Jeremías, el profeta de las lágrimas
- Pasaje
- Jeremías; Lamentaciones
- Protagonistas
- Jeremías, Baruc, Sedequías
- Lugar
- Anatot, Jerusalén, Egipto
- Época
- c. 627–580 a. C.
Jeremías es conocido como «el profeta de las lágrimas». Durante más de cuarenta años anunció a su pueblo un mensaje que nadie quería oír: si Judá no se arrepentía, Jerusalén sería destruida y el pueblo llevado cautivo a Babilonia. Fue rechazado, golpeado, encarcelado, arrojado a una cisterna de lodo y acusado de traidor. Vio con sus propios ojos cumplirse sus profecías de juicio. Pero en medio del dolor, Jeremías también recibió uno de los anuncios más esperanzadores de toda la Biblia: la promesa de un nuevo pacto, en el que Dios escribiría su ley en el corazón.
El llamado de un joven
Jeremías, hijo de Hilcías, era de una familia sacerdotal de Anatot, un pueblo a pocos kilómetros al norte de Jerusalén. Fue llamado a profetizar en el año trece del rey Josías, alrededor del 627 a. C., siendo muy joven. Dios le dijo:
«Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te dí por profeta a las gentes.»
Jeremías 1:5
Jeremías respondió: «¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño». Pero Dios le dijo que no tuviera miedo, porque Él estaría con él para librarlo. Luego extendió su mano, tocó su boca y le dijo: «He aquí he puesto mis palabras en tu boca». Su misión sería «para arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y para plantar».
Un mensaje difícil
Jeremías profetizó durante los reinados de Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías, los últimos reyes de Judá. El buen rey Josías había hecho una reforma religiosa, pero después de su muerte el pueblo volvió a la idolatría y la injusticia. Jeremías denunció que habían dejado a Dios, «fuente de agua viva», para cavarse «cisternas rotas que no detienen aguas» (Jeremías 2:13).
En su famoso sermón en la puerta del templo, advirtió al pueblo que no confiara en palabras de mentira diciendo «Templo de Jehová, templo de Jehová». El templo no los protegería si seguían oprimiendo al extranjero, al huérfano y a la viuda, derramando sangre inocente y siguiendo a otros dioses (Jeremías 7). Por ese mensaje estuvo a punto de ser condenado a muerte.
Lecciones visuales
Dios usó a Jeremías para comunicar su mensaje con acciones simbólicas. Compró un cinto de lino, lo escondió junto al río hasta que se pudrió, mostrando cómo Dios pudriría la soberbia de Judá. Fue a la casa del alfarero y vio que, cuando una vasija se echaba a perder, el alfarero la volvía a hacer: «He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano» (Jeremías 18:6). Rompió una vasija de barro delante de los ancianos. Llevó un yugo de madera sobre su cuello para anunciar que las naciones debían someterse a Babilonia. Y cuando Jerusalén estaba sitiada, compró un campo en Anatot como señal de que un día la gente volvería a comprar casas y campos en esa tierra.
El sufrimiento del profeta
Jeremías pagó un alto precio por su fidelidad. Los hombres de su propio pueblo, Anatot, conspiraron para matarlo. El sacerdote Pasur lo azotó y lo puso en el cepo. El rey Joacim cortó con un cortaplumas el rollo con las profecías que Jeremías había dictado a su escriba Baruc, y lo quemó en el fuego, pieza por pieza. Jeremías volvió a dictarlo. Durante el asedio de Jerusalén fue acusado de desertar, golpeado y encarcelado. Algunos príncipes lo arrojaron a una cisterna donde no había agua sino cieno, y Jeremías se hundió en el lodo. Un eunuco etíope llamado Ebed-melec intercedió ante el rey y lo sacó con cuerdas y trapos viejos (Jeremías 38).
Jeremías expresó su dolor con una honestidad conmovedora. En sus «confesiones», se queja ante Dios, maldice el día de su nacimiento y dice que quiso dejar de hablar en su nombre. Pero no podía: «había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos: trabajé por sufrirlo, y no pude» (Jeremías 20:9).
