Cómo aprender a orar: guía completa paso a paso
Hay una escena en el Evangelio que debería consolarnos a todos. Jesús está orando en cierto lugar. Los discípulos lo miran. Son hombres que han crecido en la sinagoga, que saben salmos de memoria, que han orado desde niños. Y sin embargo, cuando Jesús termina, uno de ellos se acerca y le dice algo que podría decir cualquiera de nosotros:
«Y ACONTECIÓ que estando él orando en un lugar, como acabó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.»
Lucas 11:1
«Enséñanos a orar». No dijo «enséñanos a predicar» ni «enséñanos a hacer milagros». Habían visto en la oración de Jesús algo que ellos no tenían: una intimidad, una confianza, una manera de estar con el Padre que les despertó hambre. Si aquellos hombres tuvieron que pedir que les enseñaran, nadie debería avergonzarse de no saber orar. No saber orar no es un defecto: es el punto de partida. Este artículo es para ti si nunca has orado, si dejaste de hacerlo hace años, si repites oraciones aprendidas y sientes que no llegan a ninguna parte, o si oras, pero quisieras hacerlo con más verdad. Iremos despacio, paso a paso: qué es orar, a quién le hablamos, la ayuda del Espíritu Santo, cómo empezar, qué hacer cuando no sientes nada, un plan de siete días y, al final, una oración para comenzar hoy mismo.
Orar no es una técnica: es un encuentro
Lo primero que conviene saber es qué estamos tratando de aprender. Orar no es recitar fórmulas hasta que algo ocurra, ni una técnica de relajación, ni una manera de conseguir cosas de Dios. Orar es estar con Alguien. Es la conversación de un hijo con su Padre: hablarle, escucharle, y muchas veces simplemente quedarse con él. Por eso la oración no se mide por la cantidad de palabras ni por lo bien que suenan. Jesús lo advirtió: «orando, no seáis prolijos… porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis» (Mateo 6:7-8). Dios no necesita que le informemos; quiere que vengamos.
Esto cambia la manera de aprender. Un niño no aprende a hablar estudiando gramática: aprende porque su madre le habló primero, miles de veces, antes de que él pudiera responder una sola palabra. Así es con Dios. Él habló primero: en la creación, en su Palabra, en Jesucristo. Nuestra oración es siempre una respuesta. Y como todo lo que vale la pena —caminar, amar, tocar un instrumento—, a orar se aprende orando. Leer sobre la oración ayuda; pero diez minutos de oración torpe y sincera enseñan más que diez libros.
Primero, saber a quién le hablas
Mucha gente no ora porque tiene una imagen equivocada de Dios: un juez con el ceño fruncido, un funcionario lejano y ocupado, alguien a quien hay que convencer. Con un Dios así nadie quiere hablar. Jesús vino a mostrarnos otro rostro. Cuando enseñó a orar, la primera palabra que puso en nuestros labios fue «Padre». Él mismo usaba la palabra aramea Abba, la que se usaba en casa, llena de confianza y de cariño. Y lo asombroso es que nos dio su mismo lugar:
«Y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones, el cual clama: Abba, Padre.»
Gálatas 4:6
Antes de decir nada, detente un momento en esto: el que te escucha te ama. No tienes que ganarte su atención. La Biblia dice que Dios «se regocijará sobre ti con cantar», y hasta que «callará de amor» (Sofonías 3:17). Si tu historia con tu padre de la tierra fue dolorosa, quizá esta palabra te cueste; díselo también a Dios. Él no es como quien te falló. Lee El verdadero amor de un Padre revelado en Cristo Jesús y El trono de gracia.
El Maestro interior: el Espíritu Santo
Aquí está el secreto que muchos descubren tarde: no oramos solos. La Escritura reconoce con toda franqueza que no sabemos orar, y en la misma frase nos da la solución:
«Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles.»
