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Vida cristiana

Dios te ha apartado: escogido, llamado y guardado para Él

Quizá llevas tiempo sintiéndote distinto. Ya no encajas donde antes encajabas. Cosas que te divertían ahora te dejan vacío; conversaciones que antes te entretenían ahora te pesan. Tal vez se han cerrado puertas que creías seguras, se alejaron personas con las que contabas, y en alguna noche larga te has preguntado qué hay de malo en ti. O quizá es al revés: nunca pensaste que Dios se hubiera fijado en alguien como tú. La Biblia tiene una palabra para lo que te está pasando, y no es «rechazado». Es «apartado».

«Sabed pues, que Jehová hizo apartar al pío para sí: Jehová oirá cuando yo a él clamare.»

Salmo 4:3

«Para sí». Ahí está todo. Dios no aparta para desechar, sino para quedarse con alguien. En este artículo veremos qué significa que Dios te haya apartado, desde cuándo lo hizo, por qué, a qué precio, por qué a veces duele, para qué te apartó y cómo vivir a la altura de ese llamado sin orgullo y sin miedo. Al final encontrarás una oración para responderle.

Qué significa «apartar» en la Biblia

En el Antiguo Testamento, la palabra «santo» (en hebreo, qadosh) significa ante todo «separado, puesto aparte para Dios». Se apartaba el séptimo día, que dejaba de ser un día cualquiera. Se apartaban los vasos del templo, que ya no servían para la mesa común. Se apartaba la primicia de la cosecha. Se apartó a los levitas: «y serán míos los Levitas» (Números 8:14). Lo apartado no era necesariamente lo más grande ni lo más hermoso: era lo que tenía dueño. Un vaso de barro apartado para el santuario valía más que uno de oro en la mesa de un rey, no por el material, sino por Aquel a quien pertenecía.

Por eso ser apartado tiene siempre dos direcciones: se es apartado de algo y para Alguien. Quien solo ve la primera mitad vive su fe como una lista de renuncias. Quien descubre la segunda entiende que ha sido elegido para una relación.

«Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos, para que seáis míos.»

Levítico 20:26

«Para que seáis míos». No es el lenguaje de un reglamento; es el lenguaje del amor. El Cantar de los Cantares lo dice de otra manera: «Mi amado es mío, y yo suya» (Cantares 2:16).

Apartado antes de nacer: no eres un accidente

Cuando Dios llamó a Jeremías, lo primero que hizo fue contarle su propia historia desde un punto que el profeta desconocía:

«Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te dí por profeta a las gentes.»

Jeremías 1:5

Antes de que Jeremías hiciera nada bueno o malo, antes de que tuviera nombre, ya había sido conocido y apartado. Pablo dice lo mismo de sí: Dios «me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia» (Gálatas 1:15). Y lo extiende a todos los que están en Cristo: «nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor» (Efesios 1:4).

Detente aquí, sobre todo si creciste oyendo que fuiste un error, un descuido, una carga. Quizá tus padres no te esperaban; Dios sí. Tu existencia no empezó con una decisión humana, acertada o equivocada, sino en el pensamiento de Dios. «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas» (Salmo 139:16). Nadie llega tarde ni sobra en un plan que comenzó antes del mundo.

Apartado por amor, no por mérito

La pregunta inevitable es: ¿por qué yo? Y la respuesta de la Biblia desconcierta, porque no halaga a nadie:

«Porque tú eres pueblo santo a Jehová tu Dios: Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la haz de la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová, y os ha escogido; porque vosotros erais los más pocos de todos los pueblos: Sino porque Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano fuerte, y os ha rescatado de casa de siervos, de la mano de Faraón, rey de Egipto.»

Deuteronomio 7:6-8

Dios no escogió a Israel por ser grande, sino «porque os amó». La razón del amor de Dios está en Dios. Lo mismo dice Pablo a la iglesia de Corinto: no había entre ellos muchos sabios, ni poderosos, ni nobles; «lo flaco del mundo escogió Dios» (1 Corintios 1:27).

