El Espíritu Santo hoy: el don que recibimos y su sello
En la ciudad de Éfeso, Pablo encontró a un grupo de discípulos y les hizo una pregunta sencilla: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?». La respuesta fue de una honestidad que desarma: «Antes ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo» (Hechos 19:2). Muchos creyentes de hoy podrían decir algo parecido. Conocen al Padre, aman a Jesús, y del Espíritu Santo saben poco más que el nombre: algo que pasó en Pentecostés, o un asunto reservado a cierto tipo de iglesias o de personas. La Biblia enseña otra cosa. El Espíritu Santo no es el pasado de la Iglesia: es su presente. Y lo que hace hoy puede resumirse, para empezar, en dos afirmaciones muy firmes: es un don que recibimos en la salvación, y nos sella. De ahí parte este artículo, que recorre después lo que el Espíritu hace cada día en quien cree. Al final hay una oración.
Quién es el Espíritu Santo
Antes del «qué hace», el «quién es». El Espíritu Santo no es una fuerza, una energía ni un sentimiento. Es Alguien. La Escritura dice que habla, enseña, guía, intercede, reparte dones «como quiere», y que puede ser entristecido: nada de eso se dice de una fuerza. Y es Dios: junto con el Padre y el Hijo, el único Dios en quien somos bautizados. Por eso la relación con él no consiste en «usarlo», sino en conocerlo, escucharlo y obedecerle. Lee La Trinidad: un solo Dios en tres personas y Espíritu Santo.
Es un don que recibimos en la salvación
El día de Pentecostés, la multitud que escuchó a Pedro quedó herida en el corazón y preguntó: «Varones hermanos, ¿qué haremos?» (Hechos 2:37). Esta fue la respuesta:
«Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.»
Hechos 2:38-39
Cada palabra merece atención.
«El don». No un salario ni un premio. El Espíritu no se gana con esfuerzo, con años de buena conducta o con experiencias especiales. Pablo se lo recordó con dureza a los gálatas: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oir de la fe?» (Gálatas 3:2). Por la fe: «para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu» (3:14). Lo que es regalo solo se puede recibir.
Unido al perdón. Pedro pone juntos el arrepentimiento, el bautismo en el nombre de Jesucristo, el perdón de los pecados y el don del Espíritu. Dios no solo borra el pasado: viene a habitar. La salvación no es únicamente que se nos quite algo —la culpa—; es que se nos da Alguien.
«La promesa». Era lo que Dios había anunciado siglos antes: «os daré corazón nuevo… Y pondré dentro de vosotros mi espíritu» (Ezequiel 36:26-27). Pentecostés no fue una sorpresa: fue una promesa cumplida.
«Para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos». Tres círculos que se abren: los presentes, las generaciones siguientes, y los lejanos, en la distancia y en el tiempo. En ese tercer círculo estamos nosotros. La promesa no caducó con los apóstoles: es «para cuantos el Señor nuestro Dios llamare».
De aquí sale una conclusión que da mucho descanso: todo el que es de Cristo tiene el Espíritu Santo. «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él» (Romanos 8:9); y al revés, quien es de él, lo tiene. «Por un Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo… y todos hemos bebido de un mismo Espíritu» (1 Corintios 12:13). Dios lo «derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador» (Tito 3:6). No hay creyentes con Espíritu y creyentes sin él.
Las iglesias explican de maneras distintas cómo se relacionan la fe, el bautismo, la confirmación o crismación y lo que muchos llaman «bautismo en el Espíritu», entendido como una experiencia posterior de poder para servir. Pero todas confiesan lo que este texto afirma: el Espíritu es un don de Dios, dado por Jesucristo a los que se vuelven a él. Lee Cómo nacer de nuevo según la Biblia y ¿Qué es el bautismo?
Nos sella
«En el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud: en el cual también desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, Que es las arras de nuestra herencia, para la redención de la posesión adquirida para alabanza de su gloria.»
Efesios 1:13-14
Pablo describe un camino en tres pasos: oír la palabra de verdad, creer, ser sellados. Y usa dos imágenes tomadas de la vida diaria de su tiempo.
