El Espíritu de Jehová está sobre ti: la promesa de Isaías
Un sábado, en la sinagoga de Nazaret, le dieron a Jesús el rollo del profeta Isaías. Lo desenrolló, buscó un lugar preciso y leyó en voz alta unas palabras escritas siete siglos antes:
«El espíritu del Señor Jehová es sobre mí, porque me ungió Jehová; hame enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; A promulgar año de la buena voluntad de Jehová, y día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; A ordenar a Sión a los enlutados, para darles gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar del luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya.»
Isaías 61:1-3
Luego enrolló el libro, se sentó y dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos» (Lucas 4:21). Esa promesa, que se cumplió plenamente en él, no se quedó en él. En el mismo libro de Isaías, Dios dice a su pueblo: «El espíritu mío que está sobre ti…» (Isaías 59:21). Sobre ti. Este artículo recorre lo que Isaías anunció acerca del Espíritu de Jehová, cómo se cumplió en Jesús, cómo pasa de él a nosotros, sobre quién reposa, para qué se nos da y cómo vivir bajo esa unción. Al final hay una oración para pedirla.
Isaías, el profeta del Espíritu
Ningún profeta del Antiguo Testamento habla tanto del Espíritu de Dios como Isaías. Su libro traza un camino en cuatro pasos. Primero anuncia a un Rey sobre quien el Espíritu reposará (capítulo 11). Después, a un Siervo manso sobre quien Dios pone su Espíritu (capítulo 42). Luego deja oír la voz de ese Ungido: «El espíritu del Señor Jehová es sobre mí» (capítulo 61). Y, entretejida con todo ello, la promesa de que ese mismo Espíritu será derramado sobre el pueblo, sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos (capítulos 32, 44 y 59). Del Mesías al pueblo: ese es el movimiento. Lee Isaías, el profeta del Mesías.
«Reposará sobre él»: el Espíritu que se queda
«Y SALDRÁ una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.»
Isaías 11:1-2
La imagen es la de un árbol talado. De la casa de David no queda más que un tronco cortado; y de ese tronco, cuando ya nadie esperaba nada, brota un retoño. Sobre él vendrá el Espíritu con toda su plenitud: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, conocimiento y temor de Jehová.
Pero la palabra decisiva es «reposará». En tiempos de los jueces, el Espíritu venía sobre una persona para una tarea y un momento: vino sobre Gedeón, sobre Sansón, sobre Saúl; y a veces se retiraba. Sansón despertó un día «no sabiendo que Jehová ya se había de él apartado» (Jueces 16:20). Isaías anuncia algo nuevo: alguien sobre quien el Espíritu no solo viene, sino que se queda. Juan el Bautista lo vio cumplirse en el Jordán: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y reposó sobre él» (Juan 1:32). Lee El bautismo de Jesús en el Jordán.
«He puesto sobre él mi Espíritu»: fuerza con manos suaves
«He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma toma contentamiento: he puesto sobre él mi espíritu, dará juicio a las gentes.»
Isaías 42:1
¿Y cómo actúa alguien lleno del Espíritu? Uno esperaría truenos. Isaías dice otra cosa: «No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare» (Isaías 42:3). La caña cascada es la que ya está doblada y a punto de partirse; el pábilo que humea es la mecha que casi no da luz. El Siervo lleno del Espíritu no termina de romper lo que está roto ni apaga lo poco que queda encendido. Mateo aplica este texto a Jesús (Mateo 12:20).
Esto corrige una idea muy extendida: que el poder del Espíritu se nota en el ruido o en la dureza. La señal más segura de que el Espíritu está sobre alguien es cómo trata a los débiles. Y si hoy tú eres esa caña doblada, esa mecha que apenas humea, el Espíritu de Jehová no viene a acabar contigo: viene a enderezarte y a volver a encenderte.
