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Espíritu Santo

Los dones de sanidades: orar por los enfermos según la Biblia

Un hombre con lepra se acerca a Jesús. Nadie debía tocarlo; la ley lo obligaba a vivir aparte y a gritar «inmundo» cuando alguien se aproximaba. Se arrodilla y dice una frase que encierra toda la fe y todo el miedo de un enfermo:

«Y un leproso vino a él, rogándole; e hincada la rodilla, le dice: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió su mano, y le tocó, y le dice: Quiero, sé limpio.»

Marcos 1:40-41

«Si quieres, puedes». No dudaba del poder de Jesús; dudaba de su voluntad, como tantos enfermos después de él. Y Jesús respondió primero con un gesto —lo tocó— y luego con una palabra: «Quiero». Ese es el corazón de Dios hacia el que sufre. Pablo nombra entre los dones del Espíritu «dones de sanidades» (1 Corintios 12:9). Este artículo forma parte de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué son, cómo sanaba Jesús, qué manda la Biblia a la iglesia, qué pensar cuando la sanidad no llega, qué lugar tiene la medicina y qué abusos han herido a tantos. Al final hay una oración.

Por qué «dones de sanidades», en plural

En el original las dos palabras están en plural: «dones de sanidades». No es un detalle sin importancia. Pablo no habla de un poder que alguien posee y aplica a voluntad, como si existiera el «sanador». Habla de gracias diversas, y cada sanidad es en sí misma un regalo: un regalo que Dios hace al enfermo por medio de la oración de otro. Nadie «tiene» la sanidad. El que sana es Dios.

El plural sugiere además variedad: sanidades del cuerpo y del alma, repentinas y graduales, por la imposición de manos, por la oración de la comunidad, a través de un tratamiento. El Espíritu no trabaja en serie.

Dios sana: es su carácter

Mucho antes del Nuevo Testamento, Dios se presentó así a su pueblo: «yo soy Jehová tu Sanador» (Éxodo 15:26). El salmista lo canta: «Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias» (Salmo 103:3). Y Jeremías ora con la sencillez de quien no tiene otro médico: «Sáname, oh Jehová, y seré sano» (Jeremías 17:14). La enfermedad no forma parte de la creación buena de Dios ni de su reino final. Pedir sanidad no es molestar a Dios: es pedirle que sea quien es.

Jesús y los enfermos

Buena parte de los Evangelios se va en encuentros de Jesús con enfermos. Lo primero que el texto dice es lo que sentía: «vio un gran gentío, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos había enfermos» (Mateo 14:14). Sanó de muchas maneras: con una palabra, con un toque, con lodo, a distancia. A un paralítico que llevaba treinta y ocho años postrado le hizo una pregunta que respetaba su libertad: «¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6). No tenía un método; tenía compasión.

Mateo ve en todo ello el cumplimiento de Isaías: «sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías, que dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias» (Mateo 8:16-17). Las sanidades de Jesús eran señales: adelantos del reino de Dios, de ese mundo en que ya no habrá dolor.

Y corrigió una idea que hacía sufrir doblemente a los enfermos: que toda enfermedad es castigo por un pecado.

«Y preguntáronle sus discípulos, diciendo: Rabbí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciese ciego? Respondió Jesús: Ni éste pecó, ni sus padres: mas para que las obras de Dios se manifiesten en él.»

Juan 9:2-3

En la Iglesia de los apóstoles

Jesús envió a los suyos con un encargo y una condición: «Sanad enfermos… de gracia recibisteis, dad de gracia» (Mateo 10:8). Y ellos «ungían con aceite a muchos enfermos, y sanaban» (Marcos 6:13). Después de Pentecostés, un cojo de nacimiento se levantó a la puerta del templo «andando, y saltando, y alabando a Dios» (Hechos 3:8). Llevaban enfermos a las calles de Jerusalén (5:15-16). En Malta, Pablo oró por el padre de Publio, le impuso las manos y sanó (28:8); y en ese mismo viaje lo acompañaba Lucas, que era médico.

