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Espíritu Santo

El don de profecía según la Biblia

Pocos dones despiertan tanto interés y tanta confusión como el de profecía. Hay quien lo busca como si fuera un horóscopo cristiano, deseando que alguien le diga qué va a pasar. Y hay quien, escarmentado por abusos, no quiere ni oír la palabra. La Biblia no hace ni una cosa ni la otra. Pablo escribe a una iglesia llena de problemas con los dones, y aun así les dice:

«Seguid la caridad; y procurad los dones espirituales, mas sobre todo que profeticéis.»

1 Corintios 14:1

Este artículo forma parte de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué es profetizar según la Escritura, cómo fue en el Antiguo Testamento, cómo cambia todo con Jesús y con Pentecostés, para qué sirve este don en la iglesia, cómo distinguir lo verdadero de lo falso y cómo desearlo y ejercerlo sin hacer daño. Al final hay una oración.

Qué es profetizar

En la Biblia, el profeta no es ante todo alguien que adivina el futuro, sino alguien que habla de parte de Dios. Recibe una palabra y la entrega. Unas veces esa palabra anuncia lo que vendrá; la mayoría de las veces dice lo que Dios piensa del presente: denuncia el pecado, llama a volver, consuela al que sufre, recuerda las promesas. Los estudiosos lo resumen así: profetizar es más «decir de parte de» que «decir de antemano».

Por eso la profecía bíblica no tiene nada que ver con la adivinación, el tarot o los horóscopos, que la Ley prohíbe con severidad. El adivino satisface la curiosidad y cobra por ello; el profeta trae una palabra que casi nunca es la que uno quería oír. Dios describe así su oficio: «yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los apercibirás de mi parte» (Ezequiel 33:7).

Los profetas del Antiguo Testamento

Ninguno de ellos escogió serlo. Amós lo dijo sin rodeos: «No soy profeta, ni soy hijo de profeta, sino que soy boyero… Y Jehová me tomó de tras el ganado, y díjome Jehová: Ve, y profetiza a mi pueblo Israel» (Amós 7:14-15). Jeremías quiso callar, y no pudo: la palabra «fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos» (Jeremías 20:9). Hablaron a reyes y a pueblos, casi siempre con un alto costo personal.

Hubo también mujeres profetisas: María, la hermana de Moisés (Éxodo 15:20); Débora, que gobernaba a Israel (Jueces 4:4); Hulda, a quien el rey Josías mandó consultar (2 Reyes 22:14). Y de todos ellos dice Pedro: «la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21). Su palabra quedó escrita, y es Escritura. Lee Isaías, Jeremías y Elías.

Jesús, la Palabra definitiva

«Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, por el cual asimismo hizo el universo.»

Hebreos 1:1-2

Todo lo que los profetas dijeron por partes, Dios lo dijo entero en su Hijo. Jesús no es un profeta más: es la Palabra hecha carne. Por eso, después de él, ninguna profecía puede añadir nada al Evangelio ni corregirlo. Y por eso el Apocalipsis da la clave para medir toda profecía posterior: «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía» (Apocalipsis 19:10). La profecía verdadera siempre lleva a Jesús; la que aparta de él, o pone a otro en el centro, no viene de Dios.

Pentecostés: un pueblo de profetas

Moisés lo había deseado: «ojalá que todo el pueblo de Jehová fuesen profetas» (Números 11:29). Joel lo anunció, y Pedro lo declaró cumplido el día de Pentecostés: «derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» (Hechos 2:17). Lo que antes era de unos pocos se abre a hijos e hijas, jóvenes y viejos, siervos y siervas. El Espíritu ya no reposa sobre un profeta aislado, sino sobre un pueblo entero.

El don de profecía en las primeras iglesias

El libro de los Hechos lo muestra en la vida diaria. En Antioquía había «profetas y doctores». Un profeta llamado Agabo anunció una gran hambre, y la iglesia respondió organizando una colecta para los hermanos de Judea (Hechos 11:27-30): la profecía movió a la solidaridad. Años después el mismo Agabo advirtió a Pablo de las cadenas que lo esperaban (Hechos 21:10-11). Felipe «tenía cuatro hijas, doncellas, que profetizaban» (Hechos 21:9). Judas y Silas, «como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos» (Hechos 15:32). Y antes de todos ellos, la anciana Ana, profetisa, que hablaba del niño Jesús a cuantos esperaban la redención (Lucas 2:36-38).

