Job, la fe en el sufrimiento
- Pasaje
- Job 1–42
- Protagonistas
- Job y sus amigos
- Lugar
- Tierra de Uz
- Época
- Época patriarcal (probable)
Hay preguntas que todos los seres humanos nos hacemos tarde o temprano: ¿por qué sufren los buenos? ¿Dónde está Dios cuando todo se derrumba? ¿Tiene sentido el dolor? El libro de Job enfrenta estas preguntas con una honestidad sorprendente. No es una historia sencilla con respuestas fáciles, sino un drama poético lleno de lamentos, discusiones y, finalmente, un encuentro con Dios que transforma la perspectiva de un hombre herido. Muchos estudiosos piensan que Job vivió en la época de los patriarcas, por eso lo incluimos en este punto de la serie.
«Hubo un varón en tierra de Hus, llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, y temeroso de Dios, y apartado del mal.»
Job 1:1
Un hombre íntegro y próspero
Job vivía en la tierra de Uz. Era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Tenía siete hijos y tres hijas, siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos criados. La Biblia dice que era «grande más que todos los orientales». Además, era un padre piadoso: cada vez que sus hijos celebraban banquetes, se levantaba de madrugada para ofrecer holocaustos por ellos, pensando: «Quizá habrán pecado mis hijos».
La escena en el cielo
El libro nos permite ver algo que Job nunca supo: una escena en la corte celestial. Satanás, cuyo nombre significa «el adversario» o «el acusador», se presentó ante Dios. Cuando Dios destacó la integridad de Job, Satanás respondió con una acusación: «¿Teme Job a Dios de balde?». Según él, Job solo era fiel porque Dios lo había bendecido; si perdía todo, maldeciría a Dios.
Esta pregunta es el centro del libro: ¿es posible amar a Dios por quien es Él, y no solo por lo que da? Dios permitió que Job fuera probado, pero puso límites: Satanás no podía tocar su vida. El libro deja claro que el mal no está fuera del control soberano de Dios.
La gran pérdida
En un solo día, Job recibió una noticia tras otra: los sabeos robaron los bueyes y las asnas, fuego del cielo consumió las ovejas, los caldeos se llevaron los camellos, y un viento derribó la casa donde estaban reunidos sus hijos, que murieron todos. Job rasgó su manto, rapó su cabeza, se postró en tierra y adoró:
«Y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo tornaré allá. Jehová dio, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.»
Job 1:21-22
Después, Satanás volvió a acusar, y Dios le permitió tocar el cuerpo de Job, sin quitarle la vida. Job fue herido con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla. Se sentó entre ceniza y se rascaba con un pedazo de teja. Su esposa, desesperada, le dijo: «Bendice a Dios, y muérete». Job respondió: «¿Recibiremos el bien de Dios, y el mal no lo recibiremos?».
Los amigos de Job
Tres amigos, Elifaz, Bildad y Zofar, vinieron a consolarlo. Al verlo, lloraron, rasgaron sus mantos y se sentaron con él en tierra siete días y siete noches sin decir palabra, porque veían que su dolor era muy grande. Ese silencio compasivo fue quizás lo mejor que hicieron.
Cuando Job rompió el silencio maldiciendo el día en que nació, sus amigos comenzaron a hablar. Durante muchos capítulos, en poesía hermosa y apasionada, defendieron una idea: Dios castiga a los malos y bendice a los buenos; por lo tanto, si Job sufre tanto, debe haber pecado. Le aconsejaron confesar su culpa. Pero Job insistía en su inocencia y no aceptaba una explicación que no correspondía a su experiencia.
Al final del libro, Dios dice a los amigos que no hablaron de Él lo recto, como su siervo Job (Job 42:7). Su teología era demasiado simple. No todo sufrimiento es castigo por un pecado concreto. Jesús confirmaría esta verdad cuando sus discípulos le preguntaron por qué un hombre había nacido ciego: «No es que éste pecó, ni sus padres; mas para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9:3).
El clamor de Job
Los discursos de Job son algunas de las páginas más intensas de la Biblia. Job se queja, pregunta, reclama y pide una audiencia con Dios. Siente que Dios lo ha tratado como enemigo. Sin embargo, nunca le da la espalda. En medio de su dolor pronuncia una de las declaraciones de fe más impresionantes del Antiguo Testamento:
«Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo: Y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios.»
Job 19:25-26
Job no entendía por qué sufría, pero se aferraba a la esperanza de un Redentor vivo y de ver a Dios. La Biblia no condena a Job por expresar su dolor ante Dios; al contrario, muestra que la oración honesta, aun cuando está llena de preguntas, es una forma de fe.
