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Oración

El trono de gracia: acercarnos confiadamente a Dios

Imagina un palacio antiguo. En el centro, un trono imponente. Solo algunos privilegiados pueden acercarse al rey, y aun ellos con temor, pues una palabra equivocada podría costarles la vida. En el libro de Ester, leemos que nadie podía entrar sin ser llamado ante el rey de Persia; quien lo hacía moría, a menos que el rey extendiera su cetro de oro. Ester arriesgó su vida para interceder por su pueblo.

Frente a esta imagen, la carta a los Hebreos nos presenta una invitación asombrosa: podemos acercarnos al trono de Dios, el Rey de reyes, no con miedo, sino con confianza. Ese trono no es un tribunal de condenación para los que están en Cristo, sino un trono de gracia. En este artículo exploramos esta invitación y lo que significa para nuestra vida de oración.

«Por tanto, teniendo un gran Pontífice, que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro.»

Hebreos 4:14-16

El contexto de la carta a los Hebreos

La carta a los Hebreos fue escrita a creyentes que enfrentaban presiones, persecución y la tentación de abandonar la fe para volver a las prácticas religiosas antiguas. El autor les muestra que Jesucristo es superior a todo: a los ángeles, a Moisés, al sacerdocio de Aarón y a los sacrificios del templo. En Él se cumple todo lo que el Antiguo Testamento anunciaba.

Uno de los temas centrales de la carta es el sacerdocio de Cristo. En Israel, el sumo sacerdote era el mediador entre Dios y el pueblo. Una vez al año, en el Día de la Expiación, entraba al Lugar Santísimo del tabernáculo, detrás del velo, con sangre de sacrificios, para hacer expiación por sus pecados y los del pueblo. Nadie más podía entrar allí. El acceso a la presencia de Dios estaba restringido.

Jesús, nuestro gran sumo sacerdote

Hebreos presenta a Jesús como «gran sumo sacerdote que penetró los cielos». No entró en un santuario hecho por manos humanas, sino en el cielo mismo, en la presencia de Dios. No ofreció sangre de animales, sino su propia sangre, una sola vez y para siempre (Hebreos 9:12).

Además, Jesús no es un sacerdote distante. El texto afirma que no tenemos un pontífice que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Jesús conoció el hambre, el cansancio, la soledad, la traición, el dolor y la tentación. Por eso nos comprende. Cuando nos acercamos a Dios, lo hacemos por medio de alguien que sabe exactamente lo que estamos viviendo.

Y Él sigue intercediendo: «por lo cual puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).

El velo rasgado

Cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo que separaba el Lugar Santísimo se rasgó en dos, de arriba abajo (Mateo 27:51). Fue una señal poderosa: el camino a la presencia de Dios estaba abierto. Hebreos lo explica así:

«Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo, Por el camino que él nos consagró nuevo y vivo, por el velo, esto es, por su carne; Y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, Lleguémonos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua limpia.»

Hebreos 10:19-22

Lo que antes estaba reservado a un solo hombre, una vez al año, ahora está disponible para todo creyente, cada día, en cualquier lugar. No necesitamos otros mediadores humanos para llegar a Dios; tenemos a Cristo.

Un trono de gracia

La expresión «trono de la gracia» une dos ideas que parecen opuestas. Un trono habla de autoridad, majestad, gobierno y juicio. La gracia habla de favor inmerecido, bondad y perdón. En Cristo, el trono de Dios, que para el pecador sin perdón sería un tribunal temible, se convierte en un lugar de gracia.

Dios no ha dejado de ser santo ni soberano. Pero por la obra de Cristo, sus hijos no se acercan como acusados, sino como hijos amados. El mismo trono desde donde Dios gobierna el universo es el lugar donde nos recibe con misericordia.

«Lleguémonos confiadamente»

La palabra griega traducida como «confiadamente» es parresía, que significa libertad para hablar, franqueza, valentía. Es la actitud de quien tiene derecho a estar allí. No se trata de arrogancia ni de exigencia, sino de la seguridad de un hijo que sabe que es bienvenido.