Romanos 8:26
El Espíritu Santo es el maestro de oración que habita en el creyente. Él es quien despierta en nosotros el deseo de buscar a Dios; ese deseo que te trajo a leer esto ya es obra suya. Él es quien nos hace decir «Abba, Padre». Él trae a la memoria las palabras de Jesús, nos muestra con suavidad lo que debemos confesar, pone en el corazón los nombres de las personas por quienes orar; y cuando el dolor nos deja sin palabras, ora en nosotros «con gemidos indecibles». Un suspiro, entonces, puede ser una oración verdadera, porque el Espíritu lo presenta delante del Padre.
Por eso, la mejor manera de empezar cualquier rato de oración es pedir su ayuda. La Iglesia lo ha hecho durante siglos con tres palabras: «Ven, Espíritu Santo». Dilas despacio, una, dos, tres veces. No son una fórmula mágica; son abrir la puerta. Y Jesús prometió que esa petición nunca queda sin respuesta:
«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él?»
Lucas 11:13
Lee Apartados por el Espíritu Santo: la llenura de nuestras vidas y Los dones del Espíritu Santo.
Empieza con lo que tienes: la verdad
No esperes a sentirte digno, ni a tener la vida en orden, ni a encontrar las palabras correctas. Empieza con lo único que Dios pide: la verdad. El salmista lo dice con una imagen preciosa:
«Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón: Dios es nuestro amparo. (Selah.)»
Salmo 62:8
Derramar el corazón es volcarlo como se vuelca un vaso: con lo que haya dentro. Si hay gratitud, gratitud. Si hay miedo, miedo. Si hay enojo, incluso enojo con Dios, también. Los Salmos están llenos de personas que le dicen a Dios cosas que no nos atreveríamos a decir en voz alta: «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?» (Salmo 13:1). Dios prefiere una queja sincera a una alabanza fingida. Lo único que la oración no soporta es la máscara.
Y si no sabes qué decir, mira qué cortas son algunas de las oraciones que Jesús escuchó y respondió. Pedro, hundiéndose: «Señor, sálvame» (Mateo 14:30). El publicano, sin atreverse a levantar los ojos: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18:13). Un padre desesperado: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24). Un ladrón, a punto de morir: «Acuérdate de mí» (Lucas 23:42). Ninguna es larga. Todas fueron oídas. Puedes empezar hoy con una sola frase verdadera: «Señor, no sé orar; enséñame». Esa ya es una oración.
Cierra la puerta: un lugar y una hora
Jesús dio una instrucción muy concreta:
«Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto, te recompensará en público.»
Mateo 6:6
La «cámara» era el cuarto interior de la casa, el que no daba a la calle. Hoy puede ser tu habitación, la cocina antes de que despierten los demás, una banca de iglesia, el carro estacionado, un camino por donde andas solo. Lo importante es «cerrar la puerta»: apagar el teléfono o dejarlo en otra habitación, y estar unos minutos solo para Dios. Jesús mismo lo hacía: «levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Marcos 1:35).
Escoge una hora fija y un tiempo que puedas cumplir. Es mejor diez minutos todos los días que una hora de vez en cuando; el amor se alimenta de fidelidad, no de arranques. Para muchos, la mañana es el mejor momento, antes de que el día se llene de ruido: «de mañana me presentaré a ti, y esperaré» (Salmo 5:3). Pero si tu hora es la noche, o el mediodía, esa es tu hora. Dios no mira el reloj; mira que viniste.
Un camino sencillo para tu rato de oración
Con el tiempo cada persona encuentra su propio modo de orar. Mientras tanto, este camino de ocho pasos puede servirte de pasamanos. No es una ley; es una ayuda para los primeros meses.
- Detente. Siéntate, respira hondo, deja que el cuerpo se aquiete. Di por dentro: «Señor, aquí estoy».
- Invoca al Espíritu. «Ven, Espíritu Santo. Enséñame a orar». Quédate un momento en silencio.
