Ezequiel, visiones en el exilio
- Pasaje
- Ezequiel 1–48
- Protagonistas
- Ezequiel
- Lugar
- Babilonia, río Quebar
- Época
- Siglo VI a. C.
Ezequiel es el profeta de las visiones extraordinarias. Mientras Jeremías profetizaba en Jerusalén, Ezequiel lo hacía entre los exiliados en Babilonia. Era un sacerdote que nunca pudo ejercer en el templo, porque fue deportado antes de cumplir la edad para servir. Pero Dios le mostró su gloria junto a un río en tierra extranjera. Su libro contiene algunas de las imágenes más impresionantes de la Biblia: ruedas llenas de ojos, la gloria de Dios abandonando el templo, un valle de huesos secos que vuelven a la vida y un río que brota del templo y sana todo lo que toca. Su mensaje central: aun en el exilio, Dios sigue siendo Dios, y un día dará a su pueblo un corazón nuevo.
Un sacerdote en el exilio
Ezequiel, hijo de Buzi, era de familia sacerdotal. En el año 597 a. C., Nabucodonosor llevó cautivos a Babilonia al rey Joaquín y a miles de habitantes de Jerusalén, entre ellos a Ezequiel. Los exiliados se establecieron junto al río Quebar, un canal cerca de la ciudad de Nipur, en un lugar llamado Tel-abib. Cinco años después, cuando Ezequiel tenía unos treinta años, la edad en que los sacerdotes comenzaban su servicio, Dios lo llamó a ser profeta. Su nombre significa «Dios fortalece».
La visión de la gloria de Dios
Junto al río Quebar, Ezequiel vio los cielos abiertos. Un viento tempestuoso venía del norte, con una gran nube y un fuego envolvente. En medio aparecieron cuatro seres vivientes, cada uno con cuatro caras —de hombre, de león, de buey y de águila— y cuatro alas. Junto a ellos había ruedas, una dentro de otra, llenas de ojos alrededor, que se movían en cualquier dirección sin volverse. Sobre ellos había una expansión como de cristal, y sobre ella un trono, y sobre el trono una figura semejante a un hombre, rodeada de un resplandor como el arco iris.
«Cual parece el arco del cielo que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y luego que yo la hube visto, caí sobre mi rostro, y oí voz de uno que hablaba.»
Ezequiel 1:28
El mensaje era poderoso: la gloria de Dios no estaba limitada al templo de Jerusalén. Dios estaba presente con su pueblo aun en tierra extranjera, y su trono se movía libremente en todas las direcciones. Los exiliados no estaban abandonados.
El atalaya
Dios le dio a Ezequiel un rollo escrito por delante y por detrás con lamentaciones, y le mandó comerlo. Ezequiel lo comió, y era dulce como la miel. Luego Dios le dijo que lo ponía por atalaya, es decir, centinela, sobre la casa de Israel. Su responsabilidad era advertir al pueblo. Si advertía y el impío no se volvía, el impío moriría por su pecado, pero el atalaya habría librado su alma. Si no advertía, Dios demandaría la sangre de su mano (Ezequiel 3:17-21; 33:1-9).
Profecías en acción
Como Jeremías, Ezequiel comunicó mensajes con acciones simbólicas, a veces muy dramáticas. Dibujó a Jerusalén sitiada sobre un adobe. Estuvo acostado sobre su lado izquierdo trescientos noventa días y sobre el derecho cuarenta días, representando los años del pecado de Israel y de Judá. Cocinó con raciones escasas para mostrar el hambre del asedio. Se afeitó la cabeza y la barba, y dividió el cabello en tres partes. Preparó equipaje de exiliado y salió por un agujero en la pared. Estas acciones anunciaban que Jerusalén caería.
Uno de los momentos más dolorosos fue cuando Dios le anunció que moriría su esposa, «el deleite de sus ojos», y le pidió no hacer duelo públicamente, como señal de que el pueblo perdería el templo, su deleite, y quedaría sin palabras (Ezequiel 24:15-24).
La gloria abandona el templo
En una visión, Ezequiel fue llevado en espíritu a Jerusalén y vio las abominaciones que se cometían en el propio templo: imágenes de ídolos, ancianos ofreciendo incienso a figuras de animales, mujeres llorando a Tamuz, hombres adorando al sol de espaldas al santuario. Entonces vio algo terrible: la gloria de Jehová se levantó del querubín, se detuvo en el umbral, salió por la puerta oriental y se posó sobre el monte que está al oriente de la ciudad, el monte de los Olivos (Ezequiel 10 y 11). Dios abandonaba un templo que su pueblo había profanado. Poco después, en el 586 a. C., llegó la noticia: «La ciudad ha sido herida».
Responsabilidad personal
Los exiliados repetían un refrán: «Los padres comieron las agraces, y los dientes de los hijos tienen la dentera», como diciendo que sufrían por culpa de sus antepasados. Dios respondió por medio de Ezequiel que cada persona es responsable de sus propios actos, y que Dios no desea la muerte del impío, sino que se convierta y viva: «Echad de vosotros todas vuestras iniquidades… y haceos corazón nuevo y espíritu nuevo… Porque no quiero la muerte del que muere, dice el Señor Jehová; convertíos pues, y viviréis» (Ezequiel 18:31-32).