«El Espíritu del Señor Jehová es sobre mí»: ungido para los quebrantados
Vuelve ahora al texto del principio y lee despacio para qué unge Dios:
- Para dar buenas nuevas a los abatidos. La primera obra del Espíritu es una noticia: Dios no se ha olvidado de ti.
- Para vendar a los quebrantados de corazón. No dice «corregir» ni «regañar»: dice vendar, como se venda una herida, con cuidado y de cerca.
- Para publicar libertad a los cautivos. Hay cárceles sin rejas: la culpa, el miedo, la adicción, el rencor. El Espíritu abre desde dentro.
- Para consolar a todos los enlutados. A todos: también a quien llora algo que nadie más sabe.
- Para hacer un intercambio. «Gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar del luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado». Tres veces «en lugar de». Dios no añade un poco de alegría encima de la ceniza: la cambia.
Y el resultado: «serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya». Los que estaban sentados en la ceniza terminan plantados, con raíces y con sombra para otros. Ese es el trabajo del Espíritu.
Nazaret: «Hoy se ha cumplido»
«El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: Para predicar el año agradable del Señor.»
Lucas 4:18-19
Jesús tomó este pasaje como el programa de su vida. Venía del Jordán, donde el Espíritu había descendido sobre él, y del desierto, de donde volvió «en virtud del Espíritu» (Lucas 4:14). Todo lo que hizo después —tocar al leproso, enderezar a la mujer encorvada, sentarse a la mesa con pecadores, llorar con Marta y María— es Isaías 61 puesto en obra. Pedro lo resumió así: «le ungió Dios de Espíritu Santo y de potencia; el cual anduvo haciendo bienes» (Hechos 10:38). La palabra «Cristo» significa precisamente eso: el Ungido.
Hay un detalle que no conviene pasar por alto. Isaías dice: «año de la buena voluntad de Jehová, y día de venganza del Dios nuestro». Jesús leyó hasta «el año agradable del Señor», y enrolló el libro. Se detuvo a mitad de la frase. No porque el juicio no exista, sino porque este es el tiempo de la gracia. Seguimos viviendo en ese «año agradable»: la puerta está abierta.
De «sobre mí» a «sobre ti»
Aquí está el corazón de este artículo. Lo que reposó sobre Jesús no se quedó en Jesús. Moisés lo había deseado siglos antes: «ojalá que todo el pueblo de Jehová fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos» (Números 11:29). Isaías lo prometió:
«Y este será mi pacto con ellos, dijo Jehová: El espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tu simiente, ni de la boca de la simiente de tu simiente, dijo Jehová, desde ahora y para siempre.»
Isaías 59:21
Joel anunció que sería «sobre toda carne»: hijos e hijas, viejos y jóvenes, siervos y siervas (Joel 2:28-29). Y Jesús resucitado lo cumplió. La tarde de Pascua dijo a los suyos: «como me envió el Padre, así también yo os envío», y sopló sobre ellos: «Tomad el Espíritu Santo» (Juan 20:21-22). Antes de subir al cielo les prometió: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros» (Hechos 1:8). Y en Pentecostés las lenguas como de fuego se asentaron «sobre cada uno de ellos» (Hechos 2:3). Sobre cada uno: no solo sobre Pedro, no solo sobre los doce.
Por eso Pablo puede escribir a una iglesia común y corriente: «el que nos ungió es Dios; el cual también nos ha sellado, y dado la prenda del Espíritu en nuestros corazones» (2 Corintios 1:21-22). Y Juan: «la unción que vosotros habéis recibido de él mora en vosotros» (1 Juan 2:27). Si «Cristo» significa «Ungido», «cristiano» significa «del Ungido»: alguien que participa de su unción. Isaías 61 es, primero, el retrato de Jesús; y después, por pura gracia, la vocación de todo el que le pertenece.
¿Sobre quién reposa el Espíritu?
Uno pensaría que sobre los fuertes, los puros, los que nunca fallan. Isaías responde de otro modo:
«Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.»
