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Espíritu Santo

El don de lenguas: diversos géneros de lenguas

Jerusalén, fiesta de Pentecostés. La ciudad está llena de peregrinos venidos de medio mundo: partos, medos, gente de Mesopotamia, de Egipto, de Roma, de Arabia. De una casa sale un grupo de galileos, gente sin estudios y con acento de provincia, alabando a Dios. Y cada forastero los oye en el idioma en que aprendió a hablar con su madre.

«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen.»

Hechos 2:4

«¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en que somos nacidos?» (Hechos 2:8). Ese fue el primer día del don de lenguas, probablemente el más discutido de todos. Para algunos cristianos es la señal de haber recibido el Espíritu; para otros, algo que terminó con los apóstoles; a muchos, sencillamente, les da miedo. Pablo, que escribió más que nadie sobre él, no lo despreció ni lo exaltó. Este artículo forma parte de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué es este don, cómo aparece en Hechos y en Corinto, para qué sirve, qué reglas dio el apóstol, qué piensan las distintas tradiciones y qué hacer si se tiene o no se tiene. Al final hay una oración.

Qué es el don de lenguas

La palabra griega glossa significa «lengua» en los dos sentidos: el órgano y el idioma. El don consiste en hablar —orar, alabar, dar gracias— en una lengua que la persona no ha aprendido, movida por el Espíritu Santo. Pablo lo llama «géneros de lenguas» (1 Corintios 12:10), lo que sugiere que no se manifiesta siempre de la misma manera.

Babel al revés

Para entender Pentecostés hay que recordar Babel. Allí los hombres quisieron hacerse un nombre y alcanzar el cielo con su torre, y Dios dijo: «confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el habla de su compañero» (Génesis 11:7). La humanidad se dispersó sin entenderse. En Pentecostés ocurre lo contrario: Dios desciende, y gente de todas las lenguas oye lo mismo, «las maravillas de Dios» (Hechos 2:11). No desaparecen los idiomas: cada uno oye en el suyo. La unidad que da el Espíritu no borra las diferencias; las reúne.

El Apocalipsis muestra el final de ese camino: «una gran compañía, la cual ninguno podía contar, de todas gentes y linajes y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono» (Apocalipsis 7:9). El don de lenguas es, ante todo, una señal de que el Evangelio es para todos los pueblos y de que ninguna lengua humana queda fuera de la alabanza. Lee La torre de Babel y las naciones.

Las lenguas en el libro de los Hechos

Aparecen tres veces, y las tres en un umbral. En Jerusalén, cuando el Espíritu viene sobre los primeros discípulos judíos. En Cesarea, en casa del centurión Cornelio, cuando por primera vez lo reciben los gentiles: los creyentes judíos «se espantaron… de que también sobre los Gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios» (Hechos 10:45-46). Y en Éfeso, con unos discípulos que solo conocían el bautismo de Juan: «vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban» (19:6).

Cada vez que el Evangelio cruza una frontera, Dios da la misma señal, para que nadie dude de que los recién llegados han recibido el mismo Espíritu. En otros relatos de conversión —los tres mil de Pentecostés, el etíope, Lidia, el carcelero de Filipos— el texto no menciona las lenguas.

Las lenguas en Corinto

En la iglesia de Corinto el don era frecuente, y se había vuelto motivo de orgullo y de desorden. Pablo empieza por describirlo:

«Porque el que habla en lenguas, no habla a los hombres, sino a Dios; porque nadie le entiende, aunque en espíritu hable misterios.»

1 Corintios 14:2

De aquí salen varios rasgos. Quien habla en lenguas se dirige a Dios, no a los hombres: es oración y alabanza. Nadie le entiende, si no hay interpretación. Y el propio entendimiento queda al margen: «si yo orare en lengua desconocida, mi espíritu ora; mas mi entendimiento es sin fruto» (14:14).

