La torre de Babel y las naciones
- Pasaje
- Génesis 10–11
- Protagonistas
- Los descendientes de Noé, Nimrod, Taré
- Lugar
- Llanura de Sinar (Babilonia); Ur; Harán
- Época
- Después del diluvio
Después del diluvio, la humanidad comenzó de nuevo a partir de una sola familia. Génesis 10 y 11 cuentan cómo los descendientes de Noé se multiplicaron y formaron pueblos, lenguas y naciones. En medio de ese relato aparece una de las historias más breves y significativas de la Biblia: la torre de Babel. Allí vemos el orgullo humano que intenta alcanzar el cielo sin Dios, y la respuesta divina que dispersa a los pueblos. Pero también vemos cómo Dios prepara el camino para el llamado de un hombre por medio del cual bendecirá a todas las naciones.
La tabla de las naciones
Génesis 10 es conocido como «la tabla de las naciones». Enumera a los descendientes de los tres hijos de Noé. De Jafet proceden pueblos que se extendieron hacia el norte y el oeste, por las costas y las islas: entre ellos Gomer, Magog, Madai (los medos), Javán (los griegos) y Tarsis. De Cam descienden Cus, Mizraim (Egipto), Fut y Canaán. De Sem vienen Elam, Asur (los asirios), Arfaxad, Lud y Aram, y de ellos, más tarde, los hebreos.
En la tradición judía se contaron setenta naciones en esta lista, y el número setenta llegó a simbolizar a toda la humanidad. Jesús enviaría más tarde a setenta discípulos a predicar (Lucas 10:1), un gesto que muchos han visto como un anuncio de que el Evangelio es para todos los pueblos. La tabla de las naciones nos recuerda que todos los seres humanos compartimos un mismo origen y que Dios conoce a cada pueblo por su nombre.
«Estas son las familias de Noé por sus descendencias, en sus naciones; y de éstos fueron divididas las gentes en la tierra después del diluvio.»
Génesis 10:32
Nimrod, el poderoso cazador
Entre los descendientes de Cam aparece Nimrod, «el primero que fue poderoso en la tierra» y «vigoroso cazador delante de Jehová» (Génesis 10:8-9). Fue el fundador de un reino que comenzó en Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar, y que se extendió a Asiria, donde se edificó Nínive. Nimrod representa el surgimiento de los primeros imperios y del poder político concentrado. Muchos lo han asociado con el espíritu que impulsó la construcción de Babel.
Una sola lengua
Génesis 11 comienza diciendo: «Era entonces toda la tierra de una lengua y unas mismas palabras». Los hombres se trasladaron hacia el oriente y hallaron una llanura en la tierra de Sinar, en Mesopotamia, y se establecieron allí. Entonces dijeron:
«Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.»
Génesis 11:4
El proyecto tenía tres objetivos: construir una ciudad, levantar una torre cuya cúspide llegara al cielo y hacerse un nombre, para no ser esparcidos. Pero Dios había mandado a la humanidad llenar la tierra (Génesis 9:1). La torre expresaba el deseo de alcanzar la gloria por medios humanos, de concentrar el poder y de vivir sin depender de Dios.
Ladrillo en lugar de piedra
El texto menciona un detalle técnico interesante: usaron ladrillo en lugar de piedra y asfalto en lugar de mezcla. En Mesopotamia no abundaba la piedra, y los constructores usaban ladrillos cocidos y betún. Así se construyeron los zigurats, grandes torres escalonadas con un templo en la cima, que servían como «montañas artificiales» para acercarse a los dioses. El zigurat más famoso de Babilonia se llamaba Etemenanki, que significa «templo del fundamento del cielo y de la tierra». Muchos estudiosos piensan que la torre de Babel refleja este tipo de construcciones.
«Descendió Jehová para ver»
El relato contiene una ironía hermosa. Los hombres querían construir una torre que llegara hasta el cielo, pero el texto dice: «Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre» (Génesis 11:5). Lo que para los hombres era una obra gigantesca, para Dios era tan pequeña que tuvo que «bajar» para verla. No es que Dios necesite desplazarse, sino una forma de mostrar la distancia entre la grandeza de Dios y la pretensión humana.
Dios observó que, unidos por una sola lengua y un mismo propósito de rebelión, nada les detendría en su orgullo. Entonces confundió su lengua, de modo que ninguno entendiera el habla de su compañero. Así los esparció sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.
«Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.»
Génesis 11:9
Babel: confusión
El nombre Babel hace un juego de palabras con el verbo hebreo balal, que significa confundir. Para los babilonios, el nombre de su ciudad significaba «puerta de dios», pero la Biblia lo relaciona con la confusión. La ciudad que quería ser la puerta del cielo se convirtió en el símbolo del desorden humano. A lo largo de la Biblia, Babilonia representará el orgullo, la idolatría y el poder que se opone a Dios, hasta el libro de Apocalipsis, donde se anuncia la caída de «Babilonia la grande» (Apocalipsis 18).
