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Evangelio

La parábola del hijo pródigo explicada

La parábola del hijo pródigo es probablemente la historia más conocida que contó Jesús. Algunos la han llamado «el Evangelio dentro del Evangelio», porque resume en pocas líneas el corazón del mensaje cristiano: el pecado que nos aleja, el arrepentimiento que nos hace volver y el amor de un Padre que corre a recibirnos. Charles Dickens la llamó «la historia más conmovedora jamás escrita». En este artículo la recorremos paso a paso, con su contexto, sus personajes, los símbolos que contiene y lo que nos enseña hoy.

El contexto: tres parábolas de lo perdido

Lucas 15 comienza con una escena reveladora: «Y se llegaban a él todos los publicanos y pecadores a oírle. Y murmuraban los Fariseos y los escribas, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come» (Lucas 15:1-2). Para responder a esa crítica, Jesús contó tres parábolas seguidas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. Las tres tienen el mismo final: algo perdido es hallado y hay una gran celebración. Lee también nuestro artículo El Señor se alegra cuando uno de sus hijos vuelve.

«Dame la parte de la hacienda»

Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo: «Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece». En aquella cultura, pedir la herencia en vida era casi como decir «quisiera que estuvieras muerto». Era una ruptura de la relación y una deshonra pública para el padre. Sorprendentemente, el padre accedió y repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor juntó todo y se fue a una provincia lejana, donde «desperdició su hacienda viviendo perdidamente» (Lucas 15:13).

El hijo menor representa a toda persona que quiere vivir lejos de Dios, disfrutando de sus dones pero sin el Dador. Dios no nos obliga a quedarnos: respeta nuestra libertad, aunque eso le cueste dolor.

Tocar fondo

Cuando lo hubo gastado todo, vino una gran hambre en aquella provincia y comenzó a pasar necesidad. Se puso a trabajar para un ciudadano de aquella tierra, que lo envió a apacentar cerdos. Para un judío, los cerdos eran animales impuros; no podía caer más bajo. Deseaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, «y nadie se las daba». El que había tenido tantos amigos mientras tenía dinero, ahora estaba solo.

«Volviendo en sí»

Entonces ocurrió el momento decisivo:

«Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti; Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.»

Lucas 15:17-19

«Volviendo en sí» es una expresión hermosa: el pecado nos hace perder el juicio, y el arrepentimiento es recuperar la cordura. El hijo reconoció su situación, recordó la bondad de su padre, preparó una confesión sincera y, sobre todo, se levantó y se puso en camino. El arrepentimiento verdadero no es solo sentir tristeza, sino volver.

El padre que corre

Lo que sigue es el corazón de la parábola:

«Y levantándose, vino a su padre. Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle.»

Lucas 15:20

El padre lo vio «cuando aún estaba lejos»: lo había estado esperando, mirando el camino cada día. Fue movido a misericordia. Y corrió. En el Oriente antiguo, un hombre mayor y respetable no corría; hacerlo era indigno, porque tenía que recogerse la túnica. Pero a este padre no le importó su dignidad. Corrió, se echó sobre el cuello de su hijo y lo besó, antes de que el hijo pudiera decir una palabra. Así es Dios: no espera que nos limpiemos para recibirnos; sale a nuestro encuentro.

El vestido, el anillo y el calzado

El hijo comenzó su confesión: «Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo». Pero el padre no lo dejó terminar la frase que había preparado —«hazme como a uno de tus jornaleros»— y dijo a sus siervos: «Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso, y matadle, y comamos, y hagamos fiesta». Cada detalle tiene sentido. El mejor vestido cubría sus harapos y le devolvía la honra. El anillo, probablemente un sello familiar, le restituía la autoridad de hijo. El calzado lo distinguía de los esclavos, que andaban descalzos. La fiesta anunciaba a todos que había sido recibido. No volvió como siervo, sino como hijo.

La razón del padre es la frase central de la parábola: «porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado» (Lucas 15:24).

