La interpretación de lenguas: el don que hace entender
Imagina que recibes una carta escrita en un idioma que no conoces. Sabes que es para ti. Sabes que viene de alguien que te quiere. Pero mientras nadie te la lea, sigue cerrada. Algo así ocurría en la iglesia de Corinto: había oración y alabanza en lenguas, quizá muy sinceras, y la mayor parte de los presentes se quedaba fuera, sin entender ni poder decir «amén». Para eso da el Espíritu el último don de la lista de Pablo, «interpretación de lenguas» (1 Corintios 12:10). Y el apóstol manda pedirlo:
«Por lo cual, el que habla lengua extraña, pida que la interprete. Porque si yo orare en lengua desconocida, mi espíritu ora; mas mi entendimiento es sin fruto. ¿Qué pues? Oraré con el espíritu, mas oraré también con entendimiento; cantaré con el espíritu, mas cantaré también con entendimiento.»
1 Corintios 14:13-15
Este artículo cierra la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué es este don, por qué hace falta, cómo lo ordena la Escritura, cómo se discierne y qué enseña a todos los creyentes, lo tengan o no. Al final hay una oración.
Qué es la interpretación de lenguas
La palabra griega es hermeneía, de donde viene «hermenéutica»: explicar, dar a entender el sentido. El don es la capacidad que da el Espíritu Santo para expresar, en el idioma de la comunidad, el contenido de lo que se ha dicho en lenguas. No es saber idiomas: quien interpreta no entiende la lengua por haberla estudiado. Y la palabra sugiere algo más amplio que una traducción palabra por palabra: comunica el sentido.
Es el último de la lista, y es una bisagra. Sin él, el don de lenguas queda en la oración personal de quien lo tiene. Con él, se convierte en bendición para todos. Pablo lo dice con precisión: quien profetiza es mayor que quien habla en lenguas, «si también no interpretare, para que la iglesia tome edificación» (1 Corintios 14:5).
Por qué hace falta
El razonamiento de Pablo en 1 Corintios 14 es de una sensatez admirable. Una flauta o un arpa que no distinguen las notas no hacen música. «Si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se apercibirá a la batalla?» (14:8). En el mundo hay muchos idiomas, y todos significan algo; pero «si yo ignorare el valor de la voz, seré bárbaro al que habla, y el que habla será bárbaro para mí» (14:11): dos extranjeros, uno frente al otro, en la misma iglesia. Y piensa en el hermano sencillo que está sentado al fondo:
«Porque si bendijeres con el espíritu, el que ocupa lugar de un mero particular, ¿cómo dirá amén a tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho. Porque tú, a la verdad, bien haces gracias; mas el otro no es edificado.»
1 Corintios 14:16-17
«Tú, a la verdad, bien haces gracias; mas el otro no es edificado». Pablo no duda de la sinceridad de quien ora; le duele el que se queda fuera. Ese es el criterio de todo el capítulo: en la reunión de la iglesia, lo que no se entiende no edifica. El «amén» de la comunidad —esa palabra pequeña con la que cada uno hace suya la oración— necesita entender.
Un Dios que quiere ser entendido
Este don no es una rareza: expresa algo que atraviesa toda la Biblia. Dios no habla para ocultarse, sino para ser entendido. Cuando el pueblo volvió del destierro y ya muchos no comprendían bien el hebreo de la Ley, Esdras y los levitas hicieron algo muy sencillo y muy grande:
«Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.»
Nehemías 8:8
«Ponían el sentido». El pueblo lloró al entender, y después hizo fiesta. En el camino de Emaús, Jesús resucitado hizo lo mismo con dos discípulos desanimados: «declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27), y más tarde «les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras» (24:45). Un funcionario etíope leía a Isaías en su carro, y Felipe le preguntó: «¿entiendes lo que lees?». La respuesta es la de media humanidad: «¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?» (Hechos 8:30-31).
