La palabra de sabiduría: el don de saber qué hacer
Hay momentos en que conocer la doctrina no basta. Tienes delante una decisión que no admite demora, un conflicto que puede romper una familia, una persona que sufre y te pregunta qué hacer. Sabes muchas cosas, pero no sabes cuál es la que corresponde ahora. Para esos momentos existe un don. Es el primero que nombra el apóstol Pablo:
«Porque a la verdad, a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu.»
1 Corintios 12:8
Este artículo es el primero de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué es la palabra de sabiduría, en qué se diferencia de la sabiduría que todos debemos pedir, dónde aparece en la Biblia, cómo se reconoce, qué peligros tiene y cómo se busca. Al final hay una oración.
Qué es la palabra de sabiduría
Pablo no dice que a uno se le da «la sabiduría», como si esa persona se volviera sabia para siempre y en todo. Dice «palabra de sabiduría»: una palabra, un dicho. Es una porción de la sabiduría de Dios dada por el Espíritu para un momento y una necesidad concretos. Quien la recibe sabe, de pronto y sin haberlo calculado, qué decir o qué hacer; y a menudo él mismo se sorprende de lo que ha dicho.
Una manera sencilla de distinguirla del don que sigue en la lista: el conocimiento dice qué es lo que está pasando; la sabiduría dice qué hacer con ello. Se puede conocer muy bien un problema y no tener idea de cómo salir de él. La palabra de sabiduría abre el camino.
La sabiduría que todos podemos pedir y el don
La Biblia habla de una sabiduría que es para todo creyente y que se pide sin miedo:
«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada.»
Santiago 1:5
Esa sabiduría crece con los años, con la Escritura, con el temor de Dios —«el temor de Jehová es el principio de la sabiduría» (Proverbios 9:10)—, con los golpes y con el consejo de otros. El don del que habla 1 Corintios 12 no la sustituye ni compite con ella. Es una gracia particular que el Espíritu da «como quiere», a veces a la persona menos pensada, para edificar a la comunidad. Pero suele reposar mejor en quien cultiva la primera: el Espíritu habla con más libertad en un corazón lleno de la Palabra y acostumbrado a escuchar.
La sabiduría de Dios tiene un rostro
Antes de mirar los ejemplos, hay que mirar a una persona. Para Pablo, la sabiduría de Dios no es una idea: es «Cristo, potencia de Dios, y sabiduría de Dios» (1 Corintios 1:24), «en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento» (Colosenses 2:3). Y esa sabiduría se mostró donde nadie la habría buscado: en una cruz, que al mundo le parece locura. Por eso la palabra de sabiduría nunca es astucia, ni habilidad para ganar una discusión, ni cálculo para salir beneficiado. Se parece a Jesús. Santiago hace su retrato:
«Mas la sabiduría que es de lo alto, primeramente es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, no juzgadora, no fingida.»
Santiago 3:17
En el Antiguo Testamento
José ante Faraón. José no solo explicó el sueño de las vacas y las espigas; propuso qué hacer: guardar la quinta parte en los años buenos. Faraón reconoció de dónde venía aquello: «¿Hemos de hallar otro hombre como éste, en quien haya espíritu de Dios?… no hay entendido ni sabio como tú» (Génesis 41:38-39). Una palabra de sabiduría salvó del hambre a pueblos enteros.
Salomón y las dos madres. Había pedido «corazón dócil para juzgar», y un día le llevaron un caso imposible: dos mujeres, un niño vivo, ningún testigo. La orden de partir al niño no fue crueldad, sino la palabra exacta que hizo salir a la luz el corazón de la verdadera madre. «Todo Israel… temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar» (1 Reyes 3:28).
Abigail. David bajaba con cuatrocientos hombres decidido a matar. Una mujer le salió al camino, y con unas pocas palabras humildes y certeras lo detuvo. David lo reconoció: «Bendito sea Jehová Dios de Israel, que te envió para que hoy me encontrases; y bendito sea tu razonamiento» (1 Samuel 25:32-33).
Daniel, a quien se le pidió lo que ningún sabio podía dar, y que antes de hablar bendijo a Dios: «suya es la sabiduría y la fortaleza… da la sabiduría a los sabios» (Daniel 2:20-21). Lee José, Salomón y Daniel.
En Jesús
Ya de niño, en el templo, «todos los que le oían, se pasmaban de su entendimiento y de sus respuestas» (Lucas 2:47). De adulto le tendieron trampas pensadas para no tener salida. ¿Es lícito pagar tributo a César? Si decía que sí, perdía al pueblo; si decía que no, lo acusaban ante Roma. Pidió una moneda, y dijo: «Pagad pues a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y oyendo esto, se maravillaron; y dejándole se fueron» (Mateo 22:21-22).
Otra vez le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio. La Ley mandaba apedrearla; la misericordia pedía soltarla; cualquiera de las dos respuestas lo condenaba a él. Se inclinó, escribió en tierra, y dijo una sola frase: «El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero» (Juan 8:7). Aquella palabra salvó una vida, desarmó a los acusadores sin humillarlos y dejó a la mujer frente a la gracia. Eso es una palabra de sabiduría.
En la Iglesia
Jesús prometió este don a los suyos para las horas difíciles:
«Porque yo os daré boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se os opondrán.»
Lucas 21:15
Y se cumplió. De Esteban dice el texto que sus adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hechos 6:10). Cuando la iglesia de Jerusalén estuvo a punto de dividirse por el reparto a las viudas, la solución de escoger a siete hombres «llenos de Espíritu Santo y de sabiduría» resolvió el problema, y la Palabra siguió creciendo (Hechos 6:3-7).
