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Cuando Dios usa a nuestros enemigos para atraernos: el Egipto de hoy

Ilustración del artículo «Cuando Dios usa a nuestros enemigos para atraernos: el Egipto de hoy» (Fe)

A veces Dios permite que la presión de nuestros enemigos o de nuestras circunstancias se vuelva insoportable para que dejemos de apoyarnos en lo que nos esclaviza y clamemos a él. Así ocurrió con Israel en Egipto. El lugar que un día fue refugio se convirtió en esclavitud, y la dureza del faraón fue lo que hizo subir el clamor del pueblo hasta Dios:

«Y aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel suspiraron a causa de la servidumbre, y clamaron: y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos, y acordóse de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y reconociólos Dios.»

Éxodo 2:23-25 (RV 1909)

Este artículo explica cómo Dios usó a Egipto y al faraón para atraer a su pueblo, cómo ha hecho lo mismo a lo largo de la Biblia, qué es «el Egipto de nuestros días», por qué Dios no es el autor del mal aunque lo use para bien, y cómo salir de Egipto sin volver atrás. Al final hay una oración.

De refugio a esclavitud

Israel no llegó a Egipto como esclavo. Llegó invitado, en tiempos de hambre, gracias a José. Egipto les dio comida, tierra y seguridad. Pero con el tiempo «levantóse… un nuevo rey sobre Egipto, que no conocía a José» (Éxodo 1:8), y todo cambió:

«Empero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían: así que estaban ellos fastidiados de los hijos de Israel. Y los Egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza: Y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo, y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigorismo.»

Éxodo 1:12-14 (RV 1909)

Este es el primer rasgo de todo «Egipto»: casi nunca empieza como cárcel. Empieza como alivio, como comodidad, como solución. Un trabajo, una relación, una costumbre, una sustancia, un sistema que al principio nos sostiene y luego nos amarga la vida.

Cuando la presión se convierte en clamor

Mientras Egipto era cómodo, Israel no pensaba en salir. Fue la dureza de la servidumbre la que les hizo clamar. Y Dios respondió: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues tengo conocidas sus angustias: Y he descendido para librarlos» (Éxodo 3:7-8).

Fíjate en lo que dice el texto: Dios ve, oye, conoce y desciende. No era indiferente. Pero el clamor del pueblo fue el comienzo de la liberación. A veces la presión de nuestros enemigos es lo que finalmente nos pone de rodillas, y allí empieza todo.

Y hay algo más: «Empero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían» (Éxodo 1:12). La opresión que debía destruirlos los hizo más fuertes.

Dios usa incluso al faraón

El faraón respondió con soberbia: «¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel?» (Éxodo 5:2). Su dureza parecía el gran obstáculo. Pero Dios le dijo: «Y a la verdad yo te he puesto para declarar en ti mi potencia, y que mi Nombre sea contado en toda la tierra» (Éxodo 9:16; Romanos 9:17). Aquel enemigo, sin saberlo, se convirtió en el escenario donde Dios mostró su poder.

Al final, en el mar Rojo, Moisés dijo al pueblo: «No temáis; estáos quedos, y ved la salud de Jehová, que él hará hoy con vosotros; porque los Egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis» (Éxodo 14:13). «Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová» (Proverbios 21:1).

Un patrón en toda la Biblia

Lo que pasó en Egipto se repite muchas veces en la Escritura:

  • En los Jueces: cuando Israel se apartaba, caía bajo pueblos enemigos; entonces «clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová suscitó salvador» (Jueces 3:9).
  • Asiria y Babilonia: Dios llamó a Asiria «vara y bastón de mi furor» (Isaías 10:5), y a Nabucodonosor, «mi siervo» (Jeremías 25:9). Imperios crueles que, sin saberlo, sirvieron para llamar a Israel al arrepentimiento.
  • Manasés: uno de los reyes más malvados de Judá fue llevado preso a Babilonia. En la angustia oró, se humilló, y «entonces conoció Manasés que Jehová era Dios» (2 Crónicas 33:13).
  • Naamán: unos invasores sirios se llevaron cautiva a una niña israelita. Esa niña habló a su señora del profeta de Samaria, y el general enemigo fue sanado y conoció a Dios (2 Reyes 5:1-3).
  • José: sus hermanos lo vendieron por envidia. Años después les dijo: «Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).
  • La Iglesia primitiva: la persecución dispersó a los cristianos, y «los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra» (Hechos 8:4).

Y el ejemplo más claro de todos: el hijo pródigo. Lo que lo hizo volver no fue un sermón, sino el hambre. «Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!» (Lucas 15:17). Lee La parábola del hijo pródigo explicada.

Dios no es el autor del mal

Aquí hay que hablar con cuidado. Decir que Dios usa a nuestros enemigos no significa que él apruebe el mal que nos hacen ni que lo haya causado. Los opresores son responsables de su maldad. La Biblia afirma: «Porque no aflige ni congoja de su corazón a los hijos de los hombres» (Lamentaciones 3:33). Dios no disfruta de nuestro dolor.

Lo que la Biblia enseña es que Dios es más grande que el mal y puede tomarlo y torcerlo hacia el bien de los que le aman: «Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28). El mal sigue siendo mal; pero no tiene la última palabra.

El Egipto de nuestros días

En el Apocalipsis, la ciudad que se opone a Dios es llamada «espiritualmente… Sodoma y Egipto» (Apocalipsis 11:8). Egipto se volvió en la Biblia una imagen de toda esclavitud. ¿Cuál es el Egipto de hoy?

