Las pruebas de Abraham, Moisés, Pablo y los apóstoles
A veces imaginamos a los grandes personajes de la Biblia como héroes que nunca dudaron ni sufrieron. La realidad es muy distinta. Abraham, Moisés, Pedro, Juan y Pablo fueron hombres de carne y hueso que atravesaron pruebas durísimas: largas esperas, desiertos, fracasos, cárceles, persecuciones y pérdidas. Su fe no los libró de las dificultades; los sostuvo en medio de ellas. La carta a los Hebreos los llama «una tan grande nube de testigos» que nos rodea y nos anima a correr con paciencia la carrera que tenemos por delante (Hebreos 12:1). En este artículo recorremos sus pruebas y lo que nos enseñan para las nuestras.
Abraham: la prueba de dejarlo todo
La historia de Abraham comienza con una orden difícil: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré» (Génesis 12:1). Tenía setenta y cinco años. Dejó su ciudad, su seguridad y sus raíces sin saber exactamente a dónde iba. Hebreos dice: «Por fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad; y salió sin saber dónde iba» (Hebreos 11:8). La primera prueba de la fe es a menudo dar un paso sin ver el camino completo.
Abraham: la prueba de la espera
Dios le prometió a Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas. Pero pasaron los años y Sara seguía sin hijos. Abraham esperó veinticinco años. En ese tiempo dudó, se equivocó, intentó resolverlo a su manera con Agar, y aun así Dios fue fiel. Pablo resume su fe así:
«Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza: antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, Plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo.»
Romanos 4:20-21
Muchas de nuestras pruebas son pruebas de espera: una oración que no se responde, una puerta que no se abre, una promesa que tarda. Abraham nos enseña que el tiempo de Dios no es el nuestro, pero que su palabra se cumple.
Abraham: la prueba más dura
Cuando por fin nació Isaac, Dios hizo a Abraham la petición más difícil imaginable: ofrecer a su hijo en el monte Moriah (Génesis 22:1-2). Abraham obedeció, con el corazón destrozado pero confiando. Cuando Isaac le preguntó dónde estaba el cordero, respondió: «Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío» (Génesis 22:8). En el último momento, Dios detuvo su mano y proveyó un carnero. Hebreos explica que Abraham pensaba «que aun de los muertos es Dios poderoso para levantar» (Hebreos 11:19). Esta historia anticipa el sacrificio de Jesús, el Cordero que Dios proveyó para nosotros en ese mismo lugar de Jerusalén. Lee la historia de Abraham.
Moisés: del palacio al desierto
Moisés creció como príncipe en el palacio del faraón, pero eligió identificarse con su pueblo esclavizado. Hebreos dice que escogió «ser afligido con el pueblo de Dios, que gozar de comodidades temporales de pecado» (Hebreos 11:25). Por intentar defenderlo a su manera, tuvo que huir y pasó cuarenta años como pastor en el desierto de Madián. Parecía que su vida había fracasado. Pero allí, en la soledad, Dios lo preparó y lo llamó desde la zarza ardiente. A veces las etapas que parecen perdidas son escuelas de Dios.
Moisés: la prueba de liderar
Después de liberar a Israel de Egipto, Moisés enfrentó cuarenta años más de pruebas en el desierto: un pueblo que murmuraba, se rebelaba y quería volver a Egipto; la falta de agua y comida; la oposición de su propia familia; el agotamiento. Llegó a decirle a Dios: «No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía» (Números 11:14). Dios le respondió dándole setenta ancianos para compartir la carga. Moisés también falló: golpeó la roca con ira en lugar de hablarle, y por eso no entró en la tierra prometida. Pero murió en el monte Nebo, contemplando la promesa, y Dios mismo lo sepultó. Siglos después apareció junto a Jesús en el monte de la Transfiguración. Lee la historia de Moisés.
«Por fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible.»
Hebreos 11:27
Pedro: la prueba del fracaso
Pedro fue uno de los discípulos más cercanos a Jesús. Pero la noche del arresto, después de haber prometido que daría la vida por Él, lo negó tres veces. Su prueba más dura no fue externa, sino la de enfrentar su propio fracaso. Jesús había orado por él: «yo he rogado por ti que tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:32). Después de la resurrección, lo restauró con tres preguntas de amor. Pedro llegó a ser un líder valiente de la Iglesia: fue encarcelado y azotado por predicar, y respondió que era necesario «obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Una noche, a punto de ser ejecutado, dormía tranquilo entre dos soldados, y un ángel lo liberó (Hechos 12:6-11). Según la tradición cristiana antigua, murió como mártir en Roma. A los creyentes que sufrían les escribió:
«Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina os aconteciese; Antes bien gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo; para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo.»
