La transformación de Pablo: de enemigo de los cristianos a testigo de Jesucristo
Hay historias en la Biblia que nos recuerdan que ninguna persona está demasiado lejos de Dios para recibir su misericordia. Hay vidas que parecen caminar en la dirección contraria a la voluntad del Señor, corazones convencidos de tener la razón y personas que, creyendo defender la verdad, terminan luchando contra la obra de Dios.
Una de esas historias es la de Saulo de Tarso, conocido posteriormente como el apóstol Pablo. Su vida representa una de las transformaciones más extraordinarias del Nuevo Testamento. Fue un hombre que persiguió con violencia a los seguidores de Jesucristo, participó en la persecución de la iglesia y creyó que estaba haciendo lo correcto. Sin embargo, un encuentro con Jesús cambió completamente su historia.
La experiencia de Pablo nos enseña que Dios no mira solamente nuestro pasado, nuestros errores o nuestras equivocaciones. Dios también ve lo que podemos llegar a ser cuando nos rendimos a su voluntad.
Hoy quiero compartir esta historia como un testimonio del poder de Dios para transformar una vida. Porque el mismo Señor que encontró a Saulo en el camino a Damasco continúa llamando a las personas, confrontando sus corazones y ofreciéndoles una nueva oportunidad.
Muchas cosas influyen en lo que llegamos a ser: la herencia de nuestros padres, el ambiente en que crecimos, la educación que recibimos y las decisiones que tomamos. Pero en la vida de un creyente hay una influencia más poderosa que todas ellas: la gracia de Dios. Su propósito es claro:
«Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.»
Romanos 8:29 (RV 1909)
Ese proceso comienza el día en que la gracia nos alcanza en la salvación y continúa durante toda la vida. Pablo es la mejor ilustración de ello, y él mismo lo resumió en una frase que recorre todo este artículo: «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Corintios 15:10).
1. Saulo: un hombre religioso que perseguía a los seguidores de Jesús
Antes de convertirse en uno de los principales anunciadores del evangelio, Saulo era conocido por su oposición a los cristianos. Era judío, fariseo, instruido en la ley y profundamente comprometido con sus convicciones religiosas.
En Filipenses 3:5-6, Pablo describe posteriormente su antiguo modo de vida: pertenecía al pueblo de Israel, era fariseo y, en cuanto a su celo religioso, perseguidor de la iglesia.
Saulo no era un hombre indiferente a la religión. Por el contrario, estaba convencido de defender las tradiciones de sus antepasados. Consideraba que el movimiento de los seguidores de Jesús amenazaba aquello en lo que creía. Su celo, sin embargo, lo llevó a cometer actos de persecución contra personas que confesaban a Jesucristo como Señor.
Hechos 8:3 relata que Saulo asolaba la iglesia y entraba en las casas para llevar a hombres y mujeres a la cárcel. Hechos 9:1-2 también lo presenta respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor.
Años después, ante el rey Agripa, el propio Pablo confesó sin rodeos hasta dónde había llegado:
«Yo ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret: Lo cual también hice en Jerusalem, y yo encerré en cárceles a muchos de los santos, recibida potestad de los príncipes de los sacerdotes; y cuando eran matados, yo dí mi voto. Y muchas veces, castigándolos por todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extrañas.»
Hechos 26:9-11 (RV 1909)
No era un error pequeño. Era odio sincero contra el nombre de Jesús, un odio que se creía al servicio de Dios.
¡Qué contraste tan impresionante! Un hombre que conocía las Escrituras, que tenía formación religiosa y que estaba convencido de defender la verdad, estaba persiguiendo a quienes anunciaban al Mesías.
Esta parte de su historia nos obliga a reflexionar. No basta con conocer la Biblia, pertenecer a una iglesia, hablar de Dios o defender determinadas creencias. También necesitamos permitir que el Señor transforme nuestro corazón.
Podemos tener conocimientos religiosos y, aun así, actuar con orgullo, violencia, intolerancia o falta de misericordia. Podemos creer que tenemos la razón y estar equivocados en nuestra manera de tratar a los demás.
Saulo nos demuestra que la sinceridad de nuestras convicciones no garantiza que estemos actuando conforme a la voluntad de Dios.
