AmenSoli Deo Gloria · Toda la gloria a Dios
  1. Inicio
  2. Blog
  3. Las palabras de Jesús a sus apóstoles antes de partir
Jesucristo

Las palabras de Jesús a sus apóstoles antes de partir

Las últimas palabras de una persona querida se guardan para siempre en el corazón. Los discípulos de Jesús nunca olvidaron lo que su Maestro les dijo la noche antes de morir y en los días anteriores a su ascensión. El Evangelio de Juan dedica cinco capítulos completos, del 13 al 17, a esa última conversación en el aposento alto, conocida como el «discurso de despedida». Allí Jesús lavó los pies de sus discípulos, les dio un mandamiento nuevo, los consoló ante su partida, les prometió el Espíritu Santo, les enseñó a permanecer en Él y oró por ellos y por todos los que creerían después. Más tarde, ya resucitado, les confió la misión de llevar el Evangelio a todas las naciones. En este artículo recorremos esas palabras, que siguen hablando a cada creyente hoy.

El contexto: la última cena

Era la noche de la Pascua, la fiesta que recordaba la liberación de Israel de Egipto. Jesús sabía que había llegado su hora: en pocas horas sería traicionado, arrestado, juzgado y crucificado. Juan lo introduce con una frase que resume todo lo que vendrá: «como había amado a los suyos que estaban en el mundo, amólos hasta el fin» (Juan 13:1). Las palabras que siguen no son una lección fría, sino la despedida de un amigo que ama hasta el extremo.

El lavamiento de los pies: grandeza en el servicio

Durante la cena, Jesús se levantó, se quitó el manto, tomó una toalla, echó agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Era la tarea del siervo más humilde de la casa. Pedro se resistió: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavare, no tendrás parte conmigo». Después explicó el sentido de su gesto:

«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.»

Juan 13:14-15

Los discípulos habían discutido muchas veces quién de ellos sería el mayor. Jesús les mostró que en su reino la grandeza se mide por el servicio. El Señor del universo se arrodilló ante pescadores, ante el que lo negaría y ante el que lo traicionaría. Su ejemplo nos llama a servir sin buscar reconocimiento, aun a quienes no lo merecen.

El mandamiento nuevo

Cuando Judas salió de la sala para entregarlo, Jesús dio a los once lo que llamó un «mandamiento nuevo»:

«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.»

Juan 13:34-35

El amor al prójimo ya estaba en la ley de Moisés, pero lo nuevo es la medida: «como os he amado». Jesús amó hasta dar la vida. Y lo que distinguiría a sus seguidores no serían los ritos, ni los edificios, ni el conocimiento, sino el amor de unos por otros. Puedes profundizar en nuestro artículo El amor al prójimo según la Biblia.

«No se turbe vuestro corazón»

Los discípulos estaban angustiados. Jesús les había anunciado que se iba, que uno lo traicionaría y que Pedro lo negaría tres veces. Entonces pronunció unas de las palabras más consoladoras de la Biblia:

«No se turbe vuestro corazón: creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis.»

Juan 14:1-3

Jesús no les prometió que no habría dificultades, sino que su partida tenía un propósito: preparar lugar para ellos y volver a buscarlos. Cuando Tomás le preguntó cómo podían saber el camino, Jesús respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6). Y cuando Felipe le pidió que les mostrara al Padre, Jesús dijo: «El que me ha visto, ha visto al Padre».

La promesa del Consolador

Jesús prometió que no los dejaría huérfanos. Rogaría al Padre, y Él les daría «otro Consolador», el Espíritu de verdad, que estaría con ellos para siempre (Juan 14:16-18). El Espíritu Santo les enseñaría todas las cosas y les recordaría todo lo que Jesús les había dicho (Juan 14:26); daría testimonio de Cristo (Juan 15:26); convencería al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8); y los guiaría a toda verdad (Juan 16:13). Jesús llegó a decir algo sorprendente: «Os es necesario que yo vaya: porque si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros» (Juan 16:7). Su partida física daría paso a su presencia por medio del Espíritu en cada creyente.

