La palabra de ciencia: el don de conocimiento del Espíritu
Una mujer llega a un pozo al mediodía, a la hora en que nadie va, para no encontrarse con nadie. Allí la espera un forastero cansado que le pide agua. Conversan, y de pronto él le dice algo sobre su vida que ningún desconocido podía saber. Ella no huye. Deja el cántaro, corre al pueblo y dice a todos: «Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho» (Juan 4:29). Lo que la transformó no fue que alguien supiera su historia —en el pueblo la sabían todos—, sino que alguien la supiera entera y, aun así, se quedara hablando con ella. A eso apunta el segundo don de la lista de Pablo:
«Porque a la verdad, a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu.»
1 Corintios 12:8
Este artículo forma parte de la serie Los nueve dones del Espíritu Santo. Veremos qué es la palabra de ciencia —o de conocimiento—, qué no es, cómo aparece en la Biblia, para qué sirve, por qué sin amor hace daño y con qué prudencia debe usarse. Al final hay una oración.
Qué es la palabra de ciencia
«Ciencia» traduce aquí la palabra griega gnosis, «conocimiento». Como en el don anterior, Pablo no dice «el conocimiento», sino «palabra de conocimiento»: un saber concreto que el Espíritu da y que se comunica para bien de otros. A lo largo de la historia, los cristianos lo han entendido de dos maneras, y las dos tienen apoyo en la Escritura.
Como conocimiento revelado. El Espíritu da a conocer un hecho que la persona no podía saber por medios naturales —algo sobre la situación o la necesidad de alguien—, para poder ayudarle, orar con acierto o llamarlo a volver a Dios. Así se entiende sobre todo en las iglesias pentecostales y carismáticas.
Como luz para exponer la verdad de Dios. El Espíritu concede comprender y explicar con claridad singular el Evangelio y la Escritura, de modo que quien escucha «ve» lo que antes no veía. Así lo entendieron muchos Padres de la Iglesia y lo entienden muchas iglesias históricas, que lo relacionan con el don de enseñar.
No hace falta escoger. En ambos casos se trata de lo mismo: un conocimiento que viene del Espíritu y no de nuestra agudeza, y que se entrega como palabra para edificar.
Lo que no es
No es adivinación ni «leer la mente». No es la información que se consigue preguntando, investigando o deduciendo por la cara de la gente. No es cultura bíblica acumulada, por valiosa que sea. No es una curiosidad satisfecha: Dios no revela nada para entretener. Y no es un permiso para exponer la vida de otros. La Biblia lo dice de un modo que conviene recordar siempre que se hable de este don:
«Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.»
Deuteronomio 29:29
Las cosas secretas son de Dios. Él conoce todo —«todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13)—, y da a conocer solo lo que hace falta, a quien hace falta, cuando hace falta.
En el Antiguo Testamento
Natán y David. El rey había tapado su pecado con cuidado: nadie sabía nada. El profeta llegó con una historia sobre un rico que robó la única oveja de un pobre, y cuando David se indignó, le dijo: «Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:7). Dios le había dado a conocer lo oculto; y la sabiduría le mostró cómo decirlo. El resultado no fue la destrucción de David, sino su arrepentimiento: «Pequé contra Jehová». Y en seguida la gracia: «También Jehová ha remitido tu pecado» (12:13).
Eliseo. Su criado Giezi corrió a escondidas tras Naamán para sacarle dinero, y al volver mintió. Eliseo le respondió: «¿No fue también mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte?» (2 Reyes 5:26). En otra ocasión, el rey de Siria creyó que tenía un traidor en su corte, porque Israel conocía todos sus planes; un siervo le explicó: «el profeta Eliseo… declara al rey de Israel las palabras que tú hablas en tu más secreta cámara» (2 Reyes 6:12).
