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Dios, no me sueltes nunca: las promesas de su mano fiel

«Dios, no me sueltes nunca». Es una oración corta, casi un grito, que nace en los momentos en que sentimos que todo se derrumba: cuando llega un diagnóstico, cuando se rompe una familia, cuando el dinero no alcanza, cuando un ser querido se va o cuando nuestras propias fuerzas se agotan. Es la oración de un niño que se aferra a la mano de su padre en medio de la multitud. La buena noticia es que la Biblia responde a esa oración con una promesa repetida de muchas maneras: Dios no suelta a los suyos. En este artículo recorremos esas promesas, los ejemplos de personas que fueron sostenidas por Dios en medio de la tormenta y algunas formas prácticas de aferrarnos a Él cuando sentimos que nos hundimos.

La promesa de la mano de Dios

Una de las imágenes más tiernas de la Biblia es la de Dios tomando de la mano a su pueblo. Por medio del profeta Isaías, Dios habló a un pueblo atemorizado:

«No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.»

Isaías 41:10

Y tres versículos después añadió: «Porque yo Jehová soy tu Dios, que te ase de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudé» (Isaías 41:13). No somos nosotros quienes sostenemos a Dios; es Él quien nos sostiene. Nuestra mano puede ser débil, pero la suya es fuerte. Aun cuando nuestras fuerzas fallan, su mano no se cansa.

«No te dejaré, ni te desampararé»

Cuando Moisés estaba a punto de morir y el pueblo iba a entrar a una tierra desconocida, le dijo a Josué: «Jehová es el que va delante de ti; él será contigo, no te dejará, ni te desamparará: no temas, ni te intimides» (Deuteronomio 31:8). Siglos después, el autor de Hebreos tomó esa promesa y la aplicó a todos los creyentes:

«Sean las costumbres vuestras sin avaricia; contentos de lo presente; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré. De tal manera que digamos confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me hará el hombre.»

Hebreos 13:5-6

En el texto griego original, esta frase usa una doble y hasta triple negación, algo así como «de ninguna manera te dejaré, de ninguna manera, jamás te desampararé». Es la forma más enfática posible de decir «nunca». Dios sabía que necesitaríamos oírlo con fuerza.

Pedro: cuando nos hundimos

Una noche, en medio de una tormenta en el mar de Galilea, los discípulos vieron a Jesús caminando sobre el agua. Pedro le pidió: «Señor, si tú eres, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». Jesús le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua hacia Jesús. Pero al ver el viento fuerte tuvo miedo, comenzó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Entonces sucedió esto:

«Y luego Jesús, extendiendo la mano, trabó de él, y le dice: Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

Mateo 14:31

«Al momento». Jesús no esperó a que Pedro se ahogara ni le dio un sermón antes de ayudarlo. Primero extendió la mano y lo sostuvo; después le habló de su poca fe. Así actúa el Señor con nosotros. Nuestra fe puede vacilar, podemos mirar el viento en lugar de mirarlo a Él, pero cuando clamamos «Señor, sálvame», su mano está ahí. La oración «Dios, no me sueltes» es pariente cercana de la oración de Pedro.

Aunque caigamos, no quedaremos postrados

La Biblia no promete que nunca vamos a tropezar. Promete algo mejor: que cuando caigamos, Dios nos sostendrá. El Salmo 37 lo dice con claridad:

«Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y aprueba su camino. Cuando cayere, no quedará postrado; porque Jehová sostiene su mano.»

Salmo 37:23-24

Pedro negó a Jesús tres veces, pero Jesús había orado por él para que su fe no faltara (Lucas 22:32), y después de la resurrección lo restauró. David pecó gravemente, pero se arrepintió y Dios no lo desechó. Nuestros fracasos no son más fuertes que la mano de Dios.

«Nadie las arrebatará de mi mano»

Jesús se presentó como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas por nombre y da su vida por ellas. Y sobre ellas hizo una de las promesas más firmes de los evangelios:

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; Y yo les doy vida eterna: y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, mayor que todos es: y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.»

Juan 10:27-29

Las ovejas no se sostienen por su propia fuerza, sino porque están en la mano del Hijo y en la mano del Padre: una mano dentro de otra mano. Esta promesa ha consolado a millones de creyentes que temían perderse. Si perteneces a Cristo, estás en las manos más seguras del universo.

Nada nos podrá separar

El apóstol Pablo, que conoció cárceles, azotes, naufragios, hambre y peligros de muerte, escribió al final del capítulo 8 de Romanos una de las declaraciones más poderosas de toda la Escritura:

«Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.»