  • Las adicciones: el alcohol, las drogas, la pornografía, el juego, que prometen alivio y terminan dominando. Lee Cómo superar la drogadicción con la Biblia y con ayuda.
  • Las deudas y la avaricia: vivir para tener, trabajar como esclavos de un estilo de vida.
  • Las relaciones destructivas: vínculos que nos alejan de Dios y nos roban la paz.
  • Los pecados que se volvieron hábito: la mentira, el resentimiento, la doble vida.
  • La comodidad sin Dios: una vida «resuelta» en la que ya no se ora ni se busca a Dios.

A veces es justamente el «faraón» de ese Egipto —la adicción que se vuelve insoportable, el jefe que humilla, la deuda que asfixia, la persona que traiciona— lo que nos hace por fin levantar los ojos. El salmista lo reconoció: «Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra» (Salmo 119:67). «Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos» (119:71).

La tentación de volver a Egipto

Lo sorprendente es que, apenas salieron, los israelitas empezaron a añorar Egipto: «Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los cohombros, y de los melones, y de los puerros, y de las cebollas, y de los ajos» (Números 11:5). Se olvidaban de los látigos y recordaban las cebollas.

Por eso Dios no los llevó por el camino más corto, «porque dijo Dios: Que quizá no se arrepienta el pueblo cuando vieren la guerra, y se vuelvan a Egipto» (Éxodo 13:17). Dios conoce nuestra tendencia a regresar a lo que nos esclavizaba. Pablo nos advierte: «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis otra vez a ser presos en el yugo de servidumbre» (Gálatas 5:1).

El desierto: donde Dios habla al corazón

Entre Egipto y la tierra prometida está el desierto. No es un castigo, sino una escuela: «Y acordarte has de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, por probarte, para saber lo que estaba en tu corazón» (Deuteronomio 8:2). Allí aprendieron que «el hombre no vivirá de solo pan» (8:3).

Oseas lo dice con ternura: «yo la induciré, y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón» (Oseas 2:14). Y también: «de Egipto llamé a mi hijo» (Oseas 11:1). Detrás de todo está el amor que nos atrae: «Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia» (Jeremías 31:3). Jesús dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Juan 6:44).

Cómo salir de Egipto

  1. Clama. No escondas tu esclavitud. Dios oye el gemido de los oprimidos (Éxodo 2:24). «Jehová llamé estando en angustia, y él me respondió» (Salmo 120:1).
  2. Llama a Egipto por su nombre. Reconoce qué te tiene atado. Lo que no se nombra no se deja.
  3. Acepta al «Moisés» que Dios te envía. Un pastor, un amigo, un grupo de apoyo, un profesional. Dios libera también por medio de personas.
  4. Cruza el mar. Habrá una decisión que cierra la puerta de regreso: cortar un contacto, deshacerte de algo, pedir ayuda formal.
  5. No idealices Egipto. Cuando venga la nostalgia, recuerda los látigos, no solo las cebollas.
  6. Deja que el desierto te forme. El camino de libertad tiene etapas. Dios camina contigo en cada una.
  7. Recuerda quién te libertó. «Yo soy JEHOVÁ tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de siervos» (Éxodo 20:2). «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36).

Una advertencia importante: si tu «faraón» es una persona que te maltrata, te amenaza o te somete a violencia, Dios no quiere que te quedes allí esperando a que cambie. Busca ayuda, ponte a salvo y acude a las autoridades. Salir de Egipto también es obedecer a Dios. Lee Los que se enojan contra ti serán avergonzados y Volver a Cristo.

Preguntas frecuentes

¿Dios usa a los enemigos para acercarnos a él? La Biblia muestra que Dios puede usar la oposición y la aflicción, incluso causadas por personas malas, para que su pueblo vuelva a él: Egipto, los Jueces, Babilonia, Manasés, el hijo pródigo. No aprueba el mal, pero lo hace servir a su propósito (Génesis 50:20; Romanos 8:28).

¿Qué representa Egipto en la Biblia? Egipto representa la esclavitud de la que Dios libera a su pueblo: «casa de siervos» (Éxodo 20:2). En sentido espiritual, simboliza el pecado, los vicios y todo lo que nos domina y nos aparta de Dios.

¿Por qué Dios permite la aflicción? No porque se alegre de ella (Lamentaciones 3:33), sino porque puede usarla para despertarnos, purificarnos y acercarnos a él: «Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba» (Salmo 119:67).

¿Qué significa «no volver a Egipto»? No regresar a las esclavitudes de las que Dios nos ha sacado. Gálatas 5:1 lo dice así: «no volváis otra vez a ser presos en el yugo de servidumbre».

¿Debo soportar a una persona que me hace daño porque Dios la está usando? No. Que Dios pueda sacar bien del mal no significa que debas quedarte bajo el maltrato. Busca protección, ayuda profesional y, si es necesario, a las autoridades.

Oración

Señor, tú ves mi aflicción, oyes mi clamor y conoces mis angustias. Hoy te confieso mi Egipto: lo que un día me pareció refugio y hoy me tiene esclavo. Te doy gracias incluso por la presión que me hizo levantar los ojos, porque me trajo hasta ti. No eres el autor de mi dolor, pero eres más grande que él; toma lo que otros pensaron para mal y encamínalo a bien. Ven, Espíritu Santo, rompe mis cadenas y dame valor para cruzar el mar y no mirar atrás. Cuando la nostalgia me engañe, recuérdame los látigos y no las cebollas. Llévame al desierto si es necesario, y háblame allí al corazón. Pon a mi lado a las personas que envías para ayudarme, y dame humildad para recibir su ayuda. Te pido también por quienes me han oprimido: que te conozcan, como Naamán, y encuentren tu misericordia. Tú me sacaste de la casa de servidumbre; quiero vivir libre para ti. En el nombre de Jesús. Amén.