Muchas personas se acercan a Dios con miedo, pensando que deben ganarse su atención o que sus pecados les impiden orar. Otros sienten que sus problemas son demasiado pequeños o demasiado grandes para presentarlos. Hebreos nos dice: acércate confiadamente. Tu confianza no se basa en tu dignidad, sino en la de Jesús.

Misericordia y gracia para el oportuno socorro

El texto dice que nos acercamos «para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro». Son dos regalos distintos.

Misericordia es no recibir el castigo que merecemos. Cuando hemos fallado, en el trono de gracia encontramos perdón y compasión.

Gracia es recibir lo que no merecemos: fuerza, ayuda, sabiduría, consuelo, provisión. Y es gracia «para el oportuno socorro», es decir, en el momento de necesidad. Dios no nos da la gracia de mañana hoy, pero nunca falta cuando la necesitamos. Así como el maná caía cada mañana, la gracia llega a su tiempo.

¿Qué podemos llevar al trono de gracia?

Nuestros pecados: para recibir perdón y limpieza. Nuestras debilidades: Jesús se compadece de ellas. Nuestras tentaciones: Él fue tentado y sabe socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:18). Nuestras enfermedades: para pedir sanidad y fortaleza; puedes leer nuestro artículo Cómo orar cuando no tienes salud. Nuestras necesidades materiales: Dios conoce lo que nos hace falta. Nuestros seres queridos: podemos interceder por ellos. Nuestras preguntas y lágrimas: Dios escucha el corazón sincero. Nuestra gratitud y adoración: el trono de gracia también es lugar de alabanza.

Ejemplos bíblicos de acceso confiado

Abraham intercedió por Sodoma con insistencia y humildad. Moisés habló con Dios cara a cara, como habla cualquiera con su compañero. Ana derramó su alma ante Jehová en el templo. Daniel oraba tres veces al día con las ventanas abiertas hacia Jerusalén. La mujer cananea insistió ante Jesús por su hija y fue elogiada por su fe. El ciego Bartimeo clamó a gran voz aunque otros lo mandaban callar. Todos ellos nos enseñan que Dios honra a quienes se acercan a Él con fe.

Obstáculos para acercarnos

La culpa: el enemigo nos acusa para alejarnos de Dios, pero en Cristo no hay condenación. Ve al trono precisamente para ser perdonado. El orgullo: pensar que podemos resolverlo todo solos. La distracción: una vida demasiado ocupada que no deja tiempo para orar. La desconfianza: dudar de la bondad de Dios. Hebreos responde a todos estos obstáculos con la persona de Jesús: Él es suficiente.

El trono de gracia en Apocalipsis

El último libro de la Biblia nos permite contemplar el trono de Dios. Juan vio un trono rodeado de un arco iris, y alrededor, criaturas y ancianos que adoraban día y noche diciendo: «Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso». En medio del trono vio a un Cordero como inmolado (Apocalipsis 5:6). Es decir, en el centro del gobierno del universo está el Cristo crucificado y resucitado. Por eso el trono es de gracia: quien reina es el mismo que dio su vida por nosotros.

Al final de la visión, Juan escucha una gran voz desde el trono: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos». Lo que hoy experimentamos en oración será un día una realidad plena: viviremos para siempre en la presencia de Dios, sin lágrimas, sin muerte y sin dolor. Cada vez que oramos, nos acercamos por anticipado a ese hogar definitivo.

Cómo vivir cerca del trono de gracia

Ora cada día: no esperes a una emergencia para acercarte. Ora en el nombre de Jesús: reconociendo que Él es tu acceso. Ora con honestidad: presenta tu realidad tal como es. Ora con la Palabra: apóyate en las promesas de Dios. Ora con perseverancia: la gracia llega en el tiempo oportuno. Ora en comunidad: anímense unos a otros a acercarse a Dios, como exhorta Hebreos 10:24-25. Si deseas que oremos contigo, escribe en Pide tu oración.

Oración

Padre celestial, gracias porque en Jesucristo tengo acceso a tu presencia. Él es mi gran sumo sacerdote, que conoce mis debilidades y vive para interceder por mí. Hoy me acerco confiadamente a tu trono de gracia. Te pido misericordia por mis faltas y gracia para mi necesidad. Dame el socorro oportuno que necesito en este tiempo. Enséñame a vivir cada día cerca de ti. En el nombre de Jesús, amén.