El deber de orar: por qué y cómo orar siempre
Orar no es un lujo espiritual reservado para unos pocos ni un último recurso cuando todo lo demás falla. La Biblia presenta la oración como una necesidad vital, un privilegio inmenso y también un deber del creyente. Jesús enseñó «la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (Lucas 18:1), y Pablo exhortó: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). Pero ¿por qué debemos orar si Dios ya lo sabe todo? ¿Cómo orar cuando no tenemos ganas o sentimos que nuestras oraciones no llegan a ningún lado? En este artículo veremos qué enseña la Escritura sobre el deber de orar, el ejemplo de Jesús y de los primeros cristianos, los obstáculos más comunes y un plan práctico para crecer en la oración.
¿Qué es la oración?
Orar es hablar con Dios y escucharle. Es la respiración del alma. No se trata de recitar fórmulas mágicas ni de convencer a un Dios reacio, sino de entrar en una relación viva con un Padre que nos ama. En la oración adoramos a Dios por quien es, le damos gracias por lo que ha hecho, confesamos nuestros pecados, le presentamos nuestras necesidades e intercedemos por otros. Y también guardamos silencio para escuchar su voz a través de su Palabra y de su Espíritu.
«Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.»
Filipenses 4:6-7
¿Por qué orar si Dios ya lo sabe todo?
Jesús mismo dijo que «vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis» (Mateo 6:8), y a continuación enseñó a orar con el Padrenuestro. La oración no informa a Dios; nos transforma a nosotros. Al orar reconocemos nuestra dependencia, alineamos nuestra voluntad con la suya, crecemos en confianza y experimentamos su paz. Además, Dios ha querido obrar en el mundo en respuesta a las oraciones de sus hijos: «no tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2). La oración es el medio que Dios eligió para involucrarnos en su obra.
Jesús, el gran modelo de oración
Si alguien podía prescindir de la oración, era el Hijo de Dios. Sin embargo, los evangelios muestran a Jesús orando constantemente. Se levantaba de madrugada para orar en lugares solitarios (Marcos 1:35). Pasó una noche entera en oración antes de escoger a los doce apóstoles (Lucas 6:12). Oró en su bautismo, en la transfiguración, ante la tumba de Lázaro y en la última cena. En Getsemaní oró con tanta angustia que su sudor era como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44). Y en la cruz oró por quienes lo crucificaban. Los discípulos, al verlo orar, le pidieron: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11:1).
El Padrenuestro: escuela de oración
La respuesta de Jesús fue el Padrenuestro, que no es solo una oración para repetir, sino un modelo para aprender a orar:
«Vosotros pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.»
Mateo 6:9-13
Comienza con Dios —su nombre, su reino, su voluntad— antes de pasar a nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón y la protección ante la tentación. Nos enseña a llamar a Dios «Padre», a orar en comunidad («nuestro») y a perdonar a otros como condición para vivir el perdón de Dios.
La insistencia en la oración
Jesús contó dos parábolas para enseñar a perseverar. En la del amigo inoportuno, un hombre llama a medianoche a la casa de su amigo pidiendo pan, y por su insistencia lo recibe (Lucas 11:5-8). En la de la viuda y el juez injusto, una mujer pobre pide justicia una y otra vez, hasta que el juez cede; Jesús concluye: «¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche…?» (Lucas 18:1-8). Dios no es un juez injusto, pero quiere que perseveremos, porque la perseverancia expresa y fortalece nuestra fe.
«Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y os será abierto. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abre.»
Lucas 11:9-10
Una Iglesia que ora
El libro de los Hechos muestra a una Iglesia que nació orando. Antes de Pentecostés, los discípulos «perseveraban unánimes en oración y ruego» (Hechos 1:14). Los primeros creyentes «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones» (Hechos 2:42). Cuando fueron amenazados, oraron pidiendo valor, y el lugar tembló (Hechos 4:31). Cuando Pedro estaba en la cárcel, «la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él», y un ángel lo liberó (Hechos 12:5). Las grandes obras de Dios en la Iglesia siempre han estado precedidas por la oración.
«Orad sin cesar»: ¿cómo es posible?