Para qué sirve: tres palabras

«Mas el que profetiza, habla a los hombres para edificación, y exhortación, y consolación.»

1 Corintios 14:3

Edificación: construye, deja a la persona y a la iglesia más firmes que antes. Exhortación: anima, despierta, llama a dar un paso. Consolación: se acerca al que sufre y le habla al corazón. Esas tres palabras son a la vez la finalidad del don y su primera prueba. Una supuesta profecía que derriba, paraliza de miedo o deja a alguien humillado delante de todos no se parece al retrato que hace Pablo.

Y añade un cuarto efecto, cuando un no creyente entra en la reunión: «lo oculto de su corazón se hace manifiesto: y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está en vosotros» (1 Corintios 14:25). En la práctica, muchas veces la profecía es esto: una palabra de la Escritura, o una palabra sencilla, que llega con tanta exactitud a la situación de alguien que solo puede decir: «Dios me conoce».

La profecía no añade nada a la Biblia

Hay que distinguir con cuidado. La palabra de los profetas y apóstoles que quedó escrita es la norma de la fe para toda la Iglesia y para siempre. El don de profecía del que habla 1 Corintios es otra cosa: una palabra para un momento y una comunidad, parcial —«en parte conocemos, y en parte profetizamos» (1 Corintios 13:9)— y siempre sujeta a examen. Nadie puede traer una «revelación» que cambie el Evangelio: «aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio… sea anatema» (Gálatas 1:8). Y el profeta Isaías dio la regla: «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Isaías 8:20).

«Examinadlo todo»: cómo discernir

«No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno.»

1 Tesalonicenses 5:19-21

El texto corrige dos errores opuestos. Uno es despreciar toda profecía por miedo al engaño. El otro es tragarlo todo sin examinar. El camino bíblico es el tercero: escuchar, pesar y quedarse con lo bueno. Estas preguntas ayudan:

  1. ¿Concuerda con la Escritura? Los de Berea «escudriñaban cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Dios no se contradice.
  2. ¿Pone a Jesús en el centro? ¿O pone al que habla, a un grupo, a una experiencia?
  3. ¿Edifica, exhorta y consuela? «Dios no es Dios de disensión, sino de paz» (1 Corintios 14:33).
  4. ¿Qué fruto da la vida de quien la trae? «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16): humildad, verdad, limpieza con el dinero, trato a su familia.
  5. ¿Acepta ser examinada? «Los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen» (1 Corintios 14:29). Quien no admite preguntas ya ha respondido.
  6. Si anuncia algo, ¿se cumple? «Cuando el profeta hablare en nombre de Jehová, y no fuere la tal cosa… con soberbia la habló aquel profeta: no tengas temor de él» (Deuteronomio 18:22).
  7. ¿Hay dinero o poder de por medio? Miqueas denunció a los profetas que «adivinan por dinero» (Miqueas 3:11), y Pedro, a los que «por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas» (2 Pedro 2:3).
  8. ¿Te deja libre? La palabra de Dios invita y convence; no amenaza para obtener obediencia a un hombre.

Falsos profetas y abusos

Jesús lo avisó: «muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos» (Mateo 24:11). Y por Jeremías Dios dice algo que sigue siendo actual: «hablan visión de su corazón, no de la boca de Jehová… No envié yo aquellos profetas, y ellos corrían: yo no les hablé, y ellos profetizaban» (Jeremías 23:16, 21).

Algunas señales de alarma se repiten: fechas para el fin del mundo, cuando Jesús dijo que «del día y hora nadie sabe» (Mateo 24:36); «Dios me dijo que te cases con esta persona»; «siembra dinero y recibirás tu milagro»; amenazas de maldición para quien se vaya de una iglesia; un «así dice el Señor» usado para cerrar toda conversación y exigir obediencia. Nada de eso es el don de profecía: es manipulación con lenguaje religioso.

Si alguien te hirió hablando «en nombre de Dios», tu dolor es real, y Dios no dijo lo que te dijeron. No dejes que el abuso de un don te aparte del Dador. Su voz verdadera se reconoce porque es la del Buen Pastor.

¿Sigue vigente este don?