La pregunta que surge es esta: ¿cuántas veces hemos defendido nuestras propias ideas sin detenernos a escuchar al Señor? ¿Cuántas veces hemos juzgado a otras personas sin comprender lo que Dios está haciendo en sus vidas?
La historia de Pablo comienza con un hombre que creía tener la razón, pero que necesitaba encontrarse personalmente con Jesucristo.
2. El camino a Damasco: cuando Jesús confrontó a Saulo
En Hechos 9 encontramos uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia cristiana.
Saulo se dirigía a Damasco con autorización para detener a los seguidores de Jesús y llevarlos presos a Jerusalén. Su propósito era continuar la persecución de la iglesia. No viajaba buscando convertirse al cristianismo. No iba dispuesto a cambiar de opinión. Su intención era combatir a quienes consideraba enemigos de su fe.
Pero Dios tenía otros planes.
Hechos 9:3-4 relata que, cuando Saulo se acercaba a Damasco, una luz del cielo lo rodeó. Cayó al suelo y escuchó una voz que le decía:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
Saulo respondió preguntando quién era aquel que le hablaba. La respuesta fue contundente:
«Yo soy Jesús a quien tú persigues».
En ese momento, todo comenzó a cambiar.
Saulo estaba persiguiendo a los cristianos, pero Jesús le reveló que su persecución contra los discípulos también era una agresión contra Él. Cristo se identifica con su pueblo. Lo que hacemos contra sus seguidores no le resulta indiferente.
Saulo seguramente había escuchado hablar de Jesús. Quizá había conocido los argumentos de quienes anunciaban su resurrección. Sin embargo, aquel encuentro convirtió una discusión religiosa en una confrontación personal con el Señor resucitado.
Jesús no le preguntó cuántos conocimientos tenía ni cuántas tradiciones religiosas conocía. Le hizo una pregunta que penetró en lo más profundo de su conciencia: «¿Por qué me persigues?».
Era el momento de enfrentarse a la verdad.
El perseguidor descubrió que estaba combatiendo a aquel a quien Dios había levantado de entre los muertos. El hombre que pretendía capturar a los discípulos terminó siendo confrontado por el propio Señor.
A veces pensamos que Dios solamente se manifiesta cuando lo buscamos voluntariamente. Pero la historia de Pablo nos recuerda que también puede interrumpir nuestro camino, cuestionar nuestras decisiones y mostrarnos que necesitamos cambiar de dirección.
Dios no confrontó a Saulo para destruirlo, sino para detenerlo, transformarlo y darle una nueva misión.
Aquella luz no solamente iluminó el camino a Damasco. También comenzó a iluminar la oscuridad espiritual de su corazón.
3. La caída de Saulo: reconocer que necesitamos a Dios
Después de aquel encuentro, Saulo quedó ciego. Los hombres que lo acompañaban lo llevaron de la mano hasta Damasco, donde permaneció tres días sin ver, sin comer y sin beber, según Hechos 9:8-9.
¡Qué cambio tan profundo!
El hombre que había salido con autoridad para arrestar a otros tuvo que ser conducido de la mano. El hombre que creía tener todas las respuestas quedó sin poder ver. El hombre que pretendía controlar la situación tuvo que detenerse y depender de los demás.
Su ceguera física representaba, en cierto sentido, la necesidad de reconocer una realidad espiritual que antes no había comprendido.
Durante esos días, Saulo tuvo que enfrentarse a las consecuencias de su encuentro con Jesús. Su antigua seguridad había sido sacudida. Sus convicciones estaban siendo confrontadas y su futuro ya no podía ser el mismo.
La transformación comenzó cuando dejó de avanzar por sus propias fuerzas.
En ocasiones, nosotros también necesitamos detenernos. Nos acostumbramos a defender nuestro orgullo, justificar nuestros errores y continuar por caminos que nos alejan de Dios. Pensamos que reconocer una equivocación significa perder, cuando en realidad puede ser el principio de una vida nueva.
Arrepentirse no es simplemente sentirse mal por lo que hicimos. Es reconocer nuestro pecado, cambiar nuestra manera de pensar y comenzar a caminar en una dirección diferente.
Saulo no podía borrar lo que había hecho contra la iglesia. No podía devolverles a las familias la tranquilidad que les había quitado ni deshacer la persecución que había promovido. Pero sí podía responder al llamado de Jesús y permitir que Dios transformara su futuro.