- Agradece. Nombra tres cosas concretas de las últimas veinticuatro horas. La gratitud abre el corazón más rápido que cualquier otra cosa.
- Escucha su Palabra. Lee despacio un texto breve: unos versículos de un Evangelio o un Salmo. Léelo dos veces. Detente en la frase que te toque.
- Háblale con verdad. Cuéntale cómo estás, lo que te preocupa, lo que te avergüenza. Pide perdón por lo que haya que pedirlo, y recíbelo.
- Pide por otros. Di los nombres de las personas que llevas en el corazón. No hace falta explicarle a Dios sus problemas; basta ponerlas delante de él.
- Calla. Quédate un par de minutos sin decir nada, simplemente con él.
- Termina con el Padrenuestro, despacio, y llévate una frase para el día.
El Padrenuestro: las palabras que Jesús nos prestó
Cuando los discípulos pidieron que les enseñara, Jesús no les dio una conferencia: les dio una oración.
«Vosotros pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.»
Mateo 6:9-13
El Padrenuestro es a la vez una oración para decir y un mapa para orar. Empieza por Dios —su nombre, su reino, su voluntad— antes de llegar a nosotros: el pan, el perdón, la protección. Nos enseña a decir «nuestro» y no solo «mío». Nos enseña a pedir lo de hoy, y no lo de todo el año. Una manera sencilla de aprender con él es orarlo muy despacio, deteniéndose en cada frase y añadiendo las propias palabras: «Padre nuestro… gracias porque puedo llamarte así». «Venga tu reino… a mi casa, a mi trabajo, a este país». «Danos hoy nuestro pan… tú sabes lo que necesitamos este mes». Otra manera es tomar una sola frase cada día durante una semana. Encontrarás más sobre esto en Cómo orar: consejos bíblicos para una vida de oración constante y en El deber de orar.
Los Salmos: cuando te faltan las palabras
Dios no solo nos pide que oremos: nos dio un libro entero de oraciones. Los 150 Salmos fueron el libro de oración de Israel, de Jesús —que murió con un salmo en los labios— y de la Iglesia de todos los siglos. Allí hay palabras para todos los estados del alma: alegría (Salmo 100), miedo (Salmo 27), culpa (Salmo 51), cansancio (Salmo 23), abandono (Salmo 22), gratitud (Salmo 103), noches sin sueño (Salmo 4). Cuando no sepas qué decir, abre un salmo y léelo en voz baja como si fuera tuyo. Poco a poco sus palabras se volverán las tuyas, y te enseñarán a decirle a Dios cosas que no sabías que podías decirle. Puedes leerlos todos en Los 150 Salmos, y encontrar oraciones para situaciones concretas en Oraciones para cada momento de nuestra vida.
Aprender a callar y a escuchar
Si en una conversación solo habla uno, no es una conversación. Aprender a orar es también aprender a guardar silencio. El niño Samuel no sabía reconocer la voz de Dios hasta que el anciano Elí le enseñó la oración más breve del que escucha: «Habla, que tu siervo oye» (1 Samuel 3:10). Y el salmo dice: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios» (Salmo 46:10).
¿Cómo habla Dios? Ante todo, por su Palabra: por eso conviene orar con la Biblia abierta. A veces una frase leída cien veces se enciende de pronto, y sabes que es para ti. Habla también por la paz o la inquietud que el Espíritu pone en la conciencia, por el consejo de hermanos maduros, por las circunstancias. Rara vez con estruendo: Elías no lo encontró en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en «un silbo apacible y delicado» (1 Reyes 19:12). Una regla segura: Dios nunca dirá en lo secreto algo contrario a lo que ya dijo en la Escritura. Al principio el silencio incomoda; la mente se llena de pendientes. No te alarmes. Quédate. Con el tiempo descubrirás que ese silencio no está vacío: está habitado.