Y en Pentecostés el Espíritu se ocupó de que cada uno oyera «en nuestra lengua en que somos nacidos». La encarnación misma es Dios traduciéndose: la Palabra eterna dicha en carne, en un idioma, en una aldea. Ninguno de estos pasajes habla del don de interpretación de lenguas; pero todos muestran el mismo corazón del que ese don procede.
Intérpretes en el Antiguo Testamento
José y Daniel no interpretaron lenguas, sino sueños y una escritura misteriosa. Aun así, dejan el retrato del intérprete verdadero.
José, en la cárcel, ante dos presos angustiados: «¿No son de Dios las declaraciones? Contádmelo ahora» (Génesis 40:8). Y ante Faraón, que lo trataba como a un experto: «No está en mí; Dios será el que responda paz a Faraón» (41:16).
Daniel, llamado para leer la escritura en la pared, oye la oferta del rey —púrpura, collar de oro, el tercer lugar del reino— y responde: «Tus dones sean para ti, y tus presentes dalos a otro. La escritura yo la leeré al rey» (Daniel 5:17). Y le dijo lo que el rey no quería oír.
Tres rasgos, entonces: el intérprete atribuye a Dios lo que recibe, no saca provecho de ello y dice la verdad aunque incomode. Lee José, de esclavo a gobernador y Daniel en Babilonia.
Cómo lo ordena la Escritura
Las instrucciones de Pablo son breves y claras. En la reunión, si alguien habla en lenguas, que sean dos o a lo más tres, por turno, «mas uno interprete. Y si no hubiere intérprete, calle en la iglesia, y hable a sí mismo y a Dios» (1 Corintios 14:27-28). De ahí se desprenden varias cosas:
- La interpretación es condición para el uso público de las lenguas. Sin ella, la oración en lenguas se reserva para lo secreto.
- Puede interpretar el mismo que habló —«pida que la interprete» (14:13)— u otro: «a otro, interpretación de lenguas».
- Es un don distinto: no todo el que habla en lenguas interpreta. «¿Interpretan todos?» (12:30).
- Todo sirve a un fin: «Cuando os juntáis, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación: hágase todo para edificación» (14:26).
¿Qué contenido tiene una interpretación? Pablo dice que quien habla en lenguas «no habla a los hombres, sino a Dios», y describe esa oración como bendición y acción de gracias. Por eso muchos entienden que lo interpretado será normalmente una oración o una alabanza puesta en palabras comprensibles, a la que la iglesia responde «amén». En otras comunidades se ha vivido también como un mensaje que edifica, cercano a la profecía. En uno y otro caso vale la misma regla que para todo lo que se dice en la asamblea: «los demás juzguen» (14:29).
Para qué sirve
Para que todos sean edificados y no solo uno. Para que nadie quede fuera: ni el nuevo, ni el sencillo, ni el que llegó por primera vez. Para guardar a la iglesia del elitismo, donde unos pocos «espirituales» hablan y los demás miran. Para convertir una experiencia individual en adoración común. En el fondo, es un don al servicio de la unidad.
Cómo discernir una interpretación
- ¿Concuerda con la Escritura? Ninguna interpretación puede enseñar lo que la Biblia no enseña.
- ¿Exalta a Cristo? Lo que procede del Espíritu lo glorifica a él.
- ¿Edifica, anima, consuela? ¿O asusta, humilla, confunde?
- ¿Es sobria? El Espíritu no necesita dramatismo.
- ¿Quién la da? Una persona conocida por su humildad y su fruto, sujeta a los responsables de la comunidad.
- ¿Deja libertad? Dios no usa este don para dar órdenes sobre la vida privada de nadie.
Conviene nombrar el abuso propio de este don: la «interpretación» inventada, que en realidad transmite la opinión de quien habla y la reviste de autoridad divina para dirigir a la iglesia o a una persona. Cuando una interpretación sirve siempre a los intereses de alguien, no hace falta mucho discernimiento.