El pasado de una persona tiene consecuencias, pero no tiene que convertirse en el dueño de toda su vida.
Cuando Dios nos confronta, no lo hace para que vivamos eternamente encadenados a la culpa. Nos llama a reconocer la verdad, arrepentirnos y caminar en obediencia.
4. Ananías: Dios también utiliza a otras personas para restaurarnos
Mientras Saulo permanecía en Damasco, el Señor habló con un discípulo llamado Ananías.
Le ordenó que fuera a buscar a Saulo. La reacción de Ananías fue comprensible. Él sabía quién era aquel hombre y conocía el daño que había causado a los creyentes.
Hechos 9:13-14 registra su preocupación: había oído hablar de los males que Saulo había hecho contra los santos y de la autoridad que tenía para arrestar a quienes invocaban el nombre de Jesús.
Ananías tenía motivos para sentir miedo. Sin embargo, Dios le dijo que fuera, porque Saulo era un instrumento escogido para llevar el nombre del Señor ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.
Ananías obedeció. Entró en la casa, puso las manos sobre Saulo y lo llamó «hermano», según Hechos 9:17.
¡Qué palabra tan poderosa!
El hombre que había llegado para perseguir a los cristianos fue recibido por uno de ellos como hermano. El perseguidor encontró a un discípulo que, a pesar de sus temores, obedeció a Dios y participó en su restauración.
Ananías no ignoró el pasado de Saulo, pero tampoco permitió que ese pasado fuera más grande que el propósito que Dios estaba revelando.
Este episodio nos enseña dos verdades importantes.
La primera es que necesitamos personas dispuestas a ayudarnos a caminar en la dirección correcta. Dios puede utilizar a alguien para orientarnos, orar por nosotros, acompañarnos y recordarnos que su gracia puede hacer una obra nueva en nuestra vida.
La segunda es que debemos tener cuidado de no condenar a alguien para siempre por sus errores pasados. Eso no significa confiar ciegamente en todo el mundo, eliminar las consecuencias de las malas acciones o dejar de proteger a quienes han sido perjudicados. Significa reconocer que el arrepentimiento verdadero y el cambio son posibles.
La iglesia está llamada a proclamar la verdad, practicar la justicia y ofrecer misericordia. No debemos confundir la misericordia con la aprobación del pecado, ni la justicia con la condena perpetua de una persona arrepentida.
Ananías tuvo que vencer su temor y obedecer. Saulo tuvo que recibir ayuda y comenzar una vida diferente. En ambos encontramos una lección de humildad.
5. Saulo recupera la vista y comienza una nueva vida
Hechos 9:18 relata que algo semejante a escamas cayó de los ojos de Saulo, recuperó la vista, se levantó y fue bautizado.
Después comió, recobró fuerzas y comenzó a relacionarse con los discípulos de Damasco.
La transformación no quedó limitada a una experiencia extraordinaria. Empezó a manifestarse en su manera de vivir.
Hechos 9:20 dice que inmediatamente comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
Pensemos en lo que esto significaba. El hombre que había perseguido a los seguidores de Cristo ahora anunciaba públicamente a Cristo. El que había tratado de silenciar el evangelio se convirtió en uno de sus proclamadores.
Las personas que lo escuchaban estaban sorprendidas. En Hechos 9:21 se preguntaban si aquel no era el mismo que había causado estragos entre quienes invocaban el nombre de Jesús.
Su cambio era tan evidente que resultaba difícil comprenderlo.
La verdadera conversión no consiste únicamente en experimentar una emoción durante un culto, llorar mientras se escucha una predicación o pronunciar una oración. Es el comienzo de una vida orientada hacia Jesucristo.
Una persona transformada puede seguir enfrentando luchas, debilidades y tentaciones. La conversión no significa que desaparezcan de inmediato todos los defectos. Significa que comienza un proceso de arrepentimiento, renovación y obediencia a Dios.
Saulo necesitó aprender, crecer, relacionarse con otros creyentes y desarrollar su ministerio. Su historia no terminó en el camino a Damasco; allí comenzó una nueva etapa.
Dios no solamente quería sacarlo de la persecución. Quería convertirlo en un testigo de su gracia. Lee también Nacer de nuevo.
