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Episodio 19 de 34

David, el rey pastor

Pasaje
1 Samuel 16 – 1 Reyes 2; Salmos
Protagonistas
David, Goliat, Jonatán, Natán, Betsabé
Lugar
Belén, valle de Ela, En-gadi, Hebrón, Jerusalén
Época
c. 1040–970 a. C.

David es, después de Moisés, la figura más importante del Antiguo Testamento. Fue pastor, músico, poeta, guerrero, fugitivo, rey, pecador arrepentido y antepasado del Mesías. La Biblia lo llama «varón conforme al corazón de Dios», y al mismo tiempo narra con total honestidad sus peores caídas. Escribió muchos de los Salmos, que han acompañado la oración de millones de personas durante tres mil años. Y Jesús sería llamado «Hijo de David». Su historia ocupa buena parte de 1 y 2 Samuel, el comienzo de 1 Reyes y 1 Crónicas.

El pastor de Belén

David era el menor de los ocho hijos de Isaí, de Belén, de la tribu de Judá, y bisnieto de Rut y Booz. Mientras sus hermanos mayores eran soldados, él cuidaba las ovejas de su padre. Como vimos en el episodio de Samuel, cuando el profeta llegó a ungir al nuevo rey, David ni siquiera había sido llamado: estaba en el campo. Pero Dios mira el corazón. Samuel lo ungió en medio de sus hermanos, «y desde aquel día en adelante el espíritu de Jehová tomó a David».

Como pastor, David aprendió a defender a sus ovejas: mató a un león y a un oso que atacaban el rebaño. También aprendió a tocar el arpa y a componer cánticos. El salmo más conocido del mundo nace de esa experiencia:

«Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer: junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; guiaráme por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo: tu vara y tu cayado me infundirán aliento.»

Salmo 23:1-4

David y Goliat

Los filisteos y los israelitas se enfrentaban en el valle de Ela. Cada día salía del campamento filisteo un gigante llamado Goliat, de Gat, de unos seis codos y un palmo de altura, con una armadura de bronce, y desafiaba a Israel: que un hombre peleara con él y el resultado decidiera la guerra. Durante cuarenta días, nadie se atrevió, ni siquiera el rey Saúl.

David llegó al campamento para llevar comida a sus hermanos y escuchó el desafío. Se indignó: «¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?». Se ofreció a pelear. Saúl le dio su armadura, pero David no podía caminar con ella. Tomó su cayado, escogió cinco piedras lisas del arroyo, y con su honda se acercó al gigante. Goliat lo despreció. David le respondió:

«Entonces dijo David al Filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y escudo; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, que tú has provocado.»

1 Samuel 17:45

David lanzó una piedra con su honda, la piedra se clavó en la frente del filisteo, y Goliat cayó de bruces en tierra. Israel obtuvo una gran victoria. Desde entonces, «David y Goliat» se ha convertido en una expresión universal para hablar de la victoria del pequeño sobre el poderoso.

Años de persecución

El éxito de David despertó los celos de Saúl, y David tuvo que huir. Durante años vivió como fugitivo en cuevas y desiertos: la cueva de Adulam, el desierto de Zif, En-gadi. A su alrededor se reunieron hombres afligidos, endeudados y amargados de espíritu, y David llegó a ser su capitán. Muchos salmos nacieron en esos años de angustia, como el Salmo 57, compuesto «cuando huyó de delante de Saúl a la cueva».

Dos veces tuvo a Saúl a su merced y lo perdonó, porque no quería levantar la mano contra el ungido de Dios. David esperó el tiempo de Dios en lugar de tomar el trono por la fuerza.

Rey en Hebrón y en Jerusalén

Después de la muerte de Saúl, David fue ungido rey de Judá en Hebrón, donde reinó siete años y medio. Luego todas las tribus de Israel lo reconocieron como rey. David conquistó la fortaleza de Sion, ocupada por los jebuseos, y la convirtió en su capital: Jerusalén, «la ciudad de David». Allí llevó el arca del pacto en medio de una gran celebración, y David danzó con todas sus fuerzas delante de Jehová.

La promesa de un reino eterno

David deseaba construir una casa para Dios. Pero Dios, por medio del profeta Natán, le respondió con una promesa asombrosa: no sería David quien le edificaría casa a Dios, sino que Dios le edificaría «casa» a David, es decir, una dinastía:

«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu trono será estable eternalmente.»

2 Samuel 7:16

Este pacto con David es uno de los pilares de la esperanza mesiánica. Los profetas anunciarían que el Mesías sería descendiente de David y reinaría para siempre.

