Daniel en Babilonia
- Pasaje
- Daniel 1–12
- Protagonistas
- Daniel, Sadrac, Mesac, Abed-nego, Nabucodonosor
- Lugar
- Babilonia
- Época
- Siglo VI a. C.
Daniel es uno de los personajes más admirables de la Biblia. Fue llevado cautivo a Babilonia siendo un adolescente, y allí vivió toda su vida, sirviendo a varios reyes de dos imperios distintos. En un ambiente hostil a su fe, se mantuvo íntegro, oró con constancia y fue usado por Dios para interpretar sueños y recibir visiones sobre el futuro de las naciones. Su libro contiene historias muy conocidas —el horno de fuego, la escritura en la pared, el foso de los leones— y profecías sobre el reino eterno de Dios y el «Hijo del hombre».
Jóvenes cautivos en Babilonia
En el año 605 a. C., Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitió Jerusalén y se llevó a algunos jóvenes de la familia real y de la nobleza, «muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, y de buen parecer, y enseñados en toda sabiduría». Debían ser educados durante tres años en la lengua y la literatura de los caldeos para servir en la corte. Entre ellos estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías. El jefe de los eunucos les cambió los nombres por nombres babilónicos: Beltsasar, Sadrac, Mesac y Abed-nego. Sus nombres hebreos honraban al Dios de Israel; los nuevos, a los dioses de Babilonia.
«Propuso en su corazón»
El rey ordenó que los jóvenes comieran de la comida y del vino de su mesa. Pero Daniel tomó una decisión:
«Y Daniel propuso en su corazón de no contaminarse en la ración de la comida del rey, ni en el vino de su beber: pidió por tanto al príncipe de los eunucos de no contaminarse.»
Daniel 1:8
La comida del rey probablemente incluía alimentos prohibidos por la ley de Moisés u ofrecidos a los ídolos. Daniel no se rebeló con violencia, sino que pidió con respeto una prueba de diez días comiendo legumbres y bebiendo agua. Al final, se veían más sanos y robustos que los demás. Dios dio a los cuatro jóvenes conocimiento y sabiduría, y a Daniel entendimiento en toda visión y sueños. Cuando el rey los examinó, los halló diez veces mejores que todos los magos y astrólogos de su reino.
El sueño de la gran estatua
Nabucodonosor tuvo un sueño que lo perturbó, y exigió a sus sabios que le dijeran no solo la interpretación, sino también el sueño mismo. Nadie pudo, y el rey ordenó matar a todos los sabios. Daniel pidió tiempo, oró con sus amigos, y Dios le reveló el misterio en una visión de noche.
El rey había visto una gran estatua: la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre de bronce, las piernas de hierro y los pies en parte de hierro y en parte de barro. Una piedra cortada no con mano golpeó los pies y la desmenuzó toda, y la piedra se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra. Daniel explicó que la estatua representaba reinos sucesivos, empezando por Babilonia, y que la piedra era un reino que Dios levantaría, que nunca sería destruido y permanecería para siempre (Daniel 2:44). Nabucodonosor se postró y reconoció: «Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses».
El horno de fuego
Más tarde, Nabucodonosor hizo una estatua de oro de sesenta codos de altura en el campo de Dura y ordenó que todos se postraran ante ella al sonar la música, bajo pena de ser echados en un horno de fuego ardiendo. Sadrac, Mesac y Abed-nego se negaron. Ante el rey furioso, respondieron con una fe admirable:
«He aquí nuestro Dios a quien honramos, puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos, ni tampoco honraremos la estatua que has levantado.»
Daniel 3:17-18
«Y si no». Su fe no dependía de ser librados. El rey mandó calentar el horno siete veces más y los arrojó atados. El calor era tan intenso que mató a los soldados que los llevaron. Pero entonces Nabucodonosor se levantó espantado: veía cuatro hombres sueltos, paseándose en medio del fuego sin sufrir daño, «y el parecer del cuarto es semejante a hijo de los dioses». Los tres salieron sin que el fuego hubiera quemado su cabello, ni sus ropas, ni tuvieran olor de fuego.
La humillación de Nabucodonosor
El rey tuvo otro sueño, de un gran árbol que era cortado. Daniel le advirtió que representaba al propio rey, que sería humillado hasta reconocer que el Altísimo gobierna los reinos de los hombres. Un año después, mientras se paseaba por su palacio y se jactaba —«¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué…?»—, perdió la razón y vivió como un animal durante un tiempo. Cuando recobró el juicio, alabó al Dios del cielo: «todas sus obras son verdad, y sus caminos juicio; y puede humillar a los que andan con soberbia» (Daniel 4:37).
La escritura en la pared
Años después, el rey Belsasar organizó un gran banquete y, en medio de la borrachera, mandó traer los vasos de oro y plata del templo de Jerusalén para beber en ellos mientras alababa a sus dioses. De repente, aparecieron los dedos de una mano que escribía sobre la pared del palacio. El rey palideció y sus rodillas temblaron. Nadie pudo leer la escritura hasta que llamaron a Daniel, ya anciano. Las palabras eran: «Mene, Mene, Tekel, Uparsin». Daniel las interpretó: Dios había contado su reino y le había puesto fin; había sido pesado en balanza y hallado falto; su reino sería dividido y dado a los medos y persas. Esa misma noche Belsasar fue muerto, y Darío de Media tomó el reino.