Romanos 8:38-39

Pablo hace una lista de todo lo que podría intentar separarnos de Dios —la muerte, la vida, los poderes espirituales, el presente, el futuro, la altura, la profundidad— y concluye que nada, absolutamente nada, puede lograrlo. No porque nosotros seamos fuertes, sino porque el amor de Dios en Cristo es más fuerte que todo.

No hay lugar donde Dios no esté

A veces sentimos que nos hemos ido demasiado lejos, que hemos caído en un lugar tan oscuro que Dios no puede alcanzarnos. El Salmo 139 responde a ese miedo:

«Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.»

Salmo 139:9-10

Ni en el lugar más lejano, ni en la noche más oscura, estamos fuera del alcance de la mano de Dios. «Aun las tinieblas no encubren de ti», dice el salmista (Salmo 139:12).

Él no se olvida de ti

Cuando el pueblo de Israel estaba en el exilio, decía: «Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí». Dios respondió con una imagen conmovedora: «¿Olvidaráse la mujer de lo que parió, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas te tengo esculpida» (Isaías 49:15-16). Tu nombre está grabado en las manos de Dios. Muchos cristianos ven en esa imagen un anticipo de las manos de Jesús, marcadas por los clavos de la cruz.

Aferrarnos a Él

El Salmo 73 cuenta la historia de un hombre que estuvo a punto de perder la fe al ver prosperar a los malvados mientras él sufría. Al final, entró en el santuario de Dios y entendió. Su conclusión es una de las confesiones más hermosas de la Biblia: «Con todo, yo siempre estuve contigo: trabaste de mi mano derecha. Hasme guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria… Mi carne y mi corazón desfallecen: mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre» (Salmo 73:23-26).

¿Cómo aferrarnos a la mano de Dios en la práctica? Ora con honestidad: dile lo que sientes, aunque sea en una sola frase. Lee sus promesas: los versículos de este artículo pueden escribirse en una tarjeta y llevarse contigo. Recuerda su fidelidad pasada: haz una lista de las veces que Dios te sostuvo. No camines solo: busca a tu iglesia, a un amigo creyente, a tu familia. Canta: la alabanza fortalece el corazón en la prueba. Descansa en Él: a veces aferrarse a Dios es simplemente dejar de luchar y dejarse sostener.

Cuando no sientes su mano

Hay momentos en que la fe no se siente. Oramos y parece que nadie escucha. Eso no significa que Dios nos haya soltado. Los sentimientos cambian; las promesas de Dios no. «Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo» (2 Timoteo 2:13). Cuando no sientes la mano de Dios, apóyate en lo que Él ha dicho. Como un niño dormido en los brazos de su padre, puedes estar sostenido aunque no lo percibas. Y si el dolor te supera, busca también ayuda de personas de confianza o de profesionales; si estás en peligro, en Colombia llama a la línea de emergencias 123. Puedes escribirnos en Pide tu oración y oraremos por ti.

El que puede guardarte sin caída

La pequeña carta de Judas, casi al final del Nuevo Testamento, termina con una bendición que responde directamente a la oración «Dios, no me sueltes»:

«A aquel, pues, que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros delante de su gloria irreprensibles, con grande alegría, Al Dios solo sabio, nuestro Salvador, sea gloria y magnificencia, imperio y potencia, ahora y en todos los siglos. Amén.»

Judas 1:24-25

Dios no solo puede guardarnos; puede presentarnos un día delante de su gloria con gran alegría. Lo que Él comenzó en nosotros, lo terminará (Filipenses 1:6). Lee también ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto? y El Señor se alegra cuando uno de sus hijos vuelve.

Oración

Dios mío, no me sueltes. No tengo una oración más elaborada que esa. Mis manos están cansadas de aferrarse y siento que resbalo. Si todo dependiera de mi fuerza para sostenerme de ti, ya estaría perdido. Pero tú dijiste que eres tú quien me toma de la mano derecha. Que mi nombre está grabado en tus palmas. Que nadie puede arrebatarme de la mano de Jesús, ni de la tuya. Ven, Espíritu Santo, y grítalo dentro de mí cuando el miedo grite más fuerte: soy tuyo. Cuando me hunda como Pedro, que tu mano llegue «al momento». Cuando caiga, que no quede postrado. Cuando no te sienta, que me baste tu promesa. No te pido que el camino sea fácil; te pido que no me dejes solo en él. Y el día que yo ya no pueda más, llévame tú. Te amo. No me sueltes nunca. Amén.