De pecador a santo: aceptados solo por gracia
Lo primero que hizo la gracia en Pablo fue cambiar su condición delante de Dios. Antes de Damasco, Saulo tenía muchas razones para sentirse aceptable: «Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno parece que tiene de qué confiar en la carne, yo más» (Filipenses 3:4). Linaje, educación, disciplina religiosa y un cumplimiento de la ley que él mismo llamaba «irreprensible». Y, sin embargo, después de conocer a Cristo escribió:
«Pero las cosas que para mí eran ganancias, helas reputado pérdidas por amor de Cristo. Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngolo por estiércol, para ganar a Cristo.»
Filipenses 3:7-8 (RV 1909)
Si las buenas obras, la religiosidad o una conducta intachable bastaran para ser aceptados por Dios, Pablo jamás habría escrito estas palabras. Nada de lo que uno es o hace —lo buen ciudadano, lo generoso, lo buen padre, esposo o esposa, lo religioso que sea— puede comprar la aceptación de Dios. Solo hay un camino: recibir por la fe a Cristo, que murió por nuestros pecados. «Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: No por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). Por eso Pablo dijo: «lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gálatas 6:14).
Aquí está uno de los errores más comunes: «Quisiera acercarme a Dios, pero primero tengo que arreglar mi vida». ¿Cuánto arregló Saulo antes de que Cristo lo encontrara? Nada. Iba camino de Damasco a encarcelar cristianos. Pablo explica por qué: estábamos «muertos en vuestros delitos y pecados» (Efesios 2:1). Un muerto no puede lavarse a sí mismo. «Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos» (Efesios 2:4-5). No hay que limpiarse para venir a Cristo: se viene a Cristo para ser limpiado.
Pablo entendió además que Dios lo había salvado con un propósito que nos toca a nosotros:
«Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Mas por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habían de creer en él para vida eterna.»
1 Timoteo 1:15-16 (RV 1909)
Dios hizo de Pablo un ejemplo, una muestra de toda su clemencia. Es como si dijera al mundo: si pude alcanzar a este hombre, derribarlo en el camino y transformarlo, ¿a quién no podré perdonar, redimir y reconciliar conmigo? Si piensas que tu pasado es demasiado oscuro, pregúntate: ¿has encarcelado cristianos y has dado tu voto para que los mataran? Pablo lo hizo, y fue recibido a misericordia. «Mas cuando el pecado creció, sobrepujó la gracia» (Romanos 5:20).
La sangre de Cristo no se limita a mejorar el pasado: lo borra. «Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones» (Salmo 103:12), y «la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). Lo único que puede hacer vana la gracia de Dios para una persona es rechazarla. Por eso Pablo rogaba «que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2 Corintios 6:1).
De esclavo del pecado a siervo de Dios
La gracia no solo cambió la condición de Pablo; cambió también a quién servía. En Romanos 6 explica un principio sencillo: todos servimos a alguien. «¿No sabéis que a quien os prestáis vosotros mismos por siervos para obedecerle, sois siervos de aquel a quien obedecéis, o del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?» (Romanos 6:16). Y añade: «cuando fuisteis siervos del pecado, erais libres acerca de la justicia» (6:20). Quien vive en el pecado no puede producir una vida justa: está atado.
Eso era Saulo: un hombre religioso, pero esclavo, cuya esclavitud se expresaba en el odio y la persecución. La gracia lo liberó y le dio un nuevo Señor:
«Mas ahora, librados del pecado, y hechos siervos a Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna.»
Romanos 6:22 (RV 1909)
Dios «nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Colosenses 1:13). Es un cambio de naturaleza, de condición y de carácter: el que está en Cristo es «nueva criatura» (2 Corintios 5:17) y ha sido hecho participante «de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4).
6. De Saulo a Pablo: una vida al servicio del evangelio
Con el paso del tiempo, Pablo se convirtió en uno de los principales misioneros y maestros de la iglesia primitiva.
Es importante aclarar que Hechos 13:9 identifica a Saulo, llamado también Pablo. La Biblia no presenta su cambio de nombre como el momento exacto de su conversión. Lo esencial no es el nombre que utilizó, sino la transformación de su vida y su misión.
Pablo recorrió distintas regiones anunciando el evangelio de Jesucristo. Predicó, enseñó, fundó comunidades cristianas, acompañó a los creyentes y escribió cartas que llegaron a formar parte del Nuevo Testamento.
Pero su nueva vida no estuvo libre de dificultades.