Orar sin cesar no significa estar todo el día de rodillas, sino vivir en una actitud continua de comunión con Dios. Se puede orar mientras se trabaja, se camina, se cocina o se conduce. Nehemías oró en silencio un instante antes de responder al rey (Nehemías 2:4). El hermano Lorenzo, un monje francés del siglo XVII que trabajaba en la cocina de su convento, enseñó a «practicar la presencia de Dios» en las tareas más sencillas. Junto a esos momentos breves, necesitamos también tiempos apartados, como Jesús, para orar con calma.
Obstáculos para la oración
La falta de tiempo: en realidad suele ser falta de prioridad; empezar con diez minutos diarios ya marca una diferencia. La distracción: ayuda orar en voz baja, escribir las oraciones u orar con un salmo. El pecado no confesado: «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oyera» (Salmo 66:18); la confesión restaura la comunión. La falta de perdón: Jesús enseñó a perdonar antes de orar (Marcos 11:25). El desánimo: cuando no vemos respuestas, recordemos que Dios responde a su tiempo y a su manera. La autosuficiencia: creer que podemos solos es la raíz de la falta de oración.
Cuando la respuesta tarda
Dios siempre escucha, pero no siempre responde como esperamos. A veces dice «sí», a veces «espera» y a veces «tengo algo mejor». Pablo pidió tres veces ser librado de su aguijón y Dios le respondió: «Bástate mi gracia» (2 Corintios 12:9). Ana oró durante años por un hijo antes de recibir a Samuel. Mónica oró casi veinte años por la conversión de su hijo Agustín. La oración perseverante nos enseña a confiar en la sabiduría y el amor de Dios. Lee también El aguijón de Pablo.
Un plan práctico para orar cada día
Elige un momento y un lugar. Jesús hablaba de entrar en el aposento y cerrar la puerta (Mateo 6:6). Empieza con la Palabra. Lee un salmo o un pasaje breve y deja que guíe tu oración. Usa una estructura sencilla: adoración, confesión, gratitud y peticiones. Lleva una lista de personas y necesidades por las que orar, y anota las respuestas. Ora con otros: en familia, en pareja, en un grupo pequeño o en la iglesia. Ora a lo largo del día con frases breves de gratitud o de ayuda. Termina con confianza: deja tus cargas en las manos de Dios.
Encontrarás ayuda adicional en Consejos para la oración y en Oraciones para cada momento de nuestra vida. Y si necesitas que otros oren por ti, visita Pide tu oración.
El privilegio detrás del deber
Hablar de la oración como un deber puede sonar pesado, pero en realidad es una invitación. Gracias a Jesucristo, podemos acercarnos «confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). El Creador del universo nos invita a hablarle como a un Padre. El deber de orar es, en el fondo, el privilegio de estar con Dios.
Orar por otros: el ministerio de la intercesión
El deber de orar no se limita a nuestras propias necesidades. Pablo pidió a Timoteo que se hicieran «rogativas, oraciones, peticiones, hacimientos de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia» (1 Timoteo 2:1-2). Abraham intercedió por Sodoma, Moisés por su pueblo, Samuel dijo que sería pecado dejar de orar por Israel (1 Samuel 12:23), y Jesús oró por Pedro para que su fe no faltara (Lucas 22:32). Orar por la familia, los amigos, la iglesia, los gobernantes, los enfermos, los perseguidos y las naciones es una de las formas más poderosas de amar. Muchas personas han llegado a Cristo porque alguien oró por ellas durante años sin cansarse.
La oración en familia
El hogar es la primera escuela de oración. Orar juntos antes de comer, al acostar a los hijos o al comenzar el día crea una costumbre que marca a los niños para toda la vida. No se necesitan palabras elaboradas: basta con dar gracias, presentar las preocupaciones del día y bendecir a cada miembro de la familia. Lee también La educación de los hijos.
Oración
Señor, enséñame a orar. Perdóname por las veces que he descuidado la oración o que solo he acudido a ti en la necesidad. Dame un corazón constante, que te busque cada mañana y viva en tu presencia durante el día. Ayúdame a perseverar cuando no vea respuestas y a confiar en tu sabiduría. Que mi vida sea una conversación continua contigo. En el nombre de Jesús. Amén.