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Episodio 18 de 34

Saúl, el primer rey

Pasaje
1 Samuel 9–31
Protagonistas
Saúl, Jonatán, Samuel, David
Lugar
Gabaa, Gilgal, Endor, monte Gilboa
Época
c. 1050–1010 a. C.

Saúl fue el primer rey de Israel. Su historia comienza con grandes promesas: era alto, apuesto, humilde y lleno del Espíritu de Dios. Pero termina en tragedia: desobediencia, celos, paranoia, consulta a una adivina y una muerte trágica en el campo de batalla. La vida de Saúl es una de las advertencias más serias de la Biblia sobre el orgullo, la impaciencia, la obediencia a medias y la envidia. También es la historia de una amistad extraordinaria: la de su hijo Jonatán con David.

El joven que buscaba unas asnas

Saúl era hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, la más pequeña de las tribus de Israel. La Biblia lo describe como «mancebo y hermoso… desde los hombros arriba sobrepujaba a cualquiera del pueblo» (1 Samuel 9:2). Un día, su padre lo envió con un criado a buscar unas asnas perdidas. Después de mucho buscar sin encontrarlas, el criado sugirió consultar al vidente de la ciudad, Samuel.

Dios ya había dicho a Samuel que al día siguiente le enviaría a un hombre de Benjamín para ungirlo príncipe sobre su pueblo. Cuando Samuel vio a Saúl, Dios le dijo: «He aquí éste es el varón». Samuel le aseguró que las asnas ya habían aparecido y le habló de un destino mucho mayor. Saúl respondió con humildad: «¿No soy yo hijo de Benjamín, de las más pequeñas tribus de Israel? y mi familia ¿no es la más pequeña?». Al día siguiente, Samuel lo ungió en secreto con aceite.

Un comienzo prometedor

Dios le dio a Saúl «otro corazón», y el Espíritu de Dios vino sobre él, de modo que profetizó con un grupo de profetas. Cuando Samuel reunió al pueblo en Mizpa para presentar al rey elegido por sorteo, Saúl estaba escondido entre el bagaje. Lo sacaron, y el pueblo gritó: «¡Viva el rey!».

Su primera prueba llegó cuando los amonitas sitiaron la ciudad de Jabes de Galaad y amenazaron con sacar el ojo derecho a todos sus habitantes. El Espíritu de Dios vino sobre Saúl, que reunió a todo Israel y derrotó a los amonitas. Después de la victoria, algunos quisieron matar a quienes se habían opuesto a su reinado, pero Saúl respondió con generosidad: «No morirá hoy ninguno, porque hoy ha obrado Jehová salud en Israel». Fue confirmado como rey en Gilgal.

La impaciencia en Gilgal

Pero pronto aparecieron grietas. En una guerra contra los filisteos, Saúl debía esperar siete días en Gilgal a que Samuel llegara para ofrecer el sacrificio. El ejército enemigo era enorme y los soldados de Saúl comenzaban a desertar. Al séptimo día, como Samuel no llegaba, Saúl ofreció el holocausto él mismo. Apenas terminó, llegó Samuel. Saúl se justificó: «vi que el pueblo se me iba… me esforcé pues, y ofrecí holocausto». Samuel le respondió que había obrado locamente al no guardar el mandamiento de Dios, y le anunció que su reino no sería duradero: «Jehová se ha buscado varón según su corazón» (1 Samuel 13:14).

La obediencia a medias

Más tarde, Dios ordenó a Saúl destruir a los amalecitas, que habían atacado a Israel en el desierto. Saúl los venció, pero perdonó al rey Agag y a lo mejor del ganado. Luego levantó un monumento en su propio honor. Cuando Samuel llegó, Saúl lo saludó diciendo: «Yo he cumplido la palabra de Jehová». Samuel preguntó: «¿Pues qué balido de ganados y bramido de bueyes es este que yo oigo?». Saúl culpó al pueblo y dijo que el ganado era para ofrecerlo a Dios. Entonces Samuel pronunció una de las frases más conocidas de la Biblia:

«Y Samuel dijo: ¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros: Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría el infringir. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.»

1 Samuel 15:22-23

Saúl confesó su pecado, pero parecía más preocupado por su imagen ante el pueblo que por su relación con Dios: «honrame delante de los ancianos de mi pueblo». Samuel se volvió para irse, Saúl se asió de la orilla de su manto y este se rasgó. Samuel le dijo: «Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel». Samuel no volvió a ver a Saúl hasta el día de su muerte, pero lloraba por él.

El espíritu atormentado y el arpa de David

El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y un espíritu malo lo atormentaba. Sus siervos buscaron a alguien que supiera tocar el arpa para calmarlo, y trajeron a un joven de Belén: David. Cuando David tocaba, Saúl tenía alivio y el espíritu malo se apartaba de él. Saúl lo amó mucho y lo hizo su paje de armas, sin saber que ese joven había sido ungido como su sucesor.

Celos mortales

Después de que David venciera a Goliat, las mujeres de Israel salieron a recibirlos cantando: «Saúl hirió sus miles, y David sus diez miles». Saúl se enojó muchísimo: «A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino». Desde aquel día, Saúl miró con malos ojos a David (1 Samuel 18:8-9).

