«Cuando soy débil, entonces soy fuerte»
Nadie quiere ser débil. Desde niños aprendemos a ocultar nuestras fragilidades, a parecer seguros, a mostrar solo nuestra mejor cara. Por eso la frase de Pablo resulta tan sorprendente: «cuando soy flaco, entonces soy poderoso» (2 Corintios 12:10). Muchas traducciones dicen: «cuando soy débil, entonces soy fuerte». No es una frase motivacional ni un juego de palabras, sino un descubrimiento espiritual que transformó la vida del apóstol y que recorre toda la Biblia. Dios no espera que seamos fuertes para usarnos; muchas veces elige precisamente lo débil para mostrar su poder. En este artículo veremos de dónde nace esta verdad, cómo aparece en la historia bíblica, qué tiene que ver con la cruz y cómo vivirla hoy con honestidad.
El descubrimiento de Pablo
Pablo había recibido grandes revelaciones, y para que no se envaneciera, le fue dado «un aguijón en la carne». Pidió tres veces al Señor que se lo quitara. La respuesta de Dios no fue la que esperaba:
«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo. Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso.»
2 Corintios 12:9-10
Pablo pasó de pedir que su debilidad desapareciera a gloriarse en ella. No porque le gustara sufrir, sino porque descubrió que en su debilidad «habitaba» el poder de Cristo. La palabra griega que se traduce «habite» evoca a alguien que levanta su tienda sobre otro: el poder de Cristo se instala, como una tienda que cubre y protege, precisamente sobre nuestra fragilidad. Lee El aguijón de Pablo.
Dios escoge lo débil
Esta no es una idea aislada. Es un patrón en toda la Escritura. Pablo lo explicó a los corintios, que se impresionaban con la sabiduría y el poder humanos:
«Antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: Para que ninguna carne se jacte en su presencia.»
1 Corintios 1:27-29
Dios escogió a Abraham, un anciano sin hijos; a Jacob, el hermano menor; a José, un esclavo; a Moisés, un hombre que se decía torpe para hablar; a Gedeón, el menor de una familia pobre; a David, el pastorcito que nadie consideró; a María, una joven humilde de una aldea despreciada; a pescadores sin estudios como apóstoles. ¿Por qué? Para que nadie se gloríe en sí mismo, y para que se vea con claridad que la obra es de Dios.
Moisés: «¿Quién dio la boca al hombre?»
Cuando Dios llamó a Moisés para liberar a Israel, Moisés presentó una objeción tras otra. La última fue su debilidad: «¡Ay Señor! yo no soy hombre de palabras… porque soy tardo en el habla y torpe de lengua». Dios le respondió: «¿Quién dió la boca al hombre?… ¿no soy yo Jehová? Ahora pues, ve, que yo seré en tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar» (Éxodo 4:10-12). Dios no negó la debilidad de Moisés; le prometió su presencia en ella. Y aquel hombre que se sentía incapaz de hablar llegó a enfrentar al faraón y a guiar a todo un pueblo. Lee la historia de Moisés.
Jacob: bendecido cojeando
Jacob pasó buena parte de su vida confiando en su astucia. Engañó a su hermano y a su padre, y huyó. Años después, la noche antes de reencontrarse con Esaú, luchó hasta el amanecer con un varón misterioso, que la Biblia identifica con Dios mismo. En la lucha, ese varón le tocó el encaje del muslo y Jacob quedó cojo. Entonces Jacob, ya sin fuerzas, se aferró a él y le dijo: «No te dejaré, si no me bendices» (Génesis 32:26). Recibió un nuevo nombre, Israel, y la bendición. Salió de aquel encuentro cojeando, pero transformado. A veces Dios nos bendice tocando precisamente aquello en lo que confiábamos, para que aprendamos a aferrarnos a Él. Lee la historia de Jacob.
Tesoro en vasos de barro
Pablo usó una imagen inolvidable para describir a los creyentes:
«Tenemos empero este tesoro en vasos de barro, para que la alteza del poder sea de Dios, y no de nosotros.»
2 Corintios 4:7
En el mundo antiguo, los vasos de barro eran objetos comunes, baratos y frágiles. Se rompían con facilidad. Pero a veces se guardaban en ellos tesoros. Así somos nosotros: frágiles, imperfectos, a veces agrietados. Y Dios ha puesto en nosotros el tesoro inmenso de su presencia y del Evangelio. Las grietas del vaso no son un problema; son el lugar por donde la luz de Dios brilla hacia afuera, y la prueba de que el poder no viene de nosotros.
