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Espíritu Santo

El don de hacer milagros: señales que llevan a Jesús

En una boda de aldea se acaba el vino. Para aquella familia es una vergüenza que se recordará durante años. Jesús manda llenar de agua seis tinajas de piedra, y cuando el encargado prueba lo que sacan de ellas, es el mejor vino de la fiesta. Casi nadie se entera de dónde vino. El evangelista cierra el relato con una frase que explica todo lo que la Biblia dice sobre los milagros:

«Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.»

Juan 2:11

Juan no lo llama «prodigio»: lo llama «señal». Una señal no es el destino; indica hacia dónde ir. El milagro manifestó la gloria de Jesús, y el fruto fue que sus discípulos creyeron en él. Pablo menciona entre los dones del Espíritu las «operaciones de milagros» (1 Corintios 12:10). Este artículo forma parte de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué es este don, cómo fueron los milagros de Jesús y de la Iglesia, para qué sirven, qué no pueden hacer, cuál es el mayor de todos y cómo situarnos ante ellos sin credulidad y sin incredulidad. Al final hay una oración.

Qué es el don de hacer milagros

La expresión griega significa, literalmente, «operaciones de poderes»: actos en los que el poder de Dios interviene más allá del curso ordinario de las cosas. Incluye lo que no cabe en la palabra «sanidad»: liberaciones, provisión inesperada, protección, puertas de cárcel que se abren, incluso muertos que vuelven a la vida. Otra vez Pablo usa el plural: no es una facultad permanente que alguien lleva consigo, sino obras que Dios hace cuando quiere, por medio de quien quiere.

El libro de los Hechos tiene cuidado en decir quién es el sujeto: «hacía Dios singulares maravillas por manos de Pablo» (Hechos 19:11). Dios las hacía; las manos eran de Pablo. Quien olvida ese orden ha dejado de entender el don.

Tres palabras para una sola realidad

«Varones Israelitas, oid estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros en maravillas y prodigios y señales, que Dios hizo por él en medio de vosotros, como también vosotros sabéis.»

Hechos 2:22

Pedro usa tres términos que la Biblia repite juntos. Maravillas (en griego, «poderes»): dicen de dónde viene el hecho, del poder de Dios. Prodigios: dicen lo que provoca, asombro. Señales: dicen para qué es, pues lleva un mensaje. Un milagro bíblico tiene siempre las tres cosas. Un hecho asombroso sin mensaje, o con un mensaje que no lleva a Dios, no es lo que la Escritura llama milagro.

El Dios que hace maravillas

«Tú eres el Dios que hace maravillas» (Salmo 77:14). «Al solo que hace grandes maravillas, porque para siempre es su misericordia» (Salmo 136:4). «Ninguna cosa es imposible para Dios» (Lucas 1:37). Quien cree que Dios creó el universo de la nada no tiene dificultad en creer que puede actuar dentro de él.

Pero conviene no dividir el mundo en dos, como si Dios estuviera en lo extraordinario y ausente de lo común. «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1) todos los días. El pan que sale del trabajo y de la lluvia viene de él tanto como el maná. El milagro no es Dios irrumpiendo en un mundo que funcionaba sin él; es Dios haciendo de manera desacostumbrada lo que siempre hace: dar vida.

Los milagros no son constantes en la Biblia

Quien lee la Escritura de corrido nota que los milagros se concentran en ciertos momentos: el éxodo, con el mar abierto «por recio viento oriental toda aquella noche» (Éxodo 14:21); los días de Elías y Eliseo, cuando «la tinaja de la harina no escaseó, ni menguó la botija del aceite» (1 Reyes 17:16); el destierro, con Daniel; y, sobre todo, la venida de Jesús y los comienzos de la Iglesia. Entre uno y otro hay siglos en que el pueblo vivió de la Palabra y de la providencia ordinaria. Y de Juan el Bautista, de quien Jesús dijo que no había nacido otro mayor, la gente reconocía: «Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; mas todo lo que Juan dijo de éste, era verdad» (Juan 10:41). Se puede ser un gran siervo de Dios sin un solo milagro.

Los milagros de Jesús

Calmó una tempestad con dos palabras, y los discípulos, más asustados que antes, se preguntaron: «¿Quién es éste, que aun el viento y la mar le obedecen?» (Marcos 4:41). Esa es la pregunta que todo milagro quiere despertar. Dio de comer a una multitud con cinco panes. Llamó a un muerto de cuatro días: «Lázaro, ven fuera» (Juan 11:43).

