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¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto?

Hay preguntas que no nacen en un aula de teología, sino en una sala de hospital, frente a una tumba, después de una traición o en medio de una noche sin dormir. «¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto?» es una de ellas. Quizá perdiste a un hijo, a tu esposa, a tus padres. Quizá sufriste violencia, una enfermedad, la ruina económica, el abandono o una injusticia que te marcó para siempre. Si estás haciendo esa pregunta, no estás solo, y no estás pecando por hacerla. La Biblia está llena de personas que se la hicieron a Dios en voz alta. En este artículo no pretendemos darte respuestas fáciles, sino caminar contigo por lo que la Escritura dice sobre el dolor, sobre un Dios que no está lejos, y sobre una verdad que muchos han descubierto: a veces es en los peores momentos de la vida cuando más cerca encontramos a Dios.

Tu pregunta está en la Biblia

Muchos creyentes piensan que cuestionar a Dios es falta de fe. Sin embargo, la Biblia incluye las preguntas más duras que un ser humano puede hacer. El salmista clamó: «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» (Salmo 13:1). El profeta Habacuc se quejó: «¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás?» (Habacuc 1:2). Job maldijo el día en que nació. Jeremías lloró sobre las ruinas de Jerusalén. Y el mismo Jesús, en la cruz, oró con las palabras del Salmo 22:

«Y cerca de la hora de nona, Jesús exclamó con grande voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

Mateo 27:46

Si el Hijo de Dios pudo decir «¿por qué me has desamparado?», tú también puedes llevar tu pregunta a Dios. El lamento no es lo contrario de la fe; es fe que sigue hablando con Dios en medio de la oscuridad.

Job: el hombre que lo perdió todo

El libro de Job es la gran meditación bíblica sobre el sufrimiento del inocente. Job era un hombre íntegro que en un solo día perdió sus bienes y a sus diez hijos, y después su salud. Sus amigos vinieron a consolarlo y durante siete días se sentaron en silencio junto a él; fue lo mejor que hicieron. Cuando empezaron a hablar, intentaron explicarle que sufría por algún pecado oculto. Se equivocaron. Al final del libro, Dios mismo dice que Job habló con más rectitud que ellos (Job 42:7).

Job nunca recibió una explicación completa de por qué sufrió. Lo que recibió fue algo más grande: un encuentro con Dios. «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven» (Job 42:5). Y en medio de su dolor pronunció una de las confesiones de esperanza más hermosas de la Biblia: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo» (Job 19:25). Lee también la historia de Job en nuestra serie.

José: «Dios lo encaminó a bien»

José fue odiado por sus hermanos, vendido como esclavo, acusado falsamente y olvidado en una cárcel de Egipto durante años. Seguramente se preguntó muchas veces dónde estaba Dios. Pero la Biblia repite una y otra vez una frase: «Jehová estaba con José» (Génesis 39:2, 21, 23). Estaba con él en la casa de Potifar y estaba con él en la cárcel. Años después, cuando llegó a gobernar Egipto y salvó a su familia del hambre, José pudo decir a sus hermanos:

«Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.»

Génesis 50:20

Dios no causó la maldad de los hermanos, pero la transformó en un camino de salvación. Muchas veces solo entendemos el sentido de una etapa dolorosa cuando miramos hacia atrás. Lee la historia de José.

Dios no es indiferente a tu dolor

Una de las verdades más consoladoras de la Biblia es que Dios ve, oye y se conmueve. Cuando Israel sufría en Egipto, Dios le dijo a Moisés: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo… y he oído su clamor… pues tengo conocidas sus angustias» (Éxodo 3:7). Cuando Agar huyó al desierto con su hijo, llamó a Dios «el Dios que me ve» (Génesis 16:13). Y el salmista escribió:

«Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salvará a los contritos de espíritu.»

Salmo 34:18

Dios no está lejos del que sufre; está cerca del quebrantado de corazón. En otro salmo, David dice que Dios cuenta sus huidas y pone sus lágrimas en su redoma (Salmo 56:8). Ninguna de tus lágrimas ha pasado desapercibida.

Jesús lloró

El versículo más corto de la Biblia es también uno de los más profundos: «Y lloró Jesús» (Juan 11:35). Jesús estaba ante la tumba de su amigo Lázaro. Sabía que en pocos minutos lo resucitaría, y aun así lloró con María y Marta. No las reprendió por su dolor ni les dio un sermón; lloró con ellas. Así es nuestro Dios: no observa el sufrimiento humano desde la distancia, sino que entra en él.

Dios estaba en la cruz

La respuesta más profunda del cristianismo a la pregunta «¿dónde estaba Dios?» es la cruz. En Jesucristo, Dios mismo experimentó el rechazo, la traición, la injusticia, la tortura, la soledad y la muerte. Isaías lo había anunciado:

«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.»