Hay una escena que lo cuenta mejor que cualquier explicación. Samuel llega a casa de Isaí para ungir a un rey. Isaí presenta a siete hijos, altos y bien parecidos. Ninguno es. Samuel pregunta si no hay más, y el padre responde, casi de pasada: «Aun queda el menor, que apacienta las ovejas». Nadie lo había llamado. Su propio padre no pensó en él. Y entonces el profeta dice una frase que deberíamos guardar toda la vida: «Envía por él, porque no nos asentaremos a la mesa hasta que él venga aquí» (1 Samuel 16:11). El cielo detuvo la comida por un muchacho olvidado en el campo. «El hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón» (1 Samuel 16:7).

Si te han pasado por alto, si nunca fuiste el primero en que pensaron, esta historia es para ti. Y Jesús la confirmó con sus propias palabras: «No me elegisteis vosotros a mí, mas yo os elegí a vosotros» (Juan 15:16). Lee David, el rey pastor y El verdadero amor de un Padre revelado en Cristo Jesús.

Apartado a precio de sangre

Ser de Dios no fue gratis: le costó a él. El profeta lo anuncia con ternura:

«Y AHORA, así dice Jehová Criador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.»

Isaías 43:1

Y el Nuevo Testamento dice cuál fue el precio: fuimos rescatados «no con cosas corruptibles, como oro o plata; sino con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pedro 1:18-19). Hay un detalle conmovedor en la carta a los Hebreos: «Jesús, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta» (Hebreos 13:12). Para apartarnos para Dios, él fue apartado de todos: sacado de la ciudad, abandonado por los suyos, colgado entre el cielo y la tierra. Conoció la soledad más honda para que la nuestra nunca fuera abandono.

De ahí nace la frase que cambia la manera de vivir: «no sois vuestros. Porque comprados sois por precio» (1 Corintios 6:19-20). No se nos dice para humillarnos, sino para darnos descanso. Lo que tiene dueño tiene quien lo cuide.

El sello del Espíritu Santo

¿Cómo sabemos que somos de él? Dios puso su marca: «desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efesios 1:13). En la antigüedad, el sello indicaba propiedad y protección: lo sellado pertenecía a alguien y nadie debía tocarlo. El Espíritu Santo es el sello de Dios sobre tu vida; su presencia en ti dice: «este es mío».

Y es el Espíritu quien realiza, día tras día, lo que la palabra «apartado» promete. Pablo habla de «la santificación del Espíritu» (2 Tesalonicenses 2:13). Él es quien despierta el hambre de Dios, quien vuelve incómodo lo que antes nos parecía normal, quien nos va dando un corazón nuevo. Y también es él quien aparta para tareas concretas: «dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado» (Hechos 13:2). Lee Apartados por el Espíritu Santo: la llenura de nuestras vidas y El Espíritu de Jehová está sobre ti.

Apartado no quiere decir aislado

Aquí conviene evitar un error que ha hecho mucho daño. Ser apartado no significa retirarse del mundo, mirar a los demás por encima del hombro ni romper con todos los que no creen. Jesús lo dejó claro en su oración:

«No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad.»

Juan 17:15-17

En el mundo, pero no del mundo. Daniel sirvió toda su vida en la corte de Babilonia sin contaminarse; José gobernó Egipto; Jesús comía con publicanos y pecadores, y nunca fue menos santo por sentarse a su mesa. La separación que Dios pide es la del corazón: «no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2). Se trata de no tomar la forma del molde, no de huir del lugar donde Dios te puso.

Tres señales indican que una «separación» no viene de Dios. La primera es el orgullo: el fariseo —cuyo nombre significa precisamente «separado»— daba gracias por no ser como los demás, y no fue él quien volvió a su casa justificado. La segunda es el desprecio: quien ha sido apartado por pura gracia no puede mirar a nadie como inferior. La tercera es el aislamiento impuesto: si una persona o un grupo te exige cortar con tu familia, dejar de pensar por ti mismo u obedecer sin preguntar «porque Dios te apartó», eso no es santidad, es control. Dios aparta para sí, y nunca te quita la libertad ni el amor a los tuyos.

Cuando ser apartado duele

Dicho esto, hay que ser honestos: ser apartado a veces duele. Hay amistades que se enfrían cuando dejas de reírte de lo mismo. Hay familiares que no entienden tu cambio. Hay invitaciones que ya no llegan. Jesús lo advirtió: «porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo» (Juan 15:19).