Orar con el cuerpo y con las lágrimas
No somos solo cabeza. En la Biblia se ora de rodillas, de pie, postrado en tierra, con las manos levantadas, caminando, en la cama. No hay una postura obligatoria, pero el cuerpo ayuda al corazón: arrodillarse dice «tú eres Dios y yo no»; abrir las manos dice «recibo lo que me des»; levantarlas dice «te necesito». Orar en voz alta, o escribir la oración en un cuaderno, ayuda mucho a quien se distrae.
Y hay días en que no saldrán palabras, sino llanto. Ana oraba así en el santuario: «hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios», y el sacerdote la tuvo por ebria (1 Samuel 1:13). Dios la entendió perfectamente. El salmista le pide: «pon mis lágrimas en tu redoma» (Salmo 56:8). Ninguna lágrima derramada delante de Dios se pierde. Llorar ante él es orar. Si estás pasando por un tiempo así, lee Oración en momentos de desesperación profunda y Cómo orar a Dios cuando estamos cansados.
Cuando no sientes nada
Tarde o temprano le pasa a todo el que ora: llegan días, o temporadas enteras, de sequedad. Te sientas a orar y no sientes nada. Las palabras parecen rebotar en el techo. Te distraes cada veinte segundos. Entonces aparece la tentación de concluir que no sirves para esto, o que Dios no está.
No midas tu oración por lo que sientes. La oración no es una emoción: es una relación, y las relaciones verdaderas atraviesan días sin emoción. Un padre no deja de ser padre porque su hijo esté callado en la mesa. Muchas veces la oración más valiosa es la que se hace sin ganas, solo por amor y por fidelidad; ahí se demuestra que buscamos a Dios y no solo sus consuelos. En cuanto a las distracciones, no pelees con ellas: cada vez que notes que te fuiste, vuelve con suavidad, sin regañarte. Si te distrajiste cincuenta veces y volviste cincuenta veces, hiciste cincuenta actos de amor. Y si lo que te distrae es una preocupación, conviértela en oración: quizá de eso quería Dios que le hablaras.
Cuando Dios parece callar
También aprenderás que Dios no siempre responde como pedimos ni cuando pedimos. A veces dice sí. A veces dice «espera». A veces dice «no», porque tiene algo mejor o porque ve lo que nosotros no vemos. Jesús mismo, en Getsemaní, pidió que pasara de él aquella copa, y añadió: «no como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39). La copa no pasó; pero un ángel vino a fortalecerlo, y de aquella oración salió nuestra salvación. Orar no es doblar la voluntad de Dios hacia la nuestra, sino poner la nuestra en sus manos con confianza. Y la promesa sigue en pie:
«Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré: Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.»
Jeremías 29:12-13
Lo que Dios garantiza a quien ora no es que todo saldrá como espera, sino algo más hondo: su presencia y su paz.
«Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.»
Filipenses 4:6-7
Lee ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto? y El aguijón de Pablo: cuando la gracia de Dios basta.
No aprendas solo
Los discípulos aprendieron a orar viendo orar a Jesús, y después orando juntos. Nadie aprende bien solo. Busca una iglesia donde se ore de verdad. Pídele a un creyente con más camino recorrido que ore contigo; escuchar orar a alguien que ama a Dios enseña más que muchas explicaciones. Ora en casa: antes de comer, con tu esposo o tu esposa, con tus hijos al acostarlos. Jesús prometió: «donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos» (Mateo 18:20). Y cuando tú no puedas orar, deja que otros lo hagan por ti: puedes escribirnos en Pide tu oración.
De orar a ratos a vivir orando
El rato diario a solas es la raíz; pero la meta es que toda la vida se vuelva oración. Pablo lo dice en tres palabras: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). No significa pasar el día entero de rodillas, sino vivir en presencia de Dios, con el corazón vuelto hacia él en medio de todo. Ayudan mucho las oraciones brevísimas, lanzadas como flechas a lo largo del día: «Gracias, Señor», al ver algo hermoso. «Ayúdame», antes de una conversación difícil. «Perdóname», apenas caes. «Jesús, en ti confío», cuando llega el miedo. «Ven, Espíritu Santo», al empezar una tarea. Hay cristianos que repiten, al ritmo de la respiración, una oración muy antigua: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí». Así, poco a poco, el trabajo, el tráfico y la cocina se vuelven lugares de encuentro.
