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Jesucristo

«Os conviene que yo me vaya»: por qué Jesús tenía que partir

Es la última noche. Jesús ha lavado los pies de los suyos, Judas ha salido a la oscuridad, y en la mesa queda un silencio pesado. Les ha dicho que se va, y que adonde va no pueden seguirlo todavía. Ellos lo han dejado todo por él: las barcas, la mesa de los impuestos, la casa. No entienden nada, y tienen miedo. Entonces Jesús dice la frase más desconcertante de toda la despedida:

«Mas ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Antes, porque os he hablado estas cosas, tristeza ha henchido vuestro corazón. Empero yo os digo la verdad: Os es necesario que yo vaya: porque si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si yo fuere, os le enviaré.»

Juan 16:5-7

«Os es necesario que yo vaya»: así traduce la Reina-Valera antigua. Otras versiones dicen: «Os conviene que yo me vaya». La palabra original significa exactamente eso: es para vuestro bien, salís ganando. ¿Cómo puede ser ganancia perder a Jesús? Si nos dieran a escoger, casi todos pediríamos tenerlo aquí, verlo, oír su voz, llevarle a nuestros enfermos. Él dice que hay algo mejor. En este artículo veremos por qué lo dijo, qué ganamos con su partida, cómo se cumplió, y qué nos enseña esa palabra cuando Dios nos quita algo que creíamos indispensable. Al final hay una oración.

«Tristeza ha henchido vuestro corazón»

Antes de explicar nada, Jesús nombra lo que sienten. No les dice que no deberían estar tristes. Ve la tristeza, la reconoce, y habla dentro de ella. Toda la conversación de esa noche (Juan 13 a 17) está tejida de la misma ternura: «Hijitos, aun un poco estoy con vosotros» (13:33); «No se turbe vuestro corazón» (14:1); «La paz os dejo, mi paz os doy» (14:27). Y añade: «Yo os digo la verdad». Lo que va a decir cuesta creerlo, y él lo sabe. Lee Las palabras de Jesús a sus apóstoles antes de partir.

Qué quiere decir «irse»

Cuando Jesús habla de irse, no piensa solo en el momento de subir al cielo. Habla de todo el camino que empieza esa noche: la cruz, el sepulcro, la resurrección y la vuelta al Padre. «Salí del Padre, y he venido al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre» (Juan 16:28). Lo que los discípulos veían como una catástrofe —su muerte— era en realidad el paso por el que iba a abrirse todo lo demás. Sin ese «irse» no habría perdón, ni resurrección, ni Espíritu.

Primera razón: «si yo no fuese, el Consolador no vendría»

Es la razón que Jesús mismo da. Juan la había anticipado en un comentario breve: «aun no había venido el Espíritu Santo; porque Jesús no estaba aún glorificado» (Juan 7:39). El Espíritu es el fruto de la Pascua. Tenía que derramarse la sangre que limpia, para que Dios pudiera habitar en corazones limpios. Y Pedro, el día de Pentecostés, explica lo que la multitud está viendo:

«Así que, levantado por la diestra de Dios, y recibiendo del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.»

Hechos 2:33

Exaltado a la diestra de Dios, recibió del Padre la promesa y la derramó. El Espíritu Santo es el primer regalo del Cristo que se fue.

De estar «con» nosotros a estar «en» nosotros

Aquí está la ganancia. Jesús lo había dicho con dos preposiciones: el Espíritu de verdad «está con vosotros, y será en vosotros» (Juan 14:17). Mientras Jesús vivió entre los suyos según la carne, estaba en un solo lugar. Si estaba en Capernaum, no estaba en Betania; Marta se lo reprochó: «si hubieses estado aquí». Podía sentarse a la mesa con doce, hablarle a una multitud, tocar a un enfermo cada vez. Y estaba a su lado, no dentro de ellos.

Por el Espíritu, Cristo está con todos los suyos, en todas partes, a la vez, y por dentro. Pablo lo llama «este misterio…: que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria» (Colosenses 1:27), y lo dice de sí mismo: «vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20). Jesús lo había prometido: «El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con él morada» (Juan 14:23). Por eso pudo decir, precisamente al irse: «he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20). No es una contradicción. Es otra manera de estar, y es más cercana.

