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Vida cristiana

No vivimos según la carne: la vida en el Espíritu (Romanos 8)

El capítulo 7 de la carta a los Romanos termina con un grito que cualquiera reconoce: «no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago… ¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?» (Romanos 7:19, 24). Es la voz de quien ha intentado ser bueno con sus propias fuerzas y ha fracasado. Y entonces, sin transición, se abre el capítulo 8, y en él Pablo escribe una frase que no es una orden, ni un consejo, ni un ideal, sino una declaración sobre lo que ya somos:

«Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.»

Romanos 8:9

«Mas vosotros no estáis en la carne». Unos versículos antes lo había dicho en primera persona del plural: nosotros, «que no andamos conforme a la carne, mas conforme al espíritu» (8:4). Este artículo quiere entender esa frase: qué es «la carne», qué significa no vivir según ella, qué hizo Dios para que fuera posible, cómo se anda en el Espíritu día a día y qué pasa cuando caemos. Al final hay una oración.

Qué es «la carne»

Hay que empezar por deshacer un malentendido. Cuando Pablo habla de «la carne» en este sentido, no habla del cuerpo. El cuerpo es creación buena de Dios, templo del Espíritu Santo, y un día resucitará. La Biblia no desprecia el cuerpo, ni la comida, ni el descanso, ni el amor entre esposos.

«La carne» es otra cosa: es el ser humano entero —mente, deseos, voluntad, cuerpo— viviendo por su cuenta, girando sobre sí mismo, sin Dios. Es el «yo» en el centro. Por eso sus obras no son solo las que uno imagina. La lista de Pablo incluye «adulterio, fornicación, inmundicia», pero también «enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones… envidias» (Gálatas 5:19-21). La envidia es tan «carnal» como la lujuria; el chisme, tanto como la borrachera.

Y hay una carne religiosa, la más difícil de ver: la del que quiere ganarse a Dios con sus méritos y se siente superior. Jeremías la llamó «poner carne por su brazo» (Jeremías 17:5): apoyarse en las fuerzas humanas. Pablo, que había sido el más celoso de los fariseos, lo aprendió: somos «los que servimos en espíritu a Dios… no teniendo confianza en la carne» (Filipenses 3:3).

Dos maneras de vivir

«Porque los que viven conforme a la carne, de las cosas que son de la carne se ocupan; mas los que conforme al espíritu, de las cosas del espíritu. Porque la intención de la carne es muerte; mas la intención del espíritu, vida y paz: Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios.»

Romanos 8:5-8

Pablo describe dos mundos. Lo que los distingue no es, en primer lugar, la conducta, sino aquello de lo que «se ocupan»: adónde va la mente cuando queda libre, qué se desea, de qué se vive. La carne tiene una «intención», y su final es la muerte. El Espíritu tiene otra, y su fruto es «vida y paz».

Y añade algo duro: la carne «no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede». No es que no quiera lo bastante: no puede. Por eso el problema humano no se resuelve con más reglas ni con más fuerza de voluntad. Hace falta otra vida.

Lo que Dios hizo primero

Antes de pedirnos nada, el capítulo 8 anuncia lo que Dios ha hecho:

«Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»

Romanos 8:1-2

«Ninguna condenación». La vida cristiana no camina hacia esa sentencia: parte de ella. Y Pablo explica cómo fue posible: «lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (8:3). La ley era buena, pero no podía dar la fuerza para cumplirla. Entonces Dios hizo dos cosas. Envió a su Hijo, que tomó nuestra condición y cargó en la cruz la condena que pesaba sobre nosotros. Y nos dio su Espíritu, «para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros» (8:4). No dice «por nosotros», sino «en nosotros»: es obra suya dentro de nosotros.

Este orden lo es todo. Primero el regalo, después el camino. Quien intenta dejar de vivir según la carne para que Dios lo acepte ha vuelto a Romanos 7. Quien sabe que ya no hay condenación puede empezar a caminar.

«No estáis en la carne»: un cambio de lugar

Pablo usa dos expresiones que conviene distinguir. Una es «estar en la carne»: vivir en ese territorio, bajo ese dominio, sin el Espíritu. De eso dice a los creyentes: «vosotros no estáis» ahí. Han sido trasladados. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es» (2 Corintios 5:17).