Isaías 57:15
El Alto y Sublime habita en dos lugares: en la altura, y con el quebrantado. Y promete: «yo derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra árida: mi espíritu derramaré sobre tu generación» (Isaías 44:3). El agua busca siempre el lugar más bajo; el Espíritu, también. No hace falta estar lleno para recibirlo: hace falta tener sed. Jesús lo dijo con una sencillez que desarma: «¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él?» (Lucas 11:13). No a los que lo merezcan: a los que lo pidan.
Si piensas que el Espíritu de Dios no puede estar sobre alguien con tu historia, recuerda sobre quién vino en la Biblia: sobre Gedeón, que se escondía; sobre David, el menor al que nadie había llamado; sobre unos pescadores que huyeron la noche del arresto. Lee «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Para qué está sobre ti
El Espíritu no se da para adorno ni para exhibición. «A cada uno le es dada manifestación del Espíritu para provecho» (1 Corintios 12:7). Se nos da para lo mismo que a Jesús:
- Para llevar una buena noticia a alguien abatido: una palabra a tiempo. «El Señor Jehová me dio lengua de sabios, para saber hablar en sazón palabra al cansado» (Isaías 50:4).
- Para vendar: escuchar, acompañar, quedarse cuando otros se van.
- Para abrir cárceles: orar con quien está atado y ayudarlo a buscar la salida.
- Para consolar con el consuelo que tú mismo recibiste (2 Corintios 1:3-4). Tu herida vendada se vuelve tu manera de servir.
- Para ser testigo de Jesús allí donde vives.
Isaías añade un título que no deberíamos olvidar: «vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová» (Isaías 61:6). Los consolados se vuelven consoladores. Lee Los nueve dones del Espíritu Santo y El don de servicio.
Sobre ti también cuando no tienes fuerzas
La unción del Espíritu no es un premio a la fortaleza: es la respuesta de Dios a nuestra debilidad. A un gobernador desanimado ante una montaña de escombros, Dios le mandó decir: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu» (Zacarías 4:6). A un joven pastor tímido, Pablo le escribió: «te aconsejo que despiertes el don de Dios, que está en ti… Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza» (2 Timoteo 1:6-7). Y a todos los cansados, Isaías les promete: «los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas» (Isaías 40:31).
Hay una expresión preciosa en la historia de Gedeón. El texto hebreo dice, literalmente, que el Espíritu de Jehová «se vistió» de Gedeón, como quien se pone una prenda (Jueces 6:34). Dios no esperó a que aquel hombre asustado se volviera valiente: lo llenó por dentro. Jesús usó la misma imagen al despedirse: «asentad en la ciudad… hasta que seáis investidos de potencia de lo alto» (Lucas 24:49).
No contristar, no apagar
El mismo Isaías que anuncia la promesa cuenta también una tristeza: «ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su espíritu santo» (Isaías 63:10). Y el Nuevo Testamento recoge la advertencia: «no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la redención» (Efesios 4:30); «No apaguéis el Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19).
Solo se entristece quien ama. El Espíritu no es una fuerza impersonal: es Alguien, y nuestra manera de vivir le importa. En el contexto de Efesios, lo que lo entristece es muy concreto: la mentira, el enojo que se guarda, las palabras que hieren, la amargura. Y se le apaga diciendo «no» una y otra vez a sus impulsos, hasta que casi dejamos de oírlo.
Si reconoces que lo has hecho, no te desesperes. David, después de su caída, oró: «no quites de mí tu santo espíritu» (Salmo 51:11), y fue escuchado. Y Jesús prometió que el Consolador vendría «para que esté con vosotros para siempre» (Juan 14:16). No vino de visita. Vuelve a él hoy.
Cómo vivir bajo esa unción
- Pídelo cada mañana. Antes de mirar el teléfono: «Ven, Espíritu Santo». La promesa es para quien pide.