La envidia se convirtió en obsesión. Saúl intentó clavar a David en la pared con su lanza, lo envió a batallas peligrosas esperando que muriera, y finalmente lo persiguió durante años por el desierto con su ejército. Dos veces David tuvo la oportunidad de matar a Saúl, en la cueva de En-gadi y en el campamento de noche, pero se negó: «No extenderé mi mano contra mi señor, porque ungido es de Jehová» (1 Samuel 24:10).

Jonatán: el amigo fiel

En medio de esta historia oscura brilla la figura de Jonatán, hijo de Saúl y heredero natural del trono. Jonatán era un guerrero valiente que había vencido a los filisteos confiando en que «no es difícil a Jehová salvar con multitud o con poco número» (1 Samuel 14:6). Cuando conoció a David, «el alma de Jonatán fue ligada con la de David, y amólo Jonatán como a su alma». Le dio su manto, su espada, su arco y su cinturón, como reconociendo que David sería rey. Jonatán defendió a David ante su padre, arriesgando su propia vida, y lo ayudó a escapar. Es uno de los ejemplos más hermosos de amistad desinteresada en toda la Biblia.

La adivina de Endor

Al final de su reinado, con Samuel ya muerto y ante un gran ejército filisteo, Saúl tuvo mucho miedo. Consultó a Dios, pero Dios no le respondió. Desesperado, se disfrazó y fue de noche a consultar a una adivina en Endor, algo que él mismo había prohibido según la ley de Dios. Allí recibió un mensaje de juicio: al día siguiente, él y sus hijos morirían.

Muerte en el monte Gilboa

En la batalla del monte Gilboa, los filisteos derrotaron a Israel. Murieron Jonatán y otros dos hijos de Saúl. Saúl, gravemente herido por los flecheros, se echó sobre su propia espada. Los filisteos colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sán, pero los hombres de Jabes de Galaad, recordando que Saúl los había salvado al comienzo de su reinado, caminaron toda la noche para recuperar su cuerpo y darle sepultura.

Cuando David supo la noticia, no celebró. Lloró y compuso un lamento: «¡Cómo han caído los valientes!… Saúl y Jonatán, amados y queridos en su vida, en su muerte tampoco fueron separados» (2 Samuel 1:19, 23).

Lugares de la historia

Mapa de los lugares mencionados: Gabaa, Mizpa, Gilgal, Monte Gilboa, Jabes de GalaadMonte GilboaJabes de GalaadMizpaGilgalGabaa20 km
Mapa de los lugares de este episodio. Ubicaciones aproximadas; datos cartográficos: Natural Earth (dominio público).

Gabaa de Saúl: ciudad natal y capital de Saúl, en el territorio de Benjamín, al norte de Jerusalén.

Gilgal: donde Saúl fue confirmado rey y donde desobedeció al ofrecer el sacrificio.

En-gadi: oasis junto al mar Muerto, con cuevas y manantiales, donde David perdonó a Saúl. Hoy es una reserva natural.

Endor: aldea en la baja Galilea, cerca del monte Tabor.

Monte Gilboa: cordillera al sureste del valle de Jezreel, donde murieron Saúl y Jonatán.

Bet-sán (Beit She’an): ciudad donde los filisteos colgaron su cuerpo; hoy es un impresionante sitio arqueológico.

Datos interesantes

El primer rey: Saúl reinó aproximadamente entre el 1050 y el 1010 a. C.

Otro Saulo de Benjamín: siglos después, otro Saulo de la tribu de Benjamín perseguiría a los cristianos hasta encontrarse con Cristo; sería el apóstol Pablo (Filipenses 3:5).

«¿También Saúl entre los profetas?»: esta expresión se volvió un refrán en Israel (1 Samuel 10:12).

La gratitud de Jabes: los habitantes de Jabes de Galaad no olvidaron que Saúl los había salvado.

El lamento del arco: el canto fúnebre de David por Saúl y Jonatán es uno de los poemas más conmovedores del Antiguo Testamento.

Lecciones para nuestra vida

Un buen comienzo no garantiza un buen final. La obediencia a medias es desobediencia. La impaciencia nos lleva a tomar atajos que Dios no aprobó. Preocuparse más por la imagen que por Dios es peligroso. La envidia destruye al que la alberga. La verdadera amistad no compite: Jonatán se alegró del llamado de David. Buscar a Dios a tiempo: Saúl buscó otras voces cuando ya no escuchaba la de Dios.

Camino a Jesús

Saúl era el rey que el pueblo pidió: alto, fuerte, impresionante a los ojos humanos. Pero falló porque su corazón no estaba sometido a Dios. Su historia prepara el camino para el rey «según el corazón de Dios» y, finalmente, para el Rey perfecto, Jesucristo, que siempre hizo la voluntad del Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). Saúl buscó su propia gloria; Jesús se humilló hasta la muerte. Saúl persiguió al ungido de Dios; Jesús, el Ungido, perdonó a sus perseguidores. Y el Saulo del Nuevo Testamento, que también perseguía, encontró en Jesús perdón y un nuevo nombre.

En el próximo episodio conoceremos a David, el pastor que llegó a ser rey y el hombre conforme al corazón de Dios.

Oración

Señor, guárdame del orgullo, la impaciencia y la envidia que destruyeron a Saúl. Enséñame que obedecer es mejor que los sacrificios. Dame un corazón que busque tu aprobación más que la de los hombres. Y dame amigos fieles como Jonatán, y que yo sea ese amigo para otros. Gracias por Jesucristo, el Rey que siempre hizo tu voluntad. Amén.