La otra es «andar» o «vivir conforme a la carne»: comportarse según el viejo modo. Eso todavía puede ocurrirle a un cristiano, y por eso las cartas están llenas de exhortaciones. El creyente sigue viviendo en un cuerpo y en un mundo que tiran hacia atrás: «aunque andamos en la carne, no militamos según la carne» (2 Corintios 10:3).

La diferencia es la que hay entre un ciudadano y sus costumbres. Quien se ha mudado de país ya no pertenece al anterior, aunque durante un tiempo conserve sus hábitos y su acento. No tiene que luchar para ganarse la nueva ciudadanía: ya la tiene. Tiene que aprender a vivir conforme a ella. Y la prueba de esa ciudadanía es una sola: «si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros». Todo el que pertenece a Cristo lo tiene. Lee El Espíritu Santo hoy y Cómo nacer de nuevo según la Biblia.

Deudores, pero no a la carne

«Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne: Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis.»

Romanos 8:12-13

A la carne no le debemos nada. Nunca nos dio nada bueno: nos prometió libertad y nos dejó atados; nos prometió placer y nos dejó vacíos. No tenemos por qué obedecerla.

La segunda frase contiene, en pocas palabras, toda la enseñanza sobre el cambio de vida. «Mortificáis»: lo hacemos nosotros; no es pasividad. «Por el espíritu»: no con nuestra sola fuerza de voluntad; es él quien da el querer y el poder. En presente: es algo de cada día, no un acto de una vez. Y se hace morir «las obras», no el cuerpo: no se trata de castigarse ni de odiarse, sino de dejar sin alimento lo que nos destruye. Pablo lo dice en otro lugar con una imagen sencilla: «vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne en sus deseos» (Romanos 13:14).

La lucha continúa, y es buena señal

Nadie debe leer Romanos 8 como si la batalla hubiera terminado. «La carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne: y estas cosas se oponen la una a la otra» (Gálatas 5:17). Jesús lo dijo en Getsemaní: «el espíritu a la verdad está presto, mas la carne enferma» (Mateo 26:41).

Pero hay que entender bien esa lucha. Antes de conocer a Cristo no había guerra: la carne mandaba sin oposición. Si ahora hay conflicto dentro de ti, si te duele lo que antes no te dolía, es porque el Espíritu vive en ti y ha plantado bandera. Los muertos no pelean. La tensión que sientes no es señal de que Dios te ha dejado, sino de que ha llegado.

Cómo se anda según el Espíritu

«Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu» (Gálatas 5:25). Andar es dar pasos, uno después de otro. La Escritura señala varios.

  1. Cuenta con lo que Dios dice de ti. «Pensad que de cierto estáis muertos al pecado, mas vivos a Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6:11). Antes de luchar, recuerda quién eres.
  2. Cuida de qué se ocupa tu mente. Lo que miras, lo que lees, lo que repasas por dentro alimenta a uno o a otro. «Reformaos por la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2).
  3. Presenta tu cuerpo a Dios. «Presentaos a Dios como vivos de los muertos, y vuestros miembros a Dios por instrumentos de justicia» (Romanos 6:13). Tus ojos, tus manos, tu lengua, cada mañana.
  4. No des ocasión. No se vence una tentación que uno mismo va a buscar.
  5. Siembra para el Espíritu. «El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Gálatas 6:8). Cada pequeña decisión es una semilla.
  6. Vela y ora. Pide al Espíritu que te llene cada día; él no se impone.
  7. Confiesa pronto. No dejes que una caída se convierta en un camino.
  8. No camines solo. Busca hermanos ante quienes puedas ser sincero.
  9. Depende. «Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).

Encontrarás ayuda práctica para luchas concretas en Cómo superar las tentaciones de la carne.

La carne que se disfraza de santidad

A los gálatas, que querían perfeccionarse cumpliendo normas, Pablo les escribió: «¿Tan necios sois? ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?» (Gálatas 3:3). Se puede abandonar la borrachera y caer en el orgullo de no beber. Se puede dejar un pecado visible y cultivar el desprecio hacia quienes todavía luchan con él. Eso también es vivir según la carne, y es más peligroso, porque parece virtud. La señal de que es el Espíritu quien trabaja no es que uno se vuelva más estricto, sino más manso: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad».

