Oseas, Amós y Miqueas
- Pasaje
- Oseas, Amós, Miqueas
- Protagonistas
- Oseas, Gomer, Amós, Miqueas
- Lugar
- Samaria, Betel, Tecoa, Moreset
- Época
- Siglo VIII a. C.
En el siglo VIII antes de Cristo, Israel y Judá vivían un tiempo de prosperidad económica y aparente religiosidad. Los templos estaban llenos, las fiestas se celebraban con pompa, y los ricos construían casas de marfil. Pero debajo de esa superficie había idolatría, corrupción, injusticia contra los pobres e infidelidad a Dios. En ese contexto, Dios levantó a varios profetas. En este episodio conocemos a tres de ellos: Oseas, el profeta del amor herido; Amós, el pastor que clamó por la justicia; y Miqueas, que anunció el nacimiento del Mesías en Belén.
El contexto: prosperidad y decadencia
Bajo el rey Jeroboam II, el reino del norte, Israel, vivió una de sus épocas más prósperas. En el sur, el reino de Judá también floreció bajo el rey Uzías. Pero la riqueza estaba concentrada en pocos. Los poderosos se apropiaban de las tierras de los pequeños campesinos, sobornaban a los jueces y oprimían a los pobres, mientras ofrecían sacrificios en los santuarios. Además, el culto a Baal y a otros dioses se mezclaba con la adoración a Jehová. En el horizonte crecía la amenaza de Asiria, que en el año 722 a. C. destruiría Samaria y deportaría al reino del norte.
Oseas: el profeta del amor herido
La vida de Oseas se convirtió en un mensaje. Dios le pidió que se casara con Gomer, una mujer que le sería infiel. Tuvieron hijos a los que Dios mandó poner nombres simbólicos: Jezreel, Lo-ruhama («no compadecida») y Lo-ammi («no mi pueblo»), como anuncio del juicio. Gomer abandonó a Oseas y se fue tras otros amantes, hasta terminar vendida como esclava.
Entonces Dios le dijo a Oseas algo asombroso: «Ve, ama una mujer amada de su compañero, aunque adúltera, como el amor de Jehová para con los hijos de Israel, los cuales miran a dioses ajenos» (Oseas 3:1). Oseas la compró por quince siclos de plata y una medida y media de cebada, y la recibió de nuevo.
La historia de Oseas es una parábola viviente del amor de Dios por Israel. El pueblo había sido infiel, persiguiendo a Baal como una esposa que busca otros amantes. Dios, como un esposo herido, sufría por esa traición, pero no dejaba de amar. Uno de los pasajes más tiernos de la Biblia está en Oseas:
«Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Como los llamaban, así ellos se iban de su presencia; a los Baales sacrificaban, y a las esculturas ofrecían sahumerios. Yo con todo eso guiaba en pies al mismo Ephraim, tomándolos de sus brazos; y no conocieron que yo los cuidaba. Con cuerdas humanas los traje, con cuerdas de amor: y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre sus mejillas, y llegué hacia él la comida.»
Oseas 11:1-4
Dios se describe como un padre que enseñó a caminar a su hijo, que lo tomó en sus brazos y se inclinó para darle de comer. Y cuando el juicio parecía inevitable, el corazón de Dios se conmueve: «¿Cómo tengo de dejarte, oh Efraín?… Mi corazón se revuelve dentro de mí, inflámanse todas mis conmiseraciones» (Oseas 11:8).
Oseas también denunció una religión vacía: «Porque misericordia quiero, y no sacrificio; y conocimiento de Dios más que holocaustos» (Oseas 6:6). Y el libro termina con una invitación al regreso: «Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios… Yo medicinaré su rebelión, amarélos de voluntad» (Oseas 14:1, 4).
Amós: el pastor que clamó por la justicia
Amós no era profeta de profesión. Él mismo lo dijo: «No soy profeta, ni soy hijo de profeta, sino que soy boyero, y cogedor de cabrahigos» (Amós 7:14). Era un pastor y cultivador de higos silvestres de Tecoa, un pueblo de Judá en el borde del desierto. Pero Dios lo envió al reino del norte, a Betel, el santuario real, para anunciar un mensaje incómodo.
Amós comenzó denunciando los pecados de las naciones vecinas: Damasco, Gaza, Tiro, Edom, Amón y Moab. Sus oyentes seguramente aplaudían. Pero luego se volvió hacia Judá y, finalmente, hacia Israel mismo: «vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos». Denunció a los que pisoteaban a los pobres, a los jueces que aceptaban soborno, a las mujeres ricas de Samaria que oprimían a los necesitados, y a quienes dormían en camas de marfil y bebían vino en tazones mientras ignoraban el sufrimiento de su pueblo.
Amós también criticó una religión que se conformaba con rituales y olvidaba la justicia. Dios dice por medio de él: «Aborrecí, abominé vuestras solemnidades… Quita de mí la multitud de tus cantares». Y a continuación pronuncia una de las frases más citadas por quienes han luchado por la justicia:
«Antes corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.»