Daniel tuvo que decirle al rey no solo el significado de su sueño, sino el sueño mismo. Y dejó claro de dónde venía: «hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios… a mí ha sido revelado este misterio, no por sabiduría que en mí haya más que en todos los vivientes» (Daniel 2:28, 30). Quien tiene este don de verdad nunca se lo atribuye. Lee Eliseo y la doble porción y Daniel en Babilonia.
En Jesús
A Natanael, que venía con sus prejuicios —«¿de Nazaret puede haber algo de bueno?»—, Jesús le dijo: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi» (Juan 1:48). No sabemos qué pasó bajo aquella higuera; Natanael sí, y respondió: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios» (1:49).
Y a la mujer de Samaria:
«Respondió la mujer, y dijo: No tengo marido. Dícele Jesús: Bien has dicho, No tengo marido; Porque cinco maridos has tenido: y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Dícele la mujer: Señor, paréceme que tú eres profeta.»
Juan 4:17-19
Vale la pena fijarse en cómo usó Jesús ese conocimiento. Estaban a solas: no la avergonzó delante de nadie. No empezó por ahí: primero le pidió agua y le habló del don de Dios. No añadió un reproche: dijo la verdad y la dejó frente a ella. Y el fruto fue que una mujer que se escondía de todos terminó anunciando a Cristo en su pueblo, y «muchos de los Samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer» (Juan 4:39). Ese es el modelo.
En la Iglesia
Ananías de Damasco recibió instrucciones de una precisión asombrosa: «ve a la calle que se llama la Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso: porque he aquí, él ora» (Hechos 9:11). Una calle, una casa, un nombre y lo que esa persona estaba haciendo. Gracias a esa palabra, el perseguidor ciego recibió a un hermano que le impuso las manos.
Pedro, en la azotea de Jope, supo por el Espíritu que tres hombres lo buscaban y que debía ir con ellos sin dudar (Hechos 10:19-20); así se abrió la puerta del Evangelio a los gentiles. El mismo Pedro supo que Ananías y Safira mentían sobre su ofrenda (Hechos 5:3-4), en uno de los episodios más serios del libro: Dios no permitió que la hipocresía se instalara en el fundamento de la Iglesia.
Y Pablo describe lo que ocurre cuando el Espíritu toca así a alguien que entra en una reunión: «lo oculto de su corazón se hace manifiesto: y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está en vosotros» (1 Corintios 14:25).
La otra cara: conocer a Dios y su Palabra
Sería un error reducir este don a saber cosas ocultas de las personas. El gran «conocimiento» del Nuevo Testamento es conocer a Dios: «Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado» (Juan 17:3). Pablo pedía para todos «espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento» (Efesios 1:17). Hay hombres y mujeres a quienes el Espíritu da una palabra que ilumina un pasaje, que desata un nudo en la fe de alguien, que hace que la doctrina deje de ser fría y se vuelva vida. También eso es palabra de ciencia, y la Iglesia la necesita tanto como la otra: «Mi pueblo fue talado, porque le faltó sabiduría» (Oseas 4:6).
Para qué sirve
- Para alcanzar a una persona con la certeza de que Dios la conoce y la busca.
- Para orar con acierto por alguien, cuando no sabemos cuál es su verdadera necesidad.
- Para llamar al arrepentimiento y abrir la puerta al perdón, como con David.
- Para guiar el servicio: adónde ir, a quién buscar, como Ananías.
- Para proteger a la comunidad del engaño.
- Para abrir la Escritura y afirmar la fe.
Siempre para edificar. Nunca para exhibirse, para dominar o para satisfacer la curiosidad.
Sin amor, la ciencia hincha
«Y POR lo que hace a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos ciencia. La ciencia hincha, mas la caridad edifica.»
1 Corintios 8:1
Saber algo de otro da poder sobre él, y ese poder es peligroso. Por eso Pablo insiste: «si… entendiese todos los misterios y toda ciencia… y no tengo caridad, nada soy» (1 Corintios 13:2). El amor decide qué se dice, a quién, cuándo y cómo; y muchas veces decide callar. «La caridad cubrirá multitud de pecados» (1 Pedro 4:8). Además, el don es parcial: «ahora conozco en parte» (1 Corintios 13:12). Nadie lo sabe todo de nadie.
