Salomón, el rey sabio
- Pasaje
- 1 Reyes 1–11; 2 Crónicas 1–9
- Protagonistas
- Salomón, la reina de Sabá
- Lugar
- Jerusalén, Gabaón, monte Moriah
- Época
- c. 970–931 a. C.
Salomón, hijo de David y Betsabé, es recordado como el rey más sabio y rico de Israel. Bajo su reinado, la nación alcanzó su mayor esplendor: paz, prosperidad, comercio internacional y, sobre todo, la construcción del primer templo de Jerusalén. Escribió proverbios, cantares y reflexiones que forman parte de la Biblia. Sin embargo, su historia termina con una advertencia: la sabiduría y la riqueza no bastan si el corazón se aparta de Dios. Después de su muerte, el reino se dividió.
Amado de Dios
Cuando nació, David lo llamó Salomón, nombre relacionado con shalom, «paz». Pero Dios, por medio del profeta Natán, le dio otro nombre: Jedidías, que significa «amado de Jehová» (2 Samuel 12:24-25). Es significativo que Dios eligiera como sucesor de David precisamente a un hijo de Betsabé: la gracia de Dios brilló en medio de una historia marcada por el pecado y el arrepentimiento.
Al final de la vida de David, su hijo Adonías intentó hacerse rey. Pero el profeta Natán y Betsabé intervinieron, y David ordenó ungir a Salomón. El sacerdote Sadoc lo ungió en Gihón, y el pueblo tocó trompetas y gritó: «¡Viva el rey Salomón!».
El sueño en Gabaón: «Dame sabiduría»
Al comienzo de su reinado, Salomón fue a Gabaón a ofrecer sacrificios. Allí Dios se le apareció en sueños y le dijo: «Pide lo que quisieres que yo te dé». Salomón, en lugar de pedir riquezas, larga vida o la muerte de sus enemigos, pidió sabiduría:
«Da pues a tu siervo corazón dócil para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo: porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?»
1 Reyes 3:9
Esta petición agradó a Dios, que le concedió un corazón sabio y entendido como nadie antes ni después, y además le dio lo que no había pedido: riquezas y gloria.
El juicio de las dos mujeres
Poco después, dos mujeres se presentaron ante el rey. Ambas vivían en la misma casa y habían dado a luz con pocos días de diferencia. Una noche, uno de los bebés murió, y cada una afirmaba que el niño vivo era suyo. No había testigos. Salomón pidió una espada y ordenó: «Partid por medio el niño vivo, y dad la mitad a la una, y la otra mitad a la otra». Entonces la verdadera madre, conmovida, gritó: «¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis». La otra dijo: «Ni a mí ni a ti; partidlo». Salomón dictó sentencia: el niño debía entregarse a la primera, porque ella era su madre. Todo Israel temió al rey, «porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar» (1 Reyes 3:28).
Sabiduría y esplendor
La Biblia dice que la sabiduría de Salomón superaba a la de todos los orientales y a la de Egipto. Compuso tres mil proverbios y mil cinco cantares, y habló de árboles, animales, aves, reptiles y peces (1 Reyes 4:32-33). Gentes de todos los pueblos venían a oír su sabiduría. A él se atribuyen gran parte del libro de Proverbios, el Cantar de los Cantares y, según la tradición, el libro de Eclesiastés, además de dos salmos (72 y 127).
Su reino se extendió desde el Éufrates hasta la frontera de Egipto. Israel vivió en paz: «Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera» (1 Reyes 4:25). Salomón desarrolló el comercio con naves que viajaban a Ofir en busca de oro, y construyó palacios, ciudades fortificadas y establos para miles de caballos.
La construcción del templo
La obra más importante de Salomón fue el templo de Jerusalén. David había reunido los materiales, pero fue su hijo quien lo construyó, en el monte Moriah, el lugar donde, según la tradición, Abraham había ofrecido a Isaac (2 Crónicas 3:1). El rey Hiram de Tiro proporcionó madera de cedro del Líbano y artesanos expertos. Las piedras se prepararon en la cantera, de modo que durante la construcción no se oyó martillo ni hacha en la casa (1 Reyes 6:7). El interior estaba revestido de oro. La obra tomó siete años.
En la dedicación del templo, los sacerdotes llevaron el arca del pacto al Lugar Santísimo, y una nube llenó la casa de Jehová, de modo que los sacerdotes no podían permanecer para ministrar, «porque la gloria de Jehová había henchido la casa». Salomón elevó una larga oración, reconociendo la grandeza de Dios:
«Empero ¿es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener: ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?»