El ejemplo más grande es el concilio de Jerusalén. La pregunta —si los gentiles debían hacerse judíos para ser cristianos— podía partir a la Iglesia en dos. Hubo discusión larga, escucharon los testimonios, buscaron en la Escritura, y Santiago propuso una salida que guardaba la verdad del Evangelio y la comunión entre hermanos. La carta final lo dice de una manera admirable: «ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros» (Hechos 15:28). La palabra de sabiduría no siempre llega a una persona sola en un instante: a veces el Espíritu la da a una comunidad que ora, escucha y discierne junta.
Cómo se manifiesta hoy
Casi nunca es espectacular. Suele ser una frase sencilla que, dicha en el momento justo, cambia el rumbo de una conversación o de una vida. «La palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!» (Proverbios 15:23). Puede darse:
- En el consejo a una persona que no ve salida, cuando de pronto se enciende la pregunta o la observación que le abre un camino.
- En un conflicto de pareja, de familia o de iglesia, cuando alguien encuentra la propuesta que hace justicia a las dos partes.
- En una decisión de liderazgo, cuando el camino correcto no es ninguno de los que estaban sobre la mesa.
- Ante una pregunta difícil o malintencionada sobre la fe.
- En la crianza, cuando un padre o una madre sabe de repente qué necesita ese hijo en ese momento.
- Junto a un enfermo o un moribundo, cuando hay que saber qué decir y, sobre todo, qué callar.
Quienes la han recibido suelen contarlo así: «no lo había pensado; me salió, y supe que no era mío».
Cómo reconocerla
El texto de Santiago es la mejor prueba. La sabiduría de lo alto es pura: no esconde un interés. Pacífica: busca reconciliar, no vencer. Modesta y benigna: no aplasta. Llena de misericordia y de buenos frutos: después de escucharla, las cosas van mejor. No juzgadora, no fingida.
Santiago describe también la falsificación: «si tenéis envidia amarga y contención en vuestros corazones… esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrena, animal, diabólica» (Santiago 3:14-15). Una «palabra» brillante que deja división, humillación u orgullo no viene del Espíritu, por acertada que parezca. Y, como todo don, nunca contradice la Escritura.
Peligros
Confundir la propia opinión con la voz de Dios. No todo lo que se nos ocurre con fuerza es del Espíritu. «No seas sabio en tu opinión» (Proverbios 3:7).
Hablar antes de escuchar. «El que responde palabra antes de oir, le es fatuidad y oprobio» (Proverbios 18:13). La palabra de sabiduría casi siempre viene después de haber oído mucho.
Dar consejos que nadie pidió y dirigir vidas ajenas. El don ofrece luz; no toma decisiones por otros.
Despreciar los medios ordinarios. El estudio, la experiencia y el consejo de varios siguen siendo caminos de Dios: «en la multitud de consejeros hay salud» (Proverbios 11:14).
El orgullo. Salomón recibió sabiduría como nadie y terminó con el corazón dividido. El don no protege a quien deja de temer a Dios.
Cómo pedirla y crecer en ella
- Pídela, y pídela en el momento. Nehemías, ante la pregunta del rey, cuenta: «Entonces oré al Dios de los cielos, y dije al rey…» (Nehemías 2:4-5). Entre la pregunta y la respuesta cupo una oración de un segundo.
- Llénate de la Escritura. Pablo oraba para que los creyentes fueran «llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y espiritual inteligencia» (Colosenses 1:9).
- Sé «pronto para oir, tardío para hablar» (Santiago 1:19).
- Atrévete a decir «no sé». Cuando no hay palabra, lo sabio es callar y orar.
- Di la palabra con humildad y deja a la otra persona en libertad de examinarla.
- Mira el fruto. Con el tiempo se ve si lo dicho trajo paz y bien.
Preguntas frecuentes
¿En qué se diferencia de la palabra de ciencia? La palabra de ciencia da a conocer algo; la de sabiduría muestra qué hacer. Con frecuencia van juntas.
¿Es lo mismo que tener experiencia o sentido común? No, aunque Dios también se vale de ellos. El don puede darse a una persona joven o sin estudios, y llega como algo recibido, no fabricado.
¿Es solo para pastores y líderes? No. Abigail no tenía ningún cargo, y la Biblia recuerda a una mujer anónima que salvó a toda una ciudad «con su sabiduría» (2 Samuel 20:22).
¿Puedo pedir sabiduría para mis propias decisiones? Sí; es una de las promesas más claras de la Biblia: «demándela a Dios… y le será dada».
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Oración
Señor, muchas veces no sé qué hacer. Tengo delante personas que me piden una respuesta, decisiones que no puedo aplazar, y por dentro solo tengo dudas. He hablado de más, he aconsejado desde mi orgullo, he callado cuando debía hablar. Perdóname. Tú prometiste dar sabiduría a quien la pide, sin reproches: te la pido. Ven, Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría y de consejo. Enséñame primero a escuchar: a ti y a la persona que tengo delante. Pon en mi boca la palabra a su tiempo, y guárdame de decirla si no es tuya. Que mis palabras sean puras, pacíficas, llenas de misericordia; que abran caminos y no heridas. Dame la sabiduría de Jesús, que con una sola frase salvó a una mujer y no humilló a nadie. Y cuando no sepa, dame la humildad de decirlo. Amén.