Orar por nuestros enemigos: el ejemplo de Jesús
De todas las enseñanzas de Jesús, pocas son tan difíciles como esta: «Amad a vuestros enemigos… y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mateo 5:44). Amar a los amigos es natural; orar por quien nos ha herido, traicionado o humillado parece imposible. Sin embargo, Jesús no solo lo enseñó: lo vivió hasta la cruz. En este artículo veremos qué significa orar por nuestros enemigos, por qué Jesús lo pide, cómo lo practicaron Él y sus seguidores, qué no significa, y algunos pasos concretos para empezar a hacerlo aunque el corazón todavía duela.
Una enseñanza revolucionaria
En el Sermón del Monte, Jesús contrastó la mentalidad común de su tiempo con la del reino de Dios:
«Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos.»
Mateo 5:43-45
La ley de Moisés mandaba amar al prójimo, y muchos entendían que eso permitía odiar al enemigo. Jesús rompió esa lógica. Su argumento es el carácter de Dios: el Padre hace salir el sol y envía la lluvia sobre buenos y malos. Si somos sus hijos, debemos parecernos a Él. Y añadió: «si amareis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?» (Mateo 5:46). El amor cristiano se distingue precisamente porque alcanza a quien no lo merece.
El ejemplo de Jesús en la cruz
Jesús fue traicionado por un amigo, abandonado por sus discípulos, acusado con falsos testimonios, burlado por los soldados, azotado y clavado en una cruz. Y mientras lo crucificaban, de sus labios salió una oración:
«Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y partiendo sus vestidos, echaron suertes.»
Lucas 23:34
No pidió venganza ni maldijo a sus verdugos. Oró por ellos. Pedro, que lo vio sufrir, escribió años después: «quien cuando le maldecían no retornaba maldición: cuando padecía, no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:23). Jesús confió la justicia al Padre y ofreció perdón a sus enemigos. Gracias a esa oración, todos nosotros, que también fuimos enemigos de Dios por nuestro pecado, podemos ser reconciliados (Romanos 5:10).
Esteban: el primer mártir
El ejemplo de Jesús se repitió pronto. Esteban, uno de los primeros diáconos de la iglesia de Jerusalén, fue acusado falsamente y apedreado. Mientras las piedras caían sobre él, se arrodilló y clamó a gran voz:
«Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les imputes este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.»
Hechos 7:60
Entre los que aprobaban su muerte estaba un joven llamado Saulo, que guardaba las ropas de los que lo apedreaban. Poco después, ese mismo Saulo se encontró con Cristo en el camino a Damasco y se convirtió en el apóstol Pablo. Muchos han visto en esa conversión una respuesta a la oración de Esteban por sus enemigos.
Otros ejemplos bíblicos
José fue vendido como esclavo por sus propios hermanos. Años después, cuando tuvo poder para vengarse, los perdonó y les dijo: «Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20). David tuvo dos veces la oportunidad de matar al rey Saúl, que lo perseguía injustamente, y no lo hizo. Eliseo mandó dar de comer a los soldados sirios que venían a capturarlo y los dejó ir en paz (2 Reyes 6:22-23). Job oró por los amigos que lo habían acusado, y entonces Dios lo restauró (Job 42:10). Y Proverbios ya enseñaba: «Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan» (Proverbios 25:21), palabras que Pablo citó en Romanos 12:20.
¿Por qué orar por los enemigos?
Porque así nos parecemos a Dios. Él nos amó cuando éramos sus enemigos. Porque nos libera. El odio y el rencor encadenan al que los guarda; la oración rompe esas cadenas. Porque cambia nuestra mirada. Es difícil seguir odiando a alguien por quien oramos con sinceridad; empezamos a verlo como una persona necesitada de Dios. Porque deja la justicia en manos de Dios. «No os venguéis vosotros mismos… mía es la venganza: yo pagaré, dice el Señor» (Romanos 12:19). Porque puede transformar al enemigo. Muchas historias de reconciliación comenzaron con una oración. Porque vence al mal. «No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal» (Romanos 12:21).