La paz de Cristo

En aquella noche de angustia, Jesús dejó a sus discípulos un regalo: «La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27). Y al final del discurso añadió: «En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Lee más sobre esta paz en nuestra página Paz y amor.

La vid y los pámpanos

Camino al huerto de Getsemaní, quizá al pasar junto a las viñas, Jesús usó una imagen inolvidable:

«Yo soy la vid, vosotros los pámpanos: el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer.»

Juan 15:5

La vida cristiana no consiste en esforzarse solos, sino en permanecer unidos a Cristo, como la rama a la vid. Permanecer en Él significa confiar, obedecer, orar y dejar que su Palabra habite en nosotros. El fruto que resulta —amor, gozo, paz— glorifica al Padre. Jesús añadió: «Ya no os diré siervos… mas os he llamado amigos» (Juan 15:15), y les advirtió que el mundo los aborrecería como lo aborreció a Él, pero que su tristeza se convertiría en gozo, como la de una mujer que da a luz.

La oración sacerdotal

El discurso termina con la oración más larga de Jesús registrada en los evangelios, en Juan 17. Jesús levantó los ojos al cielo y oró en tres círculos. Primero por sí mismo: «Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo». Después por sus discípulos: que el Padre los guardara del mal y los santificara en la verdad, porque «tu palabra es verdad». Y finalmente por todos los que creerían por medio de ellos, es decir, por nosotros:

«Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste.»

Juan 17:20-21

Es conmovedor pensar que, la noche antes de morir, Jesús oró por cada creyente que vendría a lo largo de los siglos, y que su gran petición fue la unidad, para que el mundo crea. Lee también nuestra página sobre el Ecumenismo.

Palabras del Resucitado

Después de su resurrección, Jesús volvió a hablar con sus discípulos durante cuarenta días. Le preguntó tres veces a Pedro, que lo había negado tres veces: «¿me amas?», y tres veces le encargó: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21:15-17). Así lo restauró con amor. Y en un monte de Galilea les dio la misión que define a la Iglesia:

«Y llegando Jesús, les habló, diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y doctrinad a todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.»

Mateo 28:18-20

Antes de ascender al cielo desde el monte de los Olivos, les prometió: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). Mientras los bendecía, fue alzado al cielo.

Lo que estas palabras nos enseñan hoy

Servir es el camino de la grandeza. El Maestro lavó pies; sus discípulos también deben hacerlo. El amor es la señal del cristiano. No hay mejor testimonio que el amor verdadero entre hermanos. Podemos vivir sin miedo. Jesús prepara lugar para nosotros y volverá. No estamos solos. El Espíritu Santo es nuestro Consolador, maestro y guía. Sin Cristo nada podemos hacer. El fruto nace de permanecer en Él. Jesús oró por nosotros. Somos parte de aquella oración. Tenemos una misión. Hacer discípulos en todas las naciones, con la promesa de su presencia hasta el fin del mundo.

Datos interesantes

El discurso de despedida ocupa cinco de los veintiún capítulos del Evangelio de Juan, casi una cuarta parte del libro. El aposento alto, según la tradición, se encontraba en el monte Sion de Jerusalén, donde hoy se visita el Cenáculo. Juan 17 es llamado desde el siglo XVI «la oración sacerdotal», porque Jesús intercede como sumo sacerdote por su pueblo. Y la frase «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» es una de las siete declaraciones «Yo soy» del Evangelio de Juan.

Oración

Señor Jesús, gracias por las palabras que dejaste a tus discípulos y a nosotros. Enséñame a servir como tú serviste y a amar como tú amaste. Cuando mi corazón se turbe, recuérdame que preparas lugar para mí y que volverás. Lléname de tu Espíritu, ayúdame a permanecer en ti como el pámpano en la vid, y envíame a ser tu testigo donde vivo. Gracias porque aquella noche oraste también por mí. Amén.