Jacob, que llegó a ser Israel
- Pasaje
- Génesis 25–35
- Protagonistas
- Jacob, Esaú, Labán, Lea, Raquel
- Lugar
- Betel, Harán, Peniel, Siquem, Belén
- Época
- Época patriarcal
Si Abraham es el hombre de la fe e Isaac el de la mansedumbre, Jacob es el hombre de la lucha. Su vida está llena de astucia, engaños, huidas, amores, trabajos, conflictos familiares y encuentros con Dios que lo transformaron. Nació agarrado del talón de su hermano y, años después, luchó toda una noche con Dios hasta recibir un nombre nuevo: Israel. De sus doce hijos saldrían las doce tribus del pueblo de Dios. Su historia, en Génesis 25 al 35, muestra que Dios puede transformar a una persona complicada en un príncipe de su pueblo.
El que agarra el talón
Jacob y Esaú eran gemelos, pero muy distintos. Esaú era diestro en la caza, hombre del campo, preferido de su padre. Jacob era tranquilo, habitaba en tiendas y era el preferido de su madre. Su nombre, Yaakov, está relacionado con akev, «talón», porque nació agarrado al talón de su hermano, y también con la idea de suplantar o engañar.
Un día Esaú volvió del campo cansado y hambriento, y pidió a Jacob del guiso rojo de lentejas que estaba cocinando. Jacob le propuso un trato: «Véndeme en este día tu primogenitura». Esaú respondió: «He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?». Vendió su derecho de primogénito por un plato de comida. Por eso Hebreos lo llama «profano», que por una sola comida vendió su primogenitura (Hebreos 12:16).
La bendición y la huida
Como vimos en el episodio anterior, Jacob, aconsejado por su madre, engañó a su padre ciego para recibir la bendición destinada a Esaú. Esaú, lleno de rencor, planeó matarlo después de la muerte de Isaac. Rebeca envió a Jacob a Harán, a casa de su hermano Labán, «por algunos días». Nunca volvería a ver a su madre: esos días se convertirían en veinte años.
La escalera de Betel
En su huida, Jacob llegó a un lugar y durmió con una piedra por cabecera. Allí tuvo un sueño extraordinario:
«Y soñó, y he aquí una escala que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo: y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac: la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu simiente. Y será tu simiente como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, y al oriente, y al aquilón, y al mediodía; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. Y he aquí, yo soy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres, y te volveré a esta tierra; porque no te dejaré hasta tanto que haya hecho lo que te he dicho.»
Génesis 28:12-15
Jacob, un fugitivo que había engañado a su familia, recibió de Dios la misma promesa dada a Abraham e Isaac, y una palabra personal: «Yo soy contigo». Al despertar dijo: «Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía». Levantó la piedra como señal, la ungió con aceite y llamó al lugar Betel, «casa de Dios». Allí hizo un voto: si Dios lo guardaba y lo hacía volver en paz, Jehová sería su Dios y daría el diezmo de todo.
Jacob en Harán: el engañador engañado
En Harán, junto a un pozo, Jacob conoció a Raquel, hija de Labán, y se enamoró de ella. Acordó trabajar siete años por ella, «y le parecieron como pocos días, porque la amaba» (Génesis 29:20). Pero en la noche de bodas, Labán le dio a su hija mayor, Lea. Jacob, que había engañado a su padre haciéndose pasar por su hermano mayor, fue engañado cuando le dieron a la hermana mayor en lugar de la menor. Tuvo que trabajar otros siete años por Raquel.
Así comenzó una familia compleja, con rivalidad entre las dos hermanas. Lea, menos amada, tuvo varios hijos, y Dios la vio. Raquel, estéril durante mucho tiempo, dio a Jacob su sierva Bilha; Lea le dio a Zilpa. De estas cuatro mujeres nacieron los doce hijos de Jacob. Finalmente Dios se acordó de Raquel, y nació José.
Labán cambió el salario de Jacob diez veces, pero Dios bendijo a Jacob, y su rebaño se multiplicó. Después de veinte años, Dios le dijo: «Vuélvete a la tierra de tus padres». Jacob partió con su familia y sus bienes.
Miedo a Esaú
El regreso implicaba enfrentarse a Esaú. Cuando supo que su hermano venía con cuatrocientos hombres, Jacob tuvo gran temor. Dividió su campamento, envió regalos y oró con una humildad nueva: «Menor soy que todas las misericordias, y que toda la verdad que has usado con tu siervo» (Génesis 32:10).
La lucha en Peniel
Esa noche, junto al vado del río Jaboc, Jacob quedó solo. Entonces sucedió uno de los episodios más misteriosos de la Biblia:
«Y quedóse Jacob solo, y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y como vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y descoyuntóse el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, que raya el alba. Y él dijo: No te dejaré, si no me bendices. Y él le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y él dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel: porque has peleado con Dios y con los hombres, y has vencido.»