El hermano mayor

La historia no termina ahí. El hijo mayor volvía del campo, oyó la música y las danzas, y al saber lo que pasaba se enojó y no quiso entrar. El padre salió también a buscarlo y le rogó que entrara. Pero el hijo mayor le reprochó: «He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: mas cuando vino este tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso». Notemos que no dice «mi hermano», sino «este tu hijo».

El padre le respondió con ternura: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era menester hacer fiesta y holgarnos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado» (Lucas 15:31-32). La parábola termina sin decirnos si el hermano mayor entró a la fiesta. Es una pregunta abierta para los fariseos que murmuraban… y para nosotros.

Dos hijos perdidos

Muchos lectores han notado que en la parábola hay dos hijos perdidos. El menor se perdió lejos de casa, en el desenfreno. El mayor se perdió dentro de casa, en el orgullo, el resentimiento y una obediencia sin amor. Uno necesitaba arrepentirse de su rebeldía; el otro, de su justicia propia. Y el padre amó a ambos y salió a buscar a ambos. Jesús nos invita a examinar a cuál de los dos nos parecemos.

Lo que la parábola nos enseña

Dios respeta nuestra libertad, pero nunca deja de esperarnos. El pecado promete libertad, pero termina en esclavitud y soledad. Nunca es tarde para volver; lee también Nunca es tarde para Dios. El arrepentimiento es levantarse y volver, no solo lamentarse. Dios perdona por completo y nos restaura como hijos, no como siervos. El cielo celebra a cada persona que regresa. Debemos alegrarnos con quienes vuelven, en lugar de juzgarlos. La gracia no se gana: ni el hijo menor la merecía, ni el mayor podía comprarla con sus años de servicio.

La parábola en el arte

La historia ha inspirado a innumerables artistas. El cuadro más famoso es «El regreso del hijo pródigo» de Rembrandt, pintado hacia 1668 y conservado en el Museo del Hermitage de San Petersburgo: muestra al padre abrazando al hijo arrodillado, con una mano que parece masculina y otra femenina, como símbolo de la ternura de Dios. El sacerdote y escritor Henri Nouwen escribió un libro entero meditando sobre esa pintura. También la han representado Murillo, Durero y muchos otros.

Si hoy estás lejos

Quizá te reconoces en el hijo menor: te alejaste de Dios, desperdiciaste oportunidades, tocaste fondo. Hoy es el día para volver en ti y emprender el camino de regreso. No necesitas un discurso perfecto. El Padre te está esperando y correrá a tu encuentro. Lee Soy pecador: ¿seré aceptado por Dios? y ¿Ha entregado su vida a Cristo?.

Preguntas para la reflexión

Esta parábola se presta para la meditación personal o el estudio en grupo. ¿En qué momentos de mi vida me he parecido al hijo menor? ¿Y al hermano mayor? ¿Qué «provincia lejana» me atrae hoy? ¿Qué me impide volver del todo a la casa del Padre? ¿Cómo reacciono cuando alguien con un pasado difícil llega a la iglesia? ¿Qué imagen de Dios tengo: la de un juez que espera para castigar o la de un Padre que corre a abrazar? Responder con honestidad puede ser el comienzo de un nuevo encuentro con Dios.

Dios no se cansa de esperarnos: su amor es más grande que nuestra peor caída.

Si alguna vez te sentiste como el hijo menor o como el mayor, recuerda que el Padre salió a buscar a los dos. Su casa tiene lugar para ti, y la fiesta no está completa sin ti.

Oración

Padre, me he alejado de ti y he desperdiciado lo que me diste. Hoy vuelvo en mí y regreso a tu casa. He pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de ser llamado tu hijo. Gracias porque corres a mi encuentro, me abrazas, me perdonas y me vistes de nuevo. Líbrame también del orgullo del hermano mayor, para que me alegre cuando otros vuelvan a ti. En el nombre de Jesús. Amén.