Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza
«Por lo demás, hermanos míos, confortaos en el Señor, y en la potencia de su fortaleza» (Efesios 6:10). Muchas traducciones dicen: «fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza». Con estas palabras comienza Pablo el pasaje de la armadura de Dios. No dice «sed fuertes por vosotros mismos», sino «fortaleceos en el Señor». La diferencia es enorme. Vivimos en una cultura que nos pide ser fuertes, autosuficientes y nunca mostrar debilidad. La Biblia propone otro camino: reconocer nuestra fragilidad y encontrar en Dios una fuerza que no se agota. En este artículo veremos qué significa fortalecerse en el Señor, cómo lo vivieron David, Josué, Gedeón y Pablo, y cómo podemos renovar nuestras fuerzas en Él cada día.
Una fuerza que no viene de nosotros
Pablo usa tres palabras griegas distintas en este versículo para referirse a la fuerza: ser fortalecidos, el poder y la fuerza de Dios. Es como si quisiera acumular todas las palabras posibles para decirnos que la fuente de nuestra fortaleza es el inmenso poder de Dios, el mismo que, según escribió en esa misma carta, «obró en Cristo, resucitándole de los muertos» (Efesios 1:19-20). El verbo está en voz pasiva: no se trata de fabricar fuerza, sino de dejarnos fortalecer. Y en otro lugar de la misma carta, Pablo ora:
«Que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu. Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; para que, arraigados y fundados en amor.»
Efesios 3:16-17
La fortaleza cristiana es ante todo interior: un corazón sostenido por el Espíritu Santo y habitado por Cristo.
David se fortaleció en Jehová su Dios
Uno de los momentos más oscuros de la vida de David ocurrió en Siclag. Mientras él y sus hombres estaban fuera, los amalecitas atacaron la ciudad, la quemaron y se llevaron cautivas a sus mujeres e hijos. Los hombres de David lloraron hasta que no les quedaron fuerzas, y en su dolor hablaron de apedrearlo. David estaba solo, angustiado y rechazado. Entonces la Biblia dice:
«Y David fue muy angustiado, porque el pueblo hablaba de apedrearlo; porque todo el pueblo estaba con ánimo amargo, cada uno por sus hijos y por sus hijas: mas David se esforzó en Jehová su Dios.»
1 Samuel 30:6
No había nadie que lo animara, así que se animó en Dios. Buscó al Señor, le consultó y recibió dirección. Después persiguió a los amalecitas y recuperó todo lo que habían perdido. Cuando no hay nadie a tu lado, todavía puedes hacer lo que hizo David: volver a Dios y encontrar en Él la fuerza para levantarte.
Josué: esfuérzate y sé valiente
Cuando murió Moisés, Josué recibió la enorme tarea de guiar al pueblo a la tierra prometida. No era un desafío pequeño: ejércitos enemigos, ciudades amuralladas y un pueblo difícil de dirigir. Dios le repitió tres veces el mismo mandato: «Esfuérzate y sé valiente» (Josué 1:6, 7, 9). Pero el fundamento de esa valentía no era la capacidad de Josué, sino la presencia de Dios:
«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente: no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios será contigo en donde quiera que fueres.»
Josué 1:9
Dios también le indicó dónde encontrar fuerza: «Nunca se apartará de tu boca el libro de aquesta ley; antes de día y de noche meditarás en él» (Josué 1:8). La Palabra de Dios era su alimento para la batalla. Lee la historia de Josué.
Gedeón: ve con esta tu fortaleza
Gedeón estaba escondido, sacudiendo el trigo en un lagar para que los madianitas no se lo robaran, cuando el ángel del Señor se le apareció y le dijo: «Jehová es contigo, varón esforzado». Gedeón no se sentía nada esforzado; respondió que su familia era la más pobre de su tribu y él el menor de la casa de su padre. Pero Dios le dijo: «Ve con esta tu fortaleza… ¿no te envío yo?… Porque yo seré contigo» (Jueces 6:12-16). Después Dios redujo su ejército de treinta y dos mil a trescientos hombres, para que nadie pudiera decir que la victoria había sido obra humana. Dios ve en nosotros lo que aún no vemos, y su fuerza brilla precisamente en nuestra pequeñez. Lee la historia de los Jueces.
No con ejército ni con fuerza
Cuando los judíos que regresaron del exilio intentaban reconstruir el templo en medio de oposición y desánimo, Dios envió este mensaje a su líder Zorobabel: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zacarías 4:6). Muchas de nuestras batallas no se ganan con más esfuerzo humano, más recursos o más estrategia, sino dependiendo del Espíritu de Dios. Lee Apartados por el Espíritu Santo.
