Honrar a Dios: qué significa y cómo hacerlo cada día
Hay palabras que hemos gastado de tanto usarlas. «Honra» es una de ellas: suena a medallas, a discursos, a ceremonias. Pero en la Biblia es una palabra con peso, y Dios mismo la pronuncia en una de las frases más serias y más hermosas de toda la Escritura:
«Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me tuvieren en poco, serán viles.»
1 Samuel 2:30
«Yo honraré a los que me honran». La frase se dijo en una hora triste, a un sacerdote anciano que había dejado de tomarse a Dios en serio, pero encierra una promesa para cualquiera que la quiera recibir. Este artículo quiere entenderla: qué significa honrar a Dios, por qué lo merece, cómo se le honra en la vida de cada día, qué lo deshonra y qué ocurre cuando descubrimos que no lo hemos honrado. Al final hay una oración.
Qué significa honrar
En hebreo, «honrar» y «gloria» nacen de una misma raíz (kabed, kabod) que significa «ser pesado». Honrar a alguien es darle peso: tratarlo como alguien que cuenta, cuya palabra inclina la balanza de nuestras decisiones. Lo contrario es «tener en poco», tratar como cosa ligera. Eso dice exactamente el versículo: a quienes Dios les pesa, Dios los honra; quienes lo tienen por poca cosa, acaban siendo poca cosa.
En el griego del Nuevo Testamento la palabra es timé, que significa a la vez «honra» y «precio». Honrar es reconocer el valor de algo. Por eso la pregunta por la honra de Dios es muy concreta: ¿cuánto pesa Dios en mi vida real? No en lo que digo creer, sino en mi agenda, en mi dinero, en mis conversaciones, en lo que hago cuando nadie me mira.
Honrar a Dios, entonces, no es añadirle algo que le falte. Él no necesita nuestra honra para ser glorioso. Es reconocer lo que él ya es y vivir de acuerdo con ello.
Por qué Dios merece honra
«Señor, digno eres de recibir gloria y honra y virtud: porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas.»
Apocalipsis 4:11
La primera razón es sencilla: nos hizo. Existimos porque él quiso. Daniel se lo dijo al rey Belsasar con una frase que estremece: «al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos, nunca honraste» (Daniel 5:23). Cada respiración es prestada.
La segunda es todavía mayor: nos compró. «Comprados sois por precio» (1 Corintios 6:20). Ese precio —la misma palabra griega que «honra»— fue la sangre de su Hijo. Dios nos dio valor a nosotros antes de que nosotros le reconociéramos el suyo.
Y Pablo señala que aquí empieza todo extravío humano: «habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias» (Romanos 1:21). El pecado no comienza con un escándalo, sino con una ingratitud: tratar a Dios como si no pesara.
«¿Qué es de mi honra?»
«El hijo honra al padre, y el siervo a su señor: si pues soy yo padre, ¿qué es de mi honra? y si soy señor, ¿qué es de mi temor?, dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?»
Malaquías 1:6
En tiempos de Malaquías nadie había dejado de ir al templo. El culto seguía, los sacrificios seguían. Pero la gente llevaba al altar los animales que no le servían: el ciego, el cojo, el enfermo. Y Dios les propone una prueba que no ha envejecido: «Preséntalo pues a tu príncipe: ¿acaso se agradará de ti?» (1:8). Lo que no te atreverías a ofrecerle a tu jefe, ¿se lo ofreces a Dios?
La pregunta sigue en pie. ¿Qué le doy yo a Dios? ¿Lo mejor de mi día o los minutos que sobran, cuando ya no puedo más? ¿Mi atención o mi distracción? ¿Lo primero o los restos? Dios no pide cantidades: pide el primer lugar. Deshonrarlo casi nunca consiste en insultarlo. Consiste en darle las sobras.
Y nótese la respuesta de aquellos sacerdotes: «¿En qué hemos menospreciado tu nombre?». No se habían dado cuenta. La falta de honra rara vez se nota desde dentro. Por eso conviene preguntárselo a Dios en la oración, y escuchar la respuesta.
Honrar de labios
«Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí. Mas en vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres.»
Mateo 15:8-9
Jesús cita al profeta Isaías para describir el peligro más común entre la gente religiosa: una boca cerca y un corazón lejos. Se puede cantar, rezar, predicar y publicar versículos sin que Dios pese nada en las decisiones. «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?» (Lucas 6:46).
Samuel se lo dijo a Saúl, que quiso tapar una desobediencia con una ofrenda: «Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios» (1 Samuel 15:22). Y Jesús enseñó que el Padre busca adoradores «en espíritu y en verdad» (Juan 4:23). Nada de esto desprecia la alabanza de los labios, que la Biblia manda; pide que detrás de los labios haya una vida.
Honrar a Dios es honrar al Hijo
Jesús dijo algo que ningún profeta se había atrevido a decir: «Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió» (Juan 5:23). No se puede honrar a Dios dejando de lado a Jesucristo. El Padre mismo «le ensalzó a lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre», para que toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, «a la gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11).
