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Jesucristo

El verdadero amor de un Padre revelado en Cristo Jesús

Muchas personas tienen una imagen herida de lo que es un padre. Algunos crecieron con un padre ausente, otros con uno distante, severo o violento; otros tuvieron un buen padre, pero aun así anhelan un amor más grande del que cualquier ser humano puede dar. La Biblia nos revela que existe un Padre perfecto, cuyo amor es fiel, tierno, firme y eterno. Y nos dice dónde podemos verlo con claridad: en el rostro de Jesucristo. En este artículo veremos cómo Jesús nos muestra el verdadero amor del Padre, qué significa ser hijos de Dios, cómo ese amor puede sanar las heridas de nuestra historia familiar y cómo puede inspirar a los padres de hoy.

«El que me ha visto, ha visto al Padre»

La noche antes de su muerte, Felipe le pidió a Jesús: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta». Jesús le respondió:

«Jesús le dice: ¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?»

Juan 14:9

Si quieres saber cómo es Dios Padre, mira a Jesús. Mira cómo trató a los niños, a los enfermos, a los pecadores, a las mujeres despreciadas, a los extranjeros. Mira su paciencia con los discípulos y sus lágrimas ante la tumba de Lázaro. Todo eso es el corazón del Padre hecho visible. Juan escribió: «A Dios nadie le vió jamás: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró» (Juan 1:18). Y Hebreos dice que el Hijo es «el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia» (Hebreos 1:3). Profetizando sobre el Mesías, Isaías lo llamó incluso «Padre eterno» (Isaías 9:6), porque en Él se nos revela el cuidado paternal de Dios.

El amor que da lo más valioso

La mayor prueba del amor del Padre no son palabras, sino un regalo: su propio Hijo.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»

Juan 3:16

Un padre que ama de verdad está dispuesto a sacrificarse por sus hijos. Dios fue más allá: entregó a su Hijo por quienes estaban lejos de Él. «Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). En la cruz vemos a la vez el amor del Hijo que se entrega y el amor del Padre que lo da. No tenemos que ganarnos ese amor; ya nos fue dado. Lee La crucifixión.

Abba: la cercanía de un hijo

Jesús enseñó a sus discípulos a orar diciendo «Padre nuestro» (Mateo 6:9). En Getsemaní, en su angustia, Él mismo oró: «Abba, Padre» (Marcos 14:36). «Abba» era la palabra aramea con la que un hijo se dirigía con cariño y confianza a su padre. Lo asombroso es que, por medio de Cristo, nosotros también podemos llamar así a Dios:

«Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre. Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.»

Romanos 8:15-16

No somos esclavos que temen al amo, sino hijos que confían en su Padre. Juan no podía contener su asombro: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1). Lee La Trinidad.

Un Padre tierno y compasivo

El Salmo 103 compara el amor de Dios con el de un buen padre: «Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; acuérdase que somos polvo» (Salmo 103:13-14). Jesús mostró esa ternura de muchas maneras. Cuando los discípulos quisieron alejar a los niños, se indignó y dijo: «Dejad los niños venir a mí, y no se lo estorbéis; porque de los tales es el reino de Dios». Y «tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía» (Marcos 10:14, 16). En la parábola del hijo pródigo, Jesús describió a un padre que corre a abrazar al hijo que vuelve, antes de que pueda terminar su confesión. Así nos ama Dios. Lee La parábola del hijo pródigo explicada.

Un Padre que da buenas cosas

Jesús invitó a confiar en la bondad del Padre con una comparación sencilla: «¿Qué hombre hay de vosotros, a quien si su hijo pidiere pan, le dará una piedra?… Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?» (Mateo 7:9-11). Jesús también enseñó que el Padre alimenta a las aves y viste a los lirios, y que sus hijos valen mucho más (Mateo 6:26-30). Un buen padre provee, protege y cuida. Dios lo hace de manera perfecta.

Un Padre que corrige con amor

El amor verdadero no es permisivo. Un padre que nunca corrige no ama de verdad. Hebreos lo explica:

«Porque el Señor al que ama castiga, y azota a cualquiera que recibe por hijo.»