Hay una frase de Pedro que lo dice todo sobre quién hace la obra: «Eneas, Jesucristo te sana; levántate» (Hechos 9:34). No «yo te sano». El que ora no es la fuente: es el que señala.

La oración por los enfermos según Santiago

La Biblia no dejó este ministerio solo en manos de personas extraordinarias. Lo puso en la vida normal de cada iglesia:

«¿Está alguno enfermo entre vosotros? llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos por los otros, para que seáis sanos; la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho.»

Santiago 5:14-16

El enfermo llama; los responsables de la comunidad van, oran, ungen con aceite en el nombre del Señor. Hay oración de fe, hay perdón, hay hermanos que se confiesan y oran unos por otros. Las iglesias católica y ortodoxa celebran aquí el sacramento de la unción de los enfermos; las iglesias evangélicas practican la oración con unción de aceite. Con formas distintas, todas obedecen el mismo texto. Y todo creyente puede orar por un enfermo: «rogad los unos por los otros, para que seáis sanos».

Cuando la sanidad no llega

Hay que decirlo con claridad, porque de esto depende la paz de muchos: en la Biblia no todos sanan, y no es por falta de fe.

Pablo, por medio de quien Dios sanó a tantos, llevaba «un aguijón en mi carne». Oró tres veces, y la respuesta no fue la sanidad, sino una palabra: «Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona» (2 Corintios 12:9). Timoteo tenía «continuas enfermedades» del estómago, y Pablo no lo reprendió por incrédulo: le recomendó un remedio (1 Timoteo 5:23). Trófimo quedó atrás: «a Trófimo dejé en Mileto enfermo» (2 Timoteo 4:20). Epafrodito «estuvo enfermo a la muerte: mas Dios tuvo misericordia de él» (Filipenses 2:27): sanó por misericordia, no porque alguien lo ordenara.

Si el apóstol no podía sanar a voluntad a sus colaboradores más queridos, nadie puede prometerlo hoy. ¿Por qué unos sanan y otros no? No lo sabemos, y es más honesto decirlo que inventar una razón. Sí sabemos dónde estamos en la historia: ya tenemos «las primicias del Espíritu», y todavía gemimos «esperando… la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:23). Toda sanidad en esta vida es una señal y un anticipo; incluso Lázaro volvió a morir. La sanidad completa tiene fecha:

«Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.»

Apocalipsis 21:4

Lee El aguijón de Pablo: cuando la gracia de Dios basta y Cómo orar cuando no tienes salud.

Sanidad y medicina no son enemigas

Lucas, compañero de Pablo y autor de un Evangelio, era «el médico amado» (Colosenses 4:14). El profeta Isaías mandó aplicar una masa de higos a la llaga del rey Ezequías (Isaías 38:21). El buen samaritano vendó las heridas «echándoles aceite y vino». Y Jesús mismo dio por sentado lo evidente: «Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos» (Mateo 9:12).

Dios sana por la oración, por la medicina y, muchas veces, por las dos juntas. El conocimiento de los médicos y la eficacia de un tratamiento también son dones suyos. Por eso, orar por sanidad nunca significa abandonar un tratamiento. Si crees que Dios te ha sanado, da gracias y pide a tu médico que lo confirme; él te dirá si puedes dejar una medicina. Así obró Jesús con los leprosos, a quienes mandó presentarse al sacerdote para que verificara su curación.

Abusos que han herido a muchos

  • Culpar al enfermo. «No sanaste porque te faltó fe» o «porque escondes un pecado». Es añadir una carga cruel a quien ya lleva bastante, y contradice a Jesús.
  • Pedir que se abandone la medicina como prueba de fe. Ha costado vidas.
  • Cobrar, o condicionar la oración a una ofrenda. «De gracia recibisteis, dad de gracia».
  • El espectáculo. Jesús sanó muchas veces aparte, y a menudo pidió silencio.
  • Anunciar sanidades que no se han comprobado, o prometerlas en nombre de Dios.
  • Olvidar a los que no sanaron, como si fueran un estorbo para el testimonio.

Si te hicieron algo de esto, lo que te dijeron no venía de Cristo. Él no rompe la caña cascada.