La prueba está en los discípulos mismos. Con Jesús a su lado durante tres años, siguieron siendo lentos para entender, discutían quién era el mayor, y la noche del arresto huyeron todos. Después de Pentecostés, esos mismos hombres hablaron ante el tribunal que lo había condenado, y los jueces «se maravillaban; y les conocían que habían estado con Jesús» (Hechos 4:13). La presencia interior hizo en ellos lo que la presencia exterior no había logrado.

Lo que hace el Consolador

La palabra que Jesús usa es Paráclito: literalmente, «el que es llamado al lado de uno». Se traduce Consolador, Abogado, Ayudador, porque es todo eso. Y Jesús describe su obra:

«Aun tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar. Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir. El me glorificará: porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.»

Juan 16:12-14

Enseña y recuerda: «él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Juan 14:26). Guía a toda verdad. Glorifica a Cristo: no habla de sí mismo; toma lo de Jesús y nos lo hace saber. Convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio (16:8). Da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Ora en nosotros cuando no sabemos pedir (8:26). Y no se va: el Padre lo da «para que esté con vosotros para siempre» (Juan 14:16). Los discípulos perdían una presencia que podía serles quitada, y recibían una que nadie les quitaría. Lee El Espíritu Santo hoy y El Espíritu de Jehová está sobre ti.

Segunda razón: «voy a preparar lugar para vosotros»

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis.»

Juan 14:2-3

Jesús no se va para alejarse, sino para abrir camino. Entra en la casa del Padre como el primero de muchos hermanos, y su ida es la garantía de la nuestra. Su partida tiene dirección: «vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». Se va para que un día no haya más despedidas.

Tercera razón: vive para interceder

El que se fue no está inactivo. «Puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25). «Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:34). Entró «en el mismo cielo para presentarse ahora por nosotros en la presencia de Dios» (Hebreos 9:24).

Tenemos, pues, dos que oran por nosotros: uno en el cielo, a la diestra del Padre, y otro en nuestro corazón. Cuando caemos, «abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). Y ese abogado no ha olvidado lo que es ser hombre: «no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas» (Hebreos 4:15). Lleva consigo, en el cielo, nuestra humanidad y sus heridas. Lee El trono de gracia.

Cuarta razón: «mayores que éstas hará»

«El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre» (Juan 14:12). No más espectaculares: nadie ha hecho obras mayores que resucitar a Lázaro. Mayores en alcance. Jesús predicó en un país pequeño durante tres años; por medio de su Iglesia, llena del Espíritu, el Evangelio ha llegado a todos los continentes y a miles de lenguas. Al subir, «dio dones a los hombres» (Efesios 4:8), y la Iglesia se convirtió en «su cuerpo» (Efesios 1:23): sus manos, sus pies y su voz en el mundo. Se fue uno, y envió a muchos.

Quinta razón: una fe más honda

A Tomás, que necesitó ver y tocar, Jesús le dijo: «bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Juan 20:29). Y a María Magdalena, que quería retenerlo en el huerto como lo había conocido antes: «No me toques: porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (20:17). No la rechaza; le ofrece algo más grande que lo que ella quería conservar. Por primera vez llama «hermanos» a los discípulos, y a su Padre, «vuestro Padre». La relación que venía era más alta que la que terminaba.

La tristeza que se vuelve gozo

Jesús no les prometió que no llorarían. Les prometió otra cosa:

«De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará: empero aunque vosotros estaréis tristes, vuestra tristeza se tornará en gozo. La mujer cuando pare, tiene dolor, porque es venida su hora; mas después que ha parido un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También, pues, vosotros ahora ciertamente tenéis tristeza; mas otra vez os veré, y se gozará vuestro corazón, y nadie quitará de vosotros vuestro gozo.»

Juan 16:20-22

No dice que la tristeza será reemplazada por el gozo, sino que «se tornará en gozo», como el dolor del parto, que no es un dolor inútil: es el mismo proceso que trae al niño. Y así ocurrió. Cuando Jesús subió al cielo, Lucas cuenta algo que parece imposible en una despedida: «ellos, después de haberle adorado, se volvieron a Jerusalem con gran gozo» (Lucas 24:52). Habían entendido. Ya no era la noche de la cena.