1 Reyes 8:27
En su oración, Salomón pidió también por los extranjeros que vinieran de tierras lejanas a orar hacia el templo, para que todos los pueblos de la tierra conocieran el nombre de Dios (1 Reyes 8:41-43). Dios respondió con una promesa conocida hasta hoy: «si se humillare mi pueblo, sobre los cuales mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se volvieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14).
La reina de Sabá
La fama de Salomón llegó hasta la reina de Sabá, que vino a Jerusalén con una gran comitiva, camellos cargados de especias, oro y piedras preciosas, para probarlo con preguntas difíciles. Salomón respondió a todas. Al ver su sabiduría, su palacio y el orden de su corte, la reina quedó asombrada: «ni aun la mitad fue lo que se me dijo» (1 Reyes 10:7), y bendijo al Dios de Israel. La tradición etíope sostiene que de esa visita nació un hijo, Menelik, fundador de la dinastía real de Etiopía.
El corazón desviado
Pero la historia de Salomón da un giro triste. La ley de Moisés advertía que el rey no debía multiplicar caballos, ni mujeres, ni plata y oro (Deuteronomio 17:16-17). Salomón hizo las tres cosas. Tuvo setecientas esposas princesas y trescientas concubinas, muchas de ellas extranjeras, y «cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos» (1 Reyes 11:4). Construyó altares a Quemos, a Moloc y a otros dioses. Además, impuso pesados tributos y trabajos forzados al pueblo.
Dios le anunció que, por esa infidelidad, el reino sería dividido después de su muerte, aunque por amor a David dejaría una tribu a su descendencia. Salomón reinó cuarenta años. Tras su muerte, su hijo Roboam rechazó el consejo de aliviar las cargas del pueblo, y diez tribus se separaron para formar el reino del norte, Israel, mientras Judá quedó con la dinastía de David.
Eclesiastés: la búsqueda del sentido
El libro de Eclesiastés, atribuido tradicionalmente a Salomón, parece la reflexión de un hombre que lo tuvo todo: sabiduría, placeres, riquezas, obras, y concluyó que sin Dios todo es «vanidad de vanidades», un soplo. Su conclusión final es clara: «Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre» (Eclesiastés 12:13).
Lugares de la historia
Jerusalén: capital del reino, donde Salomón construyó el templo y su palacio.
El monte Moriah / monte del Templo: lugar del primer templo, destruido por Babilonia en el 586 a. C.
Gabaón: al noroeste de Jerusalén, donde Salomón pidió sabiduría.
Gihón: manantial de Jerusalén donde fue ungido.
Sabá: reino del sur de Arabia (actual Yemen), aunque la tradición etíope lo relaciona con Etiopía.
Hazor, Meguido y Gezer: ciudades que Salomón fortificó (1 Reyes 9:15); en ellas los arqueólogos han hallado puertas monumentales de estructura similar.
Datos interesantes
Dos nombres: Salomón («paz») y Jedidías («amado de Jehová»).
Un templo en silencio: las piedras llegaban preparadas; no se oyeron herramientas en la obra.
«El juicio de Salomón»: la expresión se usa hoy para una decisión sabia ante un dilema difícil.
Tres mil proverbios: solo una parte está recogida en el libro de Proverbios.
Siete años: tardó la construcción del templo; el palacio, trece.
Lecciones para nuestra vida
Pedir sabiduría agrada a Dios: Santiago 1:5 promete que Dios la da abundantemente. La presencia de Dios es más importante que el edificio. La prosperidad puede ser una prueba más difícil que la pobreza. Un corazón dividido termina desviado: las pequeñas concesiones llevan a grandes caídas. El sentido de la vida está en Dios. Nuestras decisiones afectan a las siguientes generaciones.
Camino a Jesús
Jesús dijo: «la reina del Austro… vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón; y he aquí más que Salomón en este lugar» (Mateo 12:42). Jesús es la sabiduría de Dios hecha carne (1 Corintios 1:24). Salomón construyó un templo de piedra; Jesús dijo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré», hablando de su cuerpo (Juan 2:19-21). La gloria que llenó el templo de Salomón se manifestó plenamente en Cristo: «vimos su gloria» (Juan 1:14). Y Jesús enseñó que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como un lirio del campo, invitándonos a buscar primero el reino de Dios. Salomón, el hijo de David, fue un rey de paz imperfecto; Jesús, el Hijo de David, es el verdadero Príncipe de paz.
En el próximo episodio conoceremos a Elías, el profeta de fuego que enfrentó a los profetas de Baal en el monte Carmelo.
Oración
Señor, como Salomón, te pido un corazón entendido para discernir entre lo bueno y lo malo. Guárdame de un corazón dividido y de que la prosperidad me aleje de ti. Gracias porque en Jesucristo tengo a alguien mayor que Salomón, la sabiduría de Dios. Que mi vida sea un templo donde habite tu gloria. Amén.