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Episodio 14 de 34

Josué y la tierra prometida

Pasaje
Josué 1–24
Protagonistas
Josué, Caleb, Rahab
Lugar
Jordán, Gilgal, Jericó, Hai, Siquem
Época
c. 1200 a. C.

Moisés sacó a Israel de Egipto; Josué lo introdujo en la tierra prometida. Después de cuarenta años en el desierto, llegó el momento de cruzar el río Jordán y recibir la herencia que Dios había prometido a Abraham, Isaac y Jacob. Josué, un antiguo esclavo que había servido durante años como ayudante de Moisés, fue el líder elegido para esta misión. Su vida es un ejemplo de valentía, obediencia y fidelidad, y su nombre tiene un significado muy especial para los cristianos.

¿Quién era Josué?

Josué era hijo de Nun, de la tribu de Efraín. Nació en Egipto en tiempos de esclavitud. Su nombre original era Oseas (Hoshea), «salvación», pero Moisés lo llamó Josué (Yehoshúa), que significa «Jehová salva» (Números 13:16). Ese mismo nombre, en su forma abreviada Yeshúa, es el nombre de Jesús. En griego, Josué y Jesús se escriben igual: Iesous.

Josué aparece por primera vez como comandante en la batalla contra Amalec en Refidim. Luego fue el servidor de Moisés: lo acompañó cuando subió al monte Sinaí y permanecía en el tabernáculo de reunión sin apartarse (Éxodo 33:11). Durante años aprendió a los pies de su maestro.

El espía fiel

Cuando Israel llegó a la frontera de Canaán, Moisés envió doce espías a reconocer la tierra. Volvieron después de cuarenta días con un racimo de uvas tan grande que lo tuvieron que llevar entre dos en un palo. La tierra era buena, «fluye leche y miel». Pero diez espías sembraron el miedo: las ciudades eran fortificadas y había gigantes; «éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas».

Solo Josué y Caleb se mantuvieron firmes: «Si Jehová se agradare de nosotros, él nos meterá en esta tierra… no temáis al pueblo de esta tierra… con nosotros está Jehová» (Números 14:8-9). El pueblo quiso apedrearlos. Como consecuencia de su incredulidad, esa generación murió en el desierto, y solo Josué y Caleb, de los adultos que salieron de Egipto, entraron en Canaán cuarenta años después.

«Esfuérzate y sé valiente»

Antes de morir, Moisés impuso sus manos sobre Josué ante todo el pueblo. Después de la muerte de Moisés, Dios habló a Josué con palabras que han animado a creyentes de todas las épocas:

«El libro de aquesta ley nunca se apartará de tu boca: antes de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito: porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente: no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios será contigo en donde quiera que fueres.»

Josué 1:8-9

La clave del éxito de Josué no sería su estrategia militar, sino la presencia de Dios y la obediencia a su Palabra. Tres veces en el primer capítulo Dios le dice: «Esfuérzate y sé valiente».

Rahab y los espías

Josué envió dos espías a Jericó. Allí fueron escondidos por Rahab, una mujer que había oído de las obras de Dios y creía que el Dios de Israel era Dios en el cielo y en la tierra. Ella pidió que salvaran a su familia, y los espías le indicaron atar un cordón de grana en su ventana. Como vimos en otro artículo, Rahab llegaría a formar parte de la genealogía de Jesús.

El cruce del Jordán

El río Jordán estaba desbordado, porque era tiempo de la siega. Dios ordenó que los sacerdotes que llevaban el arca del pacto entraran primero en el agua. Tan pronto como sus pies tocaron el río, las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un montón, a gran distancia, y el pueblo pasó en seco frente a Jericó. Fue como una repetición del milagro del mar Rojo para la nueva generación. Josué mandó sacar doce piedras del fondo del río y levantarlas como memorial en Gilgal, para que cuando los hijos preguntaran «¿Qué os significan estas piedras?», sus padres les contaran lo que Dios había hecho.

En Gilgal, el pueblo fue circuncidado y celebró la Pascua. Al día siguiente de comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Una etapa terminaba y otra comenzaba.

El Príncipe del ejército de Jehová

Cerca de Jericó, Josué vio a un hombre con una espada desenvainada. Le preguntó: «¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?». Él respondió: «No; mas Príncipe del ejército de Jehová». Josué se postró y adoró, y se le dijo: «Quita tus zapatos de tus pies; porque el lugar donde estás es santo» (Josué 5:13-15), las mismas palabras que Moisés escuchó en la zarza. Muchos cristianos han visto en este personaje una aparición del Hijo de Dios antes de su encarnación. La pregunta no era si Dios estaba del lado de Josué, sino si Josué estaba del lado de Dios.