Cómo orar por un enfermo

  1. Pregunta y escucha. «¿Quieres que ore por ti? ¿Qué quieres pedirle a Dios?». Respeta su respuesta.
  2. Ora con sencillez, en el nombre de Jesús. No hacen falta voces ni fórmulas.
  3. Si la persona lo permite, pon una mano sobre su hombro o toma su mano, con respeto.
  4. Pide con claridad la sanidad, y deja el resultado en manos de Dios. «Si quieres, puedes».
  5. Invoca al Espíritu Santo: que traiga paz, que quite el miedo, que sostenga a la familia.
  6. No des órdenes al enfermo («levántate», «deja las pastillas») ni le exijas sentir nada.
  7. Quédate. Vuelve a visitarlo. La compañía también sana.
  8. Da gracias por cada mejoría, pequeña o grande, y por los que lo cuidan.

La sanidad del corazón

«Él sana a los quebrantados de corazón, y liga sus heridas» (Salmo 147:3). Jesús dijo que había sido enviado «para sanar a los quebrantados de corazón» (Lucas 4:18). Hay heridas que no aparecen en ninguna radiografía: el abandono, el abuso, la culpa, el duelo, el rencor de años. Muchas veces la sanidad más profunda que el Espíritu da es esta: poder perdonar, dejar de odiarse, volver a dormir, volver a confiar. Y a menudo llega también por medio de personas preparadas para acompañar: un pastor, un consejero, un psicólogo.

El lugar de los enfermos en la Iglesia

El enfermo que no sana no es un creyente fracasado. Muchas veces es quien sostiene a los demás con su oración y su paciencia. En su debilidad «habita… la potencia de Cristo». Una iglesia se conoce por cómo trata a sus enfermos: si los visita, si les hace sitio, si escucha lo que tienen que enseñar.

¿Sigue Dios sanando hoy?

En esto hay un amplio acuerdo: todas las tradiciones cristianas oran por sus enfermos y creen que Dios puede sanar. Difieren en si hoy concede a ciertas personas este don como un ministerio habitual, como afirman las iglesias pentecostales y carismáticas, o si responde más bien a la oración de la comunidad sin «sanadores», como sostienen muchas iglesias históricas. Unos y otros tienen delante el mismo mandato de Santiago 5 y la misma certeza: Dios escucha.

Preguntas frecuentes

¿Dios quiere sanar siempre? Dios está siempre contra el mal y a favor de la vida, y un día sanará todo. En esta vida, a veces sana pronto, a veces poco a poco, a veces sostiene en medio de la enfermedad. Podemos pedir con confianza y descansar en su amor.

¿Es falta de fe ir al médico? No. Es usar los medios que Dios da.

¿Puede orar por los enfermos cualquier creyente? Sí: «rogad los unos por los otros». Y es bueno pedir también la oración de los pastores de la iglesia.

Oraron por mí y sigo enfermo. ¿Dios me ha olvidado? No. «No te desampararé, ni te dejaré» sigue en pie. Su presencia no depende de tu diagnóstico. Lee ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto?

Serie «Los nueve dones del Espíritu Santo»: Introducción · anterior: El don de fe · siguiente: El don de hacer milagros.

Oración

Señor Jesús, tú tocaste al leproso cuando nadie lo tocaba, y dijiste «quiero». Vengo a ti con mi enfermedad, o con la de alguien a quien amo. (Di aquí el nombre.) Si quieres, puedes. Sáname, oh Señor, y seré sano. Ven, Espíritu Santo, y pon tu mano donde duele: en el cuerpo, y en el miedo que hay debajo. Da sabiduría a los médicos y eficacia a los tratamientos. Y si el camino es largo, no me dejes recorrerlo solo; que tu gracia me baste y tu poder se muestre en mi debilidad. Perdona a quienes me hicieron sentir culpable por estar enfermo. Usa también mis manos, Señor: enséñame a orar por los que sufren con sencillez y con ternura, sin prometer lo que no me toca, señalándote siempre a ti. Y sostén nuestra esperanza en el día en que enjugarás toda lágrima, y no habrá más dolor. Amén.