¿Es eso malo? Pablo no lo dice. «El que habla lengua extraña, a sí mismo se edifica» (14:4): es una edificación verdadera, aunque sea personal. «Quisiera que todos vosotros hablaseis lenguas» (14:5). Y sobre sí mismo: «Doy gracias a Dios que hablo lenguas más que todos vosotros» (14:18). Lo que hace es poner cada cosa en su lugar: «Oraré con el espíritu, mas oraré también con entendimiento; cantaré con el espíritu, mas cantaré también con entendimiento» (14:15). Las dos cosas, no una contra otra.

¿Idiomas humanos o lenguaje de oración?

Es una pregunta honesta, y los cristianos la responden de dos maneras. En Pentecostés se trató sin duda de idiomas humanos reales, que los oyentes reconocieron. En Corinto, en cambio, nadie entiende sin interpretación, y Pablo menciona «lenguas humanas y angélicas» (13:1). Unos concluyen que el don consiste siempre en idiomas reales, dados milagrosamente. Otros entienden que puede ser también un lenguaje de oración que el Espíritu concede y que no corresponde necesariamente a un idioma conocido, cercano a lo que Pablo describe en otro lugar: «el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26). La Biblia no cierra del todo la cuestión, y no conviene ser más tajante que ella.

Para qué sirven

  • Para alabar y orar más allá de las propias palabras. Hay momentos en que lo que hay en el corazón no cabe en el idioma: una gratitud demasiado grande, un dolor demasiado hondo. Pablo habla de bendecir «con el espíritu» y de «acción de gracias» (14:16-17).
  • Para la edificación personal de quien ora (14:4).
  • Como señal para los que no creen (14:22), como lo fueron en Pentecostés, donde atrajeron a la multitud que luego oyó predicar a Pedro.
  • Para edificar a la iglesia, cuando hay interpretación (14:5).

Las reglas de Pablo para la reunión

En la oración a solas, Pablo no pone límite. En la reunión de la iglesia pone varios, y todos nacen del mismo principio: que los demás sean edificados.

«Si hablare alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; mas uno interprete. Y si no hubiere intérprete, calle en la iglesia, y hable a sí mismo y a Dios.»

1 Corintios 14:27-28

Dos o tres, por turno, con alguien que interprete. Si no lo hay, silencio en la reunión, y oración en lo secreto. Esto presupone algo importante: quien tiene el don puede callar. No es un trance ni una fuerza que arrastre; el Espíritu de Dios no anula el dominio propio. Pablo es muy práctico: «si toda la iglesia se juntare en uno, y todos hablan lenguas, y entran indoctos o infieles, ¿no dirán que estáis locos?» (14:23). Y da su propia preferencia:

«Doy gracias a Dios que hablo lenguas más que todos vosotros: Pero en la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los otros, que diez mil palabras en lengua desconocida.»

1 Corintios 14:18-19

Cinco palabras que se entienden valen más, en la asamblea, que diez mil que no. Pero la conclusión del capítulo guarda el equilibrio: «no impidáis el hablar lenguas. Empero hágase todo decentemente y con orden» (14:39-40). Ni prohibir ni desordenar.

¿Deben todos hablar en lenguas?

Pablo pregunta: «¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos?» (1 Corintios 12:30), y la forma de la pregunta espera un «no», igual que para los apóstoles y los profetas. El Espíritu reparte «como quiere». A la vez, dice: «quisiera que todos vosotros hablaseis lenguas». Sobre estos textos, las iglesias han llegado a conclusiones distintas, y es justo exponerlas con respeto.

Las iglesias pentecostales clásicas enseñan que hablar en lenguas es la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu Santo, como en los relatos de Hechos, y lo distinguen del don de lenguas para uso público, que no todos reciben.

Muchas comunidades carismáticas, entre ellas la renovación carismática católica, lo consideran un don entre otros: frecuente y valioso para la oración, pero no necesario ni prueba de nada.

Muchas iglesias reformadas y evangélicas históricas entienden que fue una señal para la época apostólica, que cesó con ella.

Lo que la Escritura deja fuera de duda es esto: todo el que es de Cristo tiene el Espíritu (Romanos 8:9); «nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por Espíritu Santo» (1 Corintios 12:3); y la señal de su presencia que la Biblia pide a todos es el fruto: amor, gozo, paz. Ningún creyente es de segunda clase por tener o no tener un don.