Cuando Dios te quita lo que creías necesitar

Esta palabra de Jesús ilumina también nuestras propias pérdidas, aunque hay que usarla con cuidado. No toda pérdida «conviene»: la Biblia llama enemiga a la muerte, y Jesús lloró ante la tumba de su amigo. Sería cruel decirle a quien está de duelo que le conviene lo que le pasó.

Pero hay algo que sí podemos aprender. Los discípulos estaban convencidos de que lo mejor que podía pasarles era que todo siguiera igual. Y Dios tenía algo mejor que ellos no podían imaginar, y que solo podía llegar a través de aquello que temían. A veces Dios nos retira un apoyo —una etapa, un lugar, una manera de sentir su presencia que nos consolaba— no para dejarnos con menos, sino para darse él mismo de un modo más hondo. Los que han caminado mucho con Dios cuentan que hubo tiempos en que dejaron de «sentirlo», y que en esa sequedad aprendieron a creer de verdad. Es como el padre que suelta la mano del niño que aprende a caminar: no se ha ido; está un paso más allá, con los brazos abiertos.

En esos momentos vale lo que Jesús dijo a Pedro esa misma noche: «Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después» (Juan 13:7). Lee ¿Dónde estaba Dios cuando me pasó esto? y Dios, no me sueltes nunca.

«No os dejaré huérfanos»

Así resume Jesús su promesa: «No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros» (Juan 14:18). Vino en la resurrección. Vino en Pentecostés. Viene cada vez que dos o tres se reúnen en su nombre. Y vendrá de un modo que todos verán: «este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1:11). Entre su ida y su regreso vivimos nosotros: no abandonados, sino habitados.

Cómo vivir hoy esta palabra

  1. Recibe al Consolador. Lo que Jesús ganó con su partida es para ti. Pídelo: «Ven, Espíritu Santo».
  2. No envidies a los que lo vieron. Tienes lo que ellos todavía no tenían aquella noche: a Cristo dentro.
  3. Acude a tu Abogado. Cuando caigas, no te escondas: alguien habla por ti delante del Padre.
  4. Sé su cuerpo. Hoy Jesús consuela, visita y anuncia por medio de los suyos. Hay manos que él solo tiene si tú se las prestas.
  5. Mira hacia donde él está. «Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Colosenses 3:1).
  6. Confíale tus despedidas. Lo que hoy te llena de tristeza está en manos de quien sabe convertirla en gozo.
  7. Espera su regreso. La historia no termina con una ausencia.

Preguntas frecuentes

¿No habría sido mejor que Jesús se quedara en la tierra? Él dice que no, y da la razón: su presencia por el Espíritu es universal, interior y permanente, y con su ida nos abrió la casa del Padre.

¿Dónde está Jesús ahora? A la diestra del Padre, con su humanidad glorificada, intercediendo por nosotros; y, por su Espíritu, con su Iglesia y en cada creyente.

¿El Espíritu Santo sustituye a Jesús? No. No ocupa su lugar: lo hace presente. Su obra es glorificar a Cristo y unirnos a él.

¿Qué significa «Consolador»? Traduce la palabra griega Paráclito, «el llamado junto a uno»: defensor, ayudador, el que anima y consuela.

¿Por qué no siento esa presencia? La promesa no descansa en lo que sentimos. El Espíritu habita en quien pertenece a Cristo también en los días áridos, y a menudo obra más cuando menos lo notamos. Lee Cómo aprender a orar.

Oración

Señor Jesús, yo también habría querido retenerte. Me cuesta creer que sea mejor no verte, y hay días en que envidio a los que caminaron contigo por Galilea. Perdona mi poca fe. Tú dijiste la verdad: nos convenía. Te fuiste por el camino de la cruz para que yo tuviera perdón; subiste al Padre para prepararme lugar; y no me dejaste huérfano. Ven, Espíritu Santo, Consolador prometido, y haz real en mí lo que Jesús ganó: que no esté solo a mi lado, sino dentro de mí. Recuérdame sus palabras cuando las olvide. Ora en mí cuando no sepa. Y a ti, Señor, que vives para interceder, te confío mis despedidas: lo que he perdido, lo que temo perder, lo que no entiendo. Convierte mi tristeza en gozo, como prometiste. Y vuelve pronto. Hasta ese día, quédate conmigo todos los días. Amén.