En 2 Corintios 11:23-28 recuerda los sufrimientos que enfrentó por causa de su ministerio: encarcelamientos, azotes, peligros durante sus viajes, naufragios, hambre, sed y preocupación constante por las iglesias.
El hombre que antes utilizaba su celo para perseguir a los cristianos ahora soportaba sufrimientos para anunciar a Jesús.
¿Qué había cambiado?
Había cambiado el centro de su vida. Antes actuaba convencido de que debía destruir aquel movimiento cristiano. Después de su encuentro con Jesús, dedicó su existencia a proclamar el evangelio que antes combatía.
Pablo comprendió que la vida ya no debía girar alrededor de su prestigio, su conocimiento o sus logros personales, sino alrededor de Cristo.
Por eso escribió en Gálatas 2:20:
«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí.»
Gálatas 2:20 (RV 1909)
Esta declaración resume el sentido de su transformación. Pablo no afirmaba que había dejado de ser humano o que nunca volvía a equivocarse. Expresaba que Jesucristo se había convertido en el centro de su existencia.
La transformación cristiana significa aprender a pensar, actuar, amar, perdonar y servir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo.
No se trata simplemente de cambiar de religión, sino de permitir que el Señor cambie nuestras prioridades y nuestra manera de relacionarnos con los demás.
7. El hombre que reconoció su pasado sin quedar prisionero de él
Una de las razones por las que el testimonio de Pablo tiene tanta fuerza es que nunca ocultó completamente su pasado.
En 1 Timoteo 1:13 reconoció que anteriormente había sido blasfemo, perseguidor e injuriador, pero afirmó que había recibido misericordia porque había actuado por ignorancia e incredulidad.
En 1 Corintios 15:9 se describió como el menor de los apóstoles porque había perseguido a la iglesia de Dios. Sin embargo, en el versículo siguiente declaró que por la gracia de Dios es lo que es:
«Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí la iglesia de Dios. Empero por la gracia de Dios soy lo que soy: y su gracia no ha sido en vano para conmigo; antes he trabajado más que todos ellos: pero no yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo.»
1 Corintios 15:9-10 (RV 1909)
Esta frase revela el corazón de su testimonio.
Pablo no decía que sus acciones anteriores fueran insignificantes. Reconocía que había hecho daño y que no merecía atribuirse el mérito de su transformación. Su esperanza estaba en la gracia de Dios.
La gracia significa que Dios nos ofrece su favor sin que podamos comprarlo o ganarlo mediante nuestros méritos. No significa que el pecado carezca de importancia, sino que la misericordia del Señor puede alcanzar al pecador que se arrepiente y vuelve a Él.
Pablo comprendió que no podía cambiar su pasado, pero podía vivir de una manera distinta a partir de su encuentro con Cristo.
Esta verdad es especialmente importante para quienes cargan con sentimientos de culpa, vergüenza o fracaso. Tal vez algunas personas piensan que han cometido demasiados errores. Otras creen que su historia familiar, sus malas decisiones o sus años alejadas de Dios las descalifican para siempre.
El testimonio de Pablo anuncia que la misericordia de Dios es más grande que el pasado de una persona arrepentida. Lee también Soy pecador: ¿seré aceptado por Dios?
Sin embargo, esa gracia no debe utilizarse como excusa para continuar haciendo daño. La transformación auténtica reconoce las faltas, busca reparar lo que sea posible y produce frutos visibles.
No podemos afirmar que hemos cambiado si seguimos justificando las mismas conductas que antes destruían nuestras relaciones.
La gracia nos recibe, pero también nos enseña a vivir de una manera nueva.
8. El amor de Cristo transformó su manera de entender a los demás
Antes de su conversión, Saulo participaba en la persecución de personas que consideraba equivocadas. Después, Pablo dedicó su vida a anunciar que la salvación se ofrece por medio de Jesucristo.
Su misión incluyó a los gentiles, es decir, a quienes no pertenecían al pueblo judío. En Hechos 9:15, el Señor lo identifica como un instrumento escogido para llevar su nombre ante las naciones.
Pablo llegó a comprender que el evangelio no debía quedar limitado por barreras culturales, sociales o nacionales.
En Gálatas 3:28 escribió que, en Cristo, las distinciones entre judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer no determinan quién puede formar parte del pueblo de Dios. Su enseñanza afirmaba la unidad de los creyentes en Jesucristo.