En el foso de los leones
Bajo el rey Darío, Daniel fue nombrado uno de los tres gobernadores principales, y el rey pensaba ponerlo sobre todo el reino. Los otros funcionarios, envidiosos, buscaron alguna falta en él, pero no la hallaron. Entonces decidieron atacarlo por su fe. Convencieron al rey de firmar un decreto irrevocable: durante treinta días nadie podría orar a ningún dios ni hombre fuera del rey, bajo pena de ser echado en el foso de los leones.
«Y Daniel, cuando supo que la escritura estaba firmada, entróse en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que estaban hacia Jerusalem, hincábase de rodillas tres veces al día, y oraba, y confesaba delante de su Dios, como lo solía hacer antes.»
Daniel 6:10
Daniel no cambió su costumbre. Fue denunciado, y el rey, que lo apreciaba, intentó salvarlo, pero la ley de medos y persas no podía ser revocada. Daniel fue echado al foso. El rey pasó la noche sin comer ni dormir. Al amanecer corrió al foso y lo llamó con voz triste. Daniel respondió: «Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen mal». Daniel fue sacado sin ninguna lesión, «porque había creído en su Dios».
Las visiones de Daniel
La segunda parte del libro contiene visiones sobre el futuro: cuatro bestias que salen del mar, representando imperios, y el juicio del Anciano de días. En una de esas visiones, Daniel vio a alguien muy especial:
«Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí en las nubes del cielo como un hijo de hombre que venía, y llegó hasta el Anciano de grande edad, e hiciéronle llegar delante de él. Y fuéle dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino que no se corromperá.»
Daniel 7:13-14
Daniel también oró confesando los pecados de su pueblo al leer la profecía de Jeremías sobre los setenta años, y recibió la profecía de las «setenta semanas» (Daniel 9). El libro termina con una esperanza de resurrección: «Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados… Y los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento» (Daniel 12:2-3).
Lugares de la historia
Babilonia: la gran capital del imperio neobabilónico, a orillas del Éufrates, con la famosa puerta de Ishtar (reconstruida hoy en el Museo de Pérgamo de Berlín).
El campo de Dura: una llanura de la provincia de Babilonia donde se levantó la estatua de oro.
Susa: ciudad persa donde Daniel tuvo una de sus visiones, junto al río Ulai.
Tumba de Daniel: la tradición la sitúa en Susa (Shush, Irán), donde hay un santuario visitado por judíos, cristianos y musulmanes.
Datos interesantes
Dos idiomas: una parte del libro de Daniel (2:4 a 7:28) está escrita en arameo, la lengua internacional de la época, y el resto en hebreo.
Belsasar confirmado: durante mucho tiempo se dudó de su existencia, hasta que el Cilindro de Nabonido, hallado en Ur en el siglo XIX, mencionó a Belsasar como hijo del rey Nabonido. Eso explica por qué ofreció a Daniel ser el «tercero» en el reino.
«Pesado y hallado falto»: la expresión, como «la escritura en la pared», se usa hoy en muchos idiomas.
Sin falta: sus enemigos no hallaron en Daniel «ningún vicio ni falta» (Daniel 6:4).
Toda una vida: Daniel sirvió desde el reinado de Nabucodonosor hasta el de Ciro de Persia, más de sesenta años.
Lecciones para nuestra vida
Se puede ser fiel en un ambiente hostil. Las decisiones firmes se toman en el corazón, antes de la prueba. Respeto y firmeza pueden ir juntos. La fe verdadera dice: «Y si no, igual serviré a Dios». La oración constante es un ancla. Dios gobierna sobre los reinos de este mundo. El orgullo precede a la caída.
Camino a Jesús
La profecía de Daniel sobre el «Hijo del hombre» que viene con las nubes y recibe un reino eterno es fundamental para entender a Jesús. Ante el sumo sacerdote, cuando le preguntaron si era el Cristo, Jesús respondió: «Yo soy; y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y viniendo en las nubes del cielo» (Marcos 14:62), citando a Daniel. La piedra cortada no con mano que llena la tierra representa el reino de Dios que Jesús inauguró. El «cuarto hombre» en el horno recuerda que Dios acompaña a los suyos en el fuego de la prueba. Y como Daniel, Jesús fue acusado por la envidia de otros, encerrado en una tumba sellada con una piedra, y salió vivo al amanecer.
En el próximo episodio conoceremos a Ester, la joven reina que arriesgó su vida para salvar a su pueblo.
Oración
Señor, como Daniel, quiero proponer en mi corazón no contaminarme. Dame valor para ser fiel donde vivo y trabajo, con respeto y firmeza. Ayúdame a orar con constancia, como él tres veces al día. Y si enfrento el fuego, sé tú el cuarto hombre a mi lado. Gracias por Jesús, el Hijo del hombre, cuyo reino no tendrá fin. Amén.