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Evangelio

Volver a Cristo: una guía para regresar a la fe

Muchas personas conocieron a Cristo en algún momento de su vida: en la infancia, en la juventud, en una iglesia de barrio, en un retiro o en una crisis. Oraron, cantaron, leyeron la Biblia y sintieron la cercanía de Dios. Pero con los años algo cambió. Llegaron las ocupaciones, las heridas, las dudas, el pecado, el desánimo o la decepción con otros creyentes, y poco a poco se fueron alejando. Si te reconoces en esta descripción, este artículo es para ti. No importa cuánto tiempo haya pasado ni lo lejos que te sientas: la puerta sigue abierta. Veremos por qué nos alejamos, qué dice Jesús a quienes quieren volver, cómo restauró a Pedro después de su caída, y algunos pasos concretos para regresar a Cristo hoy.

¿Por qué nos alejamos?

Pocas personas se alejan de Dios de un día para otro. Casi siempre es un proceso lento. El afán de la vida: en la parábola del sembrador, Jesús habló de la semilla que cayó entre espinos y fue ahogada por «los cuidados de este siglo, y el engaño de las riquezas» (Mateo 13:22). El trabajo, los problemas y las prisas pueden ir desplazando a Dios. El pecado: cuando caemos en algo que sabemos que está mal, a menudo nos escondemos de Dios, como Adán y Eva en el huerto. Las heridas: muchos se alejan por el maltrato, la hipocresía o el abuso de personas de la iglesia. Las dudas: preguntas sin respuesta que nadie quiso escuchar. El sufrimiento: una pérdida que nos hizo pensar que Dios nos había abandonado. Lee también ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto?.

Reconocer la razón de nuestro alejamiento no es para culparnos, sino para entender qué necesita sanar en el camino de regreso.

La invitación de Jesús

A lo largo de los evangelios, Jesús no se presenta como alguien que espera a los perfectos, sino como quien llama a los cansados y a los perdidos. Su invitación sigue en pie:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.»

Mateo 11:28-30

Y en otro lugar dejó una promesa que debería disipar todo miedo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37). Nadie que vuelve sinceramente a Cristo es rechazado.

Cristo llama a la puerta

En el libro de Apocalipsis, Jesús habla a la iglesia de Laodicea, una comunidad que se había vuelto tibia y autosuficiente. Sus palabras son una reprensión, pero también una invitación llena de ternura:

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.»

Apocalipsis 3:20

Jesús no derriba la puerta; llama y espera. Cenar con alguien, en aquella cultura, era señal de amistad e intimidad. Lo que Cristo ofrece a quien vuelve no es un castigo, sino su compañía.

Pedro: negado, llorado y restaurado

Pocas historias muestran mejor el camino de regreso que la de Pedro. La noche de la última cena, Pedro prometió: «Aunque todos sean escandalizados en ti, yo nunca seré escandalizado». Horas después, en el patio del sumo sacerdote, negó tres veces conocer a Jesús. Cuando cantó el gallo, «el Señor, vuelto, miró a Pedro… Y saliendo fuera Pedro, lloró amargamente» (Lucas 22:61-62).

Jesús ya lo había anunciado, y también había anunciado su regreso: «yo he rogado por ti que tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:32). Después de la resurrección, junto al mar de Galilea, Jesús preparó un desayuno para sus discípulos y le preguntó a Pedro tres veces: «¿me amas?». Tres negaciones, tres confesiones de amor. Y tres veces le encargó: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21:15-17). Jesús no solo perdonó a Pedro; le devolvió su misión. Semanas después, ese mismo Pedro predicó en Pentecostés y tres mil personas creyeron.

Tu caída no es el final de tu historia con Cristo. Él ora por ti, te espera y puede usar incluso tu regreso para fortalecer a otros.

Dios llama a su pueblo a volver

El llamado a volver recorre toda la Biblia. Por medio del profeta Joel, Dios dijo: «Por eso pues ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón… Y lacerad vuestro corazón, y no vuestros vestidos; y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira, y grande en misericordia» (Joel 2:12-13). Por medio de Malaquías: «Tornaos a mí, y yo me tornaré a vosotros» (Malaquías 3:7). Y Oseas invitó a su pueblo con palabras que se pueden orar:

«Conviértete, oh Israel, a Jehová tu Dios: porque por tu pecado has caído. Tomad con vosotros palabras, y convertíos a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y daremos becerros de nuestros labios.»