El sello. En el mundo antiguo, un sello —la marca de un anillo sobre cera o barro— decía tres cosas. Decía de quién era algo: propiedad. Decía que era auténtico: un documento sellado era verdadero. Y decía que estaba protegido: nadie debía abrir lo sellado sin responder ante su dueño. Las tres cosas hace el Espíritu en el creyente. Su presencia en ti dice que perteneces a Dios, que tu fe es verdadera y que estás guardado. Y hasta cuándo: «con el cual estáis sellados para el día de la redención» (Efesios 4:30).
Las arras. Era la primera entrega de un pago, que garantizaba todo el resto; la misma palabra se usó después para el anillo de compromiso. El Espíritu Santo es «las arras de nuestra herencia»: no solo la promesa de lo que vendrá, sino su primer anticipo. La paz que a veces sientes orando, el amor que te sorprende hacia alguien difícil, la certeza de ser hijo: todo eso es cielo adelantado. Dios nos ha dado «la prenda del Espíritu en nuestros corazones» (2 Corintios 1:22), y quien da un anticipo así no deja la obra a medias.
Esto tiene una consecuencia práctica muy grande: la seguridad del creyente no descansa en sus sentimientos, que cambian con el clima, sino en una marca que Dios puso. Lee Dios te ha apartado.
Habita en nosotros
«¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16). «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros» (6:19). En el Antiguo Testamento, la presencia de Dios habitaba en un edificio, detrás de un velo. Hoy habita en personas. Eso da una dignidad inmensa a cada creyente, y también a su cuerpo. Y significa que nunca, en ningún lugar, estamos solos.
Nos hace hijos y nos lo dice
«Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre. Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.»
Romanos 8:14-16
El Espíritu no nos deja en el miedo del esclavo. Pone en nuestra boca la palabra con que Jesús hablaba a su Padre: «Abba». Y hace algo más íntimo todavía: «da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios». Esa certeza callada, que resiste incluso cuando hemos fallado, no nace de nosotros.
Derrama en nosotros el amor de Dios
«El amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado» (Romanos 5:5). No dice que nos informa del amor de Dios: dice que lo derrama. Hay una gran diferencia entre saber que Dios nos ama y saberse amado. Lo segundo es obra suya.
Nos guía y nos enseña
Jesús prometió: «cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad» (Juan 16:13). Lo hace, ante todo, abriéndonos la Escritura que él mismo inspiró: un texto leído muchas veces se enciende y habla. Lo hace también en la conciencia, con paz o con inquietud; por el consejo de hermanos; cerrando y abriendo puertas. «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios».
Nos transforma
La obra más lenta y más segura del Espíritu es cambiar lo que somos. «El fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23). Es fruto: no se fabrica, crece. «Somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18). Y nos da fuerza en la lucha de cada día: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis la concupiscencia de la carne» (Gálatas 5:16). Lee Cómo superar las tentaciones de la carne.
Ora en nosotros
«El Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26). Cuando no hay palabras, él ora. Quien cree que no sabe orar tiene dentro al mejor maestro. Lee Cómo aprender a orar.
Reparte dones y da poder para ser testigos
«A cada uno le es dada manifestación del Espíritu para provecho» (1 Corintios 12:7). Nadie queda sin un don para servir. Y Jesús unió el Espíritu a la misión: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos» (Hechos 1:8). El Espíritu no se da para guardarlo. Lee Los nueve dones del Espíritu Santo y El don de servicio.
Nos llena una y otra vez
«No os embriaguéis de vino… mas sed llenos de Espíritu» (Efesios 5:18). El mandato está dirigido a personas que ya tenían el Espíritu y ya estaban selladas, y en el original indica algo continuo: «dejaos llenar constantemente». Hay un solo sello y muchas llenuras. El sello es obra de Dios, de una vez; la llenura se busca cada día, como se vuelve a la fuente. Lee Apartados por el Espíritu Santo: la llenura de nuestras vidas.