Eliú
Un joven llamado Eliú, que había escuchado en silencio, tomó la palabra. Reprendió a los amigos por condenar a Job sin respuestas y también a Job por justificarse a sí mismo más que a Dios. Eliú sugirió que Dios puede usar el sufrimiento para enseñar, purificar y acercar a las personas a Él, y habló de la grandeza de Dios en la naturaleza, preparando el camino para lo que vendría.
Dios responde desde el torbellino
Finalmente, Jehová respondió a Job desde un torbellino. Pero no le explicó la escena del cielo ni la razón de su sufrimiento. En cambio, le hizo una serie de preguntas asombrosas: «¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra?». Le mostró las estrellas, el mar, la luz, la nieve, la lluvia, los leones, los cuervos, las cabras monteses, el avestruz, el caballo, el halcón, y dos criaturas impresionantes, Behemot y Leviatán.
Dios no respondió al «por qué», sino al «quién». Mostró a Job su sabiduría, su poder y su cuidado sobre toda la creación. Job comprendió que el mundo es mucho más grande de lo que él podía entender, y que puede confiar en el Dios que lo gobierna todo. Su respuesta fue humilde:
«De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza.»
Job 42:5-6
Job pasó de conocer a Dios «de oídas» a verlo con sus propios ojos. El sufrimiento no terminó en una explicación, sino en un encuentro.
La restauración
Dios pidió a Job que orara por sus amigos, y cuando lo hizo, Dios cambió su situación y le dio el doble de lo que había tenido: catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo de nuevo siete hijos y tres hijas; sus hijas, Jemima, Cesia y Keren-hapuc, eran las más hermosas de la tierra, y su padre les dio herencia entre sus hermanos, algo poco común en aquel tiempo. Job vivió después ciento cuarenta años y vio a sus hijos hasta la cuarta generación.
La restauración no borra el dolor vivido, pero muestra que la última palabra la tiene la bondad de Dios. Santiago lo resume: «Habéis oído la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y piadoso» (Santiago 5:11).
Lugares de la historia
La tierra de Uz: su ubicación exacta es desconocida. Lamentaciones 4:21 la relaciona con Edom, al sureste del mar Muerto, en la actual Jordania; otros la sitúan en el norte de Arabia o cerca de Damasco.
Los amigos: Elifaz era temanita (Temán, en Edom), Bildad suhita y Zofar naamatita, todos de regiones al oriente y sur de Canaán.
Datos interesantes
Uno de los libros más antiguos: muchos piensan que la historia de Job pertenece a la época patriarcal, porque Job ofrece sacrificios como cabeza de familia, sin sacerdotes ni templo.
Literatura universal: el libro de Job es considerado una obra maestra de la literatura mundial y ha inspirado a escritores, filósofos y artistas.
Siete días de silencio: los amigos se sentaron con Job siete días sin hablar; la tradición judía del duelo, la shivá, también dura siete días.
Ciencia en poesía: Job 26:7 dice que Dios «cuelga la tierra sobre nada», una imagen poética que muchos lectores han encontrado sorprendente.
«La paciencia de Job»: la expresión se usa en muchos idiomas para hablar de una paciencia extraordinaria.
Hijas herederas: Job dio herencia a sus hijas junto a sus hermanos, un detalle excepcional para la época.
Lecciones para nuestra vida
No todo sufrimiento es castigo: no juzguemos a quienes sufren. El silencio compasivo consuela: a veces acompañar es mejor que explicar. Dios escucha nuestras quejas honestas. Podemos confiar aunque no entendamos: Dios es más grande que nuestras preguntas. El sufrimiento puede llevarnos a conocer a Dios más profundamente. Orar por otros es parte de la sanidad: Job fue restaurado cuando oró por sus amigos.
Camino a Jesús
Job anhelaba un árbitro que pudiera poner su mano sobre Dios y sobre él (Job 9:33), un Redentor vivo que se levantara sobre el polvo. Ese anhelo se cumple en Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres, el Justo que sufrió siendo inocente. Job sufrió sin saber por qué; Jesús sufrió sabiendo que lo hacía por nosotros. Y en la resurrección, el Redentor que Job esperaba se levantó sobre el polvo de la tumba. Por eso, en Cristo, ningún sufrimiento es la última palabra.
En el próximo episodio conoceremos a Moisés, el libertador de Israel.
Oración
Señor, hay cosas en mi vida que no entiendo. Como Job, a veces tengo preguntas y quejas. Gracias porque puedo traerlas a ti con honestidad. Ayúdame a confiar en ti aun cuando no vea la razón de mi dolor. Yo sé que mi Redentor vive. Consuela a quienes sufren y hazme un amigo compasivo para ellos. Amén.