El buen Pastor
En el capítulo 34, Dios denuncia a los pastores de Israel, los líderes que se apacentaban a sí mismos, comían la grosura y se vestían de la lana, pero no fortalecían a las débiles, no curaban a las enfermas ni buscaban a las perdidas. Entonces Dios promete: «Yo buscaré mis ovejas, y las reconoceré… Yo buscaré la perdida, y tornaré la amontada, y ligaré la perniquebrada, y corroboraré la enferma» (Ezequiel 34:11, 16). Y anuncia que pondrá sobre ellas un solo pastor, su siervo David.
Un corazón nuevo
La promesa central de Ezequiel es la transformación interior:
«Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos, y guardéis mis derechos, y los pongáis por obra.»
Ezequiel 36:26-27
Como Jeremías, Ezequiel anuncia que Dios hará lo que la ley escrita no pudo: cambiar el corazón humano y poner su Espíritu dentro de su pueblo.
El valle de los huesos secos
La visión más famosa de Ezequiel es la del valle lleno de huesos secos. Dios le preguntó: «Hijo del hombre, ¿vivirán estos huesos?». Ezequiel respondió: «Señor Jehová, tú lo sabes». Dios le mandó profetizar sobre los huesos. Mientras hablaba, hubo un ruido y un temblor, y los huesos se juntaron cada uno con su hueso; aparecieron tendones, carne y piel, pero no había espíritu en ellos. Entonces Dios le mandó profetizar al espíritu:
«Y díjome: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo del hombre, y di al espíritu: Así ha dicho el Señor Jehová: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies, un ejército grande en extremo.»
Ezequiel 37:9-10
Dios explicó que los huesos representaban a la casa de Israel, que decía: «Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza». Pero Dios abriría sus sepulcros, pondría su Espíritu en ellos y los haría volver a su tierra. Es una poderosa imagen de restauración y resurrección.
El nuevo templo y el río de vida
Los últimos capítulos del libro (40-48) describen una visión detallada de un nuevo templo. Ezequiel ve la gloria de Dios regresar por la puerta oriental y llenar la casa. Del umbral del templo brota un río que se va haciendo más profundo; donde entra, las aguas del mar Muerto son sanadas, y a sus orillas crecen árboles cuyo fruto sirve de alimento y cuyas hojas son medicina. El libro termina con el nuevo nombre de la ciudad: «Jehová-sama», es decir, «Jehová allí» (Ezequiel 48:35).
Lugares de la historia
El río Quebar: un gran canal de riego en Babilonia, cerca de la antigua Nipur, en el sur del actual Irak.
Tel-abib: el asentamiento de los exiliados; su nombre inspiró el de la moderna ciudad de Tel Aviv.
Jerusalén y el templo: visitados por Ezequiel en visiones.
El monte de los Olivos: donde se detuvo la gloria de Dios al salir de la ciudad.
Datos interesantes
«Hijo de hombre»: Dios llama así a Ezequiel más de noventa veces; es el título que Jesús usó con más frecuencia para sí mismo.
«Y sabrán que yo soy Jehová»: esta frase se repite decenas de veces en el libro, y resume su propósito.
Los cuatro evangelistas: desde la antigüedad, los cuatro seres vivientes (hombre, león, buey y águila) se han usado en el arte cristiano como símbolos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Tel Aviv: el nombre de la ciudad israelí proviene de la traducción al hebreo del libro «Altneuland» de Theodor Herzl, inspirada en Tel-abib de Ezequiel 3:15.
Un canto espiritual: la visión de los huesos secos inspiró el famoso canto espiritual afroamericano «Dem Bones».
Lecciones para nuestra vida
Dios está con nosotros aun en el exilio. Somos atalayas responsables de advertir con amor. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que viva. Dios busca a la oveja perdida y cura a la herida. Solo Dios puede darnos un corazón nuevo. No hay situación tan muerta que Dios no pueda devolverle la vida.
Camino a Jesús
Jesús tomó el título «Hijo del hombre» y se presentó como el Buen Pastor anunciado por Ezequiel: «Yo soy el buen pastor… y pongo mi vida por las ovejas» (Juan 10:11-15). El Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido. El corazón nuevo y el Espíritu prometido se derramaron en Pentecostés sobre los que creyeron en Jesús. La visión de los huesos secos anuncia la resurrección, que Jesús inauguró al levantarse de la tumba. Y el río que brota del templo recuerda las palabras de Jesús: «El que cree en mí… ríos de agua viva correrán de su vientre» (Juan 7:38). En Apocalipsis 22, el río de agua de vida sale del trono de Dios y del Cordero, y las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones.
En el próximo episodio conoceremos a Daniel, el joven fiel en la corte de Babilonia.
Oración
Señor, gracias porque tu gloria no está limitada a un lugar y estás conmigo aun en tierra extraña. Quita de mí el corazón de piedra y dame un corazón de carne. Pon tu Espíritu dentro de mí. Sopla sobre las áreas de mi vida que parecen huesos secos y hazlas vivir. Gracias por Jesús, el Buen Pastor que me buscó. Amén.