La dispersión: juicio y misericordia
La confusión de lenguas fue un juicio, pero también una misericordia. Impidió que la humanidad concentrara su rebelión en un solo imperio total y la obligó a cumplir el mandato de llenar la tierra. La diversidad de lenguas y culturas, que comenzó como consecuencia del orgullo, será finalmente redimida por Dios, como veremos al final de la serie.
De Sem a Abraham
Después del relato de Babel, Génesis 11:10-26 presenta la genealogía de Sem hasta Taré: Sem, Arfaxad, Sala, Heber, Peleg, Reu, Serug, Nacor y Taré. De Heber, según la tradición, procede el nombre «hebreo». En los días de Peleg «fue repartida la tierra» (Génesis 10:25); su nombre significa precisamente división, y muchos lo relacionan con la dispersión de los pueblos.
La lista termina con Taré, que engendró a Abram, Nacor y Harán. Taré tomó a su hijo Abram, a su nuera Sarai y a su nieto Lot, y salió de Ur de los caldeos para ir a la tierra de Canaán; pero se detuvieron en Harán, y allí murió Taré (Génesis 11:31-32). Un dato importante: «Sarai fue estéril, y no tenía hijo». El capítulo de la dispersión termina con una familia sin descendencia. Humanamente, no había futuro. Pero es justamente allí donde Dios va a comenzar su gran promesa.
Lugares de la historia
La llanura de Sinar: la antigua Babilonia, en el sur de Mesopotamia, en el actual Irak, entre los ríos Tigris y Éufrates.
Babel / Babilonia: sus ruinas se encuentran cerca de la ciudad de Hilla, a unos 85 kilómetros al sur de Bagdad. Allí estuvo el gran zigurat Etemenanki, del que hoy solo se conservan los cimientos. Las ruinas de Babilonia fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2019.
Nínive: fundada por el reino de Nimrod en Asiria, junto al río Tigris, frente a la actual Mosul.
Ur de los caldeos: ciudad del sur de Mesopotamia, identificada con Tell el-Muqayyar, en Irak, donde se conserva un zigurat restaurado.
Harán: ciudad del norte de Mesopotamia, en el sureste de la actual Turquía, donde se detuvo la familia de Taré.
Datos interesantes
Setenta naciones: la tradición judía contó setenta pueblos en Génesis 10, símbolo de toda la humanidad.
Zigurats: estas torres escalonadas de ladrillo eran típicas de Mesopotamia; el de Ur, reconstruido en parte, todavía puede visitarse.
Juego de palabras: Babel suena como balal, «confundir».
¿«Hebreo» viene de Heber? Así lo entiende la tradición, aunque el origen exacto de la palabra se discute.
Babilonia en toda la Biblia: desde Génesis hasta Apocalipsis, Babilonia simboliza el poder humano que se opone a Dios.
La expresión «torre de Babel» se usa hoy en muchos idiomas para describir la confusión o la falta de entendimiento.
Lecciones para nuestra vida
El orgullo divide: querer hacernos un nombre sin Dios termina en confusión. Dios resiste al soberbio: ninguna torre humana llega al cielo. La unidad sin Dios es peligrosa: no toda unión es buena si su propósito es la rebelión. Dios conoce a todas las naciones: ningún pueblo está fuera de su mirada. Donde parece no haber futuro, Dios comienza algo nuevo: la esterilidad de Sarai será el escenario de la promesa.
Camino a Jesús
En Babel, los hombres quisieron subir al cielo y Dios descendió para dispersarlos. En Jesucristo, Dios descendió del cielo para reunirlos. En Babel se confundieron las lenguas; en Pentecostés, el Espíritu Santo permitió que personas de muchas naciones oyeran las maravillas de Dios en su propio idioma (Hechos 2:6-11). En Babel quisieron hacerse un nombre; en Cristo, Dios nos da un nombre nuevo, y Él tiene «el nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses 2:9). Y la dispersión de Babel terminará en la gran multitud «de todas gentes y linajes y pueblos y lenguas» que adora al Cordero (Apocalipsis 7:9).
En el próximo episodio conoceremos al hombre con quien Dios comenzó esa gran restauración: Abraham, el padre de la fe.
Oración
Señor, líbrame del orgullo de querer hacerme un nombre sin ti. Gracias porque en Jesucristo descendiste para reunir a los pueblos dispersos. Te pido por todas las naciones y lenguas de la tierra, para que conozcan tu Evangelio. Haz de tu Iglesia un pueblo unido por tu Espíritu. Amén.