Los muros de Jericó

Jericó era una ciudad amurallada. Dios dio a Josué un plan extraño: el pueblo rodearía la ciudad una vez al día durante seis días, en silencio, con siete sacerdotes tocando trompetas de cuerno de carnero delante del arca. El séptimo día darían siete vueltas, y al sonido largo de las trompetas, todo el pueblo gritaría. Así lo hicieron, y el muro de la ciudad cayó. Hebreos dice: «Por fe cayeron los muros de Jericó con rodearlos siete días» (Hebreos 11:30). Rahab y su familia fueron salvadas.

La derrota en Hai y el pecado de Acán

Tras la victoria, Israel sufrió una derrota inesperada ante la pequeña ciudad de Hai. La causa fue que Acán había tomado a escondidas objetos del botín consagrado a Dios. El pecado de uno afectó a todo el pueblo. Después de que el pecado fue descubierto y juzgado, Israel venció en Hai. La lección es clara: la desobediencia oculta trae derrota.

El sol se detuvo

Los gabaonitas engañaron a Israel para hacer un pacto de paz. Cuando cinco reyes amorreos los atacaron, Josué acudió a defenderlos. Durante la batalla, Josué oró, y Dios hizo que el sol se detuviera sobre Gabaón y la luna sobre el valle de Ajalón: «Y no fue tal día antes ni después de aquél, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre» (Josué 10:14). El texto, poético y citado del libro de Jaser, ha sido interpretado de diversas maneras, pero su mensaje es que Dios peleaba por Israel.

El reparto de la tierra y la despedida

Después de años de conquista, Josué repartió la tierra entre las tribus. Caleb, a sus ochenta y cinco años, pidió el monte de Hebrón. Se establecieron ciudades de refugio para proteger a quienes mataban a alguien sin intención. Al final de su vida, Josué reunió al pueblo en Siquem y le recordó toda la historia de la fidelidad de Dios. Luego les planteó una decisión:

«Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron de esotra parte del río, o a los dioses de los Amorrheos en cuya tierra habitáis: que yo y mi casa serviremos a Jehová.»

Josué 24:15

El pueblo respondió que serviría a Jehová. Josué murió a los ciento diez años y fue sepultado en Timnat-sera, en el monte de Efraín. «Y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué» (Josué 24:31). Los huesos de José, traídos de Egipto, fueron sepultados en Siquem.

Lugares de la historia

Mapa de los lugares mencionados: Monte Nebo, Gilgal, Jericó, Hai, Gabaón, Siquem, SiloSiquemSiloHaiJericóGilgalGabaónMonte Nebo20 km
Mapa de los lugares de este episodio. Ubicaciones aproximadas; datos cartográficos: Natural Earth (dominio público).

El río Jordán: frontera oriental de la tierra prometida; el cruce ocurrió frente a Jericó.

Gilgal: primer campamento de Israel en Canaán, cerca de Jericó.

Jericó: considerada una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo; el sitio arqueológico de Tell es-Sultan fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2023. La datación de su destrucción ha sido muy debatida por los arqueólogos.

Hai y Gabaón: ciudades de la región montañosa central.

Siquem: junto a los montes Ebal y Gerizim, donde Josué renovó el pacto.

Datos interesantes

Josué y Jesús: son el mismo nombre en hebreo y en griego; significa «Jehová salva».

Solo dos: Josué y Caleb fueron los únicos adultos de la generación del éxodo que entraron en Canaán.

Un versículo en muchos hogares: «yo y mi casa serviremos a Jehová» adorna las paredes de hogares cristianos en todo el mundo.

Ciudades de refugio: seis ciudades protegían a quien mataba sin intención, un temprano ejemplo de justicia que distingue la culpa.

La misma edad que José: ambos murieron a los ciento diez años.

Lecciones para nuestra vida

La preparación lleva tiempo: Josué sirvió años antes de liderar. La fe ve la promesa, no los gigantes. La Palabra de Dios es el secreto del éxito. Los memoriales transmiten la fe a los hijos. El pecado oculto trae derrota. Cada generación debe elegir a quién servir.

Camino a Jesús

Josué es una de las figuras más claras de Jesús, comenzando por su nombre. Moisés, que representa la ley, no pudo introducir al pueblo en la tierra prometida; fue Josué quien lo hizo. De la misma manera, la ley no puede darnos la herencia eterna; es Jesús quien nos introduce en ella. Hebreos 4:8-9 dice que si Josué les hubiera dado el reposo definitivo, no se hablaría de otro día, y concluye: «queda un reposo para el pueblo de Dios». Jesús, el verdadero Josué, cruzó el Jordán de la muerte, derribó los muros del pecado y nos invita: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar».

En el próximo episodio conoceremos a tres jueces de Israel: Débora, Gedeón y Sansón.

Oración

Señor, como a Josué, dime hoy: esfuérzate y sé valiente. Ayúdame a meditar en tu Palabra de día y de noche y a obedecerla. Derriba los muros que me impiden avanzar. Gracias por Jesús, el verdadero Josué, que me introduce en tu reposo. Y hoy lo declaro: yo y mi casa serviremos a Jehová. Amén.