Nos consuela y nos da esperanza
De las primeras iglesias se dice que «con consuelo del Espíritu Santo eran multiplicadas» (Hechos 9:31). Y Pablo ora: «el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz creyendo, para que abundéis en esperanza por la virtud del Espíritu Santo» (Romanos 15:13). En un tiempo cansado y temeroso, esta es quizá su obra más necesaria: una esperanza que no depende de las noticias. Lee «Os conviene que yo me vaya».
Cómo vivir hoy con el Espíritu Santo
- Cree la promesa. Si has puesto tu fe en Cristo, el Espíritu habita en ti, lo sientas o no. Empieza por darle gracias.
- Háblale. Es una persona. «Ven, Espíritu Santo» es una oración que puede abrir cada mañana.
- Pide ser lleno cada día. «¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él?» (Lucas 11:13).
- Anda con él. «Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu» (Gálatas 5:25): paso a paso, en las decisiones pequeñas.
- No lo entristezcas ni lo apagues. La mentira, el rencor y las palabras que hieren lo contristan (Efesios 4:30); decirle siempre que no lo apaga (1 Tesalonicenses 5:19).
- Vive en la Palabra. El Espíritu y la Escritura van siempre juntos.
- Camina con la Iglesia. El Espíritu fue dado a un pueblo, no a individuos aislados.
- Sirve. Sus dones aparecen cuando uno se pone a ayudar.
Tres errores frecuentes
Ignorarlo, como los discípulos de Éfeso: una fe con Padre e Hijo, pero sin Espíritu, se vuelve esfuerzo y moral, y termina en cansancio.
Reducirlo a emoción o espectáculo. El Espíritu puede conmover hondamente, pero su señal no es el volumen ni la intensidad, sino Cristo glorificado y el fruto en la vida.
Creerlo reservado a una élite. La promesa es «para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». El creyente más sencillo, el que acaba de empezar, el anciano en su cama, tienen el mismo Espíritu que los apóstoles.
Preguntas frecuentes
¿Cómo sé que tengo el Espíritu Santo? «Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por Espíritu Santo» (1 Corintios 12:3). Si confías en Cristo, lo amas aunque sea con poca fuerza, te duele el pecado y algo en ti llama a Dios «Padre», eso es obra suya. «En esto conocemos que estamos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu» (1 Juan 4:13).
¿Recibir el Espíritu y ser lleno del Espíritu son lo mismo? No exactamente. Todo creyente lo ha recibido; ser lleno es dejar que ocupe toda la casa, y es algo que se renueva.
¿Tengo que sentir algo especial? No. Algunos lo viven con gran emoción, y otros con una paz callada. La promesa se recibe por la fe.
¿Puede romperse el sello? Las tradiciones cristianas han respondido con acentos distintos a la pregunta por la perseverancia. El texto pone el acento en Dios: es él quien sella y quien «es poderoso para guardaros sin caída» (Judas 24). Esa fidelidad no es excusa para descuidarse: es la razón para confiar y seguir caminando.
¿El Espíritu Santo actúa hoy igual que en el libro de los Hechos? Es el mismo Espíritu, con el mismo propósito: glorificar a Jesús y formar su pueblo. Los cristianos difieren sobre algunos dones; todos confiesan que sigue vivificando, santificando y enviando.
Oración
Padre, gracias porque no te conformaste con perdonarme: quisiste venir a vivir en mí. Gracias, Señor Jesús, porque con tu sangre me abriste esta promesa. Y a ti, Espíritu Santo, perdóname: has estado en mi casa tanto tiempo, y yo te he tratado como a un desconocido. Ven. Aquí tienes toda la casa, también los cuartos que he mantenido cerrados. Dime otra vez que soy hijo, porque lo olvido. Recuérdame que llevo tu sello cuando me sienta perdido, y que tengo las arras del cielo cuando la tierra me pese. Derrama en mí el amor de Dios, que el mío se acaba pronto. Guíame hoy, en lo pequeño. Ora en mí cuando yo no sepa. Hazme parecido a Jesús, aunque sea despacio. Y lléname, no para guardarte, sino para darte. Amén.