El antiguo perseguidor se convirtió en un mensajero que atravesaba fronteras para compartir la buena noticia.
Este cambio nos invita a examinar nuestra manera de tratar a quienes son diferentes de nosotros. ¿Somos capaces de escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo? ¿Tratamos con dignidad a quienes tienen otra historia, otra cultura o una forma distinta de pensar? ¿Estamos dispuestos a reconocer que también necesitamos aprender?
El evangelio no nos llama a vivir dominados por el odio. Nos llama a amar al prójimo, decir la verdad y buscar la reconciliación sin renunciar a la justicia.
Pablo, que había contribuido a crear sufrimiento entre los cristianos, dedicó el resto de su vida a servir a Cristo y fortalecer a su iglesia.
Su historia demuestra que Dios puede redirigir las capacidades de una persona. El celo que antes utilizaba para perseguir fue sustituido por una entrega incansable a la misión de anunciar el evangelio.
9. El propósito de Dios no eliminó las dificultades de Pablo
Ser transformado por Dios no significa recibir una vida sin problemas.
Pablo fue perseguido, encarcelado y rechazado en distintas ocasiones. En 2 Corintios 12:7-10 habla de un aguijón en la carne y de cómo pidió al Señor que se lo quitara. La respuesta que recibió fue:
«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo.»
2 Corintios 12:9 (RV 1909)
Este pasaje nos enseña que la vida cristiana no consiste en tener el control absoluto de todas las circunstancias. Consiste en aprender a depender de Dios incluso cuando no comprendemos por qué atravesamos determinadas pruebas. Lee El aguijón de Pablo y Cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Pablo experimentó debilidades, angustias y sufrimientos, pero no abandonó su misión. Su confianza no dependía de que todo saliera como él quería, sino de la fidelidad de Cristo.
También nosotros podemos atravesar temporadas de incertidumbre, pérdidas, dificultades económicas, conflictos familiares o luchas interiores. No siempre recibiremos respuestas inmediatas ni desaparecerán automáticamente nuestros problemas cuando comencemos a buscar a Dios.
Pero podemos aprender a enfrentarlos de una manera diferente: con fe, paciencia, sabiduría y esperanza.
La transformación espiritual no nos vuelve invulnerables. Nos enseña a vivir con un propósito que supera las circunstancias inmediatas.
Pablo entendió que su vida tenía sentido porque pertenecía a Cristo. Por eso pudo continuar predicando aun cuando hacerlo implicaba sufrimiento.
10. La meta de Pablo: terminar la carrera con fidelidad
Hacia el final de su vida, Pablo escribió unas palabras que expresan la profundidad de su compromiso con el Señor.
En 2 Timoteo 4:7 declaró:
«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.»
2 Timoteo 4:7 (RV 1909)
No dijo que su vida hubiera sido fácil. Tampoco afirmó que nunca hubiera experimentado debilidad o sufrimiento. Su satisfacción consistía en haber perseverado en la fe y haber cumplido la misión que había recibido.
El hombre que comenzó su historia persiguiendo a los discípulos terminó convirtiéndose en un ejemplo de perseverancia cristiana.
Su testimonio nos enseña que lo importante no es solamente cómo comienza una persona su camino, sino hacia dónde se dirige después de encontrarse con Dios.
Quizá alguien comenzó su vida cometiendo errores. Quizá pasó años alejado del Señor. Quizá sus decisiones lastimaron a otras personas. Pero, cuando existe un arrepentimiento sincero, siempre vale la pena dar los pasos necesarios para cambiar.
No podemos regresar al pasado, pero podemos pedir perdón, corregir nuestro rumbo, buscar ayuda, reparar lo que esté a nuestro alcance y comenzar a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
La historia de Pablo no es una invitación a presumir de nuestros errores, sino a reconocer que necesitamos misericordia y a responder con fidelidad al llamado de Cristo.
Cuatro actitudes de quien ha sido transformado por la gracia
Volvamos a la frase de Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy: y su gracia no ha sido en vano para conmigo». ¿Cómo se nota que la gracia no ha sido en vano en una vida? En Pablo se ven al menos cuatro actitudes.
