Oración en momentos de desesperación profunda
Hay noches en que el alma se queda sin palabras. El dolor es tan grande que no sabemos qué pedir, ni siquiera si vale la pena orar. La desesperación profunda puede llegar por una pérdida, una enfermedad, una traición, la ruina, la soledad o un cansancio que no se va. Si estás ahí, queremos decirte algo antes de cualquier otra cosa: no estás solo, Dios no se ha ido, y la oración no exige palabras bonitas. En este artículo encontrarás lo que dice la Biblia sobre orar desde lo más hondo, ejemplos de hombres y mujeres que lo hicieron, oraciones escritas que puedes hacer tuyas cuando no te salen las palabras, y también dónde buscar ayuda inmediata si la sientes necesaria.
Si estás en peligro, pide ayuda ahora
Antes de seguir leyendo: si sientes que no puedes más, si piensas en hacerte daño o en quitarte la vida, por favor busca ayuda de inmediato. En Colombia llama a la línea de emergencias 123; en otros países, al número de emergencias local. Habla ya con alguien de confianza: un familiar, un amigo, un pastor o un médico. Buscar ayuda no es falta de fe; Dios obra también a través de las personas que pone a nuestro lado. Tu vida es valiosa para Dios y para quienes te rodean.
«De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo»
La Biblia tiene un nombre para estos momentos: «lo profundo». El Salmo 130, uno de los más amados de la historia cristiana, comienza así:
«De los profundos, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.»
Salmo 130:1-2
El salmista no ora desde la cima, sino desde el fondo. Y su oración termina con esperanza: «Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado. Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana» (Salmo 130:5-6). El centinela que vigila de noche sabe que la mañana vendrá, aunque aún esté oscuro. Así es la esperanza en Dios.
El Salmo más oscuro
El Salmo 88 es probablemente el más triste de la Biblia. Su autor dice que su alma está «hastiada de males», que se siente como contado entre los que descienden al sepulcro, que sus amigos se han alejado, y termina con una frase sin consuelo aparente: «Has alejado de mí al amigo y al compañero; y mis conocidos se esconden en la tiniebla» (Salmo 88:18). ¿Por qué está este salmo en la Biblia? Porque Dios quiso que supiéramos que podemos orar aun cuando no vemos ninguna luz. El salmista, en medio de su oscuridad, sigue diciendo: «Oh Jehová, Dios de mi salud, día y noche clamo delante de ti» (Salmo 88:1). Sigue hablando con Dios. Eso es fe.
Elías bajo el enebro
Elías, el gran profeta del monte Carmelo, llegó a un punto de agotamiento total. Huyendo de la reina Jezabel, caminó un día entero por el desierto, se sentó debajo de un enebro y pidió morir: «Basta ya, oh Jehová, quita mi alma; que no soy yo mejor que mis padres» (1 Reyes 19:4). Lo que Dios hizo después es una lección de ternura. No lo reprendió. Le envió un ángel que lo tocó y le dijo: «Levántate, come». Había pan y agua junto a su cabeza. Elías comió, durmió, y el ángel volvió a despertarlo: «Levántate y come: porque gran camino te resta». Dios atendió primero su cansancio y su hambre; después lo llevó al monte Horeb, donde le habló en un silbo apacible, le mostró que no estaba solo y le dio un nuevo propósito y un compañero, Eliseo.
A veces, en la desesperación, lo primero que necesitamos no es una gran revelación, sino descansar, comer, dormir y dejar que alguien nos cuide. Dios lo sabe. Lee también la historia de Elías.
Jesús en Getsemaní
La noche antes de su crucifixión, Jesús fue al huerto de Getsemaní con sus discípulos. Allí les dijo algo que pocas veces se recuerda: «Mi alma está muy triste hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo» (Mateo 26:38). Se postró sobre su rostro y oró:
«Y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando, y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú.»
Mateo 26:39
Lucas cuenta que estaba en tal agonía que su sudor era como grandes gotas de sangre, y que un ángel vino a fortalecerlo (Lucas 22:43-44). Jesús conoce la angustia por dentro. No oramos a alguien que nos mira desde lejos, sino a quien pasó por la noche más oscura y pidió a sus amigos que velaran con Él. En tu angustia, Jesús te entiende.
Cuando no sabes qué decir
Una de las promesas más consoladoras para los momentos de desesperación es esta:
«Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles.»
Romanos 8:26
No necesitas encontrar las palabras correctas. Puedes simplemente estar delante de Dios, llorar, suspirar o repetir una sola frase. El Espíritu Santo transforma tus gemidos en oración. Ana, la madre de Samuel, oró con tanta angustia que solo movía los labios sin que se oyera su voz, y el sacerdote creyó que estaba ebria; ella dijo: «he derramado mi alma delante de Jehová» (1 Samuel 1:15). Dios escuchó esa oración sin palabras.