Cuando Juan el Bautista, desde la cárcel, mandó preguntar si él era el que había de venir, Jesús respondió señalando sus obras:

«Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis: Los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos son limpiados, y los sordos oyen; los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio.»

Mateo 11:4-5

Sus milagros eran el reino de Dios haciéndose visible: lo que el mundo será cuando Dios reine del todo. Y tienen rasgos constantes. Nacían de la compasión. Nunca los hizo en provecho propio: se negó a convertir las piedras en pan. Nunca los hizo para exhibirse: cuando le pidieron «una señal», respondió: «La generación mala y adulterina demanda señal; mas señal no le será dada, sino la señal de Jonás profeta» (Mateo 12:39), es decir, su muerte y su resurrección. Y Juan resume su finalidad: «Estas empero son escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20:31).

En la Iglesia

Los primeros cristianos, amenazados, no pidieron protección. Oraron así: «da a tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra; que extiendas tu mano a que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de tu santo Hijo Jesús» (Hechos 4:29-30). Primero la palabra; después las señales, y en el nombre de Jesús.

Y Dios respondió. Pedro, «puesto de rodillas, oró», y luego dijo: «Tabita, levántate» (Hechos 9:40). Mientras él mismo estaba preso, «la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él», y un ángel lo sacó de la cárcel (12:5-7). En Filipos, Pablo y Silas cantaban a medianoche con los pies en el cepo, un terremoto abrió las puertas, y el resultado no fue una fuga, sino la conversión del carcelero y de toda su casa (16:25-34). La carta a los Hebreos da la clave de todo:

«¿Cómo escaparemos nosotros, si tuviéremos en poco una salud tan grande? La cual, habiendo comenzado a ser publicada por el Señor, ha sido confirmada hasta nosotros por los que oyeron; Testificando juntamente con ellos Dios, con señales y milagros, y diversas maravillas, y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.»

Hebreos 2:3-4

Dios «testificaba juntamente con ellos». Las señales confirmaban el mensaje, y se daban «según su voluntad». Marcos dice lo mismo: predicaron en todas partes, «obrando con ellos el Señor, y confirmando la palabra con las señales que se seguían» (Marcos 16:20). Las señales siguen a la Palabra; no la sustituyen ni van delante de ella.

Para qué sirven

Para señalar a Jesús y confirmar el Evangelio. Para mostrar la misericordia de Dios hacia personas concretas. Para abrir camino donde Cristo no es conocido. No para entretener, ni para enriquecer a nadie, ni para demostrar la importancia de un ministro.

En Listra, después de que un cojo se levantó, la multitud quiso ofrecer sacrificios a Pablo y Bernabé como a dioses. Ellos rasgaron sus ropas y se lanzaron entre la gente gritando: «Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros» (Hechos 14:15). Ese es el reflejo de quien tiene de verdad este don: apartar de sí la gloria con horror.

Lo que un milagro no puede hacer

No produce fe por sí mismo. A la multitud que había comido los panes, Jesús le dijo: «me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os hartasteis» (Juan 6:26). Y en una parábola puso estas palabras en boca de Abraham: «Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos» (Lucas 16:31). Muchos vieron salir a Lázaro del sepulcro, y algunos fueron a denunciar a Jesús.

No prueba que alguien sea de Dios. Es una de las advertencias más serias de Jesús: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre… y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí» (Mateo 7:22-23). Pablo habla de «señales, y milagros mentirosos» (2 Tesalonicenses 2:9). Y Moisés ya había dicho que, si un profeta hace un prodigio y con él aparta al pueblo de Dios, no hay que escucharlo (Deuteronomio 13:1-3). Lo que se examina es el mensaje y el fruto, no el asombro.

No mide la espiritualidad. A los setenta que volvían exultantes les dijo Jesús: «no os gocéis de esto… antes gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (Lucas 10:20).

No debe buscarse por sí mismo. «Si no viereis señales y milagros no creeréis» (Juan 4:48) es un reproche, no un elogio. La fe que solo se sostiene con lo extraordinario se cae cuando llega lo ordinario, o la cruz.

El mayor de los milagros

Hay una obra de poder más grande que abrir un mar: cambiar un corazón. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). Que un hombre violento se vuelva manso, que una mujer pueda perdonar a quien la destrozó, que alguien salga de una adicción de veinte años, que un matrimonio muerto reviva, que un creyente persevere con gozo en medio del sufrimiento: eso también son «operaciones de poder», y son las que más abundan.

