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Vida cristiana

Cómo superar las tentaciones de la carne

Todo creyente conoce la lucha. Queremos agradar a Dios, pero dentro de nosotros hay deseos que tiran en dirección contraria: el enojo que estalla, la lujuria que seduce, la gula, la pereza, la envidia, la ambición, los vicios que prometen alivio y dejan vacío. La Biblia llama a esa tendencia interior «la carne». Muchas personas se desaniman porque, después de años de fe, siguen sintiendo tentaciones, y piensan que algo anda mal en ellas. En este artículo veremos qué significa «la carne» en la Biblia, por qué la lucha es normal en la vida cristiana, cómo la venció Jesús y qué pasos prácticos nos ayudan a vencer cada día con la fuerza del Espíritu Santo.

¿Qué es «la carne» en la Biblia?

Cuando el Nuevo Testamento habla de «la carne» (en griego, sarx), no se refiere simplemente al cuerpo, que es creación buena de Dios. Se refiere a la naturaleza humana inclinada al pecado, que busca satisfacerse a sí misma y vivir sin Dios. Pablo describe con claridad sus frutos:

«Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, Envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes a éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.»

Gálatas 5:19-21

La lista es amplia: incluye pecados sexuales, pero también la enemistad, los celos, la ira, las divisiones y la envidia. Las tentaciones de la carne no son solo sexuales; abarcan todo deseo desordenado que nos aparta de Dios y del amor al prójimo.

Una lucha que todos conocemos

El apóstol Pablo, un hombre profundamente consagrado, describió su propia lucha interior con una honestidad que consuela a millones: «Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago… ¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?». Y enseguida da la respuesta: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» (Romanos 7:19, 24-25). Sentir tentación no es pecado. Jesús mismo fue tentado. La tentación se convierte en pecado cuando la abrazamos y la dejamos dar fruto. Santiago lo describe así: «cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído, y cebado. Y la concupiscencia, después que ha concebido, pare el pecado» (Santiago 1:14-15).

Jesús venció la tentación

Jesús fue tentado en el desierto después de cuarenta días de ayuno, cuando estaba débil y hambriento. El tentador atacó sus necesidades legítimas y le ofreció atajos. Jesús venció con la Palabra de Dios: «Escrito está» (Mateo 4:1-11). Hebreos afirma que Él «fué tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado», y que por eso podemos acercarnos «confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:15-16). No luchamos solos: tenemos a un Salvador que entiende la tentación desde dentro y que nos da su fuerza. Lee Cómo resistir los ataques de Satanás.

Andar en el Espíritu

La gran clave bíblica para vencer la carne no es el esfuerzo humano aislado, sino la vida en el Espíritu Santo:

«Digo pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis la concupiscencia de la carne. Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne: y estas cosas se oponen la una a la otra, para que no hagáis lo que quisiereis.»

Gálatas 5:16-17

Andar en el Espíritu significa vivir conectados con Dios cada día: orar, escuchar su Palabra, obedecer lo que Él nos muestra y dejar que transforme nuestro interior. A medida que el Espíritu crece en nosotros, produce un fruto que es exactamente lo opuesto a las obras de la carne: «amor, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23). La templanza, o dominio propio, no es solo una virtud que conquistamos, sino un fruto que el Espíritu produce. Pablo concluye: «Si vivimos en Espíritu, andemos también en Espíritu» (Gálatas 5:25). Lee El Espíritu Santo.

Velad y orad

En Getsemaní, Jesús encontró a sus discípulos dormidos y les dio un consejo que sigue siendo esencial:

«Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está presto, mas la carne enferma.»

Mateo 26:41

Velar es estar atentos, conocer nuestras debilidades y no exponernos innecesariamente. Orar es depender de Dios antes de que llegue la tentación. Pedro, que no veló ni oró esa noche, negó a Jesús pocas horas después. La oración preventiva es una de las armas más poderosas contra la tentación. Lee El deber de orar.

No proveas para la carne

Pablo da un consejo muy práctico: «vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne en sus deseos» (Romanos 13:14). Otras traducciones dicen «no proveáis para los deseos de la carne». Es decir: no le prepares el camino a la tentación. Si sabes que cierto lugar, cierta compañía, cierta aplicación o cierta hora del día te hacen caer, evítalos. José no se quedó a discutir con la esposa de Potifar; huyó (Génesis 39:12). Pablo aconseja a Timoteo: «Huye también los deseos juveniles» (2 Timoteo 2:22). Huir no es cobardía; es sabiduría.