La fuerza en la debilidad
La paradoja más profunda de la fortaleza cristiana la describe Pablo. Pidió tres veces ser librado de su aguijón, y Dios le respondió: «Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona». Pablo concluyó: «por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo… porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso» (2 Corintios 12:9-10). Fortalecerse en el Señor no significa dejar de ser débil, sino descubrir que nuestra debilidad es el espacio donde Dios muestra su poder. Por eso Pablo podía decir con verdad:
«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»
Filipenses 4:13
Ese «todo» no es una promesa de lograr cualquier ambición, sino la seguridad de que podemos enfrentar cualquier circunstancia, la abundancia o la necesidad, con la fuerza de Cristo. Lee El aguijón de Pablo.
El gozo del Señor es nuestra fortaleza
Cuando Esdras leyó la ley ante el pueblo que había regresado de Babilonia, la gente lloraba al darse cuenta de lo lejos que habían estado de Dios. Nehemías les dijo: «no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fortaleza» (Nehemías 8:10). La alegría que viene de Dios —saberse perdonados, amados y acompañados— es una fuente de fuerza. Un corazón agradecido y alegre en Dios resiste mejor las pruebas que uno dominado por la queja.
Cómo fortalecernos en el Señor cada día
Comienza el día con Dios. Como Josué, medita en su Palabra. Un salmo por la mañana puede sostenerte toda la jornada. Ora en todo tiempo. Pablo termina el pasaje de la armadura con la oración (Efesios 6:18). Lee El deber de orar. Recuerda lo que Dios ya hizo. David se fortalecía recordando cómo Dios lo había librado del león y del oso (1 Samuel 17:37). Alaba. La alabanza cambia nuestra perspectiva y nos llena del gozo del Señor. Espera en Él. «Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas» (Isaías 40:31). Busca la comunión. La fuerza también llega a través de los hermanos que oran por nosotros y nos animan. Descansa. Dios renueva también nuestras fuerzas físicas con el sueño y el reposo. Lee Cómo orar cuando estamos cansados. Vístete de la armadura de Dios. La verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación y la Palabra. Lee Cómo resistir los ataques de Satanás.
Fortalecidos para fortalecer
La fuerza que Dios nos da no es solo para nosotros. Pablo escribió a Timoteo: «Tú pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús» (2 Timoteo 2:1). Y Jesús le dijo a Pedro: «una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:32). Cuando Dios te fortalece, puedes sostener a otros: a tu familia, a un amigo en crisis, a tu iglesia. Como Aarón y Hur sostuvieron los brazos de Moisés, tú también puedes ser la fuerza de alguien hoy.
«Jehová es mi luz y mi salvación: ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme?»
Salmo 27:1
Sansón: una advertencia sobre la fuerza
La historia de Sansón muestra el otro lado de la fortaleza. Dios le dio una fuerza física extraordinaria, pero Sansón llegó a confiar en ella como si fuera suya, jugó con la tentación y descuidó su consagración. Cuando Dalila le cortó el cabello, se levantó pensando: «Esta vez saldré como las otras», y la Biblia añade una frase triste: «no sabía que Jehová ya se había de él apartado» (Jueces 16:20). Perdió su fuerza, su vista y su libertad. Sin embargo, en la cárcel su cabello volvió a crecer, y al final clamó: «Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y esfuérzame» (Jueces 16:28). Dios escuchó su oración. La lección es doble: la fuerza separada de Dios es peligrosa, y aun después de un gran fracaso podemos clamar para que Él nos fortalezca de nuevo.
Oración
Señor, llevo mucho tiempo haciéndome el fuerte. Sosteniendo a todos, sin que nadie me sostenga a mí; sonriendo afuera y vacío adentro. Ya no puedo seguir así, y hoy te lo digo sin máscara: no tengo fuerzas. Como David en Siclag, cuando todos lloraban y hasta los suyos se volvieron contra él, no tengo a nadie más a quien acudir. Me fortalezco en ti, mi Dios. Ven, Espíritu Santo, y fortaléceme con poder en lo más hondo, donde no llegan los ánimos de nadie. No me des la fuerza del que no necesita a nadie: dame la del que se apoya en ti. Dime lo que le dijiste a Josué: «Yo estoy contigo». Mírame como miraste a Gedeón escondido, y llámame por lo que tú puedes hacer de mí. Que tu gozo sea mi fortaleza, y no mis logros. Y cuando me hayas levantado, enséñame a sostener a otro. En ti confío. Amén.