El don de fe: confiar cuando nada lo respalda
Tres jóvenes están de pie ante el hombre más poderoso de su tiempo. Detrás de él arde un horno. La orden es sencilla: arrodillarse ante una estatua, o morir quemados. No tienen ejército, ni abogado, ni una promesa escrita de que saldrán con vida. Y responden:
«He aquí nuestro Dios a quien honramos, puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos, ni tampoco honraremos la estatua que has levantado.»
Daniel 3:17-18
«Puede librarnos… nos librará. Y si no…». En esas pocas palabras está entera la fe de la que habla este artículo: una certeza que no nace de las circunstancias y que no depende del resultado. Pablo la nombra entre los dones del Espíritu: «a otro, fe por el mismo Espíritu» (1 Corintios 12:9). Este artículo forma parte de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos en qué se distingue este don de la fe que tiene todo creyente, cómo aparece en la Biblia, para qué sirve, qué no es —y aquí hay que hablar claro— y qué hacer cuando la fe es poca. Al final hay una oración.
Tres maneras de hablar de fe
La Biblia usa la misma palabra para tres realidades, y confundirlas ha causado mucho dolor.
La fe que salva. Es la confianza en Jesucristo por la que somos recibidos por Dios. La tiene todo cristiano, y ya es un regalo:
«Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: No por obras, para que nadie se gloríe.»
Efesios 2:8-9
La fe de cada día, que es confianza y también fidelidad. Aparece entre el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) y crece con el tiempo, con las pruebas y con la Palabra. «Por fe andamos, no por vista» (2 Corintios 5:7).
La fe como don. Es la de 1 Corintios 12:9, y Pablo la describe en el capítulo siguiente: «toda la fe, de tal manera que traspasase los montes» (13:2). No la reciben todos, y no la recibe nadie todo el tiempo. Por eso, no tener este don no significa «tener poca fe» ni ser un cristiano de segunda.
Qué es el don de fe
Es una certeza que el Espíritu Santo da a una persona, en una situación concreta, de que Dios va a actuar; una certeza tan firme que la sostiene para orar, hablar u obrar cuando nada visible la respalda. No es optimismo ni carácter decidido. No se fabrica repitiendo frases ni «esforzándose en creer». Se recibe. Quien la ha experimentado suele describirla como una paz extraña, una seguridad que no viene de uno y que no deja lugar a la angustia, aunque el problema siga siendo igual de grande.
Como un grano de mostaza
«Y Jesús les dijo: Por vuestra incredulidad; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá: y se pasará: y nada os será imposible.»
Mateo 17:20
Jesús escogió la semilla más pequeña que conocían sus oyentes. La fuerza de la fe no está en su tamaño, sino en Aquel en quien se apoya. Por eso, antes de hablar de mover montes, dijo: «Tened fe en Dios» (Marcos 11:22). No «tened fe en la fe», ni en vuestras palabras, ni en vuestra capacidad de no dudar. Una fe pequeña puesta en un Dios grande puede más que una fe enorme puesta en uno mismo.
En la Biblia
Abraham «creyó en esperanza contra esperanza» y «tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza: antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo» (Romanos 4:18, 20-21).
David, un muchacho con una honda, corrió hacia un gigante diciendo: «Tú vienes a mí con espada y lanza y escudo; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos… porque de Jehová es la guerra» (1 Samuel 17:45, 47).
Elías, en el monte Carmelo, mojó tres veces el altar antes de pedir fuego, y oró así: «sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas» (1 Reyes 18:36). Esa frase es la clave: no actuaba por ocurrencia propia.
Un centurión romano le dijo a Jesús: «solamente di la palabra, y mi mozo sanará». Y Jesús «se maravilló»: «ni aun en Israel he hallado fe tanta» (Mateo 8:8, 10).
Pedro caminó sobre el agua sostenido por una sola palabra: «Ven» (Mateo 14:29). Más tarde, a la puerta del templo, dijo a un cojo de nacimiento: «Ni tengo plata ni oro; mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» (Hechos 3:6). Y explicó después de dónde venía aquello: «la fe que por él es, ha dado a éste esta completa sanidad» (3:16). La fe misma venía de Jesús.
Pablo, prisionero en un barco que llevaba catorce días a la deriva, se puso en pie ante doscientas setenta y cinco personas que habían perdido toda esperanza:
«Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios del cual yo soy, y al cual sirvo, Diciendo: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado todos los que navegan contigo. Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho.»
Hechos 27:23-25
Si se miran juntos estos relatos, aparece un rasgo común: detrás de cada acto de fe hay una palabra de Dios. Abraham tenía una promesa; Elías, un mandato; Pedro, un «ven»; Pablo, el mensaje de un ángel. El don de fe no es lanzarse al vacío: es apoyar todo el peso en lo que Dios ha dicho. «La fe es por el oir; y el oir por la palabra de Dios» (Romanos 10:17). Lee Abraham, David y Elías.
Para qué sirve
- Para sostener a otros en la crisis. La fe de Pablo no lo salvó solo a él: mantuvo en pie a todo un barco. Una persona con este don es, en una familia o en una iglesia, la que no se derrumba cuando todos se derrumban.