Cómo pedirlo y ejercerlo
- Pídelo. Es el único de los nueve dones para el que hay un mandato tan directo: «pida que la interprete».
- Busca el entendimiento junto con el espíritu. «Oraré con el espíritu, mas oraré también con entendimiento». Pablo no quiere creyentes divididos.
- Empieza en lo pequeño y bajo cuidado pastoral. Comparte primero con los responsables lo que crees recibir.
- Si no estás seguro, calla. El silencio no ofende al Espíritu; la invención, sí.
- Acepta ser examinado y corregido sin ofenderte.
- Hazlo todo por amor al que no entiende.
Una lección para todos: el amor que traduce
La mayoría de los cristianos nunca ejercerá este don en sentido estricto. Pero su principio obliga a todos. Pablo lo formuló así: «en la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a los otros, que diez mil palabras en lengua desconocida» (1 Corintios 14:19).
Hay muchas maneras de hablar en «lengua desconocida» sin tener don alguno: la jerga religiosa que nadie de fuera entiende, los sermones llenos de términos que no se explican, las costumbres que damos por sabidas. El que llega por primera vez a una iglesia, el adolescente, el vecino que nunca abrió una Biblia, ocupan el «lugar de un mero particular» y no pueden decir amén. Amar es traducir: explicarle el Evangelio a un niño con palabras de niño, a un enfermo con pocas palabras, a un amigo sin fe con las palabras de su mundo.
La Iglesia ha entendido esto muchas veces en su historia. Lo entendieron quienes tradujeron la Biblia a la lengua del pueblo, a menudo con riesgo de su vida. Lo entendieron las iglesias de la Reforma al celebrar el culto en el idioma de la gente, y la Iglesia católica al llevar la liturgia a las lenguas de cada nación. Lo entienden hoy los traductores que pasan años para que un pueblo pequeño oiga por primera vez a Dios hablar en su idioma. Es el mismo Espíritu de Pentecostés. Lee La esperanza de las naciones y Biblias.
Preguntas frecuentes
¿Es una traducción palabra por palabra? No necesariamente. La palabra indica dar el sentido, por lo que una interpretación puede ser más breve o más larga que lo dicho en lenguas.
¿Puede interpretar la misma persona que habló en lenguas? Sí; Pablo le manda pedirlo. También puede hacerlo otro.
¿Se puede tener este don sin hablar en lenguas? El texto lo presenta como un don distinto, dado «a otro». Es posible.
¿Qué se hace si nadie interpreta? Lo que indica el apóstol: quien habla en lenguas guarda silencio en la reunión y ora a solas.
En mi iglesia no se practican las lenguas. ¿Me dice algo este don? Sí: que todo lo que se hace en la reunión debe poder entenderse, y que el que menos sabe es quien marca el paso.
Serie «Los nueve dones del Espíritu Santo»: Introducción · anterior: Diversos géneros de lenguas. Con este artículo termina la serie; puedes volver al comienzo con La palabra de sabiduría.
Oración
Señor, tú no hablas para esconderte. Te hiciste carne para que te entendiéramos; hablaste nuestro idioma, contaste historias de semillas y de ovejas, y te sentaste a explicar las Escrituras a dos caminantes tristes. Gracias por los que me tradujeron tu Palabra, y por cada persona que un día me explicó lo que yo no entendía. Perdóname las veces que hablé de ti con palabras que nadie comprendía, para parecer más de lo que soy. Ven, Espíritu Santo, y dame tu amor por el que se queda fuera. Si quieres darme este don, que lo ejerza con verdad y con temblor, sin añadir nada mío. Y dámelo, en todo caso, en su forma más sencilla: que sepa decir tu Evangelio con cinco palabras claras al niño, al enfermo, al que duda. Abre el entendimiento de tu pueblo, como en Emaús, y que toda tu Iglesia pueda decir junta: amén. Amén.