Isaías 53:3-4

Cuando sufrimos, no oramos a un Dios que no sabe lo que es el dolor. Hebreos dice que «no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas» (Hebreos 4:15). El Dios de la Biblia no es un espectador; es el Dios que sufrió con nosotros y por nosotros. Y la cruz no fue el final: al tercer día vino la resurrección, la prueba de que el dolor y la muerte no tienen la última palabra.

A veces Dios nos acerca a través del dolor

Es una verdad delicada, y hay que decirla con cuidado: Dios no se alegra del sufrimiento, pero puede usarlo para acercarnos a Él. Cuando todo va bien, muchas veces vivimos como si no necesitáramos a Dios. El dolor rompe nuestras seguridades y nos hace mirar hacia arriba. El salmista lo reconoció: «Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba: mas ahora guardo tu palabra… Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos» (Salmo 119:67, 71).

El escritor C. S. Lewis, que perdió a su esposa por el cáncer, escribió que Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo. Pablo, que conoció cárceles, azotes, naufragios y una «espina en la carne», escribió:

«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo. Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso.»

2 Corintios 12:9-10

Pablo no pidió el sufrimiento, pero descubrió en él la gracia y el poder de Cristo de una manera que nunca había conocido. Lee también El aguijón de Pablo.

Muchos encuentran a Dios en sus peores momentos

La Biblia está llena de personas que encontraron a Dios cuando tocaron fondo. El hijo pródigo «volvió en sí» cuando estaba cuidando cerdos y muriéndose de hambre (Lucas 15:17). Manasés, uno de los reyes más malvados de Judá, se humilló ante Dios cuando estaba encadenado en Babilonia, y Dios lo escuchó (2 Crónicas 33:12-13). Jonás oró desde el vientre del pez. El ladrón en la cruz se volvió a Jesús en las últimas horas de su vida y recibió la promesa del paraíso.

Y lo mismo ocurre hoy. Muchas personas cuentan que conocieron a Cristo en una cárcel, en una clínica de rehabilitación, en la cama de un hospital, tras un divorcio, después de la muerte de un ser querido o en medio de una crisis económica. Cuando ya no les quedaba nada, descubrieron que Dios seguía allí. Si hoy estás en uno de esos momentos, quizá este sea también tu momento de encuentro con Él. Lee El Señor se alegra cuando uno de sus hijos vuelve.

Lo que no debemos decir

Quien acompaña a alguien que sufre debe tener cuidado con las frases hechas. «Todo pasa por algo», «Dios necesitaba otro ángel» o «seguro hiciste algo para merecerlo» pueden herir profundamente. Los amigos de Job hablaron demasiado. Pablo aconseja: «Gozaos con los que se gozan: llorad con los que lloran» (Romanos 12:15). A veces la mejor respuesta es el silencio, un abrazo, una oración breve y la presencia fiel. Dios consuela muchas veces a través de las personas que pone a nuestro lado.

La promesa final

La Biblia no termina en el dolor, sino en la esperanza. Pablo escribió que «las aflicciones del tiempo presente no son de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada» (Romanos 8:18), y que «a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28). Y el último libro de la Biblia nos muestra el final de la historia:

«Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.»

Apocalipsis 21:4

El mismo Dios que hoy recoge tus lágrimas un día las enjugará para siempre.

Qué hacer si hoy estás sufriendo

Habla con Dios con honestidad. Dile lo que sientes, aunque sea enojo o confusión. Los Salmos te pueden dar palabras: lee el Salmo 13, 22, 42 o 88. No te aísles. Busca a un pastor, a un amigo creyente, a tu familia o a un grupo de apoyo. Busca ayuda profesional si el dolor te supera: un médico o un psicólogo pueden ser instrumentos de Dios para tu sanidad. Si estás en peligro o piensas en hacerte daño, pide ayuda ahora mismo: en Colombia llama a la línea de emergencias 123; en otros países, al número de emergencias local. Pide oración: puedes escribirnos en Pide tu oración y oraremos por ti. Da un paso a la vez. No necesitas entenderlo todo hoy; basta con confiar un poco hoy.

Oración

Señor, te voy a hablar con la verdad, porque ya no tengo fuerzas para otra cosa. Cuando pasó aquello, te busqué y no te vi. Grité y me pareció que el cielo estaba cerrado. Todavía me pregunto dónde estabas, y a veces esa pregunta se me vuelve rabia. No me la quites con una frase bonita. Quédate conmigo en ella. Dicen que estás cerca de los quebrantados de corazón; pues aquí hay uno. Dicen que guardas las lágrimas en tu redoma; las mías ya deben de pesar. Ven, Espíritu Santo, Consolador: no vengas a explicarme, ven a sostenerme. Muéstrame a Jesús llorando ante una tumba, a Jesús gritando en la cruz, para que sepa que no le hablo a alguien que mira el dolor desde lejos. No entiendo, Señor. Pero no me voy. No me sueltes tú. Amén.