Ni libertinaje ni legalismo

Hay dos maneras de salirse del camino. Una dice: «si no hay condenación, puedo vivir como quiera». Pablo responde: «¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? En ninguna manera» (Romanos 6:1-2). La gracia no es permiso: es poder. Ella misma nos enseña a renunciar «a la impiedad y a los deseos mundanos» (Tito 2:12).

La otra dice: «tengo que ganarme cada día el amor de Dios». Y Pablo responde: «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis otra vez a ser presos en el yugo de servidumbre» (Gálatas 5:1). Entre los dos precipicios, el camino es estrecho y tiene nombre: andar en el Espíritu.

Hijos, no esclavos

«Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre.»

Romanos 8:15

Aquí está el motivo más profundo para no vivir según la carne. No es el miedo al castigo. Es que hemos sido adoptados. Un esclavo obedece para no ser golpeado; un hijo, porque pertenece a la casa y ama a su Padre. «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios» (8:14). Y si hijos, «también herederos» (8:17). No se abandona la vieja vida apretando los dientes, sino descubriendo que nos espera algo infinitamente mejor.

Cuando caes

Caerás. «Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1 Juan 1:8). Lo que importa es qué haces después. La carne te dirá dos mentiras: primero, que no es para tanto; y después, que ya no tiene remedio. El Espíritu dice otra cosa: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad» (1:9).

La frase «ninguna condenación hay» no caduca con tu primera caída. Hay una diferencia entre tropezar en el camino y cambiar de camino. Levántate pronto, sin excusas y sin desesperación. Lee Soy pecador: ¿seré aceptado por Dios? y Volver a Cristo.

Más que vencedores

El capítulo que empieza con «ninguna condenación» termina con «ninguna separación». «Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8:31). «En todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó» (8:37). Y Pablo, que conocía bien su propia debilidad, concluye: «estoy cierto que ni la muerte, ni la vida… ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (8:38-39).

La victoria sobre la carne no se apoya en lo fuerte que seamos, sino en lo fuerte que es ese amor.

Preguntas frecuentes

¿El cuerpo es malo? No. «La carne», en este sentido, no es el cuerpo, sino la vida centrada en uno mismo y sin Dios. El cuerpo es templo del Espíritu.

¿Puede un cristiano vivir según la carne? Puede andar así por momentos o por temporadas, y la Biblia lo advierte con seriedad. Pero ya no pertenece a ese dominio, y el Espíritu que mora en él no lo deja en paz allí.

¿«Mortificar» significa castigar el cuerpo? No. Significa hacer morir «las obras»: dejar de alimentar lo que nos daña, con la fuerza del Espíritu. No tiene nada que ver con hacerse daño.

Tengo al Espíritu y sigo luchando con lo mismo. ¿Por qué? Porque la santificación es un camino, no un instante. La lucha es señal de vida. Pide ayuda, sé sincero con alguien de confianza y no dejes de levantarte.

¿Cómo sé si ando en el Espíritu? Por el fruto, con el tiempo: más amor, más paz, más dominio propio, más facilidad para pedir perdón. Y por la dirección en que caminas, más que por lo lejos que hayas llegado.

Oración

Padre, conozco bien el grito de Romanos 7. He querido hacer el bien y no he podido; he prometido cambiar y he vuelto a lo mismo. Estoy cansado de pelear con mis fuerzas. Gracias porque tu respuesta no fue una regla más, sino tu Hijo: ya no hay condenación para mí. Me cuesta creerlo; ayúdame a creerlo. Ven, Espíritu Santo, y haz en mí lo que la ley no pudo. Mora en esta casa y gobiérnala. Muéstrame qué estoy alimentando sin darme cuenta. Dame fuerzas para hacer morir, hoy, lo que me destruye, y no solo lo que se ve: también mi orgullo, mi envidia, mi dureza con los demás. Cuando caiga, levántame pronto y no me dejes escuchar la voz que dice que ya no hay remedio. No soy esclavo: soy hijo. Abba, Padre. Nada me apartará de tu amor. Amén.