Amós 5:24
El sacerdote de Betel, Amasías, acusó a Amós de conspiración y le ordenó volver a Judá. Pero Amós no se calló. Aun así, su libro termina con una promesa de restauración: Dios levantaría el tabernáculo caído de David, y su pueblo volvería a plantar viñas y a habitar en su tierra (Amós 9:11-15). Siglos después, Santiago citaría esta profecía en el concilio de Jerusalén para mostrar que Dios estaba llamando también a los gentiles (Hechos 15:16-17).
Miqueas: justicia, misericordia y humildad
Miqueas era de Moreset, un pueblo rural del sur de Judá, y profetizó en tiempos de los reyes Jotam, Acaz y Ezequías. Como Amós, denunció a los poderosos que codiciaban campos y los robaban, a los jueces que juzgaban por soborno, a los sacerdotes que enseñaban por precio y a los profetas que anunciaban paz a quienes les daban de comer. Anunció incluso que Jerusalén sería arada como un campo. Un siglo después, en tiempos de Jeremías, los ancianos recordaron esta profecía y cómo el rey Ezequías se arrepintió al escucharla (Jeremías 26:18-19).
Miqueas resumió lo que Dios pide del ser humano en uno de los versículos más hermosos del Antiguo Testamento:
«Oh hombre, él te ha declarado qué sea lo bueno, y qué pida de ti Jehová: solamente hacer juicio, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios.»
Miqueas 6:8
Pero Miqueas es especialmente recordado por una profecía mesiánica. En medio de anuncios de juicio, Dios prometió que de un pueblo pequeño saldría un gobernante eterno:
«Mas tú, Beth-lehem Ephrata, pequeña para ser en los millares de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo.»
Miqueas 5:2
Más de setecientos años después, cuando los sabios de Oriente preguntaron en Jerusalén dónde había de nacer el Cristo, los sacerdotes y escribas respondieron citando precisamente esta profecía: en Belén de Judea (Mateo 2:5-6). Miqueas también compartió con Isaías una visión de paz universal: las naciones «martillarán sus espadas para azadones», y cada uno se sentará debajo de su vid y de su higuera, sin que nadie lo amedrente (Miqueas 4:3-4).
El libro termina con una confesión del carácter de Dios: «¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad…? No retuvo para siempre su enojo, porque es amador de misericordia… echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados» (Miqueas 7:18-19).
Lugares de la historia
Samaria: capital del reino del norte, famosa por sus palacios de marfil; los arqueólogos han hallado allí cientos de piezas de marfil tallado.
Betel: santuario real del reino del norte, donde predicó Amós.
Tecoa: aldea de Judá, a unos 10 kilómetros al sur de Belén, en el borde del desierto, patria de Amós.
Moreset-gat: pueblo de la Sefela, región de colinas al suroeste de Judá, de donde era Miqueas.
Belén Efrata: la pequeña ciudad de la profecía de Miqueas.
Datos interesantes
Jesús citó a Oseas: dos veces dijo «misericordia quiero, y no sacrificio» (Mateo 9:13; 12:7).
«De Egipto llamé a mi hijo»: Mateo aplica Oseas 11:1 al regreso de Jesús de Egipto (Mateo 2:15).
Martin Luther King Jr.: citó Amós 5:24 en su famoso discurso «Tengo un sueño» (1963).
Los doce profetas menores: Oseas, Amós y Miqueas forman parte de los doce, llamados «menores» por la brevedad de sus libros, no por su importancia.
Espadas en arados: la frase de Miqueas 4:3 inspiró una escultura regalada a las Naciones Unidas, que se encuentra en su sede de Nueva York.
Lecciones para nuestra vida
Dios ama con un amor fiel, aun cuando somos infieles. La religión sin justicia no agrada a Dios. Dios se preocupa por los pobres y los oprimidos. Dios puede usar a personas sencillas, como un pastor de Tecoa. Lo que Dios pide es claro: justicia, misericordia y humildad. Siempre hay un camino de regreso.
Camino a Jesús
Estos tres profetas apuntan a Jesús de maneras complementarias. Oseas muestra el amor de un Dios que compra de nuevo a su esposa infiel; Jesucristo nos rescató no con plata, sino con su propia sangre, y presenta a la Iglesia como su esposa. Amós anunció la restauración del tabernáculo de David, cumplida en Cristo, el Hijo de David, que abre las puertas a todas las naciones. Y Miqueas señaló el lugar exacto de su nacimiento: Belén, de donde saldría aquel «cuyas salidas son desde el principio, desde los días del siglo», es decir, uno que existía desde la eternidad. Jesús vivió plenamente lo que Miqueas 6:8 pide: hizo justicia, amó la misericordia y caminó humildemente con Dios.
En el próximo episodio conoceremos a Isaías, el gran profeta del Mesías.
Oración
Señor, gracias por tu amor fiel, que no me abandona aunque yo haya sido infiel. Hazme corriente de justicia y de misericordia. Enséñame a hacer justicia, amar misericordia y humillarme ante ti. Gracias por Jesús, nacido en Belén, que echa mis pecados en lo profundo del mar. Amén.