La caída de Jerusalén
Finalmente, lo que Jeremías había anunciado sucedió. En el año 586 a. C., el ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia, rompió los muros de Jerusalén, quemó el templo de Salomón, el palacio del rey y las casas, y llevó cautivo al pueblo. El rey Sedequías, que había ignorado los consejos de Jeremías, fue capturado cerca de Jericó; mataron a sus hijos delante de él, le sacaron los ojos y lo llevaron encadenado a Babilonia. Los babilonios dieron a Jeremías la libertad de elegir dónde vivir, y él se quedó con los pobres que permanecieron en la tierra. Después, un grupo de judíos huyó a Egipto y lo llevó consigo contra su voluntad. Según la tradición, murió allí.
Esperanza en medio del juicio
Jeremías no solo anunció juicio. En una carta a los exiliados en Babilonia, les aconsejó construir casas, plantar huertos, formar familias y buscar la paz de la ciudad donde vivían, orando por ella. Y les transmitió una promesa: después de setenta años, Dios los haría volver.
«Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré: Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.»
Jeremías 29:11-13
El nuevo pacto
La profecía más importante de Jeremías es el anuncio del nuevo pacto. El antiguo pacto había sido quebrantado una y otra vez por el pueblo. Pero Dios prometió algo nuevo:
«Mas éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en sus entrañas, y escribiréla en sus corazones; y seré yo a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová: porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová: porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.»
Jeremías 31:33-34
Ya no sería una ley escrita en piedra, sino en el corazón. Todos conocerían a Dios personalmente, y sus pecados serían perdonados por completo.
Lamentaciones
La tradición atribuye a Jeremías el libro de Lamentaciones, cinco poemas que lloran la destrucción de Jerusalén. En medio de ese llanto aparece una de las declaraciones de esperanza más hermosas de la Biblia: «Es por la misericordia de Jehová que no somos consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:22-23).
Lugares de la historia
Anatot: pueblo natal de Jeremías, a unos cinco kilómetros al noreste de Jerusalén.
Jerusalén: donde profetizó durante décadas y vio la destrucción del templo en el 586 a. C.
Babilonia: la capital del imperio que conquistó Judá, a orillas del río Éufrates.
Tafnes, en Egipto: donde fue llevado al final de su vida.
Datos interesantes
El libro más largo por número de palabras: Jeremías es considerado el libro más extenso de la Biblia en cantidad de palabras.
Baruc en la arqueología: se han publicado impresiones de sello con el nombre de «Berequías hijo de Nerías, el escriba», que se ha relacionado con Baruc, aunque su autenticidad ha sido discutida.
Las cartas de Laquis: ostracas halladas en Laquis describen los últimos días de Judá antes de la invasión babilónica, en la misma época que Jeremías.
Setenta años: Jeremías anunció que el exilio duraría setenta años; Daniel oró al leer esa profecía (Daniel 9:2).
No se casó: Dios le pidió no tomar esposa ni tener hijos, como señal del sufrimiento que vendría (Jeremías 16:2).
Lecciones para nuestra vida
Dios nos conoce y tiene un propósito para nosotros desde antes de nacer. La edad o la inseguridad no impiden el llamado de Dios. La fidelidad a veces cuesta caro. Podemos expresar nuestro dolor a Dios con honestidad. Dios es el alfarero que puede rehacer nuestra vida. Aun en el exilio, Dios tiene planes de bien. Sus misericordias son nuevas cada mañana.
Camino a Jesús
En la última cena, Jesús tomó la copa y dijo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama» (Lucas 22:20). Con esas palabras anunció que la promesa de Jeremías se cumplía en Él. Hebreos 8 cita completo el pasaje del nuevo pacto y explica que Jesús es su mediador. Jeremías lloró por Jerusalén; también Jesús lloró sobre la ciudad (Lucas 19:41). Jeremías fue rechazado por su pueblo, acusado injustamente y hundido en el lodo; Jesús fue rechazado, condenado y muerto, pero resucitó. Por eso algunos, al ver a Jesús, pensaban que era Jeremías (Mateo 16:14). En Cristo, Dios escribe su ley en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo y perdona nuestros pecados para siempre.
En el próximo episodio conoceremos a Ezequiel, el profeta que tuvo visiones de la gloria de Dios en el exilio.
Oración
Señor, gracias porque me conociste antes de formarme. Soy barro en tus manos: rehaz mi vida según tu voluntad. Dame valor para ser fiel aun cuando cueste. Escribe tu ley en mi corazón, como prometiste en el nuevo pacto sellado con la sangre de Jesús. Tus misericordias son nuevas cada mañana; grande es tu fidelidad. Amén.