Cómo discernir si viene de Dios
- ¿Concuerda con la Escritura y lleva a Jesús?
- ¿Es verdad? A diferencia de otras impresiones, esta puede comprobarse. Si no corresponde a la realidad, no era de Dios.
- ¿Produce libertad y esperanza, o miedo y vergüenza?
- ¿Se dice con humildad, dejando a la persona libre?
- ¿Se guarda la confidencia? «El de espíritu fiel encubre la cosa» (Proverbios 11:13).
- ¿Qué fruto deja en quien la recibe y en quien la da?
Reglas de prudencia
- Lo delicado, en privado. Jesús habló con la samaritana a solas. Nunca se expone el pecado o el dolor de alguien delante de otros.
- Mejor preguntar que afirmar. «¿Puede ser que estés pasando por…?» deja espacio a la persona y a nuestro posible error.
- Nunca acuses por una impresión. «Restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo» (Gálatas 6:1).
- Nada de diagnósticos médicos ni anuncios de muerte, embarazo o infidelidad. Ahí se han destruido vidas.
- No la uses para controlar ni para ganar autoridad sobre nadie.
- Pide junto con ella sabiduría: saber algo no es saber qué hacer con ello.
- Acepta que puedes equivocarte, y sométete a tus pastores.
Hay que advertirlo con claridad: existen quienes fingen este don. Reúnen datos de antemano, o lanzan frases generales que le sirven a cualquiera, y lo presentan como revelación ante un público. Eso es fraude, y suele ir acompañado de una petición de dinero. El don verdadero no necesita escenario.
Cómo crecer en este don
No hay técnica. Hay un camino: cercanía con Dios, amor por las personas y fidelidad en lo pequeño. Muchas veces la palabra de ciencia llega mientras se intercede por alguien: empieza a orar por las personas con tiempo y atención, y pregunta al Señor cómo orar. Llénate de la Escritura, para reconocer su voz. Obedece los impulsos sencillos del Espíritu —«Llégate, y júntate a este carro» (Hechos 8:29)—. Y pide más amor que conocimiento: Dios confía sus secretos a quienes no los usarán para hacer daño. Lee Cómo aprender a orar.
Preguntas frecuentes
¿No es lo mismo que adivinar? No. La adivinación busca conocimiento oculto por medios prohibidos y para provecho propio. Este don no se busca ni se provoca: Dios lo da cuando quiere, para bien de otro, y lleva a Cristo.
¿Puede equivocarse quien lo ejerce? Sí. Somos vasos de barro y «conocemos en parte». Por eso se examina, y por eso se habla con humildad.
¿En qué se diferencia de la profecía y del discernimiento? La palabra de ciencia da a conocer un hecho; la profecía transmite un mensaje de Dios para edificar; el discernimiento distingue de qué espíritu procede algo. En la práctica se entrelazan.
¿El estudio de la Biblia estorba a este don? Al contrario: lo cuida. El Espíritu que inspiró la Escritura no compite con ella.
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Oración
Señor, tú me has examinado y conocido. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; antes de que la palabra esté en mi lengua, tú ya la sabes toda. Y conociéndome así, no te has ido. Como a la mujer del pozo, me has dicho todo lo que he hecho, y te has quedado hablando conmigo. Gracias. Ven, Espíritu Santo, y dame conocerte a ti, que es la vida eterna; todo lo demás es añadidura. Si quieres mostrarme algo de la necesidad de otro, que sea para amarlo mejor, para orar con verdad, para llevarlo a Jesús. Guárdame de la curiosidad, de la vanidad de saber y de usar lo que sé para dominar. Enséñame a cubrir, a callar, a esperar tu momento. Que quien hable conmigo salga sabiendo que tú lo conoces y lo amas. Amén.