La cruz: el poder de Dios en la debilidad
El ejemplo supremo de esta verdad es Jesucristo. Nació en un pesebre, fue rechazado, traicionado y crucificado como un criminal. A los ojos del mundo, la cruz era el máximo símbolo de derrota y debilidad. Sin embargo, allí Dios realizó la mayor victoria de la historia. Pablo escribe: «lo flaco de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Corintios 1:25), y afirma de Cristo: «aunque fué crucificado por flaqueza, empero vive por potencia de Dios. Pues también nosotros somos flacos con él, mas viviremos con él por la potencia de Dios» (2 Corintios 13:4). La resurrección demostró que la debilidad entregada a Dios no es el final, sino el lugar donde Él manifiesta su vida. Lee La crucifixión.
Lo que esta verdad no significa
«Cuando soy débil, soy fuerte» no significa que debamos buscar el sufrimiento, ni que Dios quiera vernos mal. Tampoco es una excusa para no crecer, no trabajar o no corregir nuestros errores; Pablo trabajó incansablemente. Y no significa que debamos rechazar la ayuda médica, psicológica o práctica cuando la necesitamos: Dios obra también a través de ella. Significa que nuestras limitaciones no nos descalifican, que podemos reconocerlas sin vergüenza y que, cuando las entregamos a Dios, se convierten en espacio para su gracia.
Cómo vivir esta verdad hoy
Sé honesto con Dios. Dile cuáles son tus debilidades: físicas, emocionales, espirituales, de carácter. Él ya las conoce. Deja de fingir. No tienes que aparentar una fortaleza que no tienes. La vulnerabilidad honesta abre la puerta a la ayuda de Dios y de los demás. Pide ayuda. En la comunidad cristiana, unos sostienen a otros: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2). Ora en tu debilidad. El Espíritu nos ayuda en ella (Romanos 8:26). Recuerda la gracia. Cuando sientas que no puedes más, repite: «Bástate mi gracia». Sirve desde tu fragilidad. Muchas veces nuestras heridas sanadas nos permiten consolar a otros con más ternura (2 Corintios 1:4). Da la gloria a Dios. Cuando algo bueno salga de tu vida, recuerda de dónde vino.
El poder de Dios en vidas frágiles
La historia de la Iglesia está llena de testimonios así. Hombres y mujeres con enfermedades, discapacidades, pasados difíciles o grandes limitaciones han sido usados por Dios de maneras extraordinarias, precisamente porque era evidente que el poder no venía de ellos. Joni Eareckson Tada, que quedó tetrapléjica a los diecisiete años tras un accidente, ha dedicado décadas a servir a personas con discapacidad en todo el mundo y ha escrito sobre cómo descubrió la gracia de Dios en su debilidad. Tu fragilidad, entregada a Dios, también puede ser instrumento de su gloria. Lee «He aprendido… todo lo puedo en Cristo que me fortalece» y Fortaleceos en el Señor.
Una ofrenda pequeña en manos de Jesús
Un día, una gran multitud seguía a Jesús y no había qué comer. Andrés encontró a un muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos pececillos, y preguntó con realismo: «¿qué es esto entre tantos?» (Juan 6:9). Era una ofrenda ridículamente pequeña frente a la necesidad. Pero cuando el muchacho la puso en manos de Jesús, alcanzó para alimentar a cinco mil hombres, y sobraron doce cestas. Así ocurre con nuestras debilidades y nuestros pocos recursos: en nuestras manos no alcanzan, pero en las manos de Cristo se multiplican. La viuda que echó dos blancas en el templo dio poco, pero Jesús dijo que había dado más que todos (Marcos 12:41-44). Dios no mide por la cantidad, sino por la entrega. No te preguntes si lo que tienes es suficiente; pregúntate si lo has puesto en sus manos.
Oración
Señor, me he pasado la vida escondiendo mis grietas. Que no se note el miedo, que no se note la herida, que nadie sepa lo que no puedo. Y estoy agotado de fingir. Hoy te las muestro todas, porque ante ti no sirve esconderse y porque dicen que tu poder se perfecciona justo ahí. Te he pedido muchas veces que me quites esta debilidad. Si no la quitas, quédate tú en ella. Ven, Espíritu Santo, y levanta tu tienda sobre mi flaqueza. Yo soy barro, solo barro; pon en mí tu tesoro, y que por mis grietas se vea tu luz y no la mía. Como Jacob, no tengo ya fuerzas para luchar: solo para abrazarme a ti y no soltarte hasta que me bendigas. Aunque salga cojeando. Toma mis cinco panes, que son poca cosa. Bástame tu gracia, Señor. Bástame tú. Amén.