Oseas 14:1-2

Dios responde en el mismo capítulo: «Yo medicinaré su rebelión, amarélos de voluntad» (Oseas 14:4). Lee también la historia completa en La parábola del hijo pródigo explicada y El Señor se alegra cuando uno de sus hijos vuelve.

Pasos para volver a Cristo

1. Habla con Dios con sinceridad. No necesitas un discurso. Dile dónde estás, por qué te alejaste y que quieres volver. Santiago promete: «Allegaos a Dios, y él se allegará a vosotros» (Santiago 4:8).

2. Confiesa y recibe el perdón. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad» (1 Juan 1:9). No tienes que cargar más con la culpa: Cristo ya pagó por ella.

3. Vuelve a la Palabra. Empieza con algo pequeño: un capítulo del Evangelio de Juan o de Marcos cada día, o un salmo. Deja que Jesús te hable de nuevo. Encontrarás un plan sencillo en Dios y la Biblia.

4. Vuelve a orar. Unos minutos cada mañana y cada noche son suficientes para comenzar. Lee El deber de orar.

5. Busca una comunidad. La fe se vive en familia. Busca una iglesia donde se predique a Cristo con fidelidad y amor. Si te sientes inseguro, habla primero con el pastor o con un creyente de confianza.

6. Repara lo que puedas. Como Zaqueo, que devolvió lo que había robado, a veces volver a Cristo implica pedir perdón a alguien o reparar un daño.

7. Ten paciencia contigo. El regreso es un camino, no un instante. Habrá días buenos y días difíciles. Lo importante es la dirección.

Volver a la iglesia después de una herida

Muchas personas no se alejaron de Cristo, sino de la iglesia, porque fueron heridas por líderes o hermanos. Esa herida es real y merece ser tomada en serio. Jesús mismo denunció con fuerza a los líderes religiosos que cargaban a otros con pesos que ellos no llevaban (Mateo 23:4). Si sufriste abuso, tienes derecho a buscar seguridad, a denunciarlo y a buscar ayuda profesional. Volver a Cristo no significa volver a un lugar donde te dañaron. Significa buscar una comunidad sana, donde se viva el amor, el respeto y la verdad. Ninguna iglesia es perfecta, pero Cristo sigue siendo fiel, y Él no es el autor de tus heridas, sino el que quiere sanarlas.

Volver con dudas

Quizá te alejaste porque tenías preguntas difíciles. No necesitas tener todas las respuestas para volver. Un padre le dijo a Jesús: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24), y Jesús sanó a su hijo. Tomás dudó de la resurrección, y Jesús no lo rechazó: se le apareció y le mostró sus heridas. Trae tus dudas a Cristo; Él puede con ellas. Lee también ¿Por qué creer en Dios? y ¿Quién es Jesucristo?.

Nunca es tarde

No importa si te alejaste hace un año o hace cuarenta. El ladrón en la cruz se volvió a Jesús en las últimas horas de su vida, y Jesús le dijo: «De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43). En la parábola de los obreros de la viña, los que llegaron a la última hora recibieron el mismo pago que los primeros. La gracia de Dios no tiene fecha de vencimiento. Lee Nunca es tarde para Dios.

«Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová. Levantemos nuestros corazones con las manos a Dios en los cielos.»

Lamentaciones 3:40-41

Oración para volver a Cristo

Señor Jesús, hace tiempo que no te hablo así. Me fui alejando sin darme cuenta: primero dejé de orar, después dejé de sentir, y un día ya no supe cómo volver. A veces fue el pecado, a veces fueron las heridas, a veces solo el cansancio. Te extraño. Extraño cómo era cuando estaba cerca de ti. Me da miedo que ya sea tarde, que estés decepcionado. Pero tú dijiste que al que a ti viene no lo echas fuera, y hoy vengo. Como a Pedro junto al mar, pregúntame otra vez si te amo: sí, Señor, tú sabes que te amo, aunque te haya fallado. Ven, Espíritu Santo, y enciende de nuevo lo que se apagó; devuélveme el gozo de tu salvación. Guíame a hermanos que me reciban sin preguntas. Desde hoy quiero caminar contigo otra vez. Gracias por no haberte ido nunca. Amén.

Si hiciste esta oración, nos alegrará saberlo y orar por ti: escríbenos en Pide tu oración. Y cuéntaselo a alguien de confianza: tu regreso también es una buena noticia.