Por eso la primera manera de honrar a Dios, antes que cualquier obra, es creerle: recibir al Hijo que él envió y confiar en él. Y es el Espíritu Santo quien nos lleva a hacerlo. De él dijo Jesús: «El me glorificará» (Juan 16:14). Donde el Espíritu obra, Cristo pesa más.
Cómo se honra a Dios cada día
La Biblia baja la honra de Dios desde el templo hasta la cocina. Estas son siete maneras concretas.
Con la gratitud
«El que sacrifica alabanza me honrará» (Salmo 50:23). Jesús sanó a diez leprosos y solo uno volvió «glorificando a Dios a gran voz». Y Jesús preguntó: «¿No son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde están?» (Lucas 17:15, 17). Dar gracias es la forma más sencilla de honrar: reconocer de quién viene lo que tengo. Empieza y termina el día agradeciendo algo concreto. Los Salmos y el artículo Aleluya: significado y poder de la alabanza enseñan ese lenguaje.
Con el cuerpo
«¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.»
1 Corintios 6:19-20
El cuerpo no es un estorbo para la vida espiritual: es el lugar donde se honra a Dios. Se le honra con la pureza, con el descanso, con el cuidado de la salud, con lo que se mira y con los lugares adonde se va. Pablo lo llama presentar el cuerpo «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12:1). Lee No vivimos según la carne.
Con los bienes
«Honra a Jehová de tu sustancia, y de las primicias de todos tus frutos; Y serán llenas tus trojes con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto.»
Proverbios 3:9-10
«Primicias» quiere decir lo primero, no lo que queda después de pagarlo todo. Dar a Dios y al necesitado antes de gastar es una manera de decir: esto no es mío, me fue confiado. Pero Jesús midió la ofrenda de otro modo que nosotros: la viuda que echó «dos blancas» echó «más que todos», porque los demás dieron «de lo que les sobra» (Marcos 12:42-44). No cuenta la cifra, sino el corazón.
Una advertencia necesaria: este proverbio no es una fórmula para hacerse rico, y nadie tiene derecho a usarlo para presionarte a dar lo que tu familia necesita para vivir. «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, o por necesidad; porque Dios ama el dador alegre» (2 Corintios 9:7). Se honra a Dios también pagando las deudas, siendo honrado en los negocios y no reteniendo el salario ajeno. Lee El Señor y el dinero.
Con las palabras
«No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano» (Éxodo 20:7). Honrar su nombre es no usarlo como muletilla, ni como juramento falso, ni para dar autoridad a nuestras propias opiniones. Santiago va más lejos: con la misma lengua «bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, los cuales son hechos a la semejanza de Dios» (Santiago 3:9). No se honra a Dios el domingo si el lunes se destroza a alguien con la boca.
Con el trabajo y lo cotidiano
«Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, haced lo todo a gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). Comer y beber: lo más ordinario que existe. «Todo lo que hagáis, hacedlo de ánimo, como al Señor, y no a los hombres» (Colosenses 3:23). Quien barre bien, cura bien, enseña bien, cocina con cariño o hace una factura sin trampa está honrando a Dios, aunque nadie lo llame culto.
Con el trato a los demás
«El que oprime al pobre, afrenta a su Hacedor: mas el que tiene misericordia del pobre, lo honra» (Proverbios 14:31). Dios se da por honrado o por ofendido en la manera en que tratamos a los que llevan su imagen. «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:40). Por eso la Biblia manda: «Honrad a todos» (1 Pedro 2:17), y antes que a nadie: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12). Lee Oración por nuestros padres y El amor al prójimo según la Biblia.
En lo secreto
La honra verdadera se prueba donde nadie aplaude. Jesús advirtió contra hacer el bien «para ser vistos» (Mateo 6:1) y habló de un Padre «que ve en secreto» (6:4). Juan cuenta de algunos que creían en Jesús y no se atrevían a confesarlo: «amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Juan 12:43). Honra a Dios quien hace lo recto aunque nadie se entere, y quien no se avergüenza de él cuando todos miran.
Jesús, el que honró al Padre
Solo un hombre ha honrado a Dios del todo. «Honro a mi Padre», dijo Jesús (Juan 8:49). No buscó su propia gloria. En Getsemaní oró: «no como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39). Y cuando su alma estaba turbada ante la cruz, su petición fue: «Padre, glorifica tu nombre» (Juan 12:28). La víspera de morir pudo decir: «Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese» (Juan 17:4).
Esto es evangelio, y no solo ejemplo. La honra que nosotros le debíamos a Dios y no le dimos, Cristo se la dio por nosotros, hasta la vergüenza de la cruz. Por eso honrar a Dios no es la manera de ganarnos su amor: es la respuesta de quien ya ha sido amado.
Lo que deshonra a Dios
Pablo escribió a gente religiosa: «¿Tú, que te jactas de la ley, con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque el nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros» (Romanos 2:23-24). Nada deshonra más a Dios que un creyente que habla de él y vive en contra: el que estafa con la Biblia en la mano, el que maltrata en casa y sonríe en la iglesia, el que usa el púlpito para sí mismo.