- Para emprender lo que parece imposible. Muchas obras de misericordia y de misión nacieron así. Se cuenta de George Müller, en el siglo XIX, que sostuvo durante décadas orfanatos para miles de niños sin pedir dinero a nadie más que a Dios.
- Para perseverar en la intercesión cuando la respuesta tarda años.
- Para acompañar a otros dones. En la lista de Pablo la fe va seguida de las sanidades y los milagros, y no por casualidad.
Como todo don, no es para quien lo tiene: es para edificar. Y sin amor no vale nada: «si tuviese toda la fe… y no tengo caridad, nada soy» (1 Corintios 13:2).
Lo que el don de fe no es
No es presunción. El tentador llevó a Jesús al pináculo del templo y le citó una promesa para que se arrojara. Jesús respondió: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mateo 4:7). Ponerse en peligro, dejar un tratamiento o tomar una decisión temeraria «por fe», sin que Dios lo haya pedido, no es fe: es tentar a Dios.
No es una fuerza que manejamos. La fe no «obliga» a Dios ni funciona como una ley que se activa al pronunciar las palabras correctas. «Si demandáremos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14). La fe confía en una Persona; no opera un mecanismo.
No es negar la realidad. Los tres jóvenes sabían que el horno quemaba. Pablo sabía que el barco se iba a perder. La fe no cierra los ojos: mira más lejos.
No garantiza el desenlace que deseamos. «Y si no» forma parte de la fe. El gran capítulo de los héroes de la fe dice de muchos de ellos: «Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos» (Hebreos 11:13). Y Habacuc cantó: «Aunque la higuera no florecerá… con todo, yo me alegraré en Jehová» (Habacuc 3:17-18).
No es una vara para medir a nadie. Decirle a un enfermo que no sanó, a una madre que perdió a su hijo o a un pobre que sigue siendo pobre que «le faltó fe» es una crueldad, y es falso. Jesús nunca trató así a los que sufrían.
Cuando la fe es pequeña
La mayoría de nosotros no se parece a Elías, sino al padre que le dijo a Jesús entre lágrimas: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24). Jesús no lo rechazó: sanó a su hijo. Los apóstoles mismos pidieron: «Auméntanos la fe» (Lucas 17:5). Y cuando Pedro empezó a hundirse y gritó «Señor, sálvame», Jesús no esperó a que recuperase la fe: «luego Jesús, extendiendo la mano, trabó de él» (Mateo 14:31).
Nuestra seguridad no descansa en la firmeza de nuestra fe, sino en la fidelidad de Aquel en quien creemos: «Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo» (2 Timoteo 2:13). Lee Dios, no me sueltes nunca.
Cómo se recibe y cómo se cuida
- Escucha la Palabra. La fe viene por el oír. Quien no se alimenta de la Escritura confunde fácilmente la fe con el deseo.
- Pídela. «Auméntanos la fe» es una oración que Jesús no desprecia.
- Recuerda lo que Dios ya hizo. David ante Goliat se acordó del león y del oso. Lleva memoria de las respuestas de Dios en tu vida.
- Obedece en lo pequeño. La fe crece al usarla.
- Camina con creyentes. La fe se contagia; también el desánimo.
- Mira a Jesús, «autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2). Él la empieza y él la termina.
Cómo discernirlo
Ante una gran «certeza de fe», propia o ajena, ayudan estas preguntas. ¿Hay una palabra de Dios detrás, o solo un deseo intenso? ¿Concuerda con la Escritura? ¿La reconocen hermanos maduros? ¿Busca la gloria de Dios o la de quien cree? ¿Va acompañada de humildad y de amor? ¿Está dispuesta a decir «y si no»? La fe que viene del Espíritu descansa; la que nace de la ansiedad necesita gritar.
Preguntas frecuentes
Si no tengo este don, ¿no tengo fe? Tienes la fe que salva y la fe de cada día, que es la que Dios pide a todos. El don es una gracia particular para servir.
¿Es mi fe la que mueve a Dios? Dios actúa porque es bueno y fiel. La fe no lo fuerza: lo recibe. Es la mano abierta, no la palanca.
Oré con fe y no ocurrió. ¿Qué hice mal? Probablemente nada. Pablo oró tres veces y recibió por respuesta «bástate mi gracia». La fe verdadera también sabe confiar cuando no entiende. Lee El aguijón de Pablo y ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto?
¿La fe se opone a la medicina, al trabajo o a la planificación? No. Nehemías oró y puso guardia. Pablo creyó la promesa y además mandó comer a la tripulación y no abandonar el barco. La fe usa los medios que Dios da.
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Oración
Señor, mi fe es pequeña. Tú lo sabes: hay días en que apenas alcanza para decir tu nombre. He creído más en mis miedos que en tus promesas, y me he hundido mirando el viento. Extiende tu mano, como a Pedro, y tómame. Creo; ayuda mi incredulidad. Ven, Espíritu Santo, y pon en mí esa fe que no es mía: la que descansa en tu Palabra cuando nada alrededor la apoya. No te pido una fe para lucirme, ni para exigirte nada; te pido una fe que sostenga a mi casa cuando llegue la tormenta, que no suelte la oración por los que amo, que se atreva a obedecerte. Y dame también la fe de los tres jóvenes: la que dice «mi Dios puede», y también «y si no». Que mis ojos estén puestos en ti, Jesús, autor y consumador de mi fe. Amén.