1 Pedro 4:12-13
Lee Volver a Cristo.
Santiago y Juan: el precio y la fidelidad
Santiago, hermano de Juan, fue el primero de los doce apóstoles en morir por su fe: el rey Herodes «mató a cuchillo a Jacobo, hermano de Juan» (Hechos 12:2). Su hermano Juan, en cambio, vivió muchos años y sufrió el destierro. Él mismo escribió en el Apocalipsis: «Yo Juan, vuestro hermano, y participante en la tribulación… estaba en la isla que es llamada Patmos, por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo» (Apocalipsis 1:9). En la soledad de esa isla recibió la visión del triunfo final de Cristo. Dos hermanos, dos caminos distintos de prueba, una misma fidelidad.
Pablo: un catálogo de pruebas
Ningún personaje del Nuevo Testamento describe sus pruebas con tanto detalle como Pablo. Cuando algunos cuestionaron su autoridad, enumeró lo que había sufrido por Cristo:
«De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo de la mar; En caminos muchas veces, peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los Gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en la mar, peligros entre falsos hermanos; En trabajo y fatiga, en muchas vigilias, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez.»
2 Corintios 11:24-27
A todo esto se sumaba «el aguijón en la carne», una aflicción de la que pidió tres veces ser librado, y Dios le respondió: «Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona» (2 Corintios 12:9). Lee El aguijón de Pablo. Durante el viaje a Roma como prisionero, su barco naufragó; en medio de la tormenta, Pablo animó a todos porque Dios le había prometido que nadie moriría (Hechos 27). Varias de sus cartas fueron escritas desde la cárcel, y en ellas, lejos de quejarse, habla de gozo y contentamiento: «he aprendido a contentarme con lo que tengo… Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:11, 13).
Pablo: terminar bien la carrera
Al final de su vida, encarcelado en Roma y sabiendo que su muerte estaba cerca, Pablo escribió a Timoteo unas palabras que resumen una vida de pruebas vividas con fe:
«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.»
2 Timoteo 4:7-8
Según la tradición, murió como mártir en Roma. No terminó con resentimiento, sino con esperanza. Esa es la meta de todo creyente: no evitar todas las pruebas, sino terminar la carrera guardando la fe.
Lo que sus pruebas nos enseñan
La fe no evita las pruebas. Los más grandes siervos de Dios sufrieron mucho. Si estás atravesando una prueba, no significa que Dios te haya abandonado. Dios forma a sus siervos en el desierto y en la espera. Los cuarenta años de Moisés en Madián y los veinticinco de Abraham no fueron tiempo perdido. El fracaso no es el final. Pedro negó a Jesús y fue restaurado; Moisés falló y siguió siendo amigo de Dios. La gracia de Dios basta. Pablo descubrió que la debilidad es el lugar donde se manifiesta el poder de Cristo. No estamos solos. Dios estuvo con cada uno de ellos, y Moisés necesitó ayudantes, Pablo tenía compañeros. La meta es eterna. Todos ellos miraban más allá: «buscaban una mejor patria, es a saber, la celestial» (Hebreos 11:16). Lee también Qué dice la Biblia sobre las tribulaciones.
Oración
Señor, me consuela saber que tus amigos también temblaron. Abraham esperó veinticinco años y dudó. Moisés te dijo que ya no podía más. Pedro te negó junto a una fogata. Pablo te rogó tres veces y la espina siguió ahí. No eran de hierro: eran como yo. Y tú no soltaste a ninguno. Estoy en mi propia prueba y a veces siento que soy el único. Rodéame de esa nube de testigos. Ven, Espíritu Santo, el mismo que los sostuvo a ellos: sostenme a mí. Dame la obediencia de Abraham cuando no vea el camino, la terquedad de Moisés para no abandonar a los que me confiaste, las lágrimas de Pedro para volver, y la certeza de Pablo de que tu gracia basta. No te pido una vida sin desierto. Te pido llegar al final diciendo: he guardado la fe. Pon mis ojos en Jesús, que por amor a mí soportó la cruz. Amén.