Génesis 32:24-28
Jacob luchó con un varón hasta el amanecer. El varón le tocó el encaje del muslo y lo dejó cojo, pero Jacob se aferró: «No te dejaré, si no me bendices». Cuando le preguntó su nombre, Jacob tuvo que confesar: «Jacob», es decir, el suplantador. Entonces recibió un nombre nuevo: Israel, que significa «el que lucha con Dios» o «Dios lucha». Jacob llamó al lugar Peniel, «rostro de Dios», porque dijo: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma». El profeta Oseas explica que luchó con el ángel y lloró, y le rogó (Oseas 12:4). Jacob salió de allí cojeando, pero bendecido. Dios quebró su autosuficiencia para hacerlo depender de Él.
La reconciliación con Esaú
A la mañana siguiente, Jacob se inclinó siete veces ante su hermano. «Y Esaú corrió a su encuentro, y abrazóle, y echóse sobre su cuello, y le besó; y lloraron» (Génesis 33:4). Veinte años de rencor se deshicieron en un abrazo. Jacob le dijo: «He visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios».
Regreso a Betel y dolor
Jacob se estableció cerca de Siquem, donde su hija Dina sufrió una grave violencia y sus hijos Simeón y Leví respondieron con una venganza terrible. Después Dios le mandó volver a Betel. Jacob pidió a su familia que quitara los dioses ajenos, se purificara y cambiara sus vestidos. En Betel, Dios le confirmó el nombre de Israel y la promesa.
En el camino hacia Efrata, es decir, Belén, Raquel murió al dar a luz a su segundo hijo. Ella lo llamó Benoni, «hijo de mi dolor», pero Jacob lo llamó Benjamín, «hijo de la mano derecha». Jacob levantó un pilar sobre su sepultura. Más tarde volvió a ver a su padre Isaac antes de su muerte.
Lugares de la historia
Beerseba: donde creció Jacob y de donde salió huyendo.
Betel: «casa de Dios», al norte de Jerusalén, donde vio la escalera. Antes se llamaba Luz.
Harán: en el sureste de Turquía, donde vivió veinte años con Labán.
El río Jaboc y Peniel: el Jaboc (hoy río Zarqa) es un afluente del Jordán en la actual Jordania. Allí luchó con Dios.
Siquem: en el centro de Canaán, cerca de la actual Nablus, donde compró un terreno. El pozo de Jacob, donde Jesús habló con la mujer samaritana, está en esa zona (Juan 4:5-6).
Belén (Efrata): donde murió Raquel. La tradición señala su tumba en la entrada de Belén.
Datos interesantes
Un nombre para una nación: el nombre Israel, dado a Jacob, se convirtió en el nombre de todo el pueblo.
Doce hijos, doce tribus: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón (de Lea); Dan, Neftalí (de Bilha); Gad, Aser (de Zilpa); José y Benjamín (de Raquel).
Jesús y la escalera: Jesús dijo a Natanael que verían «los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre» (Juan 1:51). Él es la verdadera escalera entre el cielo y la tierra.
El pozo de Jacob: todavía hoy se muestra en Nablus, dentro de una iglesia ortodoxa.
Siete años como pocos días: una de las frases de amor más citadas de la Biblia.
Una costumbre judía: por la herida de Jacob, los israelitas no comían el tendón del muslo (Génesis 32:32).
Lecciones para nuestra vida
No desprecies lo sagrado por lo inmediato: como Esaú con su primogenitura. Lo que sembramos, cosechamos: el engañador fue engañado. Dios nos busca aun cuando huimos: se reveló a Jacob en su peor momento. La bendición llega en la debilidad: Jacob salió de Peniel cojeando, pero transformado. La reconciliación es posible: veinte años de rencor terminaron en un abrazo. Hay que quitar los ídolos: volver a Betel exigió purificar la casa.
Camino a Jesús
Jacob recibió la promesa: «en ti y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra». Esa simiente es Cristo. La escalera de Betel encuentra su cumplimiento en Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres. Jacob luchó con Dios y vio su rostro; en Jesús, dice Pablo, resplandece «el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Corintios 4:6). Y de la tribu de Judá, uno de sus hijos, nacería el León de la tribu de Judá.
En el próximo episodio conoceremos a José, el hijo amado de Jacob, vendido por sus hermanos y elevado a gobernador de Egipto.
Oración
Dios de Jacob, como él, a veces he confiado en mi astucia más que en ti. Gracias porque me buscas aun cuando huyo. No te dejaré si no me bendices. Quebranta lo que deba ser quebrantado en mí y dame un nombre nuevo en Cristo. Gracias por Jesús, la escalera que une el cielo y la tierra. Amén.