Lo que no significa
Orar por los enemigos no significa aprobar el mal que hicieron ni fingir que no pasó nada. No significa quedarse en una situación de abuso o de peligro: buscar protección, poner límites y acudir a la justicia es legítimo y a veces necesario. Tampoco significa que la confianza se restablezca de inmediato; el perdón puede ser instantáneo, pero la reconciliación y la confianza requieren tiempo y arrepentimiento de la otra parte. Y no significa negar el dolor: podemos presentar a Dios nuestra herida con honestidad, como hacen muchos salmos. Si has sufrido abuso o violencia, busca ayuda profesional y personas de confianza. Lee también Perdonar una traición.
Cómo orar por quien te ha hecho daño
1. Sé honesto con Dios. Dile lo que sientes: dolor, rabia, tristeza. Él lo sabe y puede sanarlo. 2. Decide perdonar. El perdón es una decisión antes que un sentimiento; pide a Dios la fuerza para tomarla. 3. Ora por su bien. Pide a Dios que bendiga a esa persona, que la lleve al arrepentimiento, que la sane y que la salve. 4. Usa palabras de la Biblia si no encuentras las tuyas, como la oración de Jesús en la cruz. 5. Repite la oración cada vez que vuelva el resentimiento; a veces el perdón se renueva muchas veces. 6. Busca hacer el bien cuando sea posible y seguro: una palabra amable, una ayuda concreta. 7. Deja el resultado a Dios. No siempre veremos un cambio en el otro, pero Dios sí cambiará nuestro corazón.
Testimonios de la historia
La historia cristiana está llena de personas que oraron por sus enemigos. Corrie ten Boom, que sobrevivió a un campo de concentración nazi donde murió su hermana, contó cómo años después extendió su mano para perdonar a uno de sus antiguos guardias, pidiendo a Dios el amor que ella no tenía. Elisabeth Elliot, cuyo esposo Jim fue asesinado en 1956 junto a otros cuatro misioneros en Ecuador, fue después a vivir entre el mismo pueblo que los mató, y varios de ellos llegaron a la fe en Cristo. Y en tantos lugares marcados por la violencia, incluida Colombia, víctimas y victimarios han encontrado en Cristo el camino para la reconciliación.
Una oración para empezar
Si hoy hay alguien que te ha herido, puedes comenzar con estas palabras: «Señor, tú conoces el daño que [nombre] me hizo y el dolor que siento. No puedo perdonar con mis fuerzas, pero quiero obedecerte. Te entrego mi deseo de venganza y te pido que hagas justicia a tu manera. Bendice a [nombre], toca su corazón, llévalo al arrepentimiento y a conocerte. Sana mis heridas y dame tu amor. Como Jesús en la cruz, digo: Padre, perdónalo. Amén».
Cuando el enemigo es alguien cercano
A veces el «enemigo» no es un desconocido, sino alguien muy cercano: un familiar, un excónyuge, un socio, un compañero de trabajo o un hermano de la iglesia. Esas heridas suelen ser las más profundas, porque vienen de quien esperábamos amor. David lo expresó en un salmo: «Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado… sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar» (Salmo 55:12-13). Jesús también fue traicionado por uno de los doce, a quien llamó «amigo» en el momento del beso (Mateo 26:50). Orar por quien está cerca y nos ha herido requiere paciencia y, a veces, acompañamiento pastoral o profesional. Puede ayudar escribir una carta a Dios con todo lo que sentimos, sin enviarla a nadie, y terminarla con una bendición para esa persona. Con el tiempo, Dios puede sanar la memoria y, si ambas partes lo permiten, también la relación.
Recuerda que el perdón es un proceso y que Dios es paciente contigo. Cada vez que eliges bendecir en lugar de maldecir, das un paso más hacia la libertad que Cristo quiere darte, y te pareces un poco más a tu Padre celestial.
Y si hoy no puedes orar por tu enemigo con palabras de bendición, comienza por pedirle a Dios que te dé el deseo de hacerlo. Ese pequeño paso ya es obra de su gracia en ti.
Oración final
Señor Jesús, que oraste por quienes te crucificaban, dame un corazón como el tuyo. Líbrame del odio, del rencor y del deseo de venganza. Enséñame a bendecir a quienes me maldicen y a orar por quienes me hacen daño, confiando en que tú eres el Juez justo. Sana mis heridas y úsame como instrumento de reconciliación. Amén.