lo reconocían con alegría. Jesús enseñó en otra ocasión que el reino de Dios pertenece a quienes lo reciben como niños. El Hosanna más puro fue el de los más pequeños.
Del Hosanna al «¡Crucifícale!»
Muchos predicadores han señalado un contraste dramático: pocos días después de los gritos de Hosanna, otra multitud gritó ante Pilato: «¡Sea crucificado!». No sabemos si fueron exactamente las mismas personas; es probable que la multitud del Domingo de Ramos, formada en gran parte por peregrinos de Galilea, fuera diferente de la que los principales sacerdotes reunieron frente al pretorio. Aun así, el contraste nos confronta con la fragilidad del entusiasmo humano.
Muchos esperaban un Mesías político que expulsara a los romanos y restaurara el reino de David con poder militar. Jesús, en cambio, vino a traer una salvación más profunda: la liberación del pecado y de la muerte. La paradoja es asombrosa: la multitud gritó «¡Sálvanos!», y Jesús respondió a ese clamor no tomando un trono terrenal, sino subiendo a la cruz. El verdadero Hosanna se cumplió en el Calvario.
Hosanna en la adoración de la Iglesia
Desde los primeros siglos, los cristianos incorporaron el Hosanna en su oración. La Didaché, uno de los escritos cristianos más antiguos, fuera del Nuevo Testamento, incluye en sus oraciones la expresión «Hosanna al Dios de David».
Hasta hoy, en la liturgia de las iglesias católica, ortodoxa, anglicana, luterana y otras, el canto del Sanctus une la visión de Isaías con la entrada de Jesús en Jerusalén: «Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo». Cada vez que se canta, la Iglesia se une a los peregrinos de Jerusalén y a los ángeles del cielo en una misma alabanza.
En las iglesias evangélicas y pentecostales, Hosanna es también una palabra muy presente en cantos de alabanza y adoración. Y el Domingo de Ramos, que abre la Semana Santa, se celebra en todo el mundo con procesiones, palmas y el canto de Hosanna.
Datos interesantes
Misma raíz que Jesús: Hosanna y el nombre de Jesús (Yeshúa) proceden de la misma raíz hebrea, que significa «salvar».
Seis veces en el Nuevo Testamento: la palabra aparece en Mateo 21:9 (dos veces), Mateo 21:15, Marcos 11:9-10 (dos veces) y Juan 12:13.
Las palmas: en el mundo antiguo, la palma era símbolo de victoria. En Apocalipsis 7:9, la gran multitud de todas las naciones está delante del Cordero con palmas en las manos.
Una palabra sin traducir: como «Amén» y «Aleluya», Hosanna se ha conservado en su forma original en casi todas las lenguas.
El gran Hosanna: la tradición judía llama Hoshaná Rabá al séptimo día de la fiesta de los Tabernáculos.
Distinto de Aleluya: Aleluya significa «alabad a Jah (el Señor)»; Hosanna significa «¡salva, te ruego!».
¿Qué significa decir Hosanna hoy?
Es reconocer que necesitamos salvación. Nadie grita «¡sálvanos!» si cree que puede salvarse solo. Decir Hosanna es una confesión de humildad.
Es proclamar a Jesús como Rey. La multitud lo llamó Hijo de David y Rey de Israel. Hoy lo reconocemos como Señor de nuestra vida.
Es orar con urgencia. El na de Hosanna expresa un «ahora». Podemos presentar a Dios nuestras necesidades urgentes y las de nuestras naciones.
Es alabar con alegría. Como los peregrinos y los niños, podemos celebrar que el Salvador ha venido.
Es mantener la fidelidad. Que nuestro Hosanna no sea un entusiasmo pasajero, sino una entrega que permanezca también en los días difíciles.
Es esperar su regreso. Jesús dijo a Jerusalén: «No me veréis desde ahora, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Mateo 23:39). Cada Hosanna anticipa el día de su venida gloriosa.
Oración
Señor Jesús, Hijo de David, Rey humilde que entraste en Jerusalén montado en un pollino: ¡Hosanna! Sálvame, te ruego. Reconozco que te necesito. Tú respondiste al clamor de tu pueblo entregando tu vida en la cruz y resucitando al tercer día. Recibe mi alabanza como recibiste la de los niños en el templo. Que mi Hosanna no sea pasajero, sino fiel todos los días de mi vida. Bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Hosanna en las alturas! Amén.