Oraciones breves para los momentos más duros
Cuando la mente no da para más, estas frases de la Biblia pueden ser tu oración. Repítelas despacio, una y otra vez:
«Señor, sálvame» (Mateo 14:30). «Oh Dios, apresúrate a librarme; apresúrate, oh Jehová, a socorrerme» (Salmo 70:1). «Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare: a la peña más alta que yo me conduzcas» (Salmo 61:2). «Creo, ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24). «Jesús, acuérdate de mí» (Lucas 23:42). «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Salmo 31:5). «Señor, ten misericordia de mí».
Oraciones para hacer tuyas
Cuando no tengo fuerzas: «Señor, no puedo más. No tengo fuerzas ni para pedirte bien. Solo puedo decirte que estoy aquí y que estoy agotado. Ven, Espíritu Santo, y sostenme por dentro. No te pido fuerzas para toda la vida: dame las de esta hora. Solo esta hora. Amén».
Cuando siento que todo terminó: «Padre, se me derrumbó la vida y no veo por dónde seguir. Todo me dice que esto es el final. Pero tú abriste camino en el mar cuando no había camino, y sacaste a Jesús de una tumba sellada. No sé cómo, no lo siento, pero me agarro de eso. Ven, Espíritu de vida, y sopla sobre estas ruinas. No me sueltes. Amén».
Cuando me siento solo: «Señor Jesús, a ti también te dejaron solo la noche que más necesitabas compañía. Tú sabes cómo pesa este silencio. Siento que nadie me entiende y que a nadie le hago falta. Ven, Espíritu Santo, y hazme sentir que hay Alguien en este cuarto conmigo. Y mañana, pon en mi camino una persona, una sola, que me mire y me escuche. Dame valor para dejarme acompañar. Amén».
En la noche de insomnio: «Dios mío, la noche es larga y los pensamientos dan vueltas sin parar. A esta hora todo parece peor de lo que es. Tú no duermes: quédate despierto conmigo. Ven, Espíritu Santo, y pon tu mano sobre mi frente como una madre con su hijo. Calma lo que no puedo calmar. Lo que me espera mañana, tenlo tú hasta mañana. En paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú me haces estar confiado. Amén».
Cuando la culpa me aplasta: «Señor, lo que hice no me deja en paz. Lo repaso una y otra vez y no puedo deshacerlo. Te lo confieso entero, sin adornos. Tú dijiste que si confieso mis pecados, eres fiel y justo para perdonarme. Ven, Espíritu Santo, y dime al oído lo que me cuesta creer: que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Lávame. Y enséñame a perdonarme lo que tú ya perdonaste. Amén».
Por un nuevo amanecer: «Padre, todavía está oscuro, pero quiero creer que amanece. Tus misericordias son nuevas cada mañana, y yo necesito una nueva hoy. Aunque esta noche haya llanto, dijiste que a la mañana vendrá la alegría. Ven, Espíritu Santo, y enciende en mí una esperanza pequeña; con una pequeña me basta para dar el siguiente paso. El dolor no tiene la última palabra. La tienes tú. Amén».
Promesas para sostenerte
Lamentaciones, un libro escrito entre las ruinas de Jerusalén, contiene en su centro esta luz: «Esto reduciré a mi corazón, por lo tanto esperaré. Es por la misericordia de Jehová que no somos consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:21-23). Y el Salmo 30 recuerda: «Por la tarde durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría» (Salmo 30:5).
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te conturbas en mí? Espera a Dios; porque aun le tengo de alabar; es él salvamento delante de mí, y el Dios mío.»
Salmo 42:11
Pasos concretos además de orar
No te quedes solo. Llama hoy a alguien de confianza y cuéntale cómo estás. Cuida tu cuerpo. Como Elías, puede que necesites comer, dormir y descansar. Busca ayuda profesional. Un médico, un psicólogo o un consejero pueden ayudarte; la fe y la atención profesional no se contradicen. Acércate a tu iglesia. Pide a tu pastor o a tu comunidad que oren contigo. Pide oración aquí: puedes escribirnos en Pide tu oración y oraremos por ti. Lee un salmo cada día: empieza por los Salmos 23, 42, 46, 91 y 121. Da un paso a la vez. No tienes que resolver toda tu vida hoy; basta con atravesar esta hora con Dios.
Lee también Dios, no me sueltes nunca y ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto?.
Oración final
Señor, desde lo profundo clamo a ti. No desde la fe firme que quisiera tener, sino desde el fondo, donde ya no hago pie. Tú ves las lágrimas que nadie vio y conoces mi angustia mejor que yo. No sé qué pedirte; ni siquiera sé si tengo fe para pedir. Ven, Espíritu Santo, y ora tú en mí con esos gemidos que no caben en palabras. Como al profeta Elías bajo el enebro, tócame y dame pan para el camino. Como a Pedro en el mar, extiéndeme la mano antes de que me hunda. Como a Jesús en Getsemaní, envíame un consuelo esta noche. Pon a mi lado personas que me cuiden y dame humildad para dejarme cuidar. No te pido ver todo el camino: solo que esperes conmigo hasta que amanezca. En tus manos encomiendo mi vida. En el nombre de Jesús. Amén.