Deshonra también quedarse con la gloria. Herodes dejó que lo aclamaran como a un dios y cayó «por cuanto no dio la gloria a Dios» (Hechos 12:23). Nabucodonosor tuvo que perderlo todo para aprender a decir: «alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo… humillar puede a los que andan con soberbia» (Daniel 4:37). «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7). El salmista dejó la oración que nos protege: «No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria» (Salmo 115:1).
Y volvamos a Elí. Su falta no fue un crimen propio, sino un silencio: sus hijos abusaban del pueblo y del altar, él lo sabía y no los detuvo. Dios se lo dijo así: «has honrado a tus hijos más que a mí» (1 Samuel 2:29). Se deshonra a Dios cada vez que alguien —un hijo, una pareja, un jefe, la opinión de los demás, uno mismo— pesa más que él. Y se le deshonra de un modo especialmente grave cuando se encubre el mal dentro de su casa.
La promesa: «yo honraré a los que me honran»
La promesa es real. Jesús la repitió: «Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará» (Juan 12:26). Y el salmo: «con él estaré yo en la angustia: lo libraré, y le glorificaré» (Salmo 91:15).
Pero hay que entenderla bien. No es un trato comercial en el que yo doy y Dios paga. La honra de Dios no siempre es éxito, salud o dinero; a muchos de los que más lo honraron les costó la reputación, el trabajo o la vida. Jesús habló a Pedro de «con qué muerte había de glorificar a Dios» (Juan 21:19). La honra que Dios da es su presencia ahora, su aprobación —que vale más que la de todos los demás— y, al final, su palabra: «Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:21).
David lo entendió. Cuando danzó delante del arca y su esposa lo despreció por rebajarse, respondió: «Y aun me haré más vil que esta vez, y seré bajo a mis propios ojos» (2 Samuel 6:22). Quien honra a Dios acepta parecer poca cosa a los ojos de algunos. «Delante de la honra está la humildad» (Proverbios 15:33).
Cuando no lo hemos honrado
Quien lee todo esto con sinceridad termina reconociendo: no lo he honrado. Le he dado las sobras, lo he honrado de labios, me he quedado con su gloria. Esa confesión no es el final: es la puerta. «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Salmo 51:17). «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados» (1 Juan 1:9).
El hijo pródigo había deshonrado a su padre de todas las maneras posibles, y volvió diciendo: «ya no soy digno de ser llamado tu hijo». La respuesta del padre fue: «Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano» (Lucas 15:21-22). Dios honra al que vuelve. Si te has alejado, lee Volver a Cristo.
Preguntas frecuentes
¿Honrar a Dios es lo mismo que adorarlo? La adoración es su centro, pero honrar es más amplio: abarca la obediencia, la gratitud, el uso del dinero, del cuerpo y de las palabras, y el trato a los demás. Es la adoración extendida a toda la vida.
¿Dios necesita mi honra? No. Nada le falta. Somos nosotros los que la necesitamos: fuimos hechos para su gloria (Isaías 43:7), y solo cuando Dios ocupa su lugar el corazón encuentra el suyo.
¿Honrar a Dios con los bienes significa que debo dar dinero aunque no tenga? No. Significa darle el primer lugar, con libertad y alegría, según lo que cada uno tiene. A la viuda de las dos blancas nadie la presionó. Desconfía de quien te prometa riqueza a cambio de una ofrenda.
Si honro a Dios, ¿me irá bien en todo? Dios promete honrar a quien lo honra, pero no promete una vida sin cruz. Promete su presencia, su cuidado y una recompensa que no se pierde.
¿Cómo empiezo hoy? Con tres pasos pequeños: da gracias por algo concreto, dale a Dios lo primero de tu día y no las sobras, y obedece en aquello que ya sabes que te pide.
Oración
Padre santo, digno eres de recibir la gloria y la honra, porque tú me hiciste y en tu mano está mi vida. Hoy me pongo delante de ti sin excusas. Te he dado las sobras: el tiempo que me quedaba, la atención que no usaba, palabras dichas de memoria. Te he honrado con los labios mientras mi corazón andaba lejos. Me he quedado con aplausos que eran tuyos, y me ha importado más lo que piensan de mí que lo que piensas tú. Perdóname. Gracias, Señor Jesús, porque tú honraste al Padre por mí hasta la cruz, y porque me compraste por precio cuando yo no valía nada a mis propios ojos. Ven, Espíritu Santo. Haz que Dios pese en mi vida más que todo: más que mi miedo, más que mi dinero, más que mi nombre. Enséñame a honrarte en lo pequeño: en mi mesa, en mi trabajo, en mi cuerpo, en mi manera de hablar y de tratar a los que tengo cerca. Dame un corazón agradecido, que vuelva como aquel leproso a darte gloria. Y cuando nadie me vea, que tú me encuentres fiel. No a mí, Señor, no a mí, sino a tu nombre da gloria. Quiero vivir para ti, y que al final de mi camino, por pura gracia tuya, pueda decirte: te he honrado en la tierra. Amén.