Un plan de siete días para empezar
Diez o quince minutos al día. El mismo lugar, la misma hora. Empieza cada día con «Ven, Espíritu Santo» y termina con el Padrenuestro.
- Día 1 — Venir. Lee Lucas 11:1-13. Dile a Dios, con tus palabras, por qué quieres aprender a orar.
- Día 2 — Padre. Lee Lucas 15:11-24. Quédate en la imagen del padre que corre. Dile «Padre» varias veces, despacio.
- Día 3 — Gracias. Lee el Salmo 103:1-5. Escribe diez cosas por las que das gracias.
- Día 4 — Perdón. Lee el Salmo 51:1-12. Confiesa con sencillez lo que te pesa, y recibe el perdón de Dios.
- Día 5 — Pedir. Lee Mateo 7:7-11. Presenta tus necesidades y los nombres de cinco personas.
- Día 6 — Silencio. Lee 1 Reyes 19:9-13. Quédate cinco minutos en silencio, repitiendo de vez en cuando: «Habla, que tu siervo oye».
- Día 7 — Entregar. Lee Mateo 26:36-42. Pon en manos de Dios lo que más te cuesta soltar: «no como yo quiero, sino como tú».
Al terminar la semana, vuelve a empezar, o sigue con un Evangelio —el de Marcos es breve— leyendo un pasaje cada día.
Preguntas frecuentes
¿Tengo que usar palabras especiales? No. Háblale a Dios con tu lenguaje de todos los días, con respeto y con confianza. Él entiende tu manera de hablar.
¿Valen las oraciones escritas o aprendidas de memoria? Sí, cuando se dicen con el corazón. El Padrenuestro y los Salmos son oraciones escritas. Lo que Jesús reprueba no es la repetición, sino la palabrería vacía. Lo mejor es unir las dos cosas: oraciones recibidas y palabras propias.
¿Cuánto tiempo debo orar? Empieza con diez minutos fieles. El tiempo crecerá solo, como crece el gusto de estar con alguien a quien se ama.
¿Dios me escucha aunque esté en pecado? El publicano que solo pudo pedir misericordia «descendió a su casa justificado» (Lucas 18:14). La oración del que vuelve es siempre bien recibida. Lee Soy pecador: ¿seré aceptado por Dios?
¿Y si me quedo dormido? Dormirse en brazos del Padre no es una ofensa. Prueba a orar a otra hora, sentado o caminando.
¿Qué hago si dejé de orar varios días? Vuelve hoy, sin castigarte. Dios no lleva la cuenta de tus ausencias; te espera.
Oración para aprender a orar
Señor Jesús, como aquel discípulo, hoy te lo pido yo: enséñame a orar. No sé hacerlo. Me distraigo, me canso, digo palabras que no siento, y muchas veces ni siquiera vengo. Pero algo en mí te busca, y creo que ese deseo lo pusiste tú. Ven, Espíritu Santo. Ven a esta oración torpe y hazla tuya. Ora en mí cuando yo no sepa; gime en mí cuando yo no pueda. Enséñame a decir «Abba, Padre» como lo decía Jesús: sin miedo, sabiéndome hijo. Quítame las máscaras, que contigo no las necesito. Dame hambre de ti, más que de tus regalos. Y cuando no sienta nada, cuando calles, cuando me canse, no me dejes irme: tenme tú, que yo solo no sé quedarme. Aquí estoy, Padre. Cierro la puerta. Solo quiero estar contigo. Habla, que tu siervo oye. Amén.