Lo que este don no es

No es una medida de espiritualidad. La iglesia que más hablaba en lenguas era también la de las divisiones, los pleitos y la inmoralidad tolerada. Y Pablo empieza el capítulo del amor precisamente por aquí: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena» (13:1).

No es requisito para ser salvo ni para ser amado por Dios.

No es pérdida de control. Quien lo ejerce puede empezar, parar y callar.

No se fabrica. Repetir sílabas bajo presión, o porque «si no, no tienes al Espíritu», no es recibir un don: es ceder a una manipulación. Nadie debería salir de una reunión sintiéndose defectuoso.

No es para exhibirse.

Y tampoco es para burlarse. En Pentecostés hubo quienes dijeron: «están llenos de mosto» (Hechos 2:13). Se puede disentir de cómo otros cristianos entienden este don sin ridiculizar su oración.

Si tienes este don, y si no lo tienes

Si lo tienes, úsalo con gratitud en tu oración a solas, como una manera más de estar con Dios. No dejes de orar también con el entendimiento y con la Biblia abierta. En la reunión, sigue las reglas del apóstol y las de tu iglesia. Pide, como él aconseja, poder interpretar (14:13). Y guárdate de pensar que eso te hace más que nadie.

Si no lo tienes, no eres menos hijo, ni estás menos lleno del Espíritu. Si lo deseas, puedes pedirlo con sencillez; el Padre da cosas buenas a sus hijos, y reparte como quiere. No permitas que nadie te presione. Y busca, sobre todo, al Dador. Lee Apartados por el Espíritu Santo: la llenura de nuestras vidas y Cómo aprender a orar.

«Cesarán las lenguas»

«La caridad nunca deja de ser: mas las profecías se han de acabar, y cesarán las lenguas, y la ciencia ha de ser quitada» (1 Corintios 13:8). Los cristianos discuten cuándo: si al completarse el Nuevo Testamento o cuando veamos a Dios «cara a cara». Pero en lo esencial el texto es claro: las lenguas son provisionales, como toda nuestra manera actual de conocer y de hablar. Un día no hará falta don alguno para entendernos ni para alabar. Lo único que cruza esa frontera es el amor.

Preguntas frecuentes

¿Se puede aprender a hablar en lenguas? No. Un don se recibe. Lo que se enseña o se imita no es lo que describe el Nuevo Testamento.

¿Es correcto que todos oren en lenguas a la vez en el culto? Pablo pide que en la asamblea se hable por turno y con interpretación. Las iglesias que practican la oración simultánea la entienden como oración personal y no como mensaje a la congregación. Cada comunidad debe examinar su práctica a la luz de 1 Corintios 14 y cuidar al que llega de fuera.

¿Cómo sé si lo que oigo viene de Dios? Por lo mismo que cualquier otra manifestación: lleva a Jesús, produce amor y humildad, se somete al orden y edifica. Lee El discernimiento de espíritus.

Grandes cristianos de la historia nunca hablaron en lenguas. ¿Les faltó algo? Les sobró fruto. Dios da a cada generación y a cada persona lo que quiere para la tarea que le confía.

Serie «Los nueve dones del Espíritu Santo»: Introducción · anterior: El don de profecía según la Biblia · siguiente: La interpretación de lenguas.

Oración

Padre, hay días en que mis palabras no alcanzan. Quiero darte gracias y me quedo corto; quiero contarte mi dolor y no sé nombrarlo. Gracias porque tú entiendes lo que no sé decir, y porque tu Espíritu ora en mí cuando yo solo puedo gemir. Ven, Espíritu Santo, como en Pentecostés. Dame lo que tú quieras darme para orar y para alabarte: con palabras mías, con palabras tuyas o en silencio. Si me das este don, que lo use con humildad; si no me lo das, que no me sienta menos amado ni mire en menos a nadie. Perdona a tu Iglesia por haber hecho de tus regalos un motivo de división. Deshaz nuestra Babel: que nos entendamos, que nos amemos. Y llévanos al día en que gente de toda lengua, por fin junta, diga a una voz: «Salvación a nuestro Dios, y al Cordero». Amén.