La gran caída: Betsabé

En la cumbre de su poder, David cayó gravemente. Una tarde, en lugar de estar con su ejército en la guerra, paseaba por la azotea de su palacio y vio a una mujer bañándose. Era Betsabé, esposa de Urías, uno de sus valientes soldados. David la tomó y ella quedó embarazada. Para ocultar su pecado, David hizo volver a Urías, esperando que durmiera con su esposa; pero Urías, por lealtad a sus compañeros en la guerra, se negó. Entonces David ordenó que lo pusieran en lo más recio de la batalla, y Urías murió.

Dios envió al profeta Natán, quien le contó a David la historia de un hombre rico que le quitó a un pobre su única corderita. David, indignado, dijo que ese hombre merecía morir. Natán le respondió: «Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:7). David no se justificó: «Pequé contra Jehová». Natán le anunció que Dios había perdonado su pecado, pero que habría graves consecuencias. De este arrepentimiento nació el Salmo 51, una de las oraciones más profundas de la Biblia: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí».

Dolor en la familia

Las consecuencias fueron dolorosas. El hijo de Betsabé murió. Luego vinieron violencia y divisiones entre los hijos de David. Su hijo Absalón se rebeló, conspiró contra él y lo obligó a huir de Jerusalén. En la batalla, Absalón murió, y David lloró amargamente: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti!» (2 Samuel 18:33). La Biblia muestra a un rey poderoso quebrantado como padre.

Sus últimos días

Antes de morir, David preparó materiales para el templo que construiría su hijo Salomón, organizó a los levitas y a los músicos para el culto, y proclamó a Salomón como su sucesor. Aconsejó a su hijo: «esfuérzate, y sé varón. Guarda la ordenanza de Jehová tu Dios» (1 Reyes 2:2-3). David murió después de reinar cuarenta años y fue sepultado en la ciudad de David.

Lugares de la historia

Mapa de los lugares mencionados: Belén, Valle de Ela, En-gadi, Hebrón, JerusalénJerusalénBelénValle de ElaHebrónEn-gadi20 km
Mapa de los lugares de este episodio. Ubicaciones aproximadas; datos cartográficos: Natural Earth (dominio público).

Belén: ciudad natal de David, a unos nueve kilómetros al sur de Jerusalén.

El valle de Ela: escenario del combate con Goliat, al suroeste de Jerusalén, entre Judá y la tierra de los filisteos.

Adulam y En-gadi: refugios de David en sus años de fugitivo.

Hebrón: su primera capital como rey de Judá.

Jerusalén: la «ciudad de David». El sitio arqueológico de la Ciudad de David se encuentra al sur de la actual ciudad vieja.

Datos interesantes

La «casa de David» en piedra: la estela de Tel Dan, descubierta en 1993, menciona la «casa de David», y es considerada la primera referencia extrabíblica conocida a la dinastía davídica.

73 salmos: los títulos de los Salmos atribuyen a David unos 73.

El nombre David: significa probablemente «amado».

Cuarenta años de reinado: siete y medio en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.

Varón conforme al corazón de Dios: así lo describe Pablo en Hechos 13:22, citando 1 Samuel 13:14.

La estrella de David: el símbolo del escudo o estrella de David, hoy emblema del judaísmo, se asoció con él en épocas muy posteriores.

Lecciones para nuestra vida

Dios prepara en lo oculto: el campo de pastoreo fue la escuela de David. Con Dios, los gigantes caen. Esperar el tiempo de Dios es mejor que forzarlo. Nadie está libre de caer: David cayó cuando estaba donde no debía. El arrepentimiento sincero trae perdón, aunque haya consecuencias. Adorar con todo el corazón: David danzó y cantó sin vergüenza ante Dios.

Camino a Jesús

La promesa hecha a David se cumple plenamente en Jesucristo. El ángel Gabriel dijo a María: «el Señor Dios le dará el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin» (Lucas 1:32-33). Jesús nació en Belén, la ciudad de David. Las multitudes lo aclamaban: «¡Hosanna al Hijo de David!». Jesús es el Buen Pastor que da su vida por las ovejas, el Rey que venció al gigante del pecado y de la muerte. Y el Salmo 22, escrito por David, describe con asombrosa precisión los sufrimientos de la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has dejado?».

En el próximo episodio conoceremos a Salomón, el hijo de David, el rey sabio que construyó el templo de Jerusalén.

Oración

Señor, mi Pastor, nada me faltará. Dame la fe de David para enfrentar a los gigantes en tu nombre. Cuando caiga, dame un corazón humilde para reconocer mi pecado, como él. Crea en mí un corazón limpio. Gracias por Jesucristo, el Hijo de David, el Rey cuyo reino no tendrá fin. Amén.