- Mantén juntos el Espíritu y la Palabra. Isaías 59:21 los une: «El espíritu mío… y mis palabras que puse en tu boca». El Espíritu sin la Palabra se confunde con nuestras emociones; la Palabra sin el Espíritu se queda en letra.
- Obedece el impulso pequeño. «Tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él» (Isaías 30:21). Casi siempre es algo sencillo: llamar a alguien, pedir perdón, detenerse a escuchar.
- Acércate a los quebrantados. El Espíritu se mueve hacia ellos. Quien quiera encontrarse con él, que vaya adonde él va.
- Camina con otros. La unción se vive en un cuerpo. Deja que hermanos maduros disciernan contigo lo que crees haber oído.
- Mide por el fruto, no por la intensidad. «El fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23).
Una advertencia necesaria: desconfía de quien usa «la unción» para ponerse por encima de los demás, para pedir dinero o para exigir obediencia. El Ungido de Dios lavó pies. Donde está su Espíritu hay humildad, verdad y libertad (2 Corintios 3:17).
Un mismo Espíritu en distintas tradiciones
Las iglesias expresan esta verdad con acentos distintos. Católicos y ortodoxos ungen con óleo en la confirmación o crismación, pidiendo los dones de Isaías 11. Las iglesias pentecostales y carismáticas subrayan la experiencia de la llenura del Espíritu y de sus dones. Las iglesias evangélicas y reformadas históricas insisten en que todo creyente recibe el Espíritu al unirse a Cristo por la fe, y en la necesidad de ser llenos cada día. Con palabras diferentes, todas confiesan lo mismo: «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él» (Romanos 8:9); y a todo el que es de Cristo, el Espíritu le ha sido dado. Lee Espíritu Santo y Apartados por el Espíritu Santo: la llenura de nuestras vidas.
Preguntas frecuentes
¿Isaías 61 habla de Jesús o de mí? Primero y plenamente de Jesús, que lo aplicó a sí mismo en Nazaret. Y, por participación, de su pueblo: él comparte su Espíritu y su misión con los que le siguen.
¿Por qué «Jehová»? La versión Reina-Valera traduce así el nombre de Dios en hebreo (YHWH). Otras Biblias dicen «el Señor» o «Yahvé». El Espíritu de Jehová es el Espíritu Santo.
¿Cómo sé que el Espíritu está sobre mí? «El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Romanos 8:16). Se reconoce en el deseo de Dios, en el dolor por el pecado, en un amor que crece. No hace falta medirlo por sensaciones.
¿Puede el Espíritu dejarme? Jesús prometió que estaría con los suyos para siempre. Podemos entristecerlo y dejar de escucharlo; por eso la Biblia nos llama a volver, no a desesperar.
¿Tengo que sentir algo especial? No. Algunos lo experimentan con fuerza y otros con una paz callada. La promesa se recibe por la fe, y el fruto aparece con el tiempo.
Oración
Señor Jesús, Ungido del Padre, sobre ti reposó el Espíritu, y no lo guardaste para ti. Lo soplaste sobre unos hombres con miedo, encerrados detrás de una puerta. Sopla hoy sobre mí. Soy caña cascada, tú lo sabes; soy una mecha que apenas humea. No me quiebres; no me apagues. Ven, Espíritu de Jehová: Espíritu de sabiduría, porque no sé qué hacer; de fortaleza, porque estoy cansado; de consejo, de conocimiento y de temor de Dios. Reposa sobre mí, y no solo de paso: quédate. Cambia mi ceniza por gloria, mi luto por óleo de gozo, mi espíritu angustiado por un manto de alegría. Perdóname por las veces que te entristecí y por las veces que te apagué. Y después envíame: a llevar una buena noticia a alguien abatido, a vendar un corazón roto, a quedarme junto al que llora. Que quien se acerque a mí encuentre tus manos suaves. Planta mi vida, Señor, como árbol de justicia, para gloria tuya. Amén.