Y por encima de todas está la señal que Jesús prometió a quienes le pedían una: su resurrección. Todos los demás milagros apuntan hacia ella y de ella reciben su sentido. Lee Cómo nacer de nuevo según la Biblia y La crucifixión de Jesús.

¿Sigue Dios haciendo milagros?

Todos los cristianos confiesan que Dios es libre y poderoso para actuar hoy como siempre. Difieren en cómo. Las iglesias pentecostales y carismáticas creen que el Espíritu sigue dando este don a personas concretas, sobre todo allí donde el Evangelio se anuncia por primera vez. Muchas iglesias históricas piensan que Dios responde con milagros a la oración de su pueblo, pero que ya no hay «obradores de milagros» como los apóstoles, cuyas señales acreditaban su misión única. La Iglesia católica reconoce milagros después de investigarlos con gran rigor. De todas ellas se puede aprender una misma prudencia: orar con audacia, comprobar con honestidad, no exagerar nunca, y dar a Dios toda la gloria.

Cómo vivir ante este don

  1. Ora con audacia. La Iglesia de Hechos pidió señales en el nombre de Jesús. No es falta de humildad pedir lo imposible a quien todo lo puede.
  2. Pon la Palabra primero. Las señales confirman el Evangelio; si este falta, no confirman nada.
  3. Agradece lo ordinario. El pan de hoy, la salud de hoy, el sol de hoy.
  4. Di siempre la verdad. Un testimonio exagerado o no comprobado deshonra a Dios aunque se cuente con buena intención.
  5. Aparta de ti la gloria. «Nosotros también somos hombres».
  6. Acepta el «no» y el «todavía no». El mismo Dios que abrió la cárcel de Pedro permitió la muerte de Jacobo unos versículos antes.
  7. Busca el amor. Sin él, el que mueve montañas «nada es».

Abusos que hay que nombrar

Milagros anunciados que nadie puede comprobar. Promesas de milagro a cambio de una «siembra» de dinero. Venta de aceite, agua, pañuelos u objetos «ungidos». Presión sobre la gente para que «declare» lo que no ha ocurrido. Culpar a quien no recibió su milagro. Nada de eso tiene que ver con el don del Espíritu. Simón el mago quiso comprar el poder, y oyó: «Tu dinero perezca contigo» (Hechos 8:20). Si has sido víctima de algo así, no te alejes de Cristo por culpa de quienes usaron su nombre.

Preguntas frecuentes

¿En qué se diferencia un milagro de una sanidad? Toda sanidad extraordinaria es un milagro, pero no todo milagro es una sanidad. Pablo los nombra aparte: unos se refieren a la salud; los otros, a toda otra obra de poder.

¿Es malo pedir un milagro? No. Jairo, la cananea y el centurión lo pidieron, y Jesús los escuchó. Lo que Jesús reprocha es exigir señales como condición para creer.

¿Por qué yo no veo milagros? Quizá ves más de los que cuentas. Y quizá Dios te está dando algo que vale más: una fe que no depende de ver. «Bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Juan 20:29).

¿Todo lo inexplicable viene de Dios? No. Por eso la Biblia manda examinar: qué dice de Jesús, a quién da la gloria, qué fruto deja. Lee El discernimiento de espíritus.

Serie «Los nueve dones del Espíritu Santo»: Introducción · anterior: Los dones de sanidades · siguiente: El don de profecía según la Biblia.

Oración

Dios que haces maravillas, perdóname por las dos cosas: por haberte creído pequeño, como si ya no pudieras hacer nada, y por haberte buscado solo por lo que podías darme. Tú abriste el mar, multiplicaste el pan, llamaste a Lázaro de la tumba; y un día hiciste el milagro más grande conmigo: me diste un corazón nuevo. Gracias. Ven, Espíritu Santo, y abre mis ojos a tus obras de cada día, que paso sin ver. Dame fe para pedirte lo imposible por los que amo, y paz para confiar en ti cuando la respuesta sea otra. Extiende tu mano, Señor, donde tu Evangelio se anuncia, y confirma tu palabra. Y si alguna vez haces algo por medio de mis manos, que yo corra a decir: no fui yo. Que toda señal lleve a Jesús, muerto y resucitado, la señal que basta. Amén.