Los cristianos responden de maneras distintas, y conviene conocerlas con respeto. La tradición católica reconoce carismas proféticos a lo largo de la historia y enseña que ninguna revelación privada añade nada a la fe recibida. La tradición ortodoxa valora la palabra de hombres y mujeres espirituales que aconsejan con discernimiento. Las iglesias pentecostales y carismáticas practican este don en sus reuniones y lo someten al examen de la comunidad. Muchas iglesias reformadas y evangélicas históricas entienden que los dones de revelación cesaron con los apóstoles, y ven la profecía de hoy en la predicación fiel de la Escritura. Todos coinciden en lo decisivo: la Biblia es la norma, todo debe examinarse, y sin amor nada sirve. Lee Los dones del Espíritu Santo: qué son y cómo se manifiestan hoy.

La vocación profética de toda la Iglesia

Más allá del don particular, todo el pueblo de Dios tiene una tarea profética. La ejerce cuando anuncia el Evangelio sin rebajarlo; cuando defiende al pobre, al niño, al extranjero, como hicieron Amós y Miqueas; cuando dice la verdad con amor a quien se está perdiendo; cuando consuela a un pueblo cansado. Una iglesia que solo dice lo que la gente quiere oír ha perdido su voz.

Cómo desear y ejercer este don

  1. Empieza por el amor. «Si tuviese profecía… y no tengo caridad, nada soy» (1 Corintios 13:2). El don es para servir, no para ser admirado.
  2. Llénate de la Escritura. El Espíritu habla sobre todo con las palabras que él mismo inspiró. Quien conoce poco la Biblia confunde fácilmente su voz con la propia.
  3. Habla con humildad. En lugar de «así dice el Señor», di: «creo que el Señor podría estar diciendo esto; examínalo». Se profetiza «conforme a la medida de la fe» (Romanos 12:6).
  4. Sométete a otros. Comparte primero con tus pastores o con hermanos maduros lo que crees haber recibido.
  5. Guarda el orden. «Los espíritus de los que profetizaren, sujétense a los profetas» (1 Corintios 14:32): nadie pierde el control de sí mismo. «Hágase todo decentemente y con orden» (14:40).
  6. No dirijas vidas ajenas. Evita las palabras sobre fechas, parejas, dinero, embarazos o muertes. Ahí es donde más daño se ha hecho.
  7. Si no edifica, calla. Ora por esa persona. No todo lo que se percibe es para decirlo.

Cómo recibir una palabra

Si alguien te da una palabra de parte de Dios, no la desprecies ni la obedezcas a ciegas. Escúchala, anótala, llévala a la oración y a la Escritura, y consúltala con alguien de confianza. No tomes decisiones grandes —casarte, mudarte, dejar un trabajo, entregar dinero— solo por una profecía: Dios confirma por varios caminos y nunca tiene prisa en manipularte. «Retened lo bueno», y deja lo demás.

Preguntas frecuentes

¿Profetizar es predecir el futuro? A veces incluye un anuncio, pero su centro es hablar de parte de Dios para edificar, exhortar y consolar.

¿Pueden profetizar las mujeres? La Biblia lo muestra desde María y Débora hasta Ana y las hijas de Felipe, y Joel lo promete expresamente: «vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán».

¿Todos tienen este don? No todos lo reciben como ministerio habitual, pero Pablo anima a toda la iglesia a desearlo, y dice que pueden «todos profetizar uno por uno, para que todos aprendan» (1 Corintios 14:31).

¿Qué hago si una profecía que me dieron no se cumplió? No cargues con culpa ni con miedo. La Escritura dice de esa palabra que Dios no la habló. Vuelve a lo seguro: la Biblia y las promesas de Cristo.

¿Dios habla por sueños? La Biblia registra sueños de Dios, y también advierte contra quienes «cuentan sueños» propios. Vale la misma regla: examinar con la Escritura y con el consejo de otros.

Serie «Los nueve dones del Espíritu Santo»: Introducción · anterior: El don de hacer milagros · siguiente: Diversos géneros de lenguas.

Oración

Señor, tú hablas todavía, y yo vivo muchas veces como si te hubieras quedado callado. Perdóname por buscar adivinos cuando tenía tu Palabra, y perdóname también por haber cerrado los oídos por miedo a ser engañado. Tu Palabra definitiva es Jesús; no quiero otra que me aparte de él. Ven, Espíritu Santo, Espíritu de la profecía, y abre mi oído cada mañana, para que oiga como oyen los discípulos. Dame discernimiento para examinarlo todo y retener lo bueno. Sana a los que fueron heridos por palabras dichas en tu nombre. Y si quieres usar mi boca, pon en ella una palabra que edifique, que anime, que consuele, dicha con amor y con temblor. Que nunca hable para que me miren a mí. Habla, Señor, que tu siervo oye. Amén.