Pasos prácticos para cada día

1. Conoce tus puntos débiles. Cada persona tiene áreas donde cae con más facilidad. Identifícalas con honestidad. 2. Identifica tus momentos de riesgo. Muchas caídas ocurren cuando estamos cansados, solos, aburridos, estresados o enojados. Prepara un plan para esos momentos. 3. Llena tu mente de la Palabra. «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Salmo 119:11). Memoriza versículos para usarlos en el momento de la tentación, como Jesús. 4. Reemplaza, no solo quites. Un vacío se vuelve a llenar. Sustituye los hábitos dañinos por actividades sanas: deporte, servicio, lectura, música, amistad. 5. Rinde cuentas. Comparte tu lucha con alguien maduro de confianza. «Confesaos vuestras faltas unos a otros» (Santiago 5:16). 6. Practica el ayuno. El ayuno, cuando la salud lo permite, entrena el dominio propio y recuerda que no vivimos solo de pan. Pablo decía: «hiero mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre» (1 Corintios 9:27). 7. Cuida tu cuerpo. El descanso, la buena alimentación y el ejercicio fortalecen también la voluntad. 8. Agradece las victorias. Celebra cada paso, por pequeño que sea, y da la gloria a Dios.

Dios siempre da una salida

Una de las promesas más útiles en la lucha contra la tentación es esta:

«No os ha tomado tentación, sino humana: mas fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar.»

1 Corintios 10:13

No hay tentación imposible de vencer. En cada situación Dios prepara una salida: una puerta, una llamada, una distracción, un versículo que viene a la mente, la posibilidad de levantarse e irse. Nuestra tarea es buscarla y tomarla a tiempo.

Crucificar la carne

Pablo usa un lenguaje fuerte: «los que son de Cristo, han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias» (Gálatas 5:24), y «Amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra» (Colosenses 3:5). Esto no significa castigarse físicamente, sino decir «no» a los deseos que nos alejan de Dios, una y otra vez, apoyados en la victoria de Cristo en la cruz. Al mismo tiempo, Pablo nos recuerda nuestra nueva identidad: «nuestro viejo hombre juntamente fue crucificado con él» (Romanos 6:6). Ya no somos esclavos del pecado; somos hijos de Dios aprendiendo a vivir en libertad.

Si caes, levántate

Nadie vence siempre. Cuando caigas, no te escondas ni te hundas en la culpa. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados» (1 Juan 1:9). Pedro cayó gravemente y fue restaurado. «Siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse» (Proverbios 24:16). La diferencia entre el creyente que avanza y el que se estanca no es que uno nunca cae, sino que uno vuelve a levantarse. Y si alguna tentación se ha convertido en adicción, busca también ayuda profesional. Lee Cómo superar la drogadicción, Qué dice la Biblia sobre la pornografía y Volver a Cristo.

La comunidad nos fortalece

Nadie debería librar esta batalla solo. «Mejores son dos que uno… Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero» (Eclesiastés 4:9-10). Un grupo pequeño de la iglesia, un amigo de oración o un mentor espiritual pueden marcar la diferencia entre caer y mantenerse firme. Busca personas que te animen a seguir a Cristo y que te digan la verdad con amor.

Oración

Señor Jesús, tú conoces la guerra que llevo por dentro. Quiero el bien, y hago lo que no quiero. Me propongo cambiar el lunes y el miércoles ya he caído. A veces pienso que nunca voy a ser distinto y me dan ganas de dejar de intentarlo. No te pido que me mires con lástima: te pido que me mires como miraste a Pedro después del gallo. Gracias porque fuiste tentado como yo y por eso puedo acercarme sin miedo. Ven, Espíritu Santo, y pelea en mí esta batalla, porque con mi fuerza de voluntad no alcanza. No quiero solo dejar de hacer el mal: quiero desear lo que tú deseas. Produce en mí tu fruto; yo solo no doy más que espinas. Enséñame a velar, a huir a tiempo, a pedir ayuda sin orgullo. Y cuando caiga, levántame rápido, antes de que la culpa me aleje de ti. Soy tuyo, aun en mi lucha. Amén.