Y hay algo más difícil todavía: los tiempos en que Dios mismo parece esconderte. Casi todos los que Dios usó pasaron por años ocultos. José fue apartado de sus hermanos, vendido, encarcelado y olvidado antes de gobernar. Moisés pasó cuarenta años «detrás del desierto», cuidando ovejas ajenas (Éxodo 3:1). David fue ungido rey y volvió al rebaño; después vivió en cuevas. Pablo, recién convertido, no subió a Jerusalén: «me fui a la Arabia» (Gálatas 1:17), y pasaron años antes de su primer viaje. Juan el Bautista «estuvo en los desiertos hasta el día que se mostró a Israel» (Lucas 1:80). Y Jesús, el Hijo de Dios, vivió unos treinta años en una aldea antes de tres de ministerio.

Esos años no fueron un castigo ni un olvido: fueron el taller. En lo escondido Dios forma lo que en público solo se muestra. Él mismo lo dice con palabras de enamorado: «la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón» (Oseas 2:14). Y Jesús usó otra imagen, la del viñador: «todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto» (Juan 15:2). La poda no es señal de que la rama esté mal, sino de que da fruto y puede dar más. Si hoy Dios está cortando algo en tu vida —una relación, una costumbre, un plan—, no concluyas que te ha desechado. Tal vez te está apartando.

Una palabra de cuidado. No toda soledad es un desierto de Dios. Si lo que sientes es una tristeza que no cede, ganas de no ver a nadie o cansancio de vivir, no lo espiritualices ni lo cargues solo: habla con alguien de confianza, con tu pastor o sacerdote, y con un profesional de la salud. Buscar ayuda también es obedecer a Dios. Lee ¿Cuál es el sentido de mi vida? y Dios, no me sueltes nunca.

Apartado para algo

Dios no aparta para guardar en una vitrina. Aparta para usar.

«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.»

1 Pedro 2:9

«Para que anunciéis». Fuimos sacados de las tinieblas para contarlo. Y esto no se dice solo de los pastores o de los misioneros: se dice de todo el pueblo de Dios. En la Biblia, «apartado» no es un título para una élite. Es apartada la madre que ora por sus hijos mientras cocina. Es apartado el mecánico que cobra lo justo, la enfermera que trata al enfermo como a Cristo, el estudiante que no hace trampa, la anciana que ya no puede salir de casa y sostiene a media iglesia con su intercesión. «Somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:10). Hay obras preparadas de antemano que llevan tu nombre.

Pablo usa la imagen de la casa: el que se limpia «será vaso para honra, santificado, y útil para los usos del Señor» (2 Timoteo 2:21). La palabra clave es «útil». La santidad no es una pieza de museo: es una herramienta lista en la mano de su dueño. Lee Los dones espirituales: descubre y usa tu don para servir a Dios y El don de servicio.

Señales de que Dios te está apartando

No hay una fórmula, y conviene desconfiar de quien la ofrezca. Pero quienes han caminado con Dios reconocen algunas huellas de su trabajo:

  • Un hambre nueva. Ganas de orar, de leer la Biblia, de estar a solas con Dios, que no nacen de ti.
  • Una incomodidad santa. Lo que antes disfrutabas sin pensar ahora te deja mal sabor. No es amargura; es que tu corazón está cambiando de gustos.
  • Una conciencia más despierta. El Espíritu te muestra cosas concretas que soltar, sin aplastarte.
  • Una carga por otros. Empiezas a ver a personas que antes no veías, y te duelen.
  • Puertas que se cierran. Caminos que parecían seguros se bloquean, y a la vez se abre uno que no buscabas.
  • La Palabra viva. Textos leídos muchas veces empiezan a hablarte por tu nombre.

Si reconoces algo de esto, no es casualidad ni rareza tuya. Es la mano de Dios sobre tu vida.