Hebreos 12:6

La disciplina de Dios no es venganza ni rechazo, sino la forma en que nos forma para nuestro bien, «para que recibamos su santificación» (Hebreos 12:10). Jesús mismo corrigió a sus discípulos muchas veces, pero siempre con paciencia y sin dejar de amarlos. Cuando Pedro lo negó, no lo humilló: lo miró, lo esperó y lo restauró con una pregunta de amor: «¿me amas?» (Juan 21:15-17).

Cuando tu padre terrenal te falló

Para muchas personas, la palabra «padre» trae dolor. Quizá tu padre se fue, nunca te dijo que te amaba, te hirió con palabras o con golpes, o simplemente no supo estar presente. Esas heridas son reales y pueden afectar la manera en que vemos a Dios. Pero Dios no es como el padre que te falló. El salmista escribió: «Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Jehová con todo me recogerá» (Salmo 27:10). Y Dios se presenta como «Padre de huérfanos» (Salmo 68:5).

Sanar esas heridas lleva tiempo. Puede ayudar orar con honestidad, contarle a Dios lo que te dolió, buscar acompañamiento pastoral o terapéutico y, cuando estés listo, recorrer el camino del perdón, que no significa justificar el daño. Lee El perdón. Si sufriste maltrato o abuso, no fue tu culpa, y mereces ayuda y protección. En Colombia puedes llamar al 123 si estás en peligro.

José: un padre según el corazón de Dios

Dios eligió a un hombre sencillo para ser el padre terrenal de Jesús. José era un carpintero de Nazaret, «justo», que protegió a María cuando pudo haberla expuesto a la vergüenza, obedeció a Dios sin dudar, llevó a su familia a Egipto para salvar la vida del niño y le enseñó un oficio (Mateo 1:19-24; 2:13-15). No se registra ninguna palabra suya en los evangelios, pero sus acciones hablan de un padre presente, protector, obediente y humilde. Lee la historia de María y José.

Para los padres de hoy

El amor del Padre revelado en Cristo es también un modelo para los padres de la tierra. Estar presente: el tiempo es una de las formas más claras del amor. Decir «te amo»: el Padre lo dijo en voz alta en el bautismo de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento» (Mateo 3:17). Tus hijos necesitan oírlo de ti. Corregir sin humillar: «Padres, no irritéis a vuestros hijos, porque no se hagan de poco ánimo» (Colosenses 3:21). Pedir perdón cuando te equivocas. Orar por ellos y con ellos. Ser ejemplo de fe con tu vida. Lee Cómo educar a nuestros hijos en tiempos de incertidumbre.

Vivir como hijos amados

Saberse amado por el Padre cambia la manera de vivir. Quien se sabe hijo no necesita ganarse el amor con logros, ni vivir con miedo al rechazo, ni buscar desesperadamente la aprobación de los demás. Puede descansar, obedecer por amor y no por temor, y amar a otros con libertad. Jesús vivió así: antes de comenzar su ministerio, antes de hacer un solo milagro, escuchó la voz del Padre que lo llamaba «amado». Desde esa identidad enfrentó la tentación en el desierto, el rechazo y la cruz. Tú también puedes vivir desde esa verdad: eres hijo amado de Dios por medio de Jesucristo. Esa identidad no depende de tu pasado, de tu familia de origen ni de tus éxitos, sino del amor fiel de un Padre que nunca abandona a sus hijos. Cada mañana puedes empezar el día recordándolo: «Soy amado por mi Padre».

Oración

Padre. Me cuesta decirte así. Esa palabra, para mí, trae recuerdos que no siempre son buenos: una ausencia, una voz dura, un abrazo que nunca llegó. Y sin darme cuenta te he imaginado igual: lejano, difícil de contentar. Pero Jesús dijo: «El que me ha visto, ha visto al Padre». Y cuando lo miro a Él, veo a alguien que abraza a los niños, que llora con sus amigos, que corre hacia el hijo que vuelve. Así eres tú. Ven, Espíritu Santo, Espíritu de adopción, y clama dentro de mí lo que yo no me atrevo: ¡Abba! Sana despacio al niño que todavía espera en mí. Dime lo que le dijiste a Jesús en el Jordán: «Tú eres mi hijo amado». Enséñame a vivir desde ahí, y no desde el miedo a fallar. Y si me toca ser padre o madre, que mis hijos vean en mí un poco de ti. Abba, aquí estoy. Recíbeme. Amén.