Humildad
El hombre más influyente de la Iglesia de su tiempo se llamó a sí mismo «el más pequeño de los apóstoles» (1 Corintios 15:9), «menos que el más pequeño de todos los santos» (Efesios 3:8) y el primero de los pecadores (1 Timoteo 1:15). Quien comprende la gracia no tiene de qué presumir, porque todo lo ha recibido. Por eso no habla de sí mismo, sino que señala a Cristo.
Gratitud que se convierte en servicio
«Antes he trabajado más que todos ellos» (1 Corintios 15:10). Pablo no trabajaba para ganarse el favor de Dios, sino porque ya lo había recibido. Dios lo había apartado «desde el vientre de mi madre» y lo había llamado «por su gracia» para predicar a Cristo entre los gentiles (Gálatas 1:15-16). Ananías le transmitió su misión: «has de ser testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído» (Hechos 22:15). Ir a la iglesia y dar la ofrenda es bueno, pero la gratitud verdadera no se queda callada: cuenta a otros lo que Dios ha hecho. Hay demasiadas personas viviendo en tristeza, amargura, rencor y desesperación como para guardarnos la respuesta.
Dependencia
«Pero no yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo» (1 Corintios 15:10). La misma gracia que nos salvó es la que nos sostiene cada día. Pablo no confiaba en su inteligencia ni en su fuerza; anhelaba conocer a Cristo «y la virtud de su resurrección» (Filipenses 3:10). El poder que levantó a Jesús de entre los muertos es el que obra en el creyente por medio del Espíritu Santo.
Confianza
Al final de su vida, encadenado y sabiendo que iba a morir, Pablo no escribió con miedo: «Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano… Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Timoteo 4:6, 8). La gracia que comenzó la obra la llevará a término.
11. ¿Qué significa hoy la transformación de Pablo para nosotros?
La experiencia de Pablo nos deja varias enseñanzas fundamentales.
Primero: nadie debe considerarse demasiado bueno para necesitar a Dios. Saulo tenía formación religiosa, conocimientos y convicciones firmes, pero necesitaba reconocer que estaba equivocado. La humildad comienza cuando aceptamos que no tenemos todas las respuestas.
Segundo: nadie debe considerarse automáticamente demasiado malo para recibir la misericordia de Dios. El pasado de Pablo era grave, pero su historia no terminó en la persecución. Dios lo llamó al arrepentimiento y a una nueva misión.
Tercero: una experiencia con Dios debe producir cambios reales. La fe no consiste solamente en palabras. Debe reflejarse en nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestro comportamiento y nuestra manera de tratar al prójimo.
Cuarto: el arrepentimiento requiere responsabilidad. La gracia no elimina mágicamente las consecuencias de nuestras acciones. Cuando hemos hecho daño, debemos reconocerlo y procurar repararlo de manera responsable.
Quinto: Dios puede utilizar nuestra vida para servir a otros. Pablo pasó de perseguir a la iglesia a trabajar por su fortalecimiento. Nuestras capacidades también pueden ponerse al servicio de propósitos buenos y justos.
Sexto: la transformación es un camino de perseverancia. No siempre cambiaremos todo de un día para otro. Necesitamos aprender, orar, estudiar las Escrituras, recibir orientación y mantenernos firmes aun cuando aparezcan dificultades.
La pregunta no es solamente si creemos en Jesús. También debemos preguntarnos si estamos permitiendo que sus enseñanzas transformen nuestra vida.
¿Estamos aprendiendo a perdonar? ¿Estamos abandonando conductas destructivas? ¿Estamos tratando con dignidad a los demás? ¿Somos capaces de reconocer nuestros errores? ¿Estamos utilizando nuestros talentos para hacer el bien?
El testimonio de Pablo nos recuerda que el encuentro con Cristo no debe dejarnos exactamente en el mismo lugar espiritual en el que estábamos antes.
Conclusión: la gracia de Dios puede escribir una historia nueva
La historia de Saulo de Tarso es una proclamación del poder transformador de Jesucristo.
Saulo comenzó persiguiendo a los cristianos, convencido de que defendía sus creencias. En el camino a Damasco, el Señor lo confrontó, lo detuvo y le reveló una verdad que cambió su existencia. Después de aquella experiencia, recibió ayuda de Ananías, recuperó la vista, fue bautizado y comenzó a anunciar al mismo Jesús al que antes perseguía.