Cómo vivir como alguien apartado

  1. Recibe tu identidad antes de hacer nada. No eres apartado porque te portas bien; vives distinto porque eres de él. Empieza cada día recordándolo: «mío eres tú».
  2. Aparta tiempo para quien te apartó. Jesús mismo «se apartaba a los desiertos, y oraba» (Lucas 5:16). Sin ese lugar secreto, lo demás se seca. Lee Cómo aprender a orar.
  3. Limpia la casa. Pregúntale al Espíritu qué hay que sacar: una relación que te hunde, un hábito escondido, un rencor. «Salid de en medio de ellos, y apartaos… y seré a vosotros Padre» (2 Corintios 6:17-18). Cada renuncia trae consigo una promesa.
  4. Quédate en la Palabra. «Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad». Es la Escritura la que nos va apartando por dentro.
  5. Camina con el pueblo apartado. Dios no aparta solitarios: forma un pueblo. Busca una iglesia donde puedas crecer, servir y ser corregido con amor.
  6. Sirve donde estás. No esperes un púlpito. Tu casa, tu trabajo y tu barrio son hoy el lugar de tu llamado.
  7. Espera su tiempo. Entre la unción de David y su trono pasaron muchos años. No te adelantes ni te desesperes: «Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:24).

Si sientes que le fallaste a tu llamado

Tal vez leas todo esto con un nudo en la garganta, porque hubo un tiempo en que sabías que Dios te había llamado, y te fuiste. O caíste. O dejaste pasar los años. Y piensas que Dios ya escogió a otro.

Escucha lo que dice la Escritura: «sin arrepentimiento son las mercedes y la vocación de Dios» (Romanos 11:29). Es decir, Dios no se retracta de su llamado. A Jonás, que huyó, la palabra de Dios le vino por segunda vez. A Pedro, que lo negó tres veces, Jesús le preguntó tres veces «¿me amas?», y las tres le devolvió su tarea: «Apacienta mis ovejas» (Juan 21:17). Antes de la caída ya le había dicho: «yo he rogado por ti que tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:32). Jesús contaba con su regreso antes de que cayera.

Y a ti te dice hoy lo que dijo por Isaías: «te escogí, y no te deseché» (Isaías 41:9). El que comenzó en ti la buena obra la perfeccionará (Filipenses 1:6). Vuelve. Lee Volver a Cristo: una guía para regresar a la fe y El Señor se alegra cuando uno de sus hijos vuelve.

Preguntas frecuentes

¿Solo los pastores y misioneros son apartados? No. Todo el que pertenece a Cristo ha sido apartado para Dios. Algunos reciben además un encargo particular en la iglesia, pero el llamado a ser suyos es para todos.

¿Ser apartado significa que soy mejor que otros? Al contrario: significa que fui escogido sin merecerlo. Quien lo entiende se vuelve más humilde y más compasivo, no menos.

¿Tengo que dejar mi trabajo o alejarme de mi familia? Por regla general, no. Dios suele apartarnos en el lugar donde estamos, para ser luz allí. Las decisiones grandes se toman con oración, con tiempo y con el consejo de creyentes maduros, nunca bajo presión.

¿Cómo sé para qué me apartó Dios? Empieza por lo que ya está claro: amarlo, amar al que tienes cerca, servir en lo pequeño. El propósito particular se descubre caminando, no antes de salir.

¿Y si no siento nada especial? Tu pertenencia a Dios no depende de lo que sientas, sino de lo que Cristo hizo y de la promesa del Padre. El sentimiento va y viene; el sello permanece.

Oración

Padre, me cuesta creer que hayas pensado en mí antes de que yo existiera. He vivido buscando quién me eligiera, y tú ya lo habías hecho. Hoy lo recibo: soy tuyo. Me compraste con la sangre de Jesús, que padeció fuera de la puerta para que yo tuviera un lugar contigo. Perdóname por las veces que quise parecerme a todos para no quedarme solo, y por las veces que usé tu llamado para sentirme más que otros. Ven, Espíritu Santo. Pon de nuevo tu sello sobre mí. Aparta de mi vida lo que me aleja de ti, aunque me duela soltarlo, y enséñame a ver tu mano en la poda y en el desierto. Háblame al corazón en este tiempo escondido. Y úsame, Señor: en mi casa, en mi trabajo, donde tú quieras. No te pido un lugar importante; te pido ser útil en tus manos. Aquí estoy. «Mío eres tú», me dijiste. Tuyo soy. Amén.