Con el tiempo, se convirtió en misionero, maestro y apóstol de los gentiles. Soportó persecuciones y dificultades, pero perseveró en su misión. Nunca necesitó fingir que su pasado no había existido; aprendió a reconocerlo a la luz de la gracia que había recibido.
Su vida nos enseña que el poder de Dios no consiste únicamente en perdonar al pecador, sino también en llamarlo a una existencia diferente.
Quizá hoy alguien se identifica con Saulo. No porque haya perseguido físicamente a los cristianos, sino porque reconoce que ha vivido lejos de Dios, ha tomado decisiones equivocadas, ha lastimado a otras personas o ha permitido que el orgullo gobierne su corazón.
El mensaje de esta historia es que siempre debemos tomar en serio la invitación a arrepentirnos y acercarnos a Jesucristo. No necesitamos fingir perfección para buscar al Señor. Necesitamos presentarnos ante Él con humildad y disposición para cambiar. Lee Volver a Cristo.
Dios no nos llama a negar nuestra historia, sino a permitir que su gracia transforme lo que somos y la dirección hacia la que caminamos.
La vida de Pablo demuestra que un perseguidor puede convertirse en predicador, que un hombre lleno de hostilidad puede dedicar su existencia al servicio de Cristo y que una historia marcada por errores puede convertirse en un testimonio de misericordia.
Por eso, cuando pensemos en Pablo, no recordemos solamente al hombre que persiguió a la iglesia. Recordemos también al hombre que fue alcanzado por Jesús, que reconoció su pasado y que dedicó su vida a proclamar el evangelio.
Y recordemos sus palabras en 1 Timoteo 1:15, donde afirma que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.
La esperanza cristiana no está en afirmar que somos mejores que los demás. Está en reconocer que todos necesitamos la gracia de Dios.
La transformación de Pablo nos recuerda que nuestro pasado puede explicar parte de nuestra historia, pero no tiene por qué determinar el resto de nuestra vida. Cuando respondemos al llamado de Jesucristo con arrepentimiento y fe, podemos comenzar un camino nuevo, aprender a servir y convertir nuestra propia historia en un testimonio de la misericordia de Dios.
Queda una pregunta para cada uno. Al pensar en todo lo que Dios ha hecho por ti, ¿ha sido en vano su gracia en tu vida? ¿La has guardado solo para ti, o hay algo que arde por dentro y no te deja callar? De Pablo, las iglesias «solamente habían oído decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que en otro tiempo destruía. Y glorificaban a Dios en mí» (Gálatas 1:23-24). Que lo mismo se pueda decir de nosotros.
Que el Señor nos conceda la humildad de reconocer nuestros errores, la valentía de cambiar lo que debemos cambiar y la perseverancia para caminar con Él hasta el final.
Amén.
Oración final
Señor Jesús, hoy reconozco que necesito tu presencia y tu misericordia. Así como encontraste a Saulo en el camino a Damasco, te pido que examines mi corazón y me muestres todo aquello que debo cambiar.
Perdona mis pecados, mis palabras equivocadas, mi orgullo y las ocasiones en que he actuado sin amor ni sabiduría. Dame la humildad para reconocer mis errores, la fortaleza para abandonar las conductas que me alejan de ti y la voluntad para reparar el daño que haya causado.
No permitas que mi pasado me mantenga prisionero de la culpa, pero tampoco permitas que utilice tu perdón como excusa para seguir haciendo lo incorrecto.
Enséñame a amar a mi prójimo, a perdonar con sabiduría, a caminar en la verdad y a servir a los demás con un corazón sincero.
Ven, Espíritu Santo. Así como Saulo fue lleno de ti cuando Ananías le impuso las manos, lléname también a mí. Quita las escamas de mis ojos, ablanda lo que en mí se ha endurecido y haz nuevas todas las cosas en mi corazón. Que tu gracia no sea en vano en mí: hazme humilde, agradecido, dependiente de ti y valiente para contar a otros lo que has hecho conmigo.
Que mi vida no sea recordada solamente por mis errores, sino también por el cambio que tu gracia puede producir en mí. Dame fe para atravesar las dificultades y perseverancia para permanecer contigo.
Señor Jesús, toma mi vida, dirige mis pasos y ayúdame a cumplir el propósito que tienes para mí. Que mis palabras